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TRABAJO Y FAMILIA, VALOR COMÚN (Blanca Castilla de Cortázar)

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Paternidad y maternidad.
Trabajo y familia: misión común

Inquietantes análisis demuestran que la sociedad padece un gran déficit de paternidad. ¿Qué relación existe entre trabajo, familia, paternidad y maternidad?

Por Blanca Castilla de Cortázar

¿Son compatibles trabajo y paternidad? Simone de Beauvoir pensaba que lo realmente incompatible eran trabajo y maternidad. Sin embargo, Evelyne Sullerot, en un polémico estudio (Quels pères, quels fils), y el inquietante análisis de Fatherless America, demuestran que la sociedad padece un gran déficit de paternidad. ¿Qué relación existe entre trabajo, paternidad y maternidad? [1]


1. Los descubrimientos del siglo XX

A toda persona de bien le preocupa el progreso y el desarrollo de su familia, de su país, de su tierra, de su nación, dentro del conjunto del planeta. Pues bien, uno de los mayores descubrimientos antropológicos realizados en el siglo XX es que tanto el varón como la mujer han de contribuir conjunta­mente en la construcción familiar y cultural del mundo. Ambos están llamados a ser protagonistas del progreso equilibrado y justo que promueva la armonía y la felicidad. Al menos así se dice en el libro del Génesis 1, 26-3l cuando, después de ser bendecidos por Dios se les asigna una doble y complementaria misión: “Creced, multiplicáos, llenad la tierra y dominadla”.

Es verdad que después del pecado el dolor recae sobre la mujer de un modo algo diferente que sobre el varón: él sufrirá más por los frutos que la tierra le negará, más inclinado como está al dominio de las cosas. La mujer, más sensible al trato con las personas, sufrirá más afectivamente, además de los dolores que comporta la maternidad física. Pero ante esta división de aspectos hay que decir dos cosas: primero, ambos trabajan en cosas iguales o diferentes pero en ambos está presente el trabajo. Segundo, a estas alturas de la historia nos encontramos en la perspectiva de la Redención. Esta es una gran cuestión pues se pueden ir superando los inconvenientes de la caída y hacer una cultura más parecida a aquella que deseaba el Creador. Es quizá por esta razón que Juan Pablo II da tanta importancia a las palabras que dijo Jesús a sus interlocutores cuando éstos le preguntaban por el matrimonio. Él dijo: “Al principio no fue así” (Cfr Mt 19,3 s y Mc 10,2 s).

Pero esta doctrina no sólo está escrita en libros a los que algunos pueden no dar crédito. Ha sido también un hallazgo antropológico accesible a todas las mentes. Este descubrimiento se ha realizado al constatar que históricamente se dividieron los roles sociales entre masculinos y femeninos. El varón se ocupó de la esfera pública, mientras que el peso del espacio privado recayó casi exclusivamente sobre la mujer[2]. Los resultados son patentes: ambos ámbitos resultan perjudicados por estar incompletos. La esfera externa adolece de competitividad y economicismo, haciéndose inhabitable e inhumana: en ella faltan los recursos de la feminidad, de su preocupación prioritaria por las personas[3]. Por otra parte, en la familia los hijos se ven privados de la presencia de un modelo paterno, que les integre equilibradamente en las estructuras emocionales y sociales. El padre es la figura que ayuda a descubrir su identidad a los hijos varones y afirma la feminidad de las hijas.

Hoy se advierte que es necesario construir una familia con padre y una cultura con madre[4], siendo el varón trabajador y padre, y la mujer, madre y trabajadora. Porque, cuando abundan las familias monoparentales, se ha descubierto que los hijos necesitan un padre y una madre, que mantengan entre sí una comunicación estable. Los hijos, cada hijo necesita el amor de su padre y de su madre y, además, el cariño que su padre y su madre se tienen entre sí. Y también se ha constatado que las estructuras laborales y sociales están esperando el “genio” de la mujer, para hacerlas habitables, para que se acomoden a las necesidades personales en cada etapa de la vida, para que cada persona pueda dar, en cada circunstancia, lo mejor de sí misma. Es decir, el mundo del trabajo reclama la presencia de la mujer-madre, para que el mundo laboral esté en función de la persona y de la familia y no al revés.

Hoy se sabe que, además de la fraternidad que supone el 50% de toda relación humana, la aportación al bien común tiene dos modelos llamados paternidad y maternidad. Ciertamente varón y mujer tienen recursos distintos. Ya Buytendijk se esforzó en describir sus diferencias. Julián Marías añade que éstas son relacionales. Y, aunque según John Gray parezca que provienen de distintos planetas (Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus), de su estudio se concluye que son dos modos recíprocos y complementarios de encarnar la misma naturaleza. Por eso, también sus diferencias son imprescindibles en todas las esferas. Y, porque sus peculiaridades son relacionales, complementarias y recíprocas, cada, cada uno se apoya en el otro, cada uno encuentra su posibilidad en el otro.

La maternidad tiene, entre otras, una nítida función: la de proveer a la sociedad de nuevos vástagos. Ese cometido que se hace en el seno de la familia, con la cooperación de un padre, recae en gran parte sobre la mujer. Frente a ella el varón y la sociedad están en deuda. Porque aporta más, en algo que es un bien para todos. Ella soporta casi todo el peso físico y de dedicación a sus hijos pequeños. Pero el padre también es necesario, pues es el único que puede hacer posible la maternidad familiar y social. Si el hombre-trabajador fuera verdaderamente padre, la madre-trabajadora podría ser felizmente una realidad. Eso requiere que el hombre no olvide que es padre, cuando está en su casa y también mientras trabaja.

Sin embargo, este nuevo modo, creativo y fecundo, de enfocar la vida y el trabajo es un reto para nuestra sociedad.

Con frecuencia, a las mujeres se les ponen demasiadas trabas en el campo laboral para que puedan llevar a cabo su doble función social, porque se condiciona su trabajo a su posible maternidad, porque no existe la necesaria flexibilidad para hacer compatible trabajo y familia, porque no hay suficientes servicios sociales que ayuden a la crianza de los niños pequeños, porque no se facilitan reciclajes para reincorporarse al trabajo, tras hacer sacado adelante a una familia numerosa.

La maternidad agredida busca a hombres que hayan descubierto su paternidad. Paternidad que comparte las cargas del hogar y la atención de los hijos. Paternidad que apoya los planes profesionales de la madre de sus hijos. Paternidad que provee para que en su campo laboral haya otras mujeres que puedan ejercer su maternidad. Aunque suene a nuevo, la paternidad se puede ejercer cuando y mientras se trabaja, porque su primer cometido consiste en hacer posible la maternidad.

Ser un buen trabajador no es dedicar a la empresa 20 horas al día. Las empresas, para salir adelante, necesitan el impulso de personas sanas, equilibradas y felices. Y ninguna persona, ni varón ni mujer, tiene salud física y psíquica, si no se sabe amado sin condiciones por sus personas más allegadas, si no se preocupa de ellas haciendo de su bien el fin de su existencia.

Los y las yuppies desarraigados son el gran peligro de las comunidades, pues siembran a su alrededor las neurosis, los cansancios, los sin sentidos. Un varón, una mujer, como a veces parece que se piden, casados con su trabajo, que sólo se mueven por el afán de ganar más dinero, son seres extraños, infelices, casi inhumanos, incapaces de contribuir con su trabajo al bien de los demás, porque son incapaces de amar.

Traer hijos al mundo es una función de primerísima importan­cia social que aporta a la mujer muchos valores, que después ella ha de dar, a través de su trabajo profesional, a toda la sociedad. La maternidad, ejemplo universal del amor incondiciona­do, o se favorece o se conduce a todo un país a la soledad de sus miembros, a La tristeza de no saberse incondicionalmente queridos. Pues bien, la maternidad será salvada en la medida en que haya hombres que descubran modos acertados de vivir la paternidad.


2. Ámbitos de la paternidad

Esta realidad está en gran parte por definir y por realizar. El tercer milenio está llamado, en primer lugar, a desarrollar en qué consiste exactamente ser esposo y padre, y en qué ámbitos han de desarrollarse estas características propias de su personalidad.

En primer lugar hay que decir que este enfoque de la masculinidad es desusado en el contexto cultural de occidente. Así como es un lugar común decir que la mujer desarrolla sus potencialidades como esposa y como madre, al varón siempre se le ha definido por su profesión, como si su esponsalidad y su paternidad fueran aspectos en cierto modo accidentales de su personalidad.

Otra constatación es advertir que es corriente oír que la maternidad es más importante que la paternidad. Esto lo dicen los propios varones. También lo dicen las mujeres[5]. Hace un tiempo, dando una conferencia, un filósofo se afanaba en describir que el varón y la mujer tienen almas distintas y afirmaba con gran convicción que el alma femenina está toda ella traspasada por la maternidad. Sin embargo, se quedó atónito ante la pregunta de sí igualmente el alma masculina estaba traspasada por la paternidad. No lo había pensado nunca.

Que la paternidad o la maternidad sean una más importante que la otra antropológicamente hablando es falso. Si tienen la misma categoría ontológica, tan importante como la maternidad será la paternidad. Sin embargo, teniendo en cuenta que la familia, tradicionalmente, la ha sacado adelante la mujer era fácil llegar a esta conclusión.

Un aspecto que debe ser cierto es que la maternidad es más innata a la mujer que la paternidad al varón. Cuando una mujer da a luz sabe, casi sin aprenderlo, lo que tiene que hacer con su hijo. Por su peculiar intuición para conocer a las personas, una madre “sabe” lo que le pasa a su hijo, aunque éste no pueda hablar todavía. Pero todo esto se refiere sobre todo a los aspectos más relacionados con el primer desarrollo de la vida. Si entráramos en cómo educar correctamente a un hijo, la maternidad tiene que aprenderse lo mismo que la paternidad.

Lo cierto es que parece que el varón tiene que aprender su paternidad. En primer lugar se sabe padre a través de la maternidad. La mujer no sólo enseña a sus hijos quién es su padre
sino que enseña al padre quienes son sus hijos.

En el modelo familiar vivido en la sociedad patriarcal se ha considerado habitualmente que la tarea del padre se cifraba casi por completo en allegar a la familia -mujer- e hijos- los bienes económicos necesarios para su sustento. Con esto el esposo pensaba muchas veces que ya había cumplido su misión. Esto se debía a la organización económica de las sociedades occidentales dónde se arbitraba fundamentalmente la solución del salario familiar, donde el padre de familia sostenía al resto de la familia. Reducir la paternidad a una función económica parece a primera vista un empobrecimiento de una dimensión que configura la persona misma.

El padre tiene una tarea imprescindible en la formación del hogar, en la creación de su ambiente, en la dedicación a sus hijos. Y no sólo para los hijos varones, cuyo papel es decisivo para que éstos reconozcan su identidad. Además, es particular­mente importante para el desarrollo armónico de las hijas que su padre les confirme en su feminidad. Pero el papel del padre es, sobre todo, fundamental, para la madre. Como ya se ha dicho cada hijo necesita no sólo el cariño de su padre y de su madre sino también el cariño que su padre y su madre se tienen entre sí. Se podría decir que la familia funciona con relaciones triádicas, donde intervienen simultáneamente tres. Sin embargo, el estudio de estas relaciones queda pendiente también para el próximo milenio.

Por otra parte, la paternidad no puede descubrir todos los aspectos de su misión desde sí misma. Por ser fundamentalmente una relación, la paternidad se descubre desde la maternidad. Por eso ahora no se pueden contemplar todavía toda la profundidad que la paternidad está llamada a desarrollarse en la historia. Para verlo es necesario, primero, decir cuál es la misión de la maternidad. Después volveremos, de nuevo, a tratar acerca de los ámbitos de los ámbitos de la paternidad.


3. La misión de la maternidad

Para centrar la misión de la maternidad es preciso considerarla como una realidad positiva abandonando la carga negativa de pasividad, con la que se la ha venido caracterizando filosóficamente hasta el siglo XX. Y reclama, también, advertir que ejerce su fecundidad en todos los ámbitos. La maternidad es un modo activo y originario de ser y de relacionarse con la vida, con las personas y con la realidad toda. La maternidad tiene la misma categoría ontológica que la paternidad.

Por otra parte, se ha dicho que la característica peculiar de la maternidad es el poder de la cercanía. Este poder se ejercita respecto a los hijos, pero también y en primer lugar con respecto al varón, es decir, respecto a la paternidad; después respecto a cada persona.

A finales de milenio, cuando se habla mucho de los derechos de las mujeres es preciso afirmar que un derecho de la mujer es “poder ser madres”. Tienen derecho al matrimonio, no porque sea su única misión sobre la tierra sino que además de trabajar en el ámbito laboral y público y tener independencia económica tiene derecho a ser querida con un amor exclusivo que sea sólo para ella, el de su marido. Y tiene derecho a tener hijos que sean la expresión del amor que ella tiene a su marido y que éste tiene por

Enviado por Palabra - 30/06/2005 ir arriba
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