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Por Javier Aranguren
En "Lo que pesa el humo", Ediciones Rialp, Madrid 2001.
No soy un siervo fiel del deporte rey, sino que en este asunto -al igual que en tantos otros- me considero bastante republicano: no me interesa mucho el fútbol.
De todos modos, lo que sí me apasionan son las reacciones de esos seres, algunas veces racionales, que se llaman humanos, ante este espectáculo y fenómeno de masas. Gritos de emoción o rabia, lunes alegres o deprimentes, tardes de tensión, razones para las fiestas y los baños en fuentes públicas o desórdenes, dependen de lo mismo: once hombres en pantalón corto detrás de una pelota («¿por qué no les dan una a cada uno y se acabaron los problemas?», sugería un amigo mío).
Una de las compañías de televisión satélite de nuestro país me ha «entusiasmado» con su campaña publicitaria otoñal. Un hombre encadenado a la verja de un parque, los ojos desorbitados, sin afeitar, en huelga de hambre, rayando la desesperación; Marta, su mujer, se esconde en su piso de las miradas indiscretas e indignadas que confraternizan con su marido, y se sabe enfadada porque lo que él le pide es abonarse a esa vía de comunicación para poder ver todo el fútbol del planeta (¿se lo imaginan?, ¡todo!, ¿cuándo trabajará ese hombre?). En la fase final de la campaña le vemos a ella, que acude corriendo hacia su maltrecho marido, en el momento en que la policía le suelta de sus hierros. Reacción sentimental y apoteósica del público que, como los telespectadores que vemos el anuncio, asiste a la escena. Una cerrada ovación acompaña el amoroso abrazo de los dos, aprobando así el lógico y publicitario (y falso) desenlace.
Por medio de su renuncia a la vida en común con su marido, ya que acepta que reciba en casa a todo el fútbol (liga española, e italiana, y un poco de la inglesa, y competiciones internacionales, y ..), recupera ella a ese hombre, al mismo tiempo que definitivamente lo pierde. Y él, demacrado, gracias al sacrificio que hace su esposa (quien sabe, con tal tipo como marido tampoco estará ella quedándose sin tanto), y de renunciar a su compañía, logra también lo que más quiere: el fútbol. ¡Hermoso mensaje!
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