|
Por Jorge Balvey
DANIEL INNERARITY,
en uno de sus
libros, Libertad
como pasión (Ed.
Eunsa, Pamplona
1992, págs 46-47),
analiza la supesta
incompatibilidad
entre la tolerancia
y la democracia de
una parte y por otra
las convicciones
fuertes, entre las
que, sin nombrala,
se cuenta
indudablemente la fe
cristiana. La teoría
de Vattimo sobre la
imposibilidad de
asumir «pensamientos
fuertes», es decir,
aquellos que
comprometen con
alguna verdad
entendida como tal,
tanto en la vida
personal como
social, ha hecho
fortuna en esta
época en que prima
todo lo light. Con
este supuesto,
mantener la fe en
una revelación
divina o la
convicción sobre
verdades absolutas,
es algo que no se
acepta como
presupuesto de la
tolerancia y del
juego democrático.
Lo más que se
permite para ser
considerado persona
«normal» y
«políticamente
correcta» es la
«propuesta» de
«hipótesis» siempre
revisables, siempre
relativas, nunca
verdades o valores
inmutables.
Innerarity desvela
el error y la trampa
que se esconde tras
esa apariencia de
tolerancia
democrática:
De una parte,
«apelar a la
tolerancia para
desacreditar la
posibilidad de
convicciones fuertes
es un error de
bulto, pues la
tolerancia se apoya
y alimenta de una
convicción». La
tolerancia no
implica relativismo,
más bien al
contrario.
De otra parte,
también es un error
contraponer
relativismo y
fanatismo, como si
el relativista no
pudiera ser fanático
y el convencido
tuviera que serlo:
«es una falsa
alternativa la que
proclama una
oposición entre
fanatismo y
relativismo; como
tantos extremos, la
ceguera furiosa del
fanático y la
ceguera del
escéptico se tocan,
cruzan y pactan
entre sí».
»Una sociedad
democrática necesita
má que cualquier
otra de valores
firmes, de
convencimientos no
hipotéticos. Esta
necesidad resultaba
algo evidente a los
fundadores del
Estado de derecho:
la abolición de la
tortura y la
esclavitud no fue el
resultado de una
hipótesis, ni los
derechos humanos
fueron una
propuesta, sino una
proclamación.
»Existen muchos
argumentos, por
ejemplo, a favor de
la tortura -ayuda a
perseguir la
delincuencia, tiene
un efecto
disuasorio, favorece
la labor de la
policía- y, sin
embargo, la
conciencia moral
hace bien cuando se
resiste a tomarlos
en serio. La
aparente terquedad
con la que se alzan
determinados valores
responde a una
profunda sabiduría.
Tiene que ver con la
media luz propia de
la condición humana,
donde la convivencia
de la lucidez y la
debillidad exige
asegurar la memoria
de lo
incondicionado».
Resulta evidente que
por una hipótesis
nadie arriesga su
vida, cuando, por
ejemplo, está
presente la lucha
contra la tiranía
«Una civilización
hipotética se
encuentra
desprotegida contra
el fanatismo.»
«Tener convicciones
fuertes -entre las
que se ha de contar
la de no imponer
nada a nadie- en una
cultura hipotética
es el verdadero
heroísmo de nuestro
tiempo. Se trata de
negarse a derivar
las propias
convicciones de los
consensos fácticos,
de la moda y de la
opinión dominante.
Un heroísmo así no
es incompatible con
la normalidad, es
perfectamente
democrático; lo
único que no soporta
es vivir de
prestado,
inercialmente, lo
que equivale a no
tomarse en serio la
propia libertad»
|