Al
preguntarnos
qué es
lo bueno
y
hallábamos
una
cierta
relatividad
en el
bien que
no se
encuentra
en la
verdad.
Dos más
dos son
cuatro
para
todo el
mundo;
otra
historia
es que
no todo
el mundo
esté en
situación
y
disposición
de
averiguarlo.
En
cambio
el bien
es más
relativo
al
sujeto.
El bien,
o lo
bueno,
es una
perfección
perfectiva
respecto
a
alguien.
Ciertos
alimentos
son
buenos
para
unos y
no para
otros.
Pero hay
bienes
que lo
son para
todos
los
vivientes
en
nuestro
planeta,
como el
oxígeno
del
aire. Si
falta el
oxígeno
mueren
todos
aquellos
que
viven a
expensas
del
oxígeno.
Que el
bien sea
relativo
a
sujetos
de
determinada
especie
no
significa
que sea
meramente
subjetivo.
Lo
relativo
no
carece
de
objetividad.
Un
determinado
vegetal
puede
nutrir a
un ser
irracional
y a la
vez
matar a
un ser
humano.
Pero esa
relatividad
no
consiste
en el
"gusto"
de cada
cual
sino de
condiciones
objetivas,
identificables
científicamente.
Un bien
perfecciona
a un
sujeto
según la
naturaleza
de éste,
o de las
condiciones
en que
se
halla.
Hay
bienes
comunes
a varias
naturalezas
y hay un
bien
común
universal,
es
decir,
una
perfección
que
perfecciona
a todo
existente,
lo cual
se
comprende
al
comprobar
con
argumentos
de
lógica
racional
que sin
él nada
existiría,
esto es,
Dios.
Dios es
el Bien
absoluto,
tanto
porque
es el
Bien que
no
depende
de
ningún
otro
como
porque
todos
los
demás
dependen
radical
y
totalmente
de él.
Por lo
mismo se
intuye
que a
todo lo
que
existe
le
conviene
estar
unido a
Dios; si
cabe
expresarse
así, en
este
nivel,
cuanto
más
unido
esté,
tanto
mejor,
tanto
más
subsistirá.
Autonomía
respecto
a Dios
es un
sinsentido,
lo mismo
que un
círculo
cuadrado,
un
imposible.
A la
criatura
racional
le
incumbe
descubrir
su
relación
existencial
con
Dios, en
quien
nos
movemos,
vivimos
y somos;
y actuar
con su
libertad
recibida
en el
ámbito
de los
bienes
perfectivos
que le
mantengan
unido,
cada vez
más, a
Dios.
Ese
"más" es
posible
siempre
porque
no es la
misma la
unión
que
tiene la
piedra
con Dios
que la
que
tiene un
ser
consciente,
capaz de
conocer
y de
elegir,
y por
tanto,
de amar
a su
Creador.
La
voluntad,
cuando
va
amando,
se hace
más
capaz de
amar, se
dilata,
o, como
dicen
algunos,
se
retroalimenta.
¿Que es
lo
bueno?
Lo
perfectivo.
¿Qué es
lo
perfectivo?
Lo que
se
encuentra
en el
ámbito
de la
unión
libre
-en la
criatura
racional-,
amorosa,
con
Dios.
Este es
el
ámbito
del bien
perfectivo
en el
que la
persona
se
perfecciona
con su
entendimiento,
voluntad
y
libertad.
Si se
actúa
fuera de
ese
ámbito,
la luz
de la
razón,
la
fuerza
de la
voluntad,
la
soltura
de la
libertad
se
deterioran
progresivamente.
Las
circunstancias
Las
circunstancias
en
nuestra
actual
forma de
existencia
-derivada
del
pecado
de
origen-
no
siempre
son
favorables,
pueden
hacer
que una
acción
buena
sea
mejor, o
que una
acción
mala
venga a
ser
peor;
también,
en
ocasiones,
las
circunstancias
atenúan
la
bondad o
maldad
de un
acto.
Sin
embargo,
no
podrán
hacer
nunca
que una
acción
de suyo
mala
(por
ejemplo,
matar a
un
inocente)
se
convierta
en
moralmente
buena.
El bien
moral
requiere
ante
todo y
siempre
la
"buena
intención",
es
decir,
la
intención
recta;
pero
ésta no
es
suficiente.
Se
precisa
además
la obra
objetivamente
buena en
sí misma
(1). Por
eso son
erróneas
las
éticas
llamadas
"de
situación",
según
las
cuales,
las
circunstancias
podrían
"hacer
buenas"
(justificar)
en todo
caso
acciones
de suyo
malas.
Esos
errores
parecen
difundirse
más y
más;
quizá
por
doble
motivo:
el
decaimiento
de la
confianza
tanto en
la razón
como en
la fe y
la
expansión
del
ateísmo
teórico
o
práctico.
En
consecuencia,
el
relativismo-subjetivismo
y
pragmatismo
éticos
encuentran
vía cada
vez más
ancha
hasta
desembocar
en las
formas
extremas
de
permisivismo.
La
coherencia
en la
verdad
siempre
es
difícil
pero
posible.
El
error,
en
cambio,
siempre
crea
contradicciones
y
esquizofrenias,
que
resultarían
cómicas de no
estar en
juego la
felicidad
temporal
y eterna
de las
personas
afectadas.
El
laberinto
permisivo
En
algunos
países,
en
nombre
de la
libertad,
se
despenaliza
la
droga;
se
invoca
incluso
un
supuesto
«estado
superior»
que
alcanzaría
el
drogado,
apto
para
concebir
creaciones
artísticas
o
literarias
de
enorme
valor
para la
humanidad.
Después,
se
comprueba
que casi
ningún
drogadicto
«crea»
nada;
más bien
se
convierten
en
delincuentes.
Entonces
se
arguye
la
necesidad
de
«buenos»
centros
de
rehabilitación
que
permitan
recuperar
para la
correcta
convivencia
social a
los
adictos
al
estupefaciente.
La
pregunta
es
inevitable:
¿cómo se
determina
lo
correcto,
que
habría
de
significar
lo bueno?
El
relativista,
el
pragmático,
el
materialista,
el
situacionista,
no sabe
responder:
carece
de una
definición
fundada
de «lo
que es
bueno».
En el
ámbito
de la
vida
pública,
«lo
bueno»
se suele
confundir
con los
intereses
de un
grupo,
de una
clase,
de un
partido
o de un
gobierno.
Así, por
ejemplo,
si
consigue
incrementar
votos,
se tiene
por
«bueno»
la
despenalización
de la
droga,
del
aborto,
de la
eutanasia,
o de lo
que sea.
Como, en
rigor,
no se
conoce
lo que
es en
verdad
el
hombre
--un
cuerpo
animado
por un
alma
inmortal--
se
carece
de un
código
moral
previo a
la
acción.
Para la
acción,
no
disponen
de otro
criterio
de
verdad y
bondad
que la
acción
misma
(la
praxis,
tema
típicamente
marxista).
Como es
lógico,
lo
normal
es que
yerren
antes de
acertar;
y a
menudo
los
errores
son de
tal
categoría
que la
rectificación
resulta
muy
penosa o
punto
menos
que
imposible.
No hemos
de
excluir
a
priori,
de ese
comportamiento,
una vaga
intención
bondadosa
de
procurar
que los
ciudadanos
pasen la
vida «lo
mejor
posible».
El
problema
es: ¿qué
será «lo
mejor»
para el
ciudadano,
si no se
sabe qué
es «lo
bueno»
para él,
puesto
que
tampoco
se sabe
qué y
quién es
el
ciudadano?
Quieren
que las
cosas
funcionen
«bien»,
pero sin
estudiar
qué es
el
hombre
en su
integralidad,
cuál es
su
naturaleza,
cuál es
su
origen y
cuál es
su
destino
último.
En tal
coyuntura,
las
piruetas
para
conjugar
el vicio
con el
orden
son
realmente
circenses.
Parece
bien,
por
ejemplo,
que una
persona,
en abuso
de su
libertad,
se
emborrache;
pero
disgusta
que,
borracha,
estrangule
a su
cónyuge
o el de
su
vecino.
No se
lamentarían
de que
haya
drogadictos,
con tal
de que
éstos se
ganaran
honradamente
los
enormes
dineros
que
cuesta
cada
«ración».
Es un
modo de
exaltar
la
libertad
característico
de una
mal
llevada
adolescencia.
Se
quiere
el acto
malo por
ser
libre
(en
rigor,
porque
apetece),
pero no
se
quieren
las
consecuencias
naturales,
inevitables
del mal
uso de
la
libertad.
El mal
absoluto
sería la
«represión»
(palabra
odiada,
si las
hay),
pero
tampoco
parecen
buenas
las
consecuencias
de las
faltas
de
represión.
Algo
habrá
que
reprimir,
claro
es, pero
subrepticiamente,
sin que
se note,
de modo
vergonzante,
con
cierto
rubor.
Habrá
que
comprender,
más aún,
defender,
que el
hombre
sea «un
poco»
ladrón,
«un
poco»
asesino,
«un
poco»
violador,
tratando
de
evitar
que lo
sea
«mucho»,
no vaya
a
alterar
el orden
de la
vía
pública.
En tales
laberintos
sin
salida
se
atrampa
el
situacionismo,
falto de
un
criterio
objetivo
de
bondad,
que
permita
discernir,
al menos
en las
cuestiones
fundamentales,
el bien
y el mal
antes de
la
praxis.
La
libertad
que
gritan
es una
libertad
desmochada,
mutilada
por lo
alto y
por la
base;
disminuida,
reducida
a
«posibilidad-de-hacer-sin-trabas-lo-que-me-venga-en-gana»,
excluyendo
lo
exclusivo
de la
libertad
propiamente
humana,
de ser,
de poder
llegar a
ser lo
que se
debe
ser:
dueño y
señor de
sí mismo
y de la
propia
situación,
con
aptitud
de
disponer
de sí
mismo en
orden a
la
consecución
de lo
que
confiere
a la
vida en
el
mundo,
su
verdadero
y gozoso
sentido:
lo que
está más
allá de
este
mundo,
de este
tiempo,
de este
espacio,
de esta
situación,
es
decir,
la Suma
Verdad,
Bondad
infinita,
Amor
supremo,
Dios.
Libertad
condicionada
Acierta
la
«ética
de
situación»
al
afirmar
que la
libertad
se halla
condicionada
por la
circunstancia.
Yerra en
cambio
cuando
piensa
que la
situación
es más
fuerte
que la
libertad;
que la
persona
debe
ceder a
la
situación
la
primacía
sobre
las
leyes
universales
del
orden
moral,
como si
el
hombre,
en
ocasiones,
«no
tuviera
más
remedio»
que
saltarse
esas
leyes,
que no
pudiera
confesar
su fe y
ser
consecuente
en la
conducta,
que no
pudiera
ser
siempre
justo, casto, o
fiel al
cónyuge.
A mi
juicio,
el que
así
piensa
ostenta
una
grave
ignorancia
sobre su
propia
libertad.
No ha
percibido
la
fuerza
impresionante
de ese
tesoro,
don de
Dios
--participación
en el
poder y
señorío
divinos--
que
podemos
llamar
libertad
interior,
profunda,
personal.
La
fuerza
impresionante
de la
libertad
Como
indicaba
Juan
Pablo II,
un
«hombre
puede
estar
condicionado,
apremiado,
empujado
por no
pocos ni
leves
factores
externos;
así como
puede
estar
sujeto
también
a
tendencias,
taras y
costumbres
unidas a
su
condición
personal.
En no
pocos
casos
dichos
factores
externos
e
internos
pueden
atenuar,
en mayor
o menor
grado,
su
libertad
y, por
lo
tanto,
su
responsabilidad
y
culpabilidad.
Pero es
una
verdad
de fe,
confirmada
también
por
nuestra
experiencia
y razón,
que la
persona
humana
es
libre.
No se
puede
ignorar
esta
verdad
con el
fin de
descargar
en
realidades
externas
--las
estructuras,
los
sistemas,
los
demás--
el
pecado
de los
individuos.
Después
de todo,
esto
supondría
eliminar
la
dignidad
y la
libertad
de la
persona,
que se
revelan
--aunque
sea de
modo tan
negativo
y
desastroso--
también
en esta
responsabilidad
por el
pecado
cometido.
Y así,
en cada
hombre
no
existe
nada tan
personal
e
intransferible
como el
mérito
de la
virtud o
la
responsabilidad
de la
culpa»
(2).
Un
ilustre
científico
afirmaba
hace
poco:
«Estoy
convencido
de que
incluso
dentro
del ser
manipulado
hay
suficiente
remanente
de este
factor
llamado
libertad
que
existe
en la
conducta
humana.
Mientras
se da un
estado
de
conciencia
es muy
difícil
asegurar
que está
anulada
la
libertad.
Incluso
cuando
está muy
disminuida
o casi
anulada,
siempre
hay
suficiente
remanente
de
libertad
y de
responsabilidad
para
amar a
Dios,
que es
el
principio
de la
santidad.
Por eso
estoy
seguro
que
tanto un
depresivo
como un
neurótico
pueden
aspirar
a ser
santos,
a pesar
de su
neurosis
o
depresión».
De otra
parte,
«por lo
que se
refiere
a la
libertad
interna,
a lo que
uno
quiere
dentro
de sí
mismo,
pienso
que es
casi
imposible
que el
dolor
llegue a
anular
completamente
la
libertad
de un
individuo,
aunque
puede
afectar
mucho su
personalidad:
cuando
se
trata,
sobre
todo, de
dolores
crónicos
puede
llegar
incluso
a un
cambio
de
personalidad,
pero sin
que esto
signifique
pérdida
de la
libertad»
(3).
Se puede
torturar
y matar
al
hombre,
pero no
su
libertad.
Puede
ser
anulada
su
capacidad
de
decisión,
con
procedimientos
psicológicos
o
farmacológicos,
pero si
conserva
la
consciencia
de sí,
permanece
la
aptitud
de
trascender
la
situación
y darle
un
sentido,
cara a
lo
eterno.
El
hombre,
más
grande
que el
universo
El mundo
puede
aplastar
al
hombre,
pero
--decía
Pascal--,
aún
entonces
el
hombre
lo
trasciende,
porque
sabe que
está
siendo
aplastado,
mientras
que el
mundo lo
ignora.
Por eso
incluso
en
situaciones
degradantes,
el
hombre
sigue
siendo
dueño de
sus
actos y
puede
optar
por
abandonarse
a la
abyección
o por
afirmarse
en su
humanidad.
Los
campos
de
concentración
--nazis
y
comunistas--
lo han
puesto
de
relieve
muchas
veces.
Los
materialismos
son
incapaces
de
comprender
esa
libertad
interior,
profunda,
de cada
ser
humano.
Los más
coherentes
la han
negado
de modo
explícito.
Marx,
por
ejemplo,
negaba
la
libertad
al
decir:
«la
libertad
es la
conciencia
de la
necesidad».
Cierto
que la
consciencia
de la
necesidad
es un
signo de
libertad.
Cuando
me
siento
coaccionado,
sé que
tengo
libertad.
Pero la
libertad
es más
que
consciencia,
es
capacidad
de
decidir
sobre
mis
actos,
al menos
en
cuanto a
su
sentido.
Con una
mayor
dosis de
vigor
intelectual
(meta-físico),
Marx
hubiera
podido
concluir,
de sus
propias
palabras,
una gran
afirmación
de
libertad,
porque
si el
hombre
es
«consciente
de la
necesidad»
sólo
puede
ser
porque
no está
enteramente
inmerso
en la
necesidad:
está en
ella,
pero
también
más allá
de ella.
El que
está
dormido
no puede
distinguir
entre la
realidad
y el
sueño;
en
cambio,
el que
está
despierto
juzga y
distingue
perfectamente
entre lo
real y
lo
soñado o
ensoñado.
Si el
hombre
estuviese
del todo
envuelto
en la
necesidad
ni
siquiera
podría
pensar
en la
libertad,
como el
que está
dormido
no puede
pensar
en la
diferencia
entre
realidad
y sueño.
Si cae
en la
cuenta
de estar
apresado
por
alguna
necesidad,
sólo se
explica
porque
no lo
está
totalmente,
porque
le queda
un
remanente
muy
importante
de
libertad
con el
cual
puede
simultáneamente
estar en
una
situación
y
trascenderla;
la puede
mirar
como
desde
arriba,
desde
fuera y,
hasta
cierto
punto
--pero
punto
muy
importante--
dominarla
y darle
un
sentido.
Así, el
hombre
puede,
por
ejemplo,
sentir
una
pasión
fortísima
que le
impele a
matar, a
robar, a
adulterar,
etc.
Pero si
conserva
su
consciencia
de sí,
es capaz
de
resistir
el
impulso,
negarse
a
cometer
el robo
o el
crimen.
Pensar
que la
situación
o
circunstancia
--la
pasión--
puede
resultar
más
fuerte
que la
libertad,
es la
negación
práctica
de la
libertad,
de la
trascendencia
del
hombre
respecto
al
cosmos,
de su
dignidad
radical.
Es
claro,
pues,
que la
«ética
de
situación»
es
negadora
de la
libertad,
al menos
de la
personal,
interior
y
profunda.
Cuando
se
percibe
la
propia
libertad
interior,
se
entiende
que el
hombre,
estando
en el
mundo,
situado
y
condicionado
por el
mundo,
es más
grande
que el
mundo
entero.
Se
comprende
lo que
decía
Juan
Pablo II
en
Segovia,
con
palabras
de San
Juan de
la Cruz:
«un sólo
pensamiento
del
hombre
vale más
que todo
el
mundo»
(4).
Esta
sabiduría
brota de
la
percepción
de la
dimensión
espiritual
de la
propia
naturaleza
--
esclarecida
por un
estudio
metafisico
(más
profundo
que el
físico)
de la
persona
--, y
funda
una
consciencia
profunda
de la
libertad
profunda;
una
consciencia
que
aferra y
asume,
en
virtud
de la
libertad,
la
propia
libertad.
En ese
entonces,
marxismos,
materialismos
en
general,
éticas
de
situación,
aparecen
con su
falsedad
al
desnudo.
La
vanidad
de sus
argumentaciones
resulta
obsoleta
e
irrisoria.
Surge un
verdadero
sentido
ético de
la vida,
fundado
en el
natural
señorío
para el
que ha
sido
creado
el ser
humano.
Se
comprende
en su
pleno
sentido
lo que
se lee
en la
Sagrada
Escritura:
«Dijo
Dios:
Hagamos
el
hombre a
imagen
nuestra,
según
nuestra
semejanza,
y
dominen
en los
peces
del mar,
en las
aves del
cielo,
en los
ganados
y en
todas
las
alimañas,
y en
toda
sierpe
que
serpea
sobre la
tierra»
(5).
Nace la
formidable
pasión
por la
libertad
íntegra,
ancha y
trascendente,
con
nervio
teleológico,
es
decir,
con
sentido
de
larguísimo
alcance,
con un
por qué
y para
qué
divinos.
La
libertad
aparece
en su
justo
valor,
valor de
medio
magnífico
para
realizar
valores
aún más
altos:
la
verdad,
la
bondad,
la
belleza,
el amor,
la
justicia,
en toda
circunstancia,
en
cualquier
situación,
aunque
para
ello sea
preciso
empeñar
la vida.
Los
mártires
han sido
--y
siguen
siendo--
no sólo
los
grandes
testigos
de la
fe, sino
también
los
grandes
testigos
de la
libertad
y de la
razón,
frente a
todo situacionismo.
A la
luz de
la fe
Para
comprender
lo dicho
hasta
aquí no
es
menester
la luz
de la
fe, pero
indudablemente
esa luz
permite
ver
todas
las
cosas
con
mayor
claridad
y
certeza.
Si se
consideran
cada uno
de los
actos
humanos
en
particular,
toda
persona
puede y
debe
vencer
el mal,
cualquiera
que sea
su
situación.
Sin
embargo,
es
teológicamente
cierto
que el
hombre,
en
estado