La Ministra de Sanidad
está empeñada hasta la
obsesión en vigilar lo
que comemos y bebemos.
Ningún político, que yo
sepa, se había atrevido
hasta ahora a intentar
reglamentar el trasiego
de vino por parte de los
españoles. Las mujeres
son más decididas que
los varones, y esto
viene a confirmarlo.
Pero la sabiduría
clásica nos dice que lo
que hace malo al hombre
no es lo que entra por
su boca, sino lo que
sale de ella: las
palabras. Cabría esperar
entonces que las
homónimas de Elena
Salgado, la Ministra de
Cultura y la Ministra de
Educación, incrementaran
su respectiva inquietud
por el uso del
castellano en los medios
de comunicación
estatales, y por el
dominio de la ortografía
y la sintaxis que se
enseña a los futuros
escritores y tribunos.
El panorama de la
obesidad entre nosotros
no es tan preocupante
como el deterioro
creciente de la lengua
española, según reflejan
con frecuencia los
comentarios de los
hispanos de ultramar
cuando nos oyen hablar
en directo y en vivo.
Hubo pensadores
materialistas -valga la
paradoja- que, en el
siglo XIX, mantuvieron
que somos lo que
comemos. Pero, ya en el
XX, fueron más
penetrantes los
filósofos que hicieron
ver que el lenguaje nos
configura, hasta el
punto de mantener que es
la lengua la que piensa
y habla en nosotros. El
lenguaje nos hace ser lo
que somos. De ahí que el
encanallamiento del
habla, tan propio de los
regímenes totalitarios,
pueda considerarse como
un preludio y un
acompañamiento del
atropello de la persona
humana al que asistimos,
multiplicado por
millones, en la pasada
centuria. Se comienza
quemando libros y se
acaba quemando hombres,
anunció Hölderlin. Se
empieza manteniendo, sin
base científica alguna,
que el lenguaje humano
no se diferencia
básicamente de un
presunto lenguaje
animal, y se termina
quitando de en medio a
los que todavía no
pueden hablar o ya no
son capaces de articular
palabras. Vae
tacentibus! ¡Ay de
los que callan, de los
que han perdido la voz o
nunca la tuvieron!
Porque serán avasallados
por los que se han hecho
con los micrófonos y las
linotipias, por los que
controlan a las personas
a través de lo que es
correcto decir y de lo
que está prohibido
expresar.
Es lo que, en certera
expresión, se denomina
“corrección política”,
según traducción directa
y -por una vez- feliz de
la political
correctness. Cada
vez me sucede con más
frecuencia que, al
término de una
conferencia, mis amigos
me avisan: “Te has
pasado: no deberías
haber dicho eso”. O si
tienen la amabilidad de
leer algo mío: “Yo que
tú me andaría con mas
cuidado en lo que
escribes”. Y no tengo
conciencia de ser un
tremendista ni dedicarme
a esa cosa tan fea que
consiste, al parecer, en
crispar el ambiente
social. Siempre he sido
una persona pacífica,
más bien moderada, poco
amante de la alarma o la
exageración. Me temo que
no soy yo el que ha
cambiado, sino que el
control social se ha
hecho más estricto, más
estrecho. Los tabúes se
multiplican y, tras el
eclipse político de las
ideologías, las censuras
se han trasladado al
campo de la cultura y la
comunicación.
En Advenimientos,
su último dietario,
cargado de inconformismo
y profundidad, Jiménez
Lozano ha denunciado el
apocamiento de la
libertad que el control
del lenguaje lleva
consigo. Se ha llegado,
en algunos países, a
prohibir la negación de
la existencia de algún
fenómeno histórico. Ni
los más audaces
filósofos que se dedican
al análisis lógico del
lenguaje habían osado
poner ejemplos de este
tipo de actos
lingüísticos, con los
que se prohíben otros
actos lingüísticos que,
a su vez, excluyen la
existencia de una
presunta realidad. No
estamos precisamente
ante un avance de la
libre expresión del
pensamiento. Sin llegar
por ahora a esos
extremos jurídicos, tal
tipo de imposiciones
funciona entre nosotros
con una rigidez similar.
Funciona la interdicción
de fumar en público, de
comer hamburguesas XXL,
de no adelgazar o de
adelgazar demasiado y,
pronto, de consumir más
vino que el permitido en
los almuerzos o de
tomarse un par de
copitas de licor con el
café. Mal camino. Por
tales quiebras de la
libertad se abre paso la
servidumbre que, como
Tácito advirtió,
envilece tanto a los
hombres que algunos
acaban amándola. Y
proliferan los
personajes que nunca
dirán en público más que
tópicos gastados por el
uso. Pero, eso sí,
convirtiendo todas las
palabras en esdrújulas e
imitando servilmente la
fría prosa del Boletín
Oficial del Estado. Me
ha sorprendido desde
hace años la querencia
de los autodenominados
intelectuales
progresistas por los
modos burocráticos de
hablar. Les fascina la
Gaceta de Madrid. Sin ir
más lejos, señalaría en
este momento la
proliferación de la
expresión trasladar,
tan típica del lenguaje
civil y militar, para
referirse a las acciones
de informar, comunicar o
participar. Volvamos al
lenguaje vivo, a la
espontaneidad y frescura
de lo que dice la gente
de la calle.