Por Javier
Aranguren
En "Lo que pesa el
humo",
Ediciones Rialp,
Madrid 2001.
Cuando bajo hacia mi
trabajo en la
Universidad siempre
me llama la atención
lo mismo: existe una
serie de caminos que
exigen pasar bajo un
puente, último
límite entre el
cemento de la ciudad
y el verde promesa
del Campus. En estos
lugares (ya sea el
muy urbano de la
bajada de Esquiroz,
ya sea el de Fuente
del Hierro, feo, con
aire de autopista
sin abolengo) cuando
empieza el curso
comienza la
aparición de los
carteles.
Algunos están bien:
te prometen un piso,
en zona magnífica, y
muy barato, y con
individual y con
baño y no se lo cree
nadie porque si
fuera bueno a estas
horas ya estaría
alquilado. Otros son
más infantiles, y
así grupos políticos
de dudosa solvencia
ofrecen sus
servicios que nadie
quiere dando igual
cuál de los dos
extremos del
espectro social
ocupen, que a fin de
cuentas son lo
mismo: nada
dialogantes,
despreciativos,
cansadamente
revolucionarios. De
todos modos, en su
ordinaria tontería,
pueden llegar a
resultar graciosos.
Sin embargo, hay un
tipo de cartel que
no deja nunca de
irritarme. Puede ser
amarillo y rojo con
una JotaBé como
lema, o bien te
anuncia algo tan
hortera como DJ
Manuel, como si ese
pobre chaval además
de tener que
escuchar música
ruidosa y enlatada
tuviera la
obligación de
llamarse en inglés;
otros te venden
felicidad de
Cenicienta, porque
se trata de una
gala, es decir, de
un evento social en
el que el puntillo
se coge vestido de
corbata y ellas de
largo (¿o más bien
corto?) y como muy
pintadas. Y te
prometen felicidades
a cambio de dinero,
te aseguran que
encontrarás allí la
libertad aunque al
final te aburras y
resulte que allá van
todos en masa
(aborregados) a
hacer lo mismo, en
un lugar en el que
lo único que no
podrás lograr será
cantar bajito una
canción en el oído
de la persona a la
que quieres.
Me molestan los
carteles que
manipulan a la
gente, que manchan
las paredes de mi
ciudad, que me
intentan convencer
de que para ser
feliz tengo que
renunciar a ser yo
mismo, y convertirme
en un imbécil.
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