Por Antonio Orozco Delclós
Arvo Net,
24.02.2006
Repensar el poder
puede ser un modo de expresar la tarea
siempre necesaria, especialmente en la
actual situación en la que contemplamos como
los poderosos de la tierra, a pesar
de los niveles de cultura alcanzados por la
humanidad, especialmente en lo que llamamos
civilización occidental, a menudo nos
sorprenden con un ejercicio del poder que no
sale del homo homini lupus, de la
explotación del hombre por el hombre, de la
lucha de clases y del odio como supuesto
motor de progreso hacia no se sabe dónde.
Parece que la Historia no es maestra de la
vida o, más bien, que no acudimos a su
escuela ni por asomo. Lo mismo acontece en
el ámbito doméstico, en el sentido amplio,
entre vecinos y pueblos, aldeas, regiones y
países, etnias. Habría que repensar el poder
en términos generales, para aplicar los
resultados en todas sus manifestaciones,
grandes o pequeñas, familiares y sociales,
económicas, políticas, etc.
Como es sabido, el pensamiento llamado
moderno no se caracteriza por mirar la
realidad con desinterés (con admiración,
contemplación), sino con afán de "poder", de
dominar y cambiar. El poder y dominio no es
ajeno, sino intrínseco al diseño creador del
hombre: «Dominad la tierra», dijo Dios [cfr.
Gen 9, 7]. Pero la actitud reductiva del
saber para poder es letal. Francis
Bacon (1561-1626), M. Lutero
(1483-1546), y N. Maquiavelo
(1469-1527), pensaron el mundo y el hombre
en términos de "poder". «Para el reformador
religioso, hay que negar la libertad humana,
debido al hecho de que sólo Dios es libre;
Lutero sobreentendía que la libertad
quiere decir poderlo todo
y, está claro, sólo Dios es Omnipotente.
Para Maquiavelo la vida social se
explica por el deseo de mandar y dominar; de
ahí su recomendación al príncipe: ser
desconfiado e implacable, cualquier medio es
aceptable, si el fin es alcanzar o aumentar
su poder (eso es la «razón de Estado»)» [S.
Fernández Burillo,
Mundo, espacio y tiempo]
Ahí tenemos una fuerte raíz ideológica del
lamentable espectáculo que contemplamos en
la actividad pública de nuestro entorno,
salvando, obviamente, a los muchos que se
afanan -en medio del maquiavelismo rampante-
al servicio del bien común. Marx, a
través de Feuerbach –«el hombre es
para el hombre su verdadero sol [dios]»-
hereda la perversión maquiavélica; y a su
cadáver le siguen creciendo las uñas; su
poblada barba opaca se extiende sobre la
verdad del mundo, del hombre y de Dios. La
lucha de clases sigue en marcha en su
esencia dialéctica: donde hay paz y armonía,
se siembra el conflicto y el odio, en el
seno de las familias, en los cafés, entre
los pueblos, regiones, países, lenguas… No
estoy añadiendo nada a la vox populi.
La verdad no interesa, sólo el poder. ¿La
libertad?, ¿para qué?, preguntaba
irónicamente Lenin, hijo de Marx,
hijo de Feuerbach, hijo de
Maquiavelo. Lo que importa es el poder.
No es de extrañar que los hijos
espirituales de Marx se interesen
por lo mismo y si claman por la libertad sea
por «su» libertad, la libertad de «su»
poder, y el diálogo resulte de sordos.
Libertad y verdad
«No es la verdad lo que nos hace libres,
es la libertad lo que nos hace verdaderos»,
hemos oído recientemente. ¿Puede tener
sentido esta afirmación al margen de la
demagogia política? Depende de qué se
entienda por verdad, qué se entienda por
libertad y de cuál sea el nivel intelectual
en que nos movamos. Habríamos de comenzar
por distinguir conceptos como libertad
ontológica, libertad psicológica, libertad
moral. Pero pensemos de momento con el llano
sentido común.
Una búsqueda de la verdad desde la libertad
suele conducir a la verdad: el que busca
encuentra [Mt 7, 7; Lc 11, 9].
¿Ahora bien, qué es la verdad, puesto que
hablamos de ella? Hablas de ella, luego
¿crees que hay verdad? He aquí la cuestión.
¿La verdad es «lo que es» o «lo que tú
quieres que sea»? Porque si la verdad es
lo que tú quieres que sea, entonces
entiendes la libertad lo mismo que la
verdad: no como «la» libertad, sino como «tu
libertad». Si tu verdad es excluyente, tu
libertad es igualmente excluyente. Si no hay
verdad real y objetiva para todos, tampoco
hay libertad real y objetiva para todos; y
la democracia resulta una formalidad que
encubre una tremenda ficción; tu poder es
puro dominio del hombre sobre el hombre y el
discurso sobre la libertad una mera táctica
para el poder. «Tu poder» es un poder
excluyente, un poder que excluye la
participación. Sólo si se supone que hay
verdad objetiva, sólo si se excluye «el fin
justifica los medios», sólo entonces la
verdad, la libertad y el poder pueden
resultar participativos. Para creer que
la libertad nos hace verdaderos primero
hay que creer en que hay verdad y que
la verdad trasciende la subjetividad
personal, es decir, que está ahí y la
podemos compartir.
Ciertamente, creo que hay verdad y que la
verdad es con frecuencia problemática y
polifacética; no se presenta a todos con la
misma cara. De ahí la necesidad de compartir
puntos de vista, la legitimidad del
pluralismo, el deber de respetar al otro que
no ve lo que yo veo y puede ver también
verdad; incluso puedo y debo suponer que ve
algo de la verdad. El diálogo es
absolutamente necesario en la búsqueda. Los
Parlamentos, como su nombre indica debieran
ser lugares de encuentro, de diálogo, porque
la palabra es siempre dialógica; el monólogo
es estéril y la suma de monólogos resulta un
espectáculo de circo deprimente.
Si hablamos de la verdad práctica, es decir,
del bien a realizar en la vida de las
personas y de las sociedades, entonces todos
hemos de gozar de libertad en la búsqueda de
la verdad y ser capaces de compartir
nuestros hallazgos, reales o supuestos, sin
ser insultados, ni excluidos de ninguna
manera. Habrá que establecer reglas para que
ni las mayorías ni las minorías sofoquen la
libertad del otro en la búsqueda de la
verdad. Habrá que llegar a consensos. Pero
el consenso no significa que se haya
alcanzado la verdad, ni que se haya creado.
Hay que llegar a consensos que no bloqueen
la libertad en la práctica ni en la búsqueda
de la verdad.
Si esto es así, déjenme buscar libremente la
verdad, no me impongan el método, no me
escamoteen maestros, ni escuelas; no me
prohíban de derecho o de hecho elegir el
camino hacia la verdad, no tengan miedo a mi
libertad: creo que la libertad nos hará
verdaderos.
La libertad nos hará verdaderos cuando
seamos libres de elegir el colegio que nos
parezca más adecuado para llegar a ser
libremente verdaderos; cuando no se nos
obligue a asumir la ideología de los que
ocupan el Gobierno de la Nación, sean
quienes sean. La libertad nos hará
verdaderos cuando no se obligue a las chicas
a recibir una educación idéntica –con el
mismo ritmo, con el mismo estilo – que a los
chicos, porque ellas llegan a la madurez
antes; es decir, la libertad nos hará
verdaderos cuando lejos de condenar, se
aplauda la opción –no la obligación- de la
educación diferenciada en la edad en que el
proceso de maduración intelectual y afectivo
es realmente distinto. La libertad nos hará
verdaderos cuando se permita vivir a la
persona desde que llega a la existencia y no
se la convierta en cobaya o en instrumento
al servicio de los poderosos. La libertad
nos hará verdaderos cuando se deje oír
libremente la voz de la Ciencia por encima
de los intereses económicos y de partido. En
fin la libertad nos hará verdaderos cuando
amemos la verdad de las cosas, la verdad del
hombre, la verdad de la mujer – la verdad
científica y ética de los sexos - , la
verdad del bien común, la verdad, la verdad,
la verdad…
Poder, libertad y verdad o van juntos, de la
mano, más aún, fundidos, o son moneda falsa
para compraventa de productos inhumanos. La
historia enseña que entender la libertad en
términos de dominio sobre los demás, es
perverso, conduce a crímenes y holocaustos;
siempre deriva al imperio del más fuerte,
incluso en regímenes formalmente
democráticos. Urge clarificar conceptos, ir
a la raíz del error. Pasarse por la escuela
de la maestra de la vida, la Historia,
aunque sólo sea para fisgar, siempre resulta
una experiencia enriquecedora. Siempre,
claro es, que no sea la historia "orweliana"
del "Ministerio de la Verdad", que hasta ahí
estamos llegando.
Aprovechando la técnica de este medio de
comunicación, pongo aquí punto final a
este artículo. Pero invitando a una
segunda parte, en la que hemos de
abordar la cuestión de si es falso o
verdadero que «la verdad os hará
libres», cuestionada, frente a la
palabra de Jesucristo, por el laicismo
militante. Para ello, habremos de
situarnos en el nivel teológico al que
la sentencia pertenece. Puedo remitir
también– y pienso que se puede entender
fácilmente – a un artículo que escribí
hace bastantes años, apoyándome en el
sentido común:
Para ser
libre, saber; también
La libertad y
la ley moral, y
otros