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Por Jutta Burggraf
"[*]
Índice
Introducción
I. La filosofía
comienza con la
humanidad
II. Influencias
negativas sobre la
capacidad filosófica
III. Actitudes
básicas para la
filosofía
IV. Desafíos y
libertad
V. Una meta que abre
nuevos horizontes
Introducción
“Los pensamientos son
libres”, dice una
canción popular alemana.
Se puede comprender que
fue prohibido cantarla
en el tercer Reich.
Pero el mandato de
“olvidarla”, propio de
un régimen totalitario,
condujo solamente a
cantarla con más
entusiasmo, en la
clandestinidad o, al
menos, por dentro, en el
propio corazón, es
decir, en aquel lugar
íntimo que no alcanzan
las órdenes, y donde
“los otros” no pueden
entrar.
Somos libres para pensar
por cuenta propia. Pero,
¿tenemos el valor de
hacerlo de verdad? ¿O
estamos más bien
acostumbrados a repetir
lo que dicen los
periódicos y revistas,
la televisión, la radio,
lo que leemos en
internet o lo aseverado
por alguna persona, más
o menos interesante, con
la que nos cruzamos por
la calle? Hoy en día, en
muchos países parece que
ha desaparecido la
autoridad que dicta los
pensamientos, la
censura. Pero lo que
hallamos en realidad, es
que aquella autoridad ha
cambiado su modo de
obrar: no se vale de la
coerción sino tan sólo
de una blanda
persuasión. Se ha hecho
invisible, anónima, y se
disfraza de
normalidad, sentido
común u opinión pública.
No pide otra cosa que
hacer lo que todos
hacen.
¿Somos capaces de
resistir a los tiroteos
constantes de este
“enemigo invisible”?
¿Hemos aprendido a
ejercer nuestra facultad
para discurrir y
discernir? Pensar es,
sin duda, una gran cosa;
pero es ante todo una
exigencia de la
naturaleza humana: no
debemos cerrar
voluntariamente los ojos
a la luz. ¿Estamos
dispuestos, en
definitiva, a ser o
llegar a ser
“filósofos”, a
entusiasmarnos con la
realidad y buscar el
sentido último de
nuestra vida?
El Papa Juan Pablo II
afirma algo que parece
atrevido a primera
vista: “Cada hombre es,
en cierto modo, filósofo
y posee concepciones
filosóficas con las
cuales orienta su vida.”
"[1]
¿Qué quiere decir esto?
Un profesor de química,
un ama de casa, un
taxista, una ministra,
un campesino, una
artista, un futbolista,
¿todos ellos pueden ser
filósofos?
I La filosofía
comienza con la
humanidad
Es común reclamar un
especialista siempre que
se quiere tratar temas
de medicina, física,
arquitectura o
ingeniería. Nadie puede
considerarse capaz de
contestar
competentemente las
preguntas que surgen en
estos campos, si no
tiene una formación
elemental en tales
materias. Y ni siquiera
intenta hablar de estos
temas durante una
barbacoa o una
excursión. Pero ése es
precisamente el caso de
la filosofía: cualquiera
se atreve a hablar de
temas filosóficos. Hasta
en algunas tascas –si el
ruido lo permite– se
escuchan conversaciones
profundas sobre el
mundo, el sentido de la
vida o lo extraño que es
que el tiempo pase tan
rápido y no se pueda
conservar el momento.
Por cierto, ¡cuántos no
han estado esperando en
una estación delante de
un reloj, y se han
convertido en filósofos!
Es verdaderamente
impresionante pues
fijándose un rato en la
aguja, y observando cómo
se mueven el segundero,
el minutero… nos
preguntamos, casi sin
darnos cuenta ¿qué es el
instante? ¿qué significa
el presente? ¿no
me estoy moviendo ya en
el futuro? ¿O aún
estoy en el pasado?
“Hoy será el ayer de
mañana,” dice la gente;
y también: “Al ahora...
pronto me referiré con
las palabras hace
poco.” Incluso San
Agustín afirmó: “Yo sé
lo que es el tiempo,
siempre que no me lo
preguntes.”
Es posible conversar
sobre esta y otras
muchas cuestiones casi
en cualquier situación,
preferentemente en la
naturaleza, en los
montes o a la orilla del
mar. En principio, todo
hombre está capacitado
para reflexionar sobre
las dimensiones más
profundas de la vida.
¿Significa esto que
todos los hombres somos
filósofos, en el sentido
estricto de la palabra?
¿Que no es necesario
disponer de una
formación especial para
ejercer esta ciencia?
Nada de eso. Pero
significa que la
filosofía es distinta
a las demás ciencias, y
que, en principio, todo
hombre capaz de razonar
puede ejercer de
filósofo.
Todo ser humano, tarde o
temprano, se plantea el
por qué y el para qué de
su existencia, se
pregunta de dónde viene
y a dónde va, quién es y
lo que podría hacer de
su vida. En esto se
distingue de los
animales. El animal vive
de un día para otro:
come, bebe, duerme,
crece, corretea, se
reproduce y muere. Una
vida así es buena y
normal para un animal,
pero no para una
persona. Los filósofos
de la Antigüedad
llegaron a decir –tal
vez de una manera algo
ruda– que si una persona
no se plantea las
preguntas fundamentales
de la vida y solamente
vive de un día para otro
(de una comida a la
otra, de un telediario
al otro), habrá
“fracasado” en su
existencia. En lo más
profundo de su ser no
habrá llegado a
encontrarse a sí mismo;
no se habrá “convertido
en hombre”. Dicho de
manera tradicional: su
existencia no habrá sido
digna de ser la de un
hombre.
¿Cuándo comienza la
filosofía? Según algunos
expertos, con Tales de
Mileto, en el siglo VI
antes de Cristo; según
otros, nace con Homero
en el siglo IX antes de
Cristo; hay personas más
radicales que señalan
que, antes de los
griegos, los pueblos
orientales de alguna
manera ya filosofaban…
Sin embargo, si es
verdad que cada hombre
es filósofo, la
filosofía debe comenzar
con la humanidad. En las
bibliotecas alemanas se
puede encontrar una obra
anticuada y cubierta de
polvo, de varios tomos,
escrita en el siglo
XVIII, “Historia de la
Filosofía – desde los
comienzos del mundo
hasta nuestra época”. La
portada del primer tomo
muestra un paisaje
salvaje con un gran oso
y tiene por título: “La
filosofía prediluviana”.
"[2]
Sin embargo, es un rasgo
característico de
nuestro tiempo, que no
pocas personas parecen
carecer de inquietudes
intelectuales. Hasta se
muestran “alegres” en un
cierto nihilismo
práctico que no se
preocupa del porqué de
la vida, ni se formula
la mera pregunta
por el sentido de la
existencia. Nos
encontramos frente al
peligro de no vivir la
vida, sino de “dejarse
llevar”. A veces, no
disponemos de la
suficiente calma
interior para considerar
los acontecimientos con
cierta objetividad y
tomar conciencia de la
propia situación
existencial. No
reflexionamos sobre el
sentido y los objetivos
del propio actuar; en
definitiva: no
ejercemos como
filósofos,
prescindiendo así de una
dimensión esencial de la
vida humana.
Durante la segunda
guerra mundial, un joven
alemán, miembro de la
resistencia, que se
encontraba en Rusia,
escribió en su diario un
diálogo ficticio con uno
de sus jefes: “El hombre
ha nacido para pensar…,
¡para pensar, querido
funcionario! Esta
palabra se dirige
directamente contra ti,
contra ti y todo el
sistema que habéis
montado. Eso te
sorprende porque, según
dices, eres una persona
que exalta el espíritu.
Es un espíritu perverso
al que estás sirviendo
en esta hora de
desesperación...
Reflexionas sobre el
perfeccionamiento de la
ametralladora, pero la
pregunta más
rudimentaria, más
fundamental e importante
la acallaste ya en tu
juventud: es la
pregunta: ¿por qué? y
¿a dónde?”."[3]
En efecto, el simple
plantearse estos
interrogantes es ya una
primera señal de que una
persona se rebela ante
la perspectiva de vivir
como un animal.
Normalmente se puede
filosofar, claro está,
cuando las necesidades
básicas de la vida están
al menos mínimamente
colmadas. Pero aunque
este sea el caso,
observamos una cierta
“apatía”, una cierta
“abstención de pensar”,
justamente en las
sociedades occidentales
consumistas.
II Influencias
negativas sobre la
capacidad filosófica
Nuestra vida se ha
convertido, en muchos
sentidos, en un ajetreo
continuo. Muchas
personas sufren las
consecuencias del estrés
o de un cansancio
crónico. La dureza de la
vida profesional, y
también las exigencias
exageradas de la
industria del ocio,
traen consigo unas
obligaciones excesivas,
así que lo único que se
desea por la noche es
descansar, distraerse de
los problemas
cotidianos, y no
esforzarse nada más.
Todo esto puede llevar a
una cierta “enajenación
espiritual”, a la
superficialidad de una
persona que vive sólo en
el momento, para las
cosas inmediatas. En
nuestra sociedad de
bienestar tan saciada,
con frecuencia, resulta
muy difícil detenernos a
reflexionar.
A la vez, podemos
observar frecuentemente
una decadencia hacia lo
instintivo, lo puramente
sensual. Muchas
películas, revistas,
talkshows y hasta no
pocas páginas web
del internet hablan un
lenguaje claro. Pero una
persona que se deja
absorber por el
materialismo y el
sensualismo, se embota y
se ciega frente a lo
espiritual. Uno puede
acostumbrarse a casi
todo, incluso a no
utilizar su
entendimiento para
realizar las críticas
más elementales y
necesarias.
Un exceso de información
también puede ser un
impedimento. Vivimos en
la era de los medios de
comunicación de masas.
Recibimos una inmensa
cantidad de información.
Quien intenta acceder
inmediatamente a toda la
información de los cinco
continentes, quien no se
pierde ninguna tertulia
televisiva ni ningún
comentario político, o
suele ver una película
tras otra, puede
convertirse en una
persona muy superficial.
Con frecuencia no
tenemos ni tiempo, ni
fuerzas suficientes para
asimilar toda la
información recibida.
Además, absorbemos
inconscientemente muchos
miles de datos, cuando,
por ejemplo, nos
paseamos por el centro
de una ciudad... Hace
pensar una pequeña
anécdota que se cuenta
de la escritora alemana
Ida Friederike Görres.
Una vez, en los años
cincuenta del siglo
pasado, le preguntaron
qué hacía para tener
siempre ideas tan
originales y saber
juzgar con tanta
claridad la situación de
la sociedad. Respondió:
“No leo ningún
periódico. Así puedo
concentrar mis fuerzas.
De lo importante ya me
enteraré de todas
maneras.” Naturalmente,
esta postura es muy
discutible y, en mi
opinión, no es digna de
imitación. Pero sí puede
invitarnos a
reflexionar. Hoy, varias
décadas más tarde, se ha
multiplicado enormemente
el volumen de la
información que
recibimos cada día, a la
vez que se ha
especializado. Será
difícil para una persona
convertirse en un
filósofo sin una
cierta “actitud
distante” con respecto a
los medios de
información. El escritor
ruso Dostoievski afirma:
“Estar solo de vez en
cuando, es más necesario
para una persona normal
que comer y beber.” "[4]
A lo largo de la
historia, hubo grandes
pensadores que se
separaron
voluntariamente del
ajetreo de la sociedad.
No querían distraerse
con banalidades. Un
ejemplo famoso de la
Antigüedad es Diógenes,
que vivía feliz en un
barril y no se dejaba
molestar por nadie,
según cuenta la
tradición. Un ejemplo de
nuestro tiempo es el
filósofo austríaco
Wittgenstein, hijo de un
industrial, que regaló a
sus hermanos los
millones que había
heredado. Prefería la
austeridad a las
riquezas. Durante largo
tiempo no comía otra
cosa que pan y queso;
cuando le preguntaron
por la razón, respondió
sencillamente: “Me da
igual lo que como; lo
que importa es que
siempre sea lo mismo”. "[5]
Cuando murió en 1951,
sus últimas palabras
fueron: “Dígales que
tuve una vida
maravillosa”. "[6]
III Actitudes básicas
para la filosofía
Como se ve, esta
capacidad básica que
tiene cada hombre de
preguntarse por el
sentido del mundo y de
su propia existencia,
puede desarrollarse a lo
largo de la vida, o
puede corromperse. Vamos
a considerar las
actitudes básicas que se
exigen para que una
persona se convierta en
un filósofo.
1.- Desprenderse del
mundo diario
Según el filósofo alemán
Josef Pieper, “filosofar
es un acto que
trasciende el mundo
laboral”. "[7]
El mundo laboral
es aquí sinónimo del
mundo en el que se ha de
funcionar, rendir,
competir. De vez en
cuando conviene
distanciarse de todo
eso: no fijarse
solamente en lo
inmediato (y agobiarse
con ello), sino mirar
“en otra dirección”.
Apartarse del mundo
laboral es muy
relajante. Así se puede
descansar y sacar nuevas
fuerzas para la vida
diaria. No se logra sólo
cuando se ejerce la
filosofía. También el
poeta trasciende la
cotidianidad; es capaz
de olvidarse de todo, y
de cometer locuras. Lo
mismo hace el amante: su
amor le impulsa a dejar
atrás todo cálculo y no
dejarse comprometer por
un mundo utilitario. O
sea, el filósofo se
parece a un amante y a
un poeta. Él también es
un amante: ama la
verdad, la ansía. Platón
habla del “eros
filosófico”. Dice que la
filosofía se asemeja a
la locura, porque saca
al hombre de su mundillo
y lo conduce hacia las
estrellas. Y todo el que
sufre alguna conmoción,
es invitado a
transcender su mundo
cotidiano. Es lo que
ocurre cuando alguien se
encuentra en una
“situación límite”, por
ejemplo cuando se
enfrenta a la muerte,
entonces surge
frecuentemente un acto
filosófico – o
religioso.
La filosofía, el arte,
la religión y también el
amor están relacionados
en cierta manera. Se
oponen al utilitarismo
del mundo laboral. No se
dejan “comercializar” o
utilizar para
determinados objetivos.
Al hacerlo, la filosofía
y la religión se
transformarían en
ideologías, y el amor,
en una industria del
sexo.
En cierto sentido es
verdad que el filosofar
“no sirve para nada”.
Es, por decirlo así,
inútil. Y ahora el plato
fuerte: ¡ni puede ni
debe servir para nada!
Pues precisamente
quiere superar el pensar
utilitario. Martin
Heidegger dice: “Es
completamente correcto y
así debe ser: "La
filosofía es inútil"”. "[8]
Con la filosofía –como
en la poesía– se
trasciende lo cotidiano.
Esto a veces es
necesario para
“sobrevivir” en un mundo
difícil, es un modo de
mantener la serenidad,
si el día a día es
insoportable. Nietzsche
dice que Sócrates huyó
hacia la filosofía
porque tenía una mujer
inaguantable, la famosa
Xantipa, que le regañaba
sin parar. La tradición
cuenta que una vez
Xantipa echó un cubo con
agua sucia por la
ventana, cayéndole a
Sócrates que estaba
abajo con sus amigos,
conversando sobre temas
filosóficos. Los amigos
se enfadaron, pero
Sócrates quedó
impasible: “En mi casa
llueve cuando hay
tormenta”. Y los amigos
concluyeron: “Como
Sócrates sabe tratar a
Xantipa, sabe tratar a
cualquier otra persona”.
"[9]
Cuando una persona
trasciende el mundo
cotidiano, niega la
“exigencia totalitaria”
del mundo laboral:
expresa que la
profesión, por
importante que sea, no
debe absorber
completamente las
facultades humanas, ni
puede satisfacer todos
los deseos de su
corazón; hay algo más a
lo que uno quiere
dedicarse. En esto
estuvieron de acuerdo
todos los filósofos,
poetas y amantes de
todos los tiempos. El
filósofo, pues, tiene
mucho más en común con
un poeta, por ejemplo,
que con un empresario;
lo que no quiere decir
que también un
empresario no pueda ni
deba ejercer la
filosofía.
2.- Fomentar la
admiración
El filósofo medieval
Tomás de Aquino afirma:
“La razón por la que el
filósofo se compara con
el poeta es ésta: ambos
son capaces de
admirarse.” "[10]
Una persona que
filosofa, reconoce y
admite su propia falta
de conocimientos; se
abre a una verdad mayor
y se deja fascinar por
ella. La admiración es,
según los antiguos, el
comienzo de la
filosofía. Se cuenta que
algunos grandes
filósofos eran capaces
de tal admiración que,
literalmente, olvidaron
lo que pasaba en su
alrededor. Tales de
Mileto, por ejemplo, aun
estando en una batalla,
se quedó parado de
repente al ocurrírsele
una idea, y no vio que
el enemigo se
acercaba... Y Tomás de
Aquino fue el único que
estaba callado durante
un solemne banquete, al
que el rey de Francia le
había invitado, mientras
todos los demás estaban
enfrascados en
conversaciones cultas;
de pronto pegó un
puñetazo a la mesa y
gritó: “¡Ya lo tengo!”
Había encontrado un
argumento para razonar
en contra de los
maniqueos. "[11]
La filosofía tiene un
carácter esencialmente
no burgués. Pues
admirarse no es de
“burgueses”: no es de
aburguesados insensibles
que lo dan todo por
supuesto. Sólo son
capaces de admirarse,
cuando sucede algo muy
extraordinario, como un
escándalo. Por eso la
industria recreativa
cada vez se vuelve más
agresiva. La necesidad
de hechos sensacionales
para poder conmoverse y
admirarse, es una señal
segura de que una
persona no ejerce de
filósofo.
El admirarse no sólo es
el principio de la
filosofía en el sentido
de initium, de
paso preliminar o
comienzo. Es el
principium, origen
interior del filosofar.
La admiración no se pone
entre paréntesis, ni se
deja de lado, por más
avanzado que se
encuentre el filósofo.
Siempre que una persona
filosofa, se admira; y
en la medida en que
crecen sus
conocimientos, debe
crecer su admiración.
Tomás de Aquino define
la admiración como “desiderium
sciendi”, la
añoranza y el deseo de
saber cada vez más. La
persona que se admira es
aquella que empieza a
caminar, que desea saber
más y más e intenta
llegar al fondo de todas
las cosas. Por eso
afirma Goethe, el gran
escritor alemán: “Lo
máximo que un hombre
puede alcanzar es la
admiración” "[12]
.
El filósofo se admira.
Descubre, en lo
cotidiano y común, lo
realmente extraordinario
e insólito. Sabe
entusiasmarse con una
brizna o un diente de
león, tal y como lo
haría un poeta, un
amante o un niño. Tomás
de Aquino dijo que no
podíamos captar ni la
esencia de un mosquito.
Quiere decir que hasta
es posible admirarse
infinitamente ante un
mosquito. (Un
filósofo también es
capaz de meditar
profundamente ante
situaciones familiares y
sociales, ante problemas
humanos de cualquier
tipo...).
3.- No tener
prejuicios
Filosofar significa
abrir horizontes,
dirigir la mirada hacia
la totalidad del mundo;
nuestro espíritu es, de
alguna manera, una
“fuerza para lograr lo
infinito”. "[13]
Entonces, ¿tendremos que
hablar siempre de
todo al filosofar?
¡Por supuesto que no! No
es posible; ¡y el
resultado sólo podría
ser un caos! ¡Pero una
persona tiene que estar
dispuesta a
hablar de todo! Nunca
debe perder de vista a
“Dios y al mundo”. No
debe pasar nada por alto
arbitrariamente, si
quiere llegar al fondo
de las cosas.
El filósofo como tal
tiene que estar
dispuesto a enfrentarse
con “todo”, a prestarle
atención a “todo”. Esto
no significa, claro
está, que se ocupe de
mil pequeñeces. Como
acabamos de ver, un
exceso de información
puede impedir la postura
filosófica. Pero se ha
de estar dispuesto a no
pasar por alto nada
que en principio pueda
ser esencial. Tener
una postura crítica
significa para el
filósofo: preocuparse de
no pasar por alto
conscientemente nada. "[14]
Por supuesto, la
“totalidad” de la
realidad no es idéntica
a una adición lograda
por una suma que ahora
contiene todo y
cualquier cosa. Aquel
que entiende mucho de
biología y de literatura
y de recetas de cocina y
de fútbol y de política
internacional y de la
vida privada de todos
los artistas y
príncipes, no es por eso
un filósofo. La
filosofía trata de el
todo, de una
comprensión
“estructurada” del mundo
que posee una jerarquía:
lo esencial se reconoce
como esencial, lo no
esencial como no
esencial.
Un filósofo auténtico
trata simplemente de no
excluir o sobrepasar
nada intencionadamente.
Tiene amplios
horizontes: ¡con él se
puede hablar de todo!
Para él no existen
tabúes. Ni tampoco
sistematizaciones
precipitadas que ignoran
todo aquello que no
concuerde con el
sistema, y que impidan
cualquier nueva
conversación sobre ello.
La filosofía no acepta
limitaciones
arbitrarias, pues si lo
hiciera, perdería su
propia identidad,
convirtiéndose en
ideología. En este
sentido, Goethe juzga
muy negativamente a
algunos filósofos de su
tiempo, que pretenden
“dominar a Dios y al
espíritu humano” y
encierran todo el
universo en diferentes
sistemas. "[15]
El “enfrentarse a todo”
tiene más que ver con la
profundidad que con la
extensión. El filósofo
no sólo mira el más
allá. No sólo aparta la
vista de la vida
cotidiana,
transcendiendo el mundo.
También sabe fijarse
exactamente en las cosas
que le rodean. Pregunta
por las últimas razones.
No le interesa, por
ejemplo, cuál es la
forma más rápida de
adquirir dinero, sino lo
que es en sí el poder de
la riqueza y lo que
significa para el
hombre.
Quien quiera tener una
visión de “toda la
realidad”, pronto se da
cuenta de que eso es
apenas posible. El mundo
es mucho mayor que
nuestra capacidad de
comprensión. El acto
filosófico no consiste,
en primer término, en
“pensar mucho”, sino en
contemplar la realidad,
escuchar con atención,
en callar:
“escuchar tan plenamente
que ese silencio atento
no sea perturbado o
interrumpido por nada,
ni siquiera por una
pregunta.” "[16]
(La naturaleza de la
pregunta encierra una
determinada orientación
de la respuesta, y eso
significa una
limitación). Pieper
habla de la “franqueza
ilimitada” con la que se
debe escuchar al mundo.
El filósofo considera el
mundo “bajo cualquier
aspecto concebible”, y
no sólo bajo alguno en
concreto, tal y como lo
hacen las ciencias
particulares. "[17]
Se sobreentiende que
este silencio no guarda
ninguna relación con una
pasividad neutra, antes
bien, supone un máximo
compromiso. Pues de lo
que se trata es, de no
querer pasar nada por
alto, de considerar
todos los aspectos y no
dejarse cegar por
prejuicios. (En una
disputa, hay que
escuchar a todos los
grupos, con igual
atención). Para un
auténtico filósofo
no hay ni temas que
se hayan de excluir, ni
“temas sensacionales”,
ni “personas
etiquetadas”. Pieper
dice que el estar
abierto al mundo es algo
así como el “distintivo”
del filósofo auténtico.
"[18]
4.- Adquirir cierta
independencia en los
propios juicios y
reflexiones
Una persona que quiere
pensar por su cuenta, ha
de estar dispuesta al
inconformismo.
Filosofar significa:
distanciarse, no
(siempre) de lo
cotidiano, pero sí de
las interpretaciones
comunes, de la opinión
pública o publicada, del
“terror” que a veces
pueden producir los
medios de comunicación.
Los auténticos filósofos
siempre han ido contra
corriente. Son los que
ven lo que todos ven, y
se atreven a pensar lo
que quizá nadie de su
entorno piensa. Los que
actuaban de este modo, a
veces hasta sufrieron la
muerte por esta razón
(Sócrates), pero no
dejaron de oponerse a
todo tipo de regímenes
totalitarios.
La filosofía reclama
para sí la
independencia. Tiene que
poder desplegarse sin
que ninguna normativa
oficial lo impida.
Pieper exige para cada
comunidad humana un
espacio libre en el que
sea posible el debate
sin trabas de cualquier
cuestión que ocupe las
mentes. "[19]
Si esto no es posible,
es señal de que la
sociedad tiene trazas
totalitarias.
Sin embargo, más
importante aún que la
libertad exterior es la
libertad interior.
Significa querer
incondicionalmente la
verdad, y no dejarse ni
adormilar, ni manipular
por nada. Las
situaciones pueden estar
en favor o en contra de
la libertad; pueden ser
la razón para que ésta
aumente o disminuya.
Pero no intervienen
esencialmente en el acto
libre. Así, una persona
está condicionada, en
cierto modo, por el
país, la sociedad, la
familia en la que ha
nacido, está
condicionada por la
educación y la cultura
que ha recibido, por el
propio cuerpo, por su
código genético y su
sistema nervioso, sus
talentos y sus límites y
todas las frustraciones
recibidas –pero a pesar
de esto es libre: es
libre para opinar sobre
todas estas condiciones.
Un hombre puede ser
libre incluso en una
cárcel, como lo han
mostrado Boecio, Santo
Tomás Moro, Bonhoeffer y
otros muchos. “Hay algo
dentro de ti que no
pueden alcanzar, que no
te pueden quitar, es
tuyo;” esto dice un
preso a otro preso, en
un diálogo
impresionante, que sale
en la película “Sueños
de libertad.” Un hombre
puede ser libre también
en un sistema
totalitario, aunque las
amenazas y el miedo
disminuyan la libertad.
Puede mantener una
creencia, un deseo o un
amor en el interior del
alma, aunque
externamente se decrete
su abolición absoluta.
Así, Sajarov no sólo fue
grande como físico;
sobre todo fue grande
como hombre, como
apasionado luchador por
la libertad de cada
persona humana. Pagó por
ello el precio del
sufrimiento, que le
impuso el régimen
comunista, cuya
mendacidad e inhumanidad
destapó ante los ojos
del mundo. Otro
disidente famoso confesó
públicamente: “¡Bendita
prisión que me hace
reflexionar, que me hace
hombre!” (Alexander
Solzhenitsin).
5.-Adquirir humildad
intelectual
Con todo ello, no hay
que sobreestimarse.
Aunque una persona tenga
una experiencia
sumamente rica y una
comprensión profunda de
la vida humana, no debe
perder el sentido de la
realidad: el filósofo no
es “el sabio por
antonomasia”, sino el
que ama la
verdad, el que siente
añoranza por
comprender los últimos
porqués del mundo, el
que se esfuerza en ver
relaciones. Filosofía
significa amor a la
sabiduría, a la búsqueda
de la sabiduría que
nunca se llega a poseer
plenamente.
La persona que se admira
es consciente de no
saber nada. Es célebre
la frase de Sócrates en
que admite: “Sólo sé que
no sé.” En cierta manera
es aplicable a cualquier
científico. Hoy en día
estamos muy
sensibilizados respecto
a que ninguna persona
puede “saberlo todo”, ni
siquiera en una
subdisciplina
delimitada. Se comienza
a estudiar algo, pero no
se llega a un fin;
constantemente se
descubren más campos de
investigación. La
especialización ha
avanzado mucho: un
psiquiatra no sabe casi
nada de oftalmología, un
historiador que conoce a
fondo el siglo XVI
apenas tiene idea del
siglo XVII. Los biólogos
escriben tesis sobre el
pico del petirrojo, y no
conocen la cola. Todo
esto no tiene
importancia, pues
tenemos una mente
limitada. Sólo que hoy
volvemos a ser
conscientes de ello, o
al menos mucho más
conscientes que durante
las últimas décadas de
fe ciega en la ciencia.
¡Y Sócrates es tan
actual! No dijo sólo:
“Sólo sé que no sé
nada”, cosa que podemos
comprender muy bien en
nuestros tiempos.
También afirmó: “Jamás
he sido el maestro de
nadie.” Quería indicar
con ello que no es
posible dividir la
humanidad en dos
“clases”: “los que
saben” y “los que no
saben”, el sabio y el
necio. Todos estamos
buscando la verdad,
ninguno la posee
completamente. Cada uno
puede aprender de los
demás.
Hoy en día tenemos una
sensibilidad especial
para estas relaciones.
El que intente darse por
alguien que lo sabe
todo, queda realmente en
ridículo. Ya no puede
impresionar a nadie. Nos
hemos vuelto escépticos
ante las construcciones
sistemáticas. Hemos
visto cómo se
derrumbaron, de la noche
a la mañana, sistemas
ideológicos gigantescos.
Al mismo tiempo
presenciamos cómo se
tambalean un sinnúmero
de tradiciones
fundamentales de la
cultura occidental. No
hace falta deprimirse
ante esta situación.
Sufrir de vez en cuando
algunas conmociones
fuertes, puede ser,
incluso, beneficioso
para una persona y para
toda una sociedad. Una
crisis no es una
catástrofe. Puede servir
para volver a tomar
conciencia de los
propios fundamentos. Se
trata de una oportunidad
para transformarse más
conscientemente en
alguien que busca, que
adopta la actitud
filosófica. Es probable
que así reconozcamos,
cada vez más claramente,
lo necesario que es
cambiar de forma de
pensar en determinados
ámbitos.
IV Desafíos y
libertad
Filosofar significa, en
cierto modo, apartarse
del mundo laboral. Este
paso trascendente no
sólo es condicionado por
el origen, sino
ante todo por la meta
que consiste en
adquirir, en la mayor
medida posible,
conocimientos acerca del
sentido de nuestro
mundo. Se basa en la
creencia de que la
auténtica riqueza del
hombre no está en saciar
sus necesidades
cotidianas, “sino en
saber ver aquello que
existe.”"[20]
En este sentido, la
filosofía no está
reservada a los
especialistas. Se podría
decir que es un don y
una tarea para toda
persona. Por
consiguiente, tendría
que ser lo más normal
del mundo comenzar
conversaciones
filosóficas, no sólo en
la Universidad, sino
también en las calles y
en pleno centro de la
ciudad. Pero ahí nos
damos cuenta de algo
curioso que, por cierto,
se puede observar en
todas las épocas y en
todas las sociedades:
¡los filósofos, muy
frecuentemente, son unos
marginados! En este
mundo del dinero y del
éxito puede ocurrir
incluso que inspiren en
los demás un sentimiento
de pena o de
incomprensión.
Hemos visto que la
filosofía, por su
naturaleza, no es algo “comercializable”;
se opone al mundo
laboral. Por eso, muchas
veces, tiene el estigma
de lo raro, de ser un
mero lujo
intelectual, que tal
vez se pueda tolerar,
pero que también es
ridiculizado. Con
frecuencia, el filósofo
no tiene los pies sobre
la tierra. Admira el
cielo estrellado, el
diente de león y el
mosquito. A veces lo
hace por necesidad, por
no poder soportar el
mundo de lo cotidiano.
Xantipa hacía que su
hogar no fuera acogedor,
y entonces Sócrates se
subió al tejado de la
casa, pues mirar el
cielo estrellado era más
atractivo… Pero si se
mira al cielo, se puede
llegar a andar por las
nubes. Es, por decirlo
de alguna manera, la
“enfermedad profesional”
del filósofo.
Existe, realmente, una
cierta problemática: el
filósofo, con suficiente
frecuencia, no ve el
mundo cotidiano. Mira al
cielo –¡pero nadie puede
vivir así
constantemente! No somos
espíritus puros. Tenemos
un cuerpo, y hemos de
comer, beber y dormir.
Necesitamos un techo y
una seguridad social.
Con otras palabras, no
nos basta sólo el “cielo
estrellado”, sino
también se requiere un
espacio protegido, un
hogar. También nos hace
falta un entorno
familiar, lo
concreto, sentirnos
acogidos y acompañados.
Si todo el mundo se
dedica a mirar el cielo
estrellado, la vida se
vuelve inhóspita. Cuando
me duele la cabeza no
quiero que nadie se
quede mirándome, sin
hacer más que
admirarse y
filosofar sobre “el mal
de la enfermedad”;
¡deseo que me dé un
analgésico! También es
cierto que, sin la base
material que hace
posible la existencia
física, nadie puede
filosofar. Es difícil
meditar sobre el mundo
en su totalidad, cuando
se está construyendo una
casa, se tiene un pleito
o se están preparando
unos exámenes
importantes; y mucho
menos, si se está
apremiado por el hambre
o bajo los efectos de
una enfermedad dolorosa.
La admiración no concede
habilidades ni aumenta
el sentido práctico,
antes bien, admirarse
significa “conmoverse”.
Pero nadie puede pasarse
la vida en la pura
contemplación de la
verdad. Pues el hombre
no puede vivir, a la
larga, tan sólo del
sentirse conmovido. De
hecho, al encontrar la
verdad, surge el deseo
de transmitirla; así
puede nacer la figura
del profesor de
filosofía o del escritor
filósofo.
De los comienzos
(conocidos) de la
filosofía occidental,
nos es transmitida una
anécdota bastante
significativa: como
Tales de Mileto paseaba
contemplando el cielo,
en una ocasión se cayó
en un pozo. Una criada
que fue testigo del
hecho, se rió a
carcajadas. Platón
advierte al respecto:
“El filósofo suele ser
siempre de nuevo motivo
de risa, no sólo para
las criadas, sino para
mucha gente, porque él,
ajeno a las cosas del
mundo, se cae en un pozo
y se topa con muchos más
apuros.” "[21]
Este es el dilema del
filósofo: vive en un
mundo en el que sus
coetáneos se orientan
por aspectos pragmáticos
como el dinero y el
éxito; él, en cambio, se
dedica a algo que se
opone diametralmente a
las ambiciones de estas
personas, o al menos se
puede decir que se
dedica a algo que no es
“útil”, no es
“práctico”.
Lo que no es “útil”, no
suele tomarse en serio.
Pero esto sólo es un
aspecto (el negativo) de
la imposibilidad de ser
comercializado. El lado
positivo es la libertad
que supone. Por un lado,
la filosofía es
inútil en el sentido
de uso y aplicación
directos. Por el otro,
la filosofía se opone
a ser utilizada, no
está disponible para
objetivos que estén
fuera de ella misma. La
filosofía no es
“sabiduría de
funcionario”, sino –como
dijo John Henry Newman–,
“sabiduría de
caballero”; "[22]
no es sabiduría útil,
sino sabiduría
libre.
Muchos se ríen del
filósofo, pero él es
libre. Por supuesto, es
consciente de su
situación, pero no le
importa, ya que es
independiente de lo que
otros piensen de él.
Platón, además, da la
vuelta a la tortilla:
los demás (“los hombres
del dinero”) también se
exponen al ridículo
precisamente al
perseguir unos objetivos
tan poco nobles. Y
cuando se trata de
cuestiones esenciales,
no saben qué decir, y
entonces es cuando les
toca reírse a los
filósofos. "[23]
El concepto de libertad
significa aquí, como
hemos visto, la no
disponibilidad para
objetivos concretos. El
acto de filosofar es
libre en la misma medida
en que no se remite a
algo que esté fuera de
él. Es “un quehacer
lleno de sentido en sí
mismo”. "[24]
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