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CIUDADANÍA Y EXCLAVITUD (Alejandro LLano + J. M. de Prada)

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CIUDADANÍA Y ESCLAVITUD

CIUDADANÍA Y ESCLAVITUD

I. La polémica de la ciudadanía: Para los aleccionadores, la ciudadanía emana desde las alturas del Estado. II. Educación para la esclavitud: Un ejemplo palmario de ingeniería social, esa asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía.

La polémica de la ciudadanía

Alejandro Llano
La Gaceta de los Negocios
17/08/2006


EN el ecuador de este caluroso y conflictivo verano, los ánimos no parecen haberse serenado por efecto del letargo estivo. Y, si no que se lo pregunten a los celosos defensores de la educación para la ciudadanía, a los que el Gobierno socialista parece haber llamado en pleno agosto a cerrar filas en defensa de esta herramienta docente tan decisiva para la ideología oficial. Ante la objeción de que la formación moral es competencia de las familias, los apologistas mantienen, por una parte, que el Estado también tiene responsabilidades éticas. Pero arguyen también —y no se ve bien cómo conciliar esto con lo anterior— que la educación para la ciudadanía no entra en disquisiciones tan íntimas y que, a fin de cuentas, cada uno puede pensar en su casa lo que quiera (como sucedía incluso en tiempos de la dictadura).

También es significativo, por lo demás, que los adalides más destacados de la ilustración cívica sean, casualmente, potenciales redactores de libros de texto para uso de los escolares que disfrutarán de tales asignaturas; porque evidentemente no se trata de una sola.

Los defensores de la línea gubernamental exponen ahora unánimemente un razonamiento basado en la educación comparada: en todos los países occidentales existe esta disciplina; también aquí deberá imponerse, porque estamos más necesitados que ellos de educación política. Lo malo de este aserto es que su falsedad resulta sencilla de comprobar.

No existe tal asignatura en todos los países de nuestro entorno, sino en muy pocos. Y, lo que es peor, la disciplina que en ellos se imparte tiene poco que ver con la que se está urdiendo entre nosotros. En Francia y Estados Unidos, por ejemplo, lo que se explica es, lisa y llanamente, el contenido de la Constitución, la estructura del Estado, y el funcionamiento de las instituciones públicas. Y punto. No hay —como en nuestro país se prevén— discursos edificantes para buenos demócratas según la praxis socialista, ni instrucciones sobre el manejo de la propia afectividad, ni clasificaciones de los diferentes tipos de familia por razón del género de los cónyuges, ni relativizaciones de la configuración sexual del individuo, ni excursos sobre la globalización y el nacionalismo.

Pero hay otro plano de consideraciones más hondo e inquietante. Se refiere al propio concepto de ciudadanía. Según los aleccionadores, la ciudadanía es algo que emana desde las alturas del Estado y desciende benéficamente sobre el común de las gentes que, antes de recibir esta unción, eran simplemente seres humanos sin atributos sociales ni políticos. Como el Estado es el nacedero de la ciudadanía, también les parece lógico que sea quien instruya sobre ella y vele para que no se deteriore ni tergiverse su pureza doctrinal.

Pero tal posición aboca a una petición de principio. Porque si el Estado es el generador y garante de la condición ciudadana, ¿quién legitima al propio Estado? Problema que se patentiza en el caso de un régimen democrático, cuya elemental definición establece que consiste en la estructura política surgida justamente de la libre decisión de los ciudadanos.

Todas las teorías sociológicas y políticas actuales coinciden en comprender la ciudadanía como una condición previa a la tecnoestructura política. Ya estamos lejos —deberíamos estarlo— del Estado paternalista, que pone y quita derechos o deberes, que arbitra sobre el ser o no ser de los ciudadanos, que reparte diplomas acreditadores de haber estado de parte de los buenos en los conflictos patrios. Lo propio de la democracia es la libre emergencia de las libertades concertadas de los ciudadanos, no la sofocante colonización de las agencias estatales sobre personas maduras.

Pero es que, además, el estatismo centralista en materia de educación cívica resulta ridículo cuando en este país se está procediendo al astillamiento del Estado, del cual hasta el mismo presidente Maragall declara que ha pasado a ser residual en Cataluña. Parece que, más bien, estamos ante un horizonte de plurales ciudadanías, que requerirán en cada caso estrategias educativas diversas. Si resulta que el Estado va a ser algo suplementario y adjetivo, también lo será la ciudadanía que desde él se otorga y se imparte.

Instituciones y competencias entreveradas o solapadas están ya produciendo confusión e ineficacia. ¿Qué responsabilidad ciudadana puede predicar un Estado que ha procedido a su autovaciamiento, pero que sigue manteniendo celosamente los monopolios propios de épocas en que gozaba de mejor salud?

Son capaces de prescribir a los habitantes de este país cómo se han de comportar en el coche, en la escuela y en la cama, pero no de evitar el caos aeroportuario, apagar los incendios, organizar mínimamente la inserción de los emigrantes, o proteger a vascos y navarros de la violencia. Es la hora de que la sociedad civil recupere su libre protagonismo.

 

 

Educación para la esclavitud

ABC

Juan Manuel de Prada

17-07-2006

 

Recordemos la célebre frase de Jean-François Revel: «La tentación totalitaria, bajo la máscara del demonio del Bien, es una constante del espíritu humano». Todas las ideologías totalitarias que en el mundo han sido aspiran a crear, bajo esa máscara de bondad, un «hombre nuevo» que se amolde a sus postulados. El ser humano, cada ser humano, posee unos rasgos, querencias y convicciones de índole moral que dificultan la consecución de ese modelo; las ideologías totalitarias, lejos de admitir la pluralidad de sensibilidades que componen la sociedad, tratan de modificarlas mediante la «reeducación», hasta convertirlas en engranajes del sistema. Si algo hermanó al nazismo y al comunismo fue precisamente este propósito de fabricar un «hombre nuevo», en el que el valor intrínseco de la persona era negado en pro de la comunidad. Esta labor de «reeducación» social se presentó, paradójicamente, como una empresa filantrópica. Y esa «máscara del demonio del Bien» fue a la postre la que amparó el derecho de desterrar a los arrabales de la sociedad a categorías enteras de hombres, incluso el derecho a aniquilarlos sin dubitación.

 

Este sueño de construir la sociedad perfecta e imponerla a los demás sigue infectando los regímenes democráticos, bajo estrategias mucho más amables y sibilinas. Un ejemplo palmario de ingeniería social lo representa esa asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía, cuyo objetivo no es otro que imponer un nuevo sistema de valores, presentándolo como un imperativo moral e imprescindible para la existencia de una sociedad cohesionada. Para ello, se impone una «nueva ética» basada en los «nuevos paradigmas»: el nuevo paradigma de familia, el nuevo paradigma de derechos humanos, el nuevo paradigma de género, etcétera. A nadie se le escapa que el adoctrinamiento de las mentes infantiles produce a medio plazo unos opíparos réditos electorales; a nadie se le escapa que todo régimen político que anhela perpetuarse dedica especiales esfuerzos a las tareas de proselitismo y propaganda entre los más jóvenes, pues con ello se asegura un granero de votos. A través de esta asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía, nuestros hijos serán atiborrados de un pienso ideológico que naturalmente no se limitará a incluir unas normas de convivencia cívica, sino que sobre todo se preocupará de imponer una «moral pública» que tuerza y pisotee la moral que los padres, legítimamente, les intentamos transmitir. Y así, por ejemplo, se entonarán las loas del «derecho a elegir libremente la opción sexual», y se les explicarán los muy benéficos logros que deparará la experimentación con embriones, todo ello aderezado con apelaciones a la «recuperación de la memoria histórica» y demás mitologías del Nuevo Régimen. La formación de nuevas generaciones de esclavos está asegurada.

 

Ante tal atropello, los ciudadanos libres -si es que todavía resta alguno -deben actuar enérgicamente. Recordemos las palabras de Henry David Thoreau en su opúsculo Desobediencia civil (1849): «Existen leyes injustas. ¿Debemos conformarnos con obedecerlas? ¿Nos esforzaremos en enmendarlas, acatándolas hasta que hayamos triunfado? ¿O debemos transgredirlas de inmediato? Si la injusticia requiere de tu colaboración, convirtiéndote en agente de injusticia para otros, infringe la ley. Que tu vida sirva de freno para detener la máquina. Lo que debes hacer es tratar por todos los medios de no prestarte a fomentar el mal que condenas». Una ley es injusta cuando conculca derechos ciudadanos y trata de confiscar ese ámbito de libertad personal que corresponde en exclusiva al individuo y que el Estado no puede invadir. Esta asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía nos amenaza con una flagrante invasión de ese ámbito inviolable, ejercida además contra los más débiles e indefensos, que son nuestros hijos. La desobediencia civil será, llegado el momento, un recurso legítimo.

 

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Arvo Net, 17/08/2006

© ASOCIACIÓN ARVO

Contacto: webmaster@arvo.net

Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

 

Enviado por Varios - 17/08/2006 ir arriba
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