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Por Luis Olivera
(*)
Indudablemente se
trata de un fenómeno
bien comprobado,
hasta en el propio
cine. Pero, los
adultos ¿podemos
quedarnos
tranquilos, culpando
a los jóvenes de esa
conducta? Algunos
autores sostienen
que en la sociedad
actual tiene mucho
peso la ideología o
la cultura de la
presencia. Así, el
“presentismo”
significa valorar
únicamente la vida
del tiempo presente
y, por lo mismo,
excluye de ella todo
lo que no es actual.
En algunos casos
llega a ser
intolerante con la
tradición y hacia la
futurización.
Un filósofo joven,
Daniel Innerarity,
lo ha descrito así:
“Hay en nuestra
civilización una
ocupación completa
con el tiempo
presente, un
instantaneísmo
huérfano de memoria
y de proyecto. Una
detención del
presente fijado en
sí mismo desencadena
el miedo, que es
propio de toda
carencia de memoria
y previsión. De ese
presente
desmemoriado se
apodera un miedo
difuso, pues no
recuerda nada
similar ni ha
previsto cómo
afrontar lo
imprevisible. El
miedo es la
sensación habitual
de quien no tiene
experimentos ni
confianza; es decir,
pasado y futuro”.
Para ellos, hay
rumor de fantasmas a
su alrededor.
Estos jóvenes que
reducen la
poliédrica y rica
temporalidad sólo al
presente, reducen –a
su vez—el presente
al presente
placentero. Eso
muestra que han
nacido y crecido en
la civilización del
placer. “Viven en
una sociedad en la
que el placer
sensible es
considerado como el
bien supremo de la
vida”, según Gerardo
Castillo. Y, por lo
mismo, el dolor es
el mayor de los
males: algo que hay
que evitar como sea.
Y todo lo que exija
esfuerzo debe ser
eliminado, como
ahora sucede con la
reválida del
bachillerato que se
anuncia. Aunque todo
lo que tiene algún
valor ha supuesto
antes y durante un
esfuerzo para
alcanzarlo, lo que
hace valorarlo más.
Ser notario o
ingeniero
aeronáutico no está
al alcance de
cualquiera. De otra
manera, todos
tendríamos la misma
titulación.
Una persona que rige
su vida sólo por el
deseo, atenta
seriamente contra su
forma de entender y
de vivir la
libertad. Es una
persona que no es
libre, porque no
elige; simplemente
se deja llevar, como
las veletas, por el
viento que sopla,
venga de donde
venga. En el mejor
de los casos es
víctima de una
deformación de la
libertad, porque no
tiene ninguna
restricción. Allan
Bloom considera en
ella varias
consecuencias
preocupantes: “La
pérdida de todo
sentido de que yo
deba dar cuenta a
alguien de lo que
hago, o de que yo
deba sentirme
vinculado
esencialmente hacia
ese alguien. La
gente joven de hoy
tiene miedo a estar
comprometida”. Y
menos a compromisos
que alcancen toda la
vida, que son los
que construyen
personalidades
fuertes y
coherentes, que
edifican los
sillares de una
biografía que
realmente valga la
pena ser vivida.
Pero no. Ahora, el
verdadero estilo de
vida consistiría en
elegir lo que más me
apetezca en cada
momento, pero sin
que eso tenga
consecuencias: se
abdica de la
responsabilidad por
los propios actos.
Eso es lo que afirma
un reciente estudio
de la sociedad
americana, país
incubadora donde
nacen todos los
estilos de vida.
Este último es “la
moral de la
tolerancia”. El
‘life-style’
justifica cualquier
modo de vida.
“Proporciona una
garantía moral a la
gente para vivir
exactamente como
quieren. (..) Esta
moral establece que
cualquier cosa que
yo haga es buena,
porque yo la quiero.
Lo que le da
garantía de bondad
es que emana de mi
deseo”. Sólo por eso
queda justificada en
sí misma, sin que
sea necesario un
contraste con alguna
norma moral.
“Precisamente la
norma moral que hay
que respetar es la
espontaneidad de mi
deseo, que pueda
fluir sin trabas ni
imposiciones. La
norma es la ausencia
de toda norma”,
como lo explica el
filósofo Ricardo
Yepes.
El problema no es
que haya tantas
“morales” entre
comillas como
individuos, sino que
cada uno de ellos no
vive en una isla
desierta. El hecho
de que estamos
rodeados de “morales
individuales” por
todas partes, hace
muy fácil el choque
entre cada una de
ellas y muchas de
las otras. Lo normal
es que acabemos a
tiros, si se llega a
aplicar hasta su
límite esta moral de
la tolerancia. En
ella sólo cabe el
interés hacia uno
mismo: cada uno a lo
suyo. El interés
desinteresado hacia
otras personas sería
incompatible, muchas
veces –o casi
todas—con la
satisfacción del
propio deseo.
Estamos ante una
nueva forma de
individualismo, que
dificulta seriamente
la elaboración de un
proyecto personal
comprometido y
solidario.
Precisamente por
exceso de
intolerancia, de
libertad
irresponsable. Y,
además, en la era de
la globalización.
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(*) Luis Olivera,
es periodista
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