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Por
Juan Luis Lorda *
1. Acontecimientos que
invitan a pensar
2. Reconocimiento de una
conquista cultural
3. La amenaza del
aburrimiento (un reto para
occidente)
4. Una cultura de la
libertad (ascética de la
libertad)
5. El sentido de la libertad
(mística de la libertad)
1. Acontecimientos que
invitan a pensar
Desde 1989, estamos en una
situación histórica nueva
que afecta a la vida, las
aspiraciones y las ideas de
muchos millones de personas.
El comunismo ha fracasado,
primero como ideología y
también como sistema de
poder establecido, y ha
dejado un inmenso vacío.
Nunca ha existido una oferta
ideológica y política tan
fuerte y tan universal. El
enorme poder del comunismo
consistía en esa combinación
leninista de ideología
marxista, pretendidamente
científica, y de maquinaria
política al servicio de la
ideología: afirmaba la
ideología con la autoridad
absoluta de la ciencia, e
imponía sus criterios con
todo el peso de sus
estructuras políticas; una
concentración de poder jamás
vista. Por eso también ha
ejercido una opresión
incomparable.
Durante decenios, en los
países donde ha dominado, el
comunismo ha sido la única
doctrina posible sobre la
sociedad; y casi en el resto
del mundo, la "otra"
alternativa; que operaba
como una tentación
constante, impulsada por
grupos activos más o menos
iluminados y por
concienzudas estrategias de
propaganda. Las demás
doctrinas y fuerzas
políticas se han visto
obligadas a definirse, total
o parcialmente, a favor o en
contra. Así ha determinado,
directa o indirectamente,
casi todo el panorama
ideológico y político
mundial. Por eso, su
desaparición crea un enorme
vacío: el espacio ideológico
y político se ha liberado,
de repente, de esa presencia
obsesiva e invasora.
Hay que adaptarse a la nueva
situación y hay que
desprenderse de las
deformaciones que ha
producido tanta presión
ideológica y política. Entre
otras, hay que desprenderse
del hábito de "simetría"
política e ideológica
(izquierda/derecha) que el
comunismo generó, por su
interpretación dialéctica de
la historia, y también por
motivos simplemente
estratégicos. Es
sencillamente falso que
durante el siglo XX hayan
combatido en el mundo "dos"
ideologías, que podríamos
llamar comunismo y
capitalismo o
liberalismo(1). El comunismo
no ha tenido un rival de la
misma naturaleza, porque no
ha existido nunca un sistema
ideológico y político tan
compacto como él. Es verdad
que en los países
occidentales no comunistas
existe un pensamiento
liberal y también unas
prácticas capitalistas. Pero
no forman un sistema
comparable con el comunismo,
ni desde el punto de vista
ideológico ni, mucho menos,
desde el punto de vista de
las estructuras del poder.
La ideología comunista creía
poseer la explicación
científica global del mundo
al postular las leyes
fundamentales y necesarias
de la materia y de la
historia. Entendía la
sociología -la ciencia de
las sociedades- como si
fuera una ciencia natural,
como la física o la química,
dominada por leyes
necesarias y generales, que
podían ser conocidas y
controladas por la razón.
Quienes gobernaban debían
ocuparse de la aplicación
técnica de esa ciencia
totalitaria. Así se han
permitido horribles
operaciones de lo que se ha
llamado "ingeniería
social"(2).
Hay que aprender de la
historia. Pero hay que
aprender bien, leyendo con
cuidado lo sucedido. El dato
que se deduce de la triste
historia del siglo xx no es
que ha fracasado "uno" de
los sistemas ideológicos
posibles, sino que todo
sistema ideológico que
pretenda abarcar la entera
realidad es inhumano(3). Y
es inhumano, aparte de otros
muchos errores, porque
desconoce la fuerza creativa
de la libertad de cada
persona. Esa propiedad
singular y admirable,
fácilmente reconocible y
obvia para el análisis
fenomenológico, hace de cada
hombre una fuente de la
historia, un acontecimiento
nuevo sobre la tierra.
La libertad de las personas
es una de las causas
irreductibles de los hechos
sociales. No se puede
reducir ni a los procesos de
la naturaleza ni a la
estadística de los grandes
números. Es la prueba de que
existe un ámbito de la
realidad que está más allá
de la materia, porque tiene
leyes distintas. Por eso, es
necesario, como formuló
Düthey, dividir
metodológicamente las
ciencias al menos en dos
grupos: ciencias de la
naturaleza, dominadas por la
necesidad de la materia, y
ciencias del espíritu donde
interviene ese fenómeno
irreductible, que es la
libertad.
Las ciencias sociales -la
historia, la sociología o la
economía- pertenecen a este
segundo grupo y deben tener
en cuenta la libertad
personal como un fenómeno
originario y característico
de su construcción
científica. Toda explicación
mecanicista y necesaria de
los procesos sociales es
errónea, precisamente porque
no la tiene en cuenta. Y es
una grave violencia -un
despropósito- intentar
transformar cualquier
sociedad de un modo técnico
o, mucho peor, mecánico, sin
emplear los resortes propios
de la libertad; es decir, la
motivación y la persuasión
mediante el ejercicio de una
autoridad legítima y
razonable, con el debido
respeto a las conciencias.
Por eso, es necesario
acostumbrarse al vacío
ideológico dejado por el
comunismo. Hay que
acostumbrarse a no tener una
ideología que lo intente
explicar todo y que asegure
técnicamente su
transformación. Ese es el
marco público de la
libertad.
Estamos en una situación
nueva. Es el momento de
redescubrir la política; que
no es, de ninguna manera, el
campo de aplicación de los
sistemas ideológicos, como
ha sido en los regímenes
totalitarios, ni tampoco el
campo de combate entre
ideologías contrarias, como
ha sucedido en los regímenes
parlamentarios por la
tremenda distorsión que
producía en ellos la
presencia marxista. La
política no se guía por
maximalismos ideológicos,
sino precisamente por el
ejercicio de la prudencia.
Es un arte y no una técnica.
Las sociedades no necesitan
ideologías para progresar,
sino experiencia, sentido
común y honradez: sabiduría
para gobernar a las personas
y experiencia para gobernar
las cosas. Y hoy es tarea de
los intelectuales
recordarlo.
2. Reconocimiento de una
conquista cultural
Todos los países donde el
comunismo ha desaparecido se
han visto obligados a cubrir
el hueco, y han asumido en
mayor o menor medida, las
instituciones del
liberalismo económico (libre
mercado) y político (sistema
de libertades y democracia
parlamentaria).
Pero es muy importante que
no permanezcan entre los
esquemas mentales, los
viejos y malos hábitos de la
simetría. Hay que
acostumbrarse a vivir sin
"ideologías". La política no
las necesita. El liberalismo
no es una ideología como el
comunismo. No hay que
pretender que lo sea. Se
trata de algo mucho más
modesto y también más
maduro.
Al hablar de liberalismo,
hay que distinguir tres
cosas: los programas de los
partidos liberales, las
doctrinas de los pensadores
liberales, y las
instituciones políticas
liberales. Aquí no
hablaremos de los partidos
políticos, donde la etiqueta
"liberal" puede incluir
desde partidos tradicionales
hasta libertarios.
En cuanto a las doctrinas, y
a pesar de algunos intentos
teóricos, el liberalismo
carece de unidad(4). En
realidad, se pueden
distinguir, como propone
Hayeck(5), dos grandes
grupos: la tradición
ilustrada continental, sobre
todo francesa (Roussseau,
Condorcet), y la filosofía
política británica, escocesa
e inglesa (Hume, A. Smith,
A. Ferguson, W Pales). La
primera está marcada por el
racionalismo y tiende a la
construcción racionalista
del Estado; a la segunda,
más pragmática, le basta con
proponer unas reglas de
juego. Esta división no es
muy firme pues hay autores
que podrían considerarse
intermedios (Montesquieu,
J.S.Mill) y otros, cambiados
del lugar que les
correspondería por su origen
geográfico (según Hayeck,
por ejemplo, cabría situara
Tocqueville en la mentalidad
liberal británica, y, en
cambio, a Hobbes y Paine en
la continental).
Basta esto para mostrar que
no existe una doctrina común
liberal. Sólo existe una
cierta concordancia de
aspiraciones y de
principios. Como decía
Benjamin Constant en el
siglo pasado, el liberalismo
es un sistema de
principios(6). Pero su
mérito principal no es
especulativo. La
justificación y los
desarrollos teóricos de las
diversas doctrinas liberales
suelen parecernos
insuficientes y, muchas
veces, ingenuos (el contrato
social de Rousseau, etc.). Y
con razón, pues las ciencias
humanas han progresado mucho
desde entonces y nos dan una
visión de la realidad mucho
más rica y matizada.
En realidad, la aportación
principal del liberalismo
político no es especulativa,
sino más bien política y
educativa. A pesar de sus
ingenuidades y de sus
simplificaciones, ha
conseguido expresar
jurídicamente y dar carta de
naturaleza en el ámbito
político a algunos
principios de derecho
natural, como la dignidad,
libertad y la igualdad
fundamentales de los
hombres. Y en parte por
deducción de esos principios
y, en parte por la evolución
de la praxis política, ha
conseguido crear un conjunto
de instituciones (separación
y equilibrio de poderes,
democracia parlamentaria,
reconocimiento de derechos
fundamentales) y unas
costumbres sociales que
proporcionan el marco para
una convivencia real y
pacífica. Su gran logro es
que unos principios teóricos
verdaderos y fundamentales
hayan llegado a configurar
profundamente la mentalidad
y los hábitos de muchas
sociedades.
El Estado de derecho creado
por los principios
liberales, con el
reconocimiento
constitucional de la
igualdad fundamental entre
los ciudadanos, de las
libertades individuales y
políticas, de la división de
los poderes, y de las
garantías jurídicas, ha
proporcionado un nivel de
ejercicio de libertad y de
protección frente a muchas
formas de violencia (y
especialmente a la violencia
arbitraria que pueden
ejercer quienes detentan el
poder), que no encuentra
parecido en toda la historia
de la humanidad. El
liberalismo político ha
creado ámbitos completamente
nuevos de libertad social.
Es preciso reconocerlo.
Es verdad que resulta un
poco ridículo hacer de los
principios liberales una
especie de religión, como, a
veces, sucede en la
tradición ilustrada y en la
retórica parlamentaria. Es
verdad que en su compleja y
variada historia se han
mezclado a veces prejuicios
y motivos menos nobles. Es
verdad que tiene unas
expresiones filosóficas algo
ingenuas y simplistas. Pero
es de justicia reconocer la
bondad de sus logros. Por
ellos el liberalismo se ha
impuesto como la forma
política habitual de los
países desarrollados. Hoy no
es pensable el Occidente sin
esta notable y variada
creación jurídica y
cultural.
Así, el liberalismo no es
una ideología como el
comunismo, sino un conjunto
principios que toman su
fuerza del derecho natural y
de instituciones jurídicas
enriquecidas por la
experiencia. Por eso, puede
resultar culturalmente
empobrecedor convertirlo en
una posición doctrinal, con
definiciones ideológicas o
caracterizarlo con las
oposiciones doctrinales del
pasado (como el laicismo,
por ejemplo)8. No tiene
sentido ser "partidario del
liberalismo" con un grado de
adhesión intelectual y
afectiva semejante a la que
podía tener un comunista
respecto a su ideología.
Esto sería hacer pervivir
los fantasmas del pasado.
Hay que superar la
dialéctica de las etiquetas
que no hacen más que
confundir la vida
intelectual y política. Lo
que interesa es la adecuada
formulación de los
principios, que sirven para
educar, y la eficacia de las
instituciones, que sirven
para gobernar.
Pero no todo son ventajas.
La experiencia ha puesto de
manifiesto al menos cinco
deficiencias del
liberalismo, que conviene
tener muy presentes
precisamente ahora, en
momentos de transformación
política.
a) La primera es su
individualismo. Al exaltar
las libertades individuales,
la tradición liberal tiende
a olvidar los lazos
naturales y las obligaciones
que vinculan a los hombres
entre sí, que no han
encontrado una, expresión
jurídica suficiente. Tiende
a pensar todo en términos de
individuos y de Estado y
desconoce todo lo demás. La
mentalidad liberal
continental, que es
fuertemente estatalista, ha
chocado con las llamadas
"instituciones intermedias"
(matrimonio, corporaciones,
asociaciones), porque
presiente que limitan las
libertades individuales, sin
comprender bien su
naturaleza, ni su
contribución a la vida
personal y social.
b) La segunda es su
insolidaridad. Aunque
jurídicamente se afirma la
igualdad, los individuos de
hecho no son iguales ni en
sus capacidades ni en sus
medios de fortuna. Por eso,
en un régimen de libertad
plena se producen graves
desequilibrios, debidos a
los procesos de acumulación
de poder económico y de
marginación; y los débiles
pueden quedar en manos de
los fuertes. De hecho se ha
hecho necesaria la
intervención del Estado para
equilibrar las diferencias
más graves, garantizar la
solidaridad y promover la
igualdad de oportunidades en
el acceso a los bienes
comunes, especialmente los
de la cultura
c) En tercer lugar, la
tradición liberal,
precisamente por su
individualismo, no ha
conseguido una fórmula
satisfactoria para encuadrar
las relaciones del trabajo
con el capital, o mejor,
para la participación del
trabajador en la sociedad en
que trabaja. Se ha impuesto
la fórmula jurídica de la
sociedad anónima, que es la
clave del capitalismo. A
pesar de su simplicidad que
la ha hecho tan operativa,
consagra al capital como
verdadero agente de la vida
económica, dándole
personalidad jurídica. En
cambio, el trabajo es
tratado prácticamente como
un bien que se compra en el
mercado. En la misma fórmula
jurídica no se contemplan ni
su valor humano ni los
vínculos personales a que da
lugar. Los abusos prácticos
han provocado, en los dos
últimos siglos, la formación
de sindicatos y otras
organizaciones
profesionales, y la
intervención reguladora y
arbitral del Estado. Así se
ha desarrollado una doctrina
jurídica que protege las
condiciones del trabajo y de
la jubilación.
d) La cuarta debilidad del
liberalismo es que la
afirmación de la tolerancia
como principio de respeto de
todas las formas del pensar,
y de la democracia como
principio de decisión y
fuente de verdad jurídica,
tienden a crear una
mentalidad relativista.
Se confunde el derecho que
cualquier persona tiene para
expresarse libremente con el
supuesto de que todas las
opiniones que se expresan
valen lo mismo. Y al afirmar
incondicionalmente la
libertad, se acaba recelando
de toda verdad, porque puede
imponer límites a la
libertad.
e) La quinta debilidad
ahonda en esta paradoja. En
la medida en que todos los
principios se relativizan y
pueden ser negados, la
libertad que el sistema
liberal quiere proteger
puede volverse contra el
propio sistema. Las
democracias occidentales han
tenido y tienen graves
problemas frente a grupos
violentos con fuerte
identidad, como ya sucedió
en la ascensión democrática
de Hitler al poder.
Hay que reconocer que, en el
Estado liberal, la libertad
ha encontrado una expresión
jurídica y social mejor que
la igualdad y la
fraternidad. La historia ha
demostrado el acierto de las
fórmulas políticas liberales
para crear un régimen
externo de protección de
libertades. Pero también ha
demostrado que la libertad
no puede ser considerada
como el único principio que
configura la vida social.
Por eso, en todos los países
de tradición liberal se han
introducido correcciones
prácticas a las ideas
liberales, creando un Estado
intervencionista.
Este Estado ha crecido
intentando proporcionar cada
vez más servicios al
ciudadano y se ha convertido
en el llamado Estado de
bienestar. Hoy se advierten
los síntomas y problemas de
un crecimiento excesivo. Los
Estados modernos parecen
inmensos autómatas
administrativos. La
complejidad legal y
burocrática ha superado las
posibilidades reales de
control de los propios
dirigentes, que no son
capaces de dominar bien sus
resortes y gobernarlos con
eficacia. Además, las
inmensas concentraciones de
poder atraen la avidez de
los ambiciosos. Y las
dificultades de control de
un aparato tan complejo,
facilitan la corrupción. El
Estado escapa a sus propios
controles y, desde luego, al
control de los ciudadanos,
que lo conocen desde lejos y
sólo intervienen votando
ocasionalmente. El
equilibrio de poderes y el
espíritu democrático que
propugnaba la doctrina
liberal se han difuminado.
Por eso corren hoy vientos
tan fuertes en favor de la
reducción del Estado. Es el
momento de una sociedad más
activa. Pero no se puede
lograr sólo legislando,
sobre todo cuando el sistema
legal está sobresaturado. Es
más bien un problema
educativo. Se necesita un
cambio de mentalidades, al
que están llamados a
contribuir todos los agentes
de la cultura, para aumentar
la responsabilidad ante el
bien común. Por eso, es tan
oportuna una reflexión sobre
el sentido de la libertad y
sobre el modo de difundir
una auténtica educación de
la libertad.
3. La amenaza del
aburrimiento (un reto para
occidente)
El extraordinario desarrollo
de las ciencias y de las
técnicas a lo largo del
siglo xx ha creado nuevos
espacios de libertad. Nunca
ha existido tal dominio
sobre la materia. Las nuevas
técnicas de explotación,
inspiradas por la ciencia y
estimuladas por el comercio,
han permitido multiplicar la
producción y cubrir
sobradamente las necesidades
materiales de la sociedad.
Jamás han estado las
sociedades tan liberadas de
los agobios de la necesidad.
Aunque no estén a salvo de
las sorpresas de la biología
(como hemos podido ver con
el SIDA), ni de las grandes
catástrofes naturales, que
periódicamente se producen.
Debido al uso masivo de
maquinaria, la productividad
de un trabajador actual es
equivalente a la de docenas
de trabajadores del siglo
xix y quizá a la de cientos
de la Edad Media. Por poner
un ejemplo, en condiciones
normales, un trabajador del
campo actual puede cosechar
en pocas horas y cómodamente
una inmensa extensión que
antes habrían cosechado
varias docenas de
trabajadores trabajando de
sol a sol. Y además, la
productividad del terreno es
mucho mayor por el
mejoramiento de las técnicas
de roturado, de abono, de
previsión y combate de las
plagas. Y lo mismo sucede en
todos los sectores de la
industria: unos pocos
empleados en una fábrica
textil consiguen producir la
misma cantidad de tela que
cientos de antiguos telares
artesanos, donde consumían
su vida tantas personas
trenzando hilo tras hilo.
El inmenso crecimiento de la
producción ha tenido un gran
impacto social y cultural
con efectos diversos: ha
cambiado las formas de vida
en muchos países, ha
originado un grave problema
ecológico y ha dado lugar
también a tres fenómenos
nuevos en la historia de la
humanidad, que afectan
directamente a la libertad.
En primer lugar, por primera
vez en la historia, la
producción lleva la
delantera a las necesidades
del consumo: nunca se habían
producido tantos excedentes.
Esto ha originado el vigor
de la publicidad, que
intenta crear nuevos y más
extensos hábitos de consumo,
y nuevas necesidades para
poderlas abastecer. Toda la
economía moderna gravita
sobre ella. Y es el factor
más característico de la
nueva forma de sociedad, que
llamamos sociedad de
consumo. Nunca se habían
utilizado tantos medios para
provocar y condicionar los
gustos del público.
Probablemente no existe
ninguna otra instancia
educativa moderna que ponga
tanto interés y reúna tantos
medios para transmitir
mensajes. La publicidad está
creando el clima social de
los países desarrollados,
envolviéndolo en un
caparazón artificial difícil
de superar. Tiende a manejar
y absorber todos los
resortes de la motivación
humana, reclamando
constantemente y por todos
los medios la atención. Es
preocupante su capacidad de
modelar las mentalidades y
de crear un clima de
opinión. Aparte de que las
depuradas técnicas de
condicionamiento que
descubre y usa pueden
emplearse para otro tipo de
manipulaciones.
En segundo lugar, la
mecanización de las tareas
agrícolas ha liberado
extensos estratos de
población. Y ha permitido el
trasvase a otros tipos de
trabajos industriales y de
servicios. Se han
diversificado las tareas.
Frente a un pasado donde la
mayor parte de la población
ha estado atada, en diversos
grados, a la tierra, hoy la
inmensa mayoría está
emancipada y puede dirigir
su actividad más o menos a
su gusto. La sociedad es más
compleja y mucho más
variadas las posibilidades
de elección profesional. Hay
más libertad para elegir la
orientación de la propia
vida.
En tercer lugar, se ha
generado mucho tiempo libre.
Los tiempos de trabajo se
han reducido, en parte como
conquista laboral, y en
parte también como
consecuencia necesaria de la
mecanización masiva. Las
empresas tienden a reducir
sus plantillas y a trabajar
menos horas a la semana.
Esto ha producido una
revolución en las
costumbres, es decir, una
revolución cultural. Se ha
dicho que vivimos en una
"civilización del ocio",
aunque también hay que
lamentar que no se emplee
toda la mano de obra
disponible y el azote del
paro se haga sentir.
La multiplicación del tiempo
libre es uno de los cambios
culturales más importantes
de este siglo en los países
desarrollados. Los espacios
de tiempo libre, o, por usar
el titulo de la famosa
novela de Ishiguro, "Los
restos del día", han crecido
y se han convertido en la
parte principal de la vida
de muchos millones de
personas. A veces, se crea
una contraposición: por un
lado el tiempo dedicado al
trabajo y a las
obligaciones; por otro, los
tiempos libres. Los primeros
se soportan, y se viven como
una esclavitud. En cambio,
los tiempos de ocio son
considerados como la
verdadera vida, donde se
espera la realización
personal. Así se crea un
juego de expectativas e
insatisfacciones, de lo que
es una muestra la llamada
"neurosis del fin de
semana".
Los grandes filósofos
griegos -Sócrates, Platón,
Aristóteles- consideraban el
ocio, junto con la política,
como la actividad
fundamental de los hombres
libres. Pero entendían que
debía dedicarse al cultivo
de la contemplación
filosófica(9). Esta
concepción, que ya entonces
era elitista, está, desde
luego, muy lejana a nuestra
experiencia cultural. Una
cultura basada en el consumo
se muestra incapaz de dar
otras respuestas masivas que
no sean las del
entretenimiento y la
evasión.
Ante la creciente demanda,
la industria ha reaccionado
ofreciendo nuevas
posibilidades (turismo,
juego, deporte,
espectáculos), a lo que hay
que añadir las posibilidades
inmensas y todavía apenas
exploradas de la realidad
virtual (videojuegos). Las
medias de consumo de
televisión oscilan entre
tres y cinco horas diarias
en los países
industrializados. Además del
efecto de irrealidad
(acostumbrarse a vivir en un
contexto irreal), todos los
entretenimientos tienen
necesariamente un
rendimiento decreciente y
acaban cansando. Esto
provoca la búsqueda de
emociones más fuertes,
especialmente entre los
jóvenes y tiene también
efectos negativos: aumento
de "Kamikazes" y juegos de
riesgo, evasión dura (nuevas
drogas) y opciones
radicales, que son más
emocionantes que las
normales. Frente a la oferta
de evasiones, la vida
cotidiana y normal, puede
parecer anodina y sin
interés.
Así el tiempo libre se ha
convertido en una victoria y
también en un problema(10).
El aburrimiento, síntoma del
vacío existencial, se ha
convertido en la enfermedad
colectiva de la cultura
occidental(11). Esta cultura
que ha sido capaz de superar
los graves límites de la
necesidad, tropieza con la
amenaza del aburrimiento,
porque no tiene respuestas
sobre el sentido de la
libertad. Es curioso, por
ejemplo, el desgaste del
concepto de eternidad. Desde
su experiencia vital, muchos
miran con recelo un tiempo
sin límite, y algunos como
una tortura, porque no
conciben cómo evitar el
aburrimiento (12).
Nunca tantas personas han
podido disponer en tanta
medida de sí mismas. Nunca
ha existido, para tanta
gente, un espacio real tan
amplio para el ejercicio de
su libertad, en las grandes
elecciones de la vida
(profesión, vivienda,
matrimonio) y en el empleo
concreto de su tiempo. Pero
esto reclama criterios sobre
el sentido de la
libertad(13). La tradición
liberal no puede darlos
porque no quiere tener una
respuesta sobre el sentido
de la vida humana. En cierto
modo, piensa que, si
existiera, limitaría la
libertad". Sólo se ocupa de
defender los aspectos
formales y externos de la
libertad, especialmente las
libertades políticas
(libertad de). El sentido de
la libertad personal
(libertad para qué) hay que
obtenerlo de otras fuentes.
4. Una cultura de la
libertad (ascética de la
libertad)
Si, buscando respuestas,
acudiéramos a las distintas
tradiciones sapienciales de
la humanidad nos
encontraríamos con un dato
sorprendente y casi unánime,
pero muy olvidado entre
nosotros. Tanto en la
tradición filosófica
platónica, aristotélica y
estoica, como en la
tradición budista y en las
antiguas religiones
orientales, como en el
judaísmo, el cristianismo, y
el Islam, encontraríamos una
advertencia semejante. En
fuerte contraste con la
tendencia consumista de
Occidente, todas las
tradiciones sapienciales
afirman que el hombre, en
primer lugar, debe ser libre
ante sus deseos. Ésta es la
primera dimensión de la
libertad: la libertad
interior.
Todas las tradiciones
sapienciales han
experimentado que, en el
interior del hombre, hay
fuerzas centrífugas y
solicitaciones opuestas, que
a veces se oponen
violentamente entre sí.
Todas conocen la agitación
de las pasiones; tienen
experiencia del daño que se
hace a sí mismo y a los
demás el hombre que no sabe
dominar sus impulsos; y
desean la paz de una
conducta prudente, guiada
por la razón. Es necesario
que la razón logre imponerse
sobre todas las fuerzas
centrífugas que se mueven en
el interior del hombre.
La tradición de la filosofía
occidental llegó a la
conclusión de que el
ejercicio de la racionalidad
es el presupuesto y el marco
de la libertad. El hombre
libre es el que se conduce
por los dictados de su
prudencia, el que es
razonable. El ser humano
está inclinado por
naturaleza a vivir de
acuerdo con su razón, pero
sólo lo logra cuando domina
los demás resortes de la
psicología, principalmente
la imaginación, los
sentimientos y los deseos.
Por eso, la libertad
interior es una conquista
que cada persona debe
realizar. Debe adquirir el
dominio de sí mismo,
imponiendo en su conducta la
regla de la razón. Esto es
la virtud.
En una de sus felices
síntesis, Max Scheler ha
dicho que el hombre es un
"animal ascético""4; su
espíritu sólo aparece en la
cumbre cuando logra
sobresalir y poner orden en
los estratos inferiores,
especialmente en la
afectividad, en el mundo de
los deseos. Sin ascética,
sin la práctica del dominio
de sí, el espíritu humano
apenas puede manifestarse y
desarrollarse normalmente.
Resulta sorprendente que
este principio tan
importante de la sabiduría
universal se haya evaporado
prácticamente de nuestra
cultura. La historia moderna
de la reclamación de las
libertades parece haber
olvidado prácticamente las
condiciones internas de la
libertad, que sin embargo,
estaban presentes en sus
inicios.
A primera vista, las causas
son variadas. Por una parte
la ingenuidad ilustrada, de
corte roussoniano, que
piensa que basta que un
hombre sea educado para que
sea virtuoso. Por otra, la
confusión irracionalista y
romántica entre libertad y
espontaneidad, que tiene
raíces muy largas, y que
cree que cada uno lleva
dentro algo importante que
ha de expresar sin
cortapisas. Por otro,
influye un exagerado respeto
por la libertad ajena
privacy-, que lleva a no
poder enjuiciar serenamente
la motivación de los
distintos tipos de conducta.
Así, frente a las presiones
de grupos libertarios, que
suelen ser muy beligerantes,
la cultura democrática se
encuentra sin argumentos. Y
va desfigurando y
desgastando sus ideales
humanistas, logrados por la
afortunada combinación de la
filosofía griega, el civismo
romano y la moral cristiana.
Por miedo a herir, no se
atreve a señalar qué
conducta es racional y cuál
no. Pero, sin criterio y sin
ejemplos, no se puede
educar. De este modo, la
educación pública ha dejado
de transmitir la idea de que
sea necesario refrenar y
someter los deseos, que es
una de las columnas de la
sabiduría universal.
El principio ascético
sapiencial de que el hombre
debe dominar sus deseos para
ser libre, está unido a la
determinación de una escala
de valores, que distingue
entre bienes superiores e
inferiores, bienes del alma
y bienes del cuerpo. Hay que
dominarse en lo inferior
para poder alcanzar lo
superior. Los bienes
superiores no pueden ser
alcanzados sin una accesis
rigurosa que libere del
excesivo y a veces engañoso
atractivo de los bienes
inferiores. Esto contrasta
con la mentalidad consumista
secuestrada por la
publicidad, que desconoce la
existencia de tales bienes.
En medio de una cultura de
la abundancia, cada vez más
preocupada por la salud y
por el cultivo de lo
corporal (ejercicio físico,
deporte, danza) para
mantenerse en forma,
prolongar la vida y
conseguir un cuerpo bello,
hay que recordar que el
espíritu también necesita
ejercicio para mantenerse
sano. Sin ascética no hay
virtud, y sin virtud, no hay
libertad. Hoy forma parte de
la tarea de un intelectual
hacer brillar los ideales
humanistas en el seno de una
sociedad que los olvida(15).
5. El sentido de la
libertad (mística de la
libertad)
La doctrina estoica y otras
tradiciones sapienciales,
como el budismo, han dejado
una valiosa experiencia
sobre el dominio de sí, que
proporciona ánimo y
ejemplos. Pero no ofrecen
una respuesta
suficientemente positiva
sobre el sentido de la
libertad. Están limitados
por sus presupuestos
doctrinales.
Las doctrinas estoicas se
conforman con salvar el
decoro del hombre racional,
por encima de las pasiones y
de los males de la vida. Les
basta lograr una "aurea
mediocritas", un equilibrio
vital, porque son
fundamentalmente pesimistas
con respecto a las
posibilidades de la vida.
Por su parte, el budismo
piensa que todos los deseos,
sin distinción, son
aspiraciones vanas y causas
de dolor. Ve en la tendencia
a la acción, el origen del
desorden del mundo y se
esfuerza en eliminarla. La "apatheia"
de la sabiduría griega y, en
mayor medida, el "nirvana"
budista, a pesar de sus
muchos valores, resultan
demasiado próximos a la
anulación. Y no pueden dar
satisfacción a las
aspiraciones de felicidad y
realización personal.
Es evidente que el sentido
de la libertad se juega en
la pregunta por si existe o
no una realización personal.
Cuestión muy difícil si
tenemos en cuenta que el ser
humano es mortal y está
sometido al ciclo biológico
de maduración y
envejecimiento. Las
aspiraciones humanas, en sí
mismas, son tan vagas y
variadas que no dan
respuesta suficiente sobre
su sentido. La experiencia
enseña que pueden tomar
direcciones muy diversas y
que, con frecuencia, nos
engañan, causando muchas
frustraciones y
sufrimientos. De ahí el
prudente escepticismo
estoico o budista.
La doctrina platónica tiene
una respuesta positiva y
señala que la realización
personal consiste en
alcanzar los bienes
invisibles, mediante el
desprendimiento de los
bienes visibles. Platón
promete al alma inmortal
gozar del mundo inmaterial
de la verdad y la belleza,
que está por encima de este
mundo corporal transitorio.
La ascética platónica está
animada por una mística de
la contemplación (el eros
platónico). Pero todavía
resulta insatisfactoria. Por
un lado reduce la
realización al aspecto
noético, cognoscitivo o
estético. Por otro, no
valora en absoluto las
condiciones temporales e
históricas en las que se
desarrolla la vida humana.
Todo lo que no sea medio
para la contemplación no le
interesa. Es demasiado
trascendente.
La tradición de pensamiento
cristiano, que reconoce el
valor de la ascética
platónica, ha ido más lejos.
Y ha encontrado una
formulación especialmente
lúcida y solemne sobre el
sentido de la libertad
humana, en la Constitución
Pastoral Gaudium et Spes,
del Concilio Vaticano II. A
imagen de la Trinidad, que
es comunión de personas, el
hombre es un ser social por
naturaleza. Realizarse
significa, sobre todo,
desplegar esa dimensión: en
relación con Dios y en
relación con los demás. Por
eso, el sentido de la
libertad y su plenitud se
alcanzan en la donación de
sí mismo: "Esta semejanza
(con la Trinidad) demuestra
que el hombre, única
criatura terrestre a la que
Dios ha amado por sí misma,
no puede encontrar su propia
plenitud si no es en la
entrega sincera de sí mismo
a los demás"(16).
Vale la pena repetirlo por
la importancia de lo que se
dice: "No puede encontrar su
propia plenitud si no es en
la entrega sincera de sí
mismo a los demás". Esta
formulación tan escueta
encierra una enseñanza
fundamental. La realización
del hombre y el sentido de
su libertad culminan en el
mandamiento del amor,
entendido en un sentido
nuevo específicamente
cristiano. Esta deducción no
es fruto del pensamiento
especulativo, sino de una
revelación. Pero una vez
revelada y una vez presente
en la cultura, la razón es
capaz de reconocer la bondad
de esta doctrina y de
asombrarse ante la belleza
de sus expresiones, que son
testimonio de su verdad.
El amor cristiano es un amor
personal, de comunión o
ágape, y se distingue
netamente del deseo, que las
tradiciones estoica y
budista rechazan. Resulta
útil recordar, en este
sentido, la vieja distinción
escolástica entre amor
concupiscentiae y amor
benevolentiae". Entre el
amor-deseo o amor-necesidad,
que tiende a apropiarse de
aquello a lo que aspira; y
el amor-donación, donde el
amante se entrega a lo que
ama. El segundo participa
del carácter creativo del
amor de Dios. Y es
exactamente lo contrario de
una mentalidad consumista,
que tiende a poseer -a
consumir- todo lo que desea.
Porque el hombre es un ser
necesitado", no puede dejar
de desear los bienes que
necesita para su pervivencia
y desarrollo. Pero su
relación con el mundo es
mucho más rica. Junto a los
bienes que necesita consumir
(uti), puede reconocer la
existencia de otros bienes
que no se consumen, sino que
se contemplan y se gozan (
frui): la verdad y la
belleza. Esta es la esfera
del ecos platónico.
El cristianismo añade una
tercera dimensión que exige
una nueva actitud; además de
los bienes que necesitamos
consumir y de los que
merecen nuestra
contemplación, están las
personas, que merecen
nuestro amor. El platonismo
no llegó a captar el
universo personal. La noción
de persona es una noción
cristiana, forjada en la
historia. Usando una
terminología fenomenológica,
el pensamiento cristiano ha
llegado a la conclusión de
que el valor de la persona
exige una respuesta
adecuada, que es el amor. Es
lo que Juan Pablo II ha
llamado "norma
personalista"18. Un
principio de extraordinaria
importancia, tanto desde el
punto de vista moral como
educativo. Encierra todos
los ideales del humanismo
cristiano, expresándolos de
un modo nuevo.
El eros platónico se mueve
en el universo impersonal e
intemporal de la verdad y de
la belleza, mientras que el
amor cristiano se mueve en
un universo personal e
histórico -se realiza en el
tiempo presente-. El ágape
cristiano es un amor de
comunión que se expresa,
confirma y realiza en
acciones reales e
históricas, porque se
refiere a Dios y a las
personas concretas que viven
en la historia. Y se realiza
en la donación a los demás
de las capacidades reales,
de la atención, del tiempo,
de todos los talentos y los
bienes. En definitiva, se
manifiesta en actos de
entrega y servicio.
El amor-entrega es la
respuesta cristiana al
sentido de la libertad. Es
también la respuesta al
malestar de la sociedad de
consumo, al aburrimiento
vital, que no sabe emplear
las propias capacidades.
Sería erróneo entenderlas de
un modo egoísta, cuando, por
naturaleza, son talentos que
deben ser empleados en
servicio a los demás. La
persona humana se realiza a
través de su trabajo cuando
lo entiende como un servicio
a los demás; y se realiza en
el ocio, cuando lo entiende
como el descanso necesario y
ocasión de dedicarse a la
contemplación y a la
relación con los demás. Y
cuando le sobran capacidades
o el aburrimiento amenaza,
la propuesta cristiana no es
la evasión, sino la entrega
de esas energías a tantas
tareas que lo merecen. El
aumento reciente del
voluntariado es un signo
esperanzador en este
sentido.
La realización del amor
cristiano se expresa en el
doble mandamiento de la
caridad: amar a Dios sobre
todas las cosas y al prójimo
como Cristo nos enseñó. Y
sigue un criterio de
proximidad: hay que amar al
prójimo; esto da una
prioridad razonable a los
lazos humanos ya
establecidos. Pero no se
encierra allí, ya que, como
ilustra la parábola del buen
samaritano, otras personas
se cruzan, quizá
ocasionalmente, en nuestras
vidas, y se hacen entonces
prójimos. Hoy son muchos más
debido a los medios de
comunicación que nos acercan
las tragedias y necesidades
de todo el mundo. Pero en
este punto conviene ser
claros, por el peso que
todavía tienen algunas
deformaciones de tipo
ideológico: el amor
cristiano se realiza no
tanto mediante el compromiso
con "ideas", sino mediante
la entrega real e histórica
con "personas".
Nuestra sociedad de consumo
necesita que se le recuerde
la importancia de la
ascesis, para que no quede
anegada por las exigencias
del amor-deseo. Necesita que
se le abran los ojos a los
bienes que se pueden
contemplar y gozar: la
verdad (ciencias y
sabiduría) y la belleza
(estética y moral). Y
necesita también que se le
ayude a descubrir el plano
de los bienes personales:
descubrir el amor, como
comunión y entrega a Dios y
al prójimo. Esta es la
mística de la libertad. Las
circunstancias culturales
nos invitan hoy a
desarrollar la norma
personalista y la idea
mística del amor-donación,
con la ascética que
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