Por Julián Marías ,
de la Real Academia Española
Publicado en el diario La Nación de Buenos Aires, el 5 de julio de 1985 (*)
SOBRE LOS POBRES Y LA POBREZA
La pobreza había sido, desde los tiempos más remotos a que alcanzan nuestras noticias, la condición del hombre; ser hombre quena decir, sin más, ser pobre, por la simple razón de que la riqueza del mundo era mínima. Se dirá que también había "ricos", y es cierto; pero han sido siempre tan pocos que su carácter excepcional no alteraba la condición humana. Podían representar un problema moral, dependiente del uso que hiciesen de su riqueza y de su conducta personal para con algunos hombres individuales; pero no tenían significación económica relevante.
La industrialización de Europa
Esto ha ido cambiando en algunos lugares y en algunas épocas en que se ha creado riqueza en proporciones apreciables; pero de una manera general, que abarque grandes porciones del mundo, no ha sucedido hasta el comienzo de la industrialización de Europa, en la primera mitad del siglo pasado, y sobre todo en los países occidentales (es decir, que han hecho suyos los principios económicos, sociales y políticos de Occidente, estén donde estén, por ejemplo en el Extremo Oriente, como en el Japón). Desde 1946, la creación de riqueza en gran parte del mundo ha sido absolutamente espectacular, y se ha podido pensar que la pobreza iba a dejar de ser la condición del hombre, para pasar a ser una situación en que se puede estar (por voluntad propia o ajena, por decisión o por despojo, o por mala suerte).
Esto me pareció, desde que me di cuenta de ello, alentador, el fundamento de una de las grandes esperanzas que puede sentir un hombre bien nacido. Recuerdo muy bien mi experiencia de vivir en los Estados Unidos, por primera vez, entre 1951 y 1952. Llegaba de una España que siempre había sido pobre, empobrecida todavía más por la devastación de la guerra civil, por la anulación de los billetes de banco en la zona que había sido republicana, por la prisión de cientos de miles de hombres, por las dificultades para encontrar trabajo -y por lo mal pagado, en todos los niveles-. He recordado a veces que por un ensayo largo, de considerable esfuerzo, publicado en una revista, hacia 1945, recibí un cheque, con el cual pensé comprarme unos zapatos, que llevaba necesitando largo tiempo; encontré que tal ensayo me permitía comprar zapato y medio, y todavía tuve que añadir algún dinero para salir realmente calzado. Era la época del estraperlo y las cartillas de racionamiento -fueron suprimidas mientras estaba yo en América-, de la escasez generalizada y de la desigualdad excepcional.
Pues bien, en los Estados Unidos sentí un bienestar moral que me era desconocido. Aunque en España vivía con suma estrechez, otros vivían todavía peor; algunos, mucho peor. Y esto me producía desasosiego. En los Estados Unidos, yo tenía calefacción, y los demás también; compraban en el mismo mercado y comían aproximadamente como mi familia; se abrigaban adecuadamente en el frío de New England; casi todos tenían coche, y yo no. No tenía la impresión de gozar de privilegios, no digamos de estarle quitando algo a nadie. Los pocos que vivían mal económicamente, casi siempre era porque habían elegido vivir de cierta manera -por ejemplo, no trabajar o trabajar muy poco, no tener continuidad, vagabundear, lo cual sin duda tiene atractivos, pero también inconvenientes-.
Ya sé que en los últimos doce o quince años la prosperidad parece menos segura, se habla de crisis, y la pobreza asoma su rostro hosco en los países que parecían haberla superado, mientras la miseria pura y simple invade los demás. Casi nadie quiere preguntarse por qué. Tengo ganas de que los que pueden hacerlo se pregunten en serio por la responsabilidad del hambre. Un factor muy importante -no único- es el petróleo, desde la fecha precisa de 1973, pero de ello se aparta la vista cortésmente cuando se habla del problema, como sí fuera una falta de educación querer entender.
Los "aficionados a pobres"
Por otra parte, han surgido -y con predilección en medios intelectuales, políticos y eclesiásticos de varias confesiones- los que podríamos llamar "aficionados a pobres"; quiero decir a que los haya. Tener afición a los pobres -en su forma más intensa, amor- es admirable, y por supuesto propio de cristianos; pero, sobre todo, para que dejen de serlo (y para prestarles ayuda y afecto mientras lo sean). Lo original es que a muchos parecen interesarles los pobres por serlo, y tan pronto como no lo son dejan de interesar. Cuando se insiste demasiado en la "preferencia" por los pobres, hay que precisar: porque lo necesitan más, porque hay que procurar sacarlos de esa situación, si; porque lo sean, no. Yo recuerdo las palabras de San Pablo a los Colosenses (3, 9-11): "No os engañéis unos a otros; despojaos del hombre viejo con todas sus obras, y vestíos del nuevo, que sin cesar se renueva para lograr el perfecto conocimiento, según la imagen de su Creador, en quien no hay ni griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro o escita, siervo o libre, porque Cristo lo es todo en todos".
Hoy goza de buena prensa el atacar la creación de riqueza, y a las personas, grupos o países que la realizan. Parece que lo bueno es perpetuar la pobreza, reducir el horizonte de los hombres al mínimo. Ortega hablaba de la dilatación de las "posibilidades de compra" en nuestro tiempo como síntoma del crecimiento de la vida; se prefieren por muchos hoy las colas interminables y la ausencia de algo que comprar. Tal vez porque esto hace más fácil la manipulación de las personas, su sujeción a servidumbre.
El padre Feijóo
Lo más inquietante es que la afición a la pobreza se justifique con aparentes motivos religiosos. Siempre me ha conmovido y admirado la actitud del P. Feijóo, tan buen benedictino, tan firme creyente, tan partidario de la paz y de la prosperidad. En 1750 escribía: "La paz de un Reino no es un beneficio solo, sino un cúmulo de beneficios, siendo ella quien pone en seguro las honras, las vidas y las haciendas, que la Guerra expone a cada paso. Y aun no son éstos los efectos más apreciables de la Paz, sino que también es convenientísima para el bien espiritual de las Almas. Aun la Guerra más justa ocasiona la ruina de muchas. Y la miseria o pobreza de los Pueblos, secuela ordinaria de la Guerra, ocasiona la de muchas más. Declamen los Filósofos cuanto quieran contra los vicios que resultan de la riqueza, o superfluidad de los bienes temporales. Yo estoy, y estaré siempre, en que son mucho mas frecuentes los que provienen de la falta de lo necesario. ¿De qué otra causa, si no de ésta, viene que en nuestra España de parte de un sexo lloremos tantos latrocinios, y de parte del otro tantas torpes condescendencias?"
Feijóo estaba encantado del portentoso aumento de la riqueza en España en aquel momento; no ya como español, sino también como cristiano y religioso. Su amor a los pobres lo llevaba a intentar librarlos de la pobreza, no a mantenerlos en ella; y no se le ocurría condenar a los que empezaban a hacerlo posible, sino que los admiraba y bendecía.
Y cuando se mira el mapamundi, se advierte hoy un paralelismo entre la superación de la pobreza y la existencia de la libertad; un paralelismo que da mucho que pensar -si se está dispuesto a pensar-.
(*) El lector inteligente verá que el contenido de este artículo de Julián Marías en nada se opone a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, antiguas y nuevas, como las de Juan Pablo II:
El Papa denuncia un «consumismo que se opone a la sencillez del pesebre»
Juan Manuel Rodríguez - Madrid.- La Razón, 24.12.2002
El Papa ha denunciado una «mentalidad consumista» en estas fechas, que, presentada «de manera insistente» por los mensajes publicitarios, contrasta con la sencillez con que nació Cristo. También ha advertido que esa mentalidad hace a la Navidad correr el riesgo de perder su sentido.
Durante el rezo del Ángelus, el Santo Padre aseguró el domingo que «la sencillez del pesebre contrasta con esa imagen de la Navidad que en ocasiones es presentada de manera insistente por los mensajes publicitarios». «Incluso la bella tradición de intercambiarse regalos entre familiares y amigos con motivo de la Navidad, ante la embestida de una cierta mentalidad consumista, corre el riesgo de perder su auténtico sentido navideño », añadió el obispo de Roma, quien aclaró que los regalos quieren reflejar que «Cristo en persona es el Don de Dios a la humanidad, del que nuestros dones en esta fiesta quieren ser reflejo y expresión». También ha tenido su recuerdo el Santo Padre para los más pobres en las fiestas en las que se conmemora el nacimiento de Cristo, asegurando que «es particularmente oportuno privilegiar aquellos gestos que manifiesten solidaridad y acogida a los pobres y necesitados».
Juan Pablo II ha propuesto además a los cristianos vivir la Navidad como María: con espíritu contemplativo. En este sentido, propuso «ante todo, el silencio interior y la oración, que permiten contemplar el misterio que se conmemora. En segundo lugar ¬añadió¬, la disponibilidad para acoger la voluntad de Dios, independientemente de cómo se manifieste».
El Romano Pontífice ha pedido asimismo que «Jesús, que dentro de unos días vendrá para hacer resplandecer de alegría nuestro belén, pueda encontrar en toda familia cristiana una acogida generosa, tal y como sucedió en Belén en la Nochebuena».
Palabras para los niños
Como es tradicional en estas fechas, el Papa también ha recibido a un grupo de chicas y chicos de la Acción Católica Italiana que fueron a felicitarle la Navidad. Hablando de la Natividad, Juan Pablo II dijo a los más jóvenes que «el Niño Jesús nos revelará el amor infinito del Padre celestial, que no se cansa de buscar a cada uno de sus hijos». «De la gruta de Belén se irradiará también en el mundo de hoy la belleza de su Reino de justicia y de paz. ¿Preparad el corazón para acogerlo! Él os hará felices», prosiguió el Papa. «El eslogan que os acompaña este año es: Manos para todos, todos de la mano. Las manos no hay que utilizarlas para estrechar de forma egoísta los bienes materiales y aferrarse a ellos, sino para acoger el amor de Dio» concluyó el Sumo Pontífice.
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