Por Hervé Pascua
La cultura debe contribuir al desarrollo del hombre; su vocación consiste en perfeccionar la naturaleza humana, completarla y revelarla a ella misma. La palabra cultura es reveladora en ese aspecto, evoca la acción de cultivar la tierra. En este sentido, el hombre cultivado aparece como una tierra roturada. Es la tierra humana fecundada. No se trata de un cúmulo pasivo de conocimientos; deshechemos la idea de imaginar al hombre cultivado como un ratón de biblioteca, examinando todo el día manuscritos llenos de polvo, al margen de la realidad.
La cultura presupone el espíritu crítico, la posesión de la Verdad, el deseo del Bien, el sentido de la realidad. Es el desarrollo de la vida propiamente humana, que comprende tanto el aspecto material como el espiritual, moral e intelectual. En una palabra, la cultura está al servicio del hombre.
Puede ocurrir que el desarrollo de la cultura se vuelva contra el hombre. Con la aparición de la técnica, el saber le confiere un poder insospechado, que crece sin cesar. Le proporciona la idea de forjar un saber total para conseguir un poder absoluto con el que el hombre moderno, cediendo a la tentación faustiana, busca superar su condición y transformarse en superhombre. De este modo se altera el sentido profundamente humano de la cultura.
El saber se convierte en instrumento de poder; en lugar de afirmarse como conocimiento de la verdad, se impone como técnica de esclavitud. Entre pensar que el saber va a transformar al hombre y afirmar que éste puede ser modelado a placer hay un paso. Este paso se ha dado alegremente bajo la presión de las modas intelectuales, de las ideas dominantes, de la desinformación sistemática, de los eslóganes orquestados por el poder, que piensa cada vez más por parte del hombre, cuya vida interior es aniquilada. Nos encontramos con la amenaza de una sociedad en la que desaparece la dimensión humana.
La respuesta acerca de cómo ha podido llevarse a cabo semejante alteración de los fines de la cultura debemos buscarla en el agnosticismo, que se sitúa en la línea del neoplatonismo y se prolonga en la actualidad hasta la teología de la liberación.
La idea esencial sobre la que se edifica es que la materia es mala; este mundo es el fruto del principio del Mal. Dios, el principio del Bien, por decirlo de algún modo, se habría dormido, se habría olvidado en el mundo, creándolo. Pero, poco a poco, despierta y este despertar es una toma de conciencia de Sí. Saber, decía Platón, es volver a recordar. Aquí, Dios recuerda que El es Dios. Conociéndose se salva. Así, la gnosis , el conocimiento, adquiere un valor soteriológico, se convierte en saber-salvador.
Esta doctrina, subyacente a todas las formas de las que es capaz de revestirse el maniqueísmo, afirma el dualismo entre el Bien y el Mal. Para la filosofía cristiana el Mal no tiene realidad autónoma, se explica en función del Bien: es su ausencia, su carencia. Para el maniqueísmo, el Mal es un principio autónomo que se opone al Bien. Así este mundo, con todas las criaturas que encierra, es radicalmente malo. Se opone al Bien, por lo que debe desaparecer: es “demasiado para la eternidad”. Destruyéndolo se facilitará el advenimiento del mejor de los mundos. De este modo, por la gnosis , la cultura, que estaba al principio al servicio del hombre, se levanta contra él. Se puede demostrar que ésta desviación gnóstica está en el origen de la tentación totalitaria que domina nuestro tiempo en el terreno científico, político y religioso.
En el campo de la filosofía de las ciencias, todo intento de explicación exclusivamente científica del mundo desemboca en el gnosticismo. Para éste, ya lo hemos dicho, el mundo es malo, los cuerpos materiales no son más que apariencia y deben ceder su sitio a otro mundo, el único real. Así, según Raymond Ruyer , autor de La gnose de Princeton , no hay cuerpos: la tesis fundamental de la nueva gnosis -escribe- es la de toda gnosis, pero modificada, radicalizada; el espíritu no encuentra la materia como oponente, la constituye, es su substancia.
Dicho de otra manera, el Espíritu -Dios- es la substancia de este mundo, que es su apariencia sensible. ¡Estamos ante un verdadero panteísmo!.
Así, la ciencia y la técnica se vuelven mitógenas. Jean Brun escribe que desde el momento en que se considera la vida del mundo como expresión misma del Dios vivo, desde el momento en que la evolución se entiende como la Parusía de la Eternidad en acción, que se afirma que Cristo se encarna en y por el universo, que cosmogonía es sinónimo de teogonía, estamos forzados a admitir que nos encontramos ante nuevos mitos, bajo el nombre de hegelianismo biologizado o de teilhardisme . El hombre divinizado semejante al dios gnóstico debe tomar conocimiento de su divinidad y realizar la creación. La mística se convierte en alquimia, la búsqueda en adoración, la oratoria en laboratorio.
Teilhard de Chardin escribe que, “desde que nació, la ciencia se ha desarrollado sobre todo bajo el estímulo de algún problema de la vida que resolver”. Ya no se trata de hacer fortuna con el descubrimiento de la piedra filosofal, sino de suscitar una Neo-vida por la síntesis inminente de los abluminoides . La autodivinización del hombre por la manipulación de la vida encuentra así en la biología su principal resorte.
¡Fausto puede esperar encontrar el secreto de una nueva juventud!. ¿No habría, en efecto, convergencia entre ciencia biológica y ciencia humana? ¿No habría un medio de fundar una teoría general sobre la genética y dar paso a una Ciencia Única universal y coherente?
Entusiasmado por esta loca esperanza, Edward Wilson , teórico de la sociobiología, escribe que “la biología es la clave de la naturaleza humana. Si el hombre es un ser neuronal, por estar constituido de moléculas, se debe poder explicar todo lo que es humano haciendo anatomía y psicología, analizando genes, neuronas y hormonas”.
El hombre, de esta manera, no encerraría ningún misterio. No se trata entonces de conocerlo, sino de reconstruirlo, de inventarlo o reinventarlo. De ahí la fascinación que ejerce el monstruo sobre los espíritus. El monstruo es un compuesto no natural de elementos extraídos de la naturaleza. Frankestein es el ejemplo mítico de una reunión acertada de órganos dislocados; el resultado de una chapuza biológica. Es, de un modo más exacto, un organismo desmembrado y reconstruido en función de las leyes genéticas cuyo dominio permite realizar una alquimia de la vida.
Esta dislocación del organismo es la imagen de la descomposición de la existencia; el hombre se convierte en algo parecido a una frase que se articula y se desarticula con la ayuda de unas palabras. Así, el estructuralismo es un sistema sin sujeto que se propone descomponer las estructuras en elementos y suprimir toda idea de trascendencia. Esto desemboca en el estallido de la persona.
Vacío de sí mismo, el hombre ve su existencia confiscada por un intelectualismo desencarnado. En suma, nada más intelectual que un monstruo. Claude Lévi-Strauss puede afirmar monstruosamente que “el fin último de las ciencias humanas no es constituir al hombre, sino disolverlo”. De este modo, las ciencias humanas, en vez de ponerse al servicio del hombre, constituyen su negación. Frankestein se vuelve contra Fausto.
Otra cara del desafío prometeniano, por el que el hombre pretende en vano superar al hombre y elevarse al nivel de un dios, es el marxismo. El hombre marxista es semejante a la divinidad gnóstica prisionera del mundo, que espera ser liberada.
Ese dios que se ignora todavía es la presa de la necesidad y del determinismo universal. El devenir material, el flujo de la historia, la opresión capitalista de la clase dominante, todo esto lo aliena, lo vuelve extraño a sí mismo y le impide ser él mismo.
Por esto quiere volver a sí, construir su propio rostro, ser su propia producción, su obra, “la obra del hombre”. Con este fin debe concentrar en sus manos el máximo de fuerza material, para ser capaz de dominar el devenir histórico, transformando la naturaleza humana y haciendo surgir un mundo nuevo.
A partir de ese momento, el fin de la política ya no es realizar el bien común, sino acumular la fuerza. Esta misión incumbe, según el marxismo, a la clase proletaria o, en su defecto, al grupo que disponga del poder revolucionario más grande. Tras la toma del poder, ésta formidable fuerza material se encontrará concentrada en el Estado Comunista, la sociedad sin clases, (el todo indiferenciado). Hasta este advenimiento, la Historia no es más que una sucesión de regímenes políticos y de sistemas de producción, una sucesión de revoluciones económicas y sociales que conducen a ese término deseado.
La Sociedad Nueva que nacerá de estos conflictos finalmente aplacados traerá la felicidad a todos. Gustave Thibon dice que “en una sociedad como ésta ya no habrá nadie; no será más que un desierto y el individuo un grano de arena”. Para transformarse, el individuo ha debido disolverse en el gran todo social: el hombre marxista es un ser colectivo sin estatuto personal propio. No es un sujeto sino una estructura, un nudo de relaciones. Reducida la individualidad a un puro reflejo, ya no quedan más que los acontecimientos.
La política tritura la existencia humana para refundirla en el gran todo del Estado. El gulag no es otra cosa que la empresa de desubstancialización del individuo, el gran horno donde se realiza la refundición total del hombre. Así, Prometeo, después de haber arrebatado a los dioses el fuego del saber, se encuentra encadenado por un castigo eterno.
El espíritu faustiano aplicado a la investigación científica desemboca en la destrucción del hombre. Esta autodestrucción que da el gusto por la nada toma una dimensión mística y se expresa a través del apasionamiento por todas las formas de disolución del yo - Zen , Tantrisme , etcétera- cuya práctica consiste en la reabsorción de la consciencia en el Brahman , del mismo modo que la gota de agua desaparece en el océano. Se trata de asegurar la disolución de la conciencia; es necesario convertirse en algo distinto a uno mismo, cueste lo que cueste, hundirse, ¡no consentir ser hombre!. Así, el hombre, queriendo llegar a ser lo que no es, termina por hundirse en la nada. Una vez vaciado de su substancia, el hombre ya no es más que el punto de cruce de las líneas de fuerza por las que se hace y se deshace, y se hace deshaciéndose. El filósofo Jean Brun habla, a propósito de esta descomposición de la figura humana, de la desconstrucción del hombre, de trituraciones del ser, porque la violencia preside necesariamente esta metamorfosis del hombre particular en hombre general y divinizado. Así, la violencia se sacraliza; su tarea es liberar al individuo de la contradicción de ser, a la vez, él mismo y todos los demás.
Esto se realiza fundamentando al individuo en las totalidades que le superan: el Estado, el Cosmos, el Superhombre. Para llevar a cabo algo semejante, hay que unificar el mundo en una gran fuerza destructora. Esta es la razón de que la guerra sea la madre de todas las cosas; hay que matar para crear algo nuevo. Aquí está la mística del terrorista, del terrorismo religioso de las sectas así como del terrorismo político del Estado totalitario o el terrorismo intelectual del sabio paranoico.
Se trata de realizar la refundición total del hombre por la revolución permanente, la renovación sin fin de una marcha exultantante en dirección al gran todo que es la única realidad cuya sombra son los individuos. Como al término de la obra de Beckett , Fin de partie , no queda nadie. Sólo permanece el Ser Colectivo, el Cuerpo Social, la masa indiferenciada.
De esta forma, la exaltación del hombre desemboca en su aniquilamiento. La idolatría se convierte en iconoclastia.
La cara humana se borra en el momento mismo en el que creía transfigurarse y, en el origen de un desastre como este hay que buscar un derrumbamiento del sentido de lo divino que se opera en particular en la Teología de la Liberación.
Dios se confunde con la Historia; el Devenir se introduce en el Ser Divino y lo desestabiliza. ¡Ya no hay que buscar a Dios en la eternidad sino en el tiempo! El futuro, nos dicen, es una “apertura” a otra cosa llamada Dios.
Ahora bien, el único ser que posee un futuro es el hombre, que es llamado a convertirse en Dios. Descubre que, formando parte de un mundo en marcha, es un aspecto de lo divino.
Pero si Dios es el devenir del mundo, como decía Hegel , ya no se reconoce en la multiplicidad de las diferencias cuya manifestación actual es la sociedad dividida en clases. Las desigualdades deshacen a Dios que, por definición, debería permanecer siempre igual a sí mismo, lo cual, desgraciadamente, le resulta imposible porque deviene.
Si queremos salvar la divinidad, es necesario detener el curso del devenir. Es necesario liberar a Dios del flujo destructor y llevarlo de nuevo a su fuente.
Esto se hace suprimiendo todas las diferencias, poniendo en práctica la sociedad sin clases, suprimiendo la propiedad privada, que es un pecado original, causa de todas las desigualdades.
Entonces, la nueva sociedad sin desigualdades, sin diferencias, tomará el rostro de lo Indiferenciado, que la primera diferencia (la propiedad privada) había manchado. La lucha de clases no tiene otro fin que el de volver contra él mismo los efectos de ese conflicto originario a partir del cual Dios “ha estallado” y sólo se puede reconocer bajo la apariencia del Pobre.
La pobreza pierde aquí todo su sentido evangélico, para revestirse de una significación místico-política.
Ya no es el objeto del amor preferido por Dios ni el desprendimiento de los bienes de este mundo (tanto más perfecto en tanto que puede practicarse en una sociedad de abundancia). Se trata del atributo principal de Dios confundido con el Género. El pobre es, desde este momento, la imagen de un Dios despojado, desposeído de su substancia inmutable, por este mundo en movimiento que le vacía de sí mismo del que es prisionero.
La Teología de la Liberación consiste, pues, en la liberación de Dios: ¡El hombre se convierte en el redentor (el libertador) de Dios! Asistimos a una inversión total del cristianismo, al advenimiento de un mesianismo temporal .
Esta liberación no se llevará a cabo por la caridad sino por la fuerza -la fuerza revolucionaria y subversiva al servicio de la lucha de clases- con el fin de liberar al pobre de todo lo que le oprime, es decir, de todo lo que le impide hacerse infinito .
Lo que limita, aliena, hace finito a Dios, es decir, el hombre divinizado -lo hemos comprendido- todo eso es el mal. El mal es la pobreza de un Dios desposeído de sí mismo. Así, destruyendo las estructuras y todo lo que aliena al hombre- dios , lo devolveremos a él mismo.
El conflicto, la guerra, la violencia, son desde entonces divinizados, legitimados, “porque permanezco inocente perpetrando el mal”. Cuando lo cometo, no soy yo quien actúa: es el Mal.
Entonces se puede matar por amor, es la lógica del cura guerrillero. Reposa sobre un desprecio trágico que el documento pontifical consagrado a la Teología de la Liberación acaba de disipar, afirmando que el mal no tiene un origen ontológico, sino moral: “La raíz del mal, está escrito, reside en las personas libres y responsables”.
Nos volvemos a encontrar, al término de este análisis, en el terreno de la moral. Para estar al servicio del hombre la cultura debe situarse en la línea de las virtudes.
Una sociedad vale lo que vale su sistema de educación. La buena pedagogía es la que hace de un niño un hombre y no un salvaje o un dios, y alcanzará sus fines si admite que el hombre no es verdaderamente hombre mientras no acepte lo que le supera, mientras no renuncie a la orgullosa autonomía que quiere edificarse en lo que se refiere al bien y al mal.
En otras palabras, es necesario deshechar la tentación faustiana del saber absoluto -que sólo puede desembocar en la destrucción del hombre- y dirigirse hacia un saber con dimensión humana. Saber intermedio entre la total ignorancia y la ciencia perfecta. Saber sobrio que nos libra de caer en la intemperancia de los gnósticos, que “estudian siempre y no aprenden nunca” y nos libra de ceder ante la tentación de los agnósticos, que desesperan de la ciencia al ver la magnitud de su ignorancia, que aumenta en la medida en que ellos avanzan en el conocimiento del universo.
Más vale ceder ante la modesta exhortación socrática de “conócete a tí mismo”, porque el corazón del hombre tiene más cosas que revelamos que todos los libros de los sabios y que toda la sabiduría de los filósofos.
Publicado en el nº 419 de <>
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