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Por Pedro Beteta
DECORADOS DE HOLYWOOD
Es corriente ver, en las películas del Oeste, una ciudad con su calle mayor transitada por carruajes, jinetes, y personas que caminan o entran y salen de la cantina, de la oficina del sherif, de la barbería o de esa tienda que vende de todo. Pero todo es más falso que Judas. Son puertas, cartón piedra y tablas que pronto saltarán por los aires cuando llegue la pelea de turno. No son casas auténticas sino puertas y un decorado montado con tablones que simulan hogares y estancias inexistentes pero que exige el guión.
Desgraciadamente, la familia, hoy, la ven muchos también así. Se muestra como un montaje frágil que está saltando por los aires, hecha añicos, ante la explosión sexual incontrolada porque no aciertan a ver la solidez de la institución a que da lugar el sexo: la familia. Al hogar familiar que origina el matrimonio se accede por la puerta del sexo pero hay quien confunde el edificio verdadero de una sólida casa con la abatible y débil puerta que conduce al decorado de una cantina donde reina el placer del güisqui y el juego cuando no es la chirriante puerta de la cuadra. ¡Qué desconocimiento de la dignidad humana y, por tanto, del sexo y de la afectividad quienes comercian con este equívoco!
Chesterton, con gran acierto, afirmó que “el sexo es un instinto que produce una institución; y ese instinto es positivo y no negativo, noble y no ruin, creador y no destructor justamente por lo que esa institución que produce. Esa institución es la familia: un pequeño estado o comunidad que, una vez iniciada, tiene cientos de aspectos que no son de ninguna manera sexuales. Incluye adoración, justicia, comprensión, educación, camaradería, descanso. El sexo es la puerta de la casa, pero la casa es mucho más grande que la puerta. Hay quienes prefieren jugar con amores livianos en el portal, sin entrar nunca en la casa; pero ni siquiera ellos son tan tontos que digan que el mundo no contiene casas, sino sólo puertas, o que la gente no tiene sentido hogareño ninguno, sino tan sólo sexualidad”.
PELÍCULAS "DE VAQUEROS" Y LA FAMILIA
¿Cómo se explica la actitud aberrante del hombre en torno a la familia? Por necedad como dice Chesterton. Por la necedad del pecado. El pecado entontece, y hemos pecado desde los albores de la humanidad, para seguir después pecando un día tras otro. Ese proceso ha desembocado, a lo largo de todas las épocas, en deterioros -y no pequeños- de la dignidad del hombre. Y sigue siendo muy difícil en la actualidad hablar de sexualidad pues la época de hoy está caracterizada por un enloquecimiento que, pese a tener la explicación que queda dicha, se ve favorecida por una verdadera explotación del instinto sexual.
La libertad de que gozamos los hombres posee la capacidad de imponerse a la naturaleza y justificar el instinto bestial; de violentar la inteligencia con razonadas sinrazones para oponerse a las leyes naturales que reclaman el auténtico amor de la fidelidad conyugal. Es un hecho constatado en todo el mundo que nunca ha habido tantos problemas de integración social en los niños y adultos como ahora. La inmadurez afectiva de los jóvenes y de los que no lo son tanto, inteligencias preclaras que quedan inutilizadas o la abundante mendicidad humana de placer que espera sedienta el fin de semana o la oportunidad para las movidas, la droga, la fornicación o el adulterio, así como la bestialidad de cualquier género, tienen su origen en el deterioro de la familia.
En definitiva, que hemos construido ciudades falsas del Oeste donde todos son puertas, pólvora mojada y actores que hacen unas cosas previstas por el guión hasta que oyen, al final de la jornada, el último grito de “¡Corten!" Ante la necedad de confundir el hogar con la puerta de acceso, la familia con el sexo, se hace más necesario que nunca profundizar en la dignidad de la persona humana y, por tanto, en la dignidad del sexo, de su corporeidad y de la institución a que da lugar.
EL SEXO NO ES UN TEMA TABÚ PARA EL CRISTIANO
A la Iglesia se le acusa a veces de hacer del sexo un tema tabú, pero la verdad es bien distinta, ya que a través de la historia, el pensamiento cristiano ha desarrollado una visión armónica y positiva del ser humano, reconociendo la función significativa y preciosa que la masculinidad y feminidad ejerce en la vida del hombre. El fundamento está en la misma naturaleza humana al haber sido creada a imagen y semejanza del mismo Creador. La sexualidad juega un papel precioso y significativo en la vida de los hombres y de las mujeres, pero no son banales los comportamientos inhumanos o moralmente inaceptables de la homosexualidad, el amor libre o la anticoncepción, por ejemplo.
El hombre y la mujer, creados en singular y ocurrente unidad de espíritu y cuerpo, a imagen y semejanza de Dios son constituidos personas que se diversifican por su estructura psico-fisiológica. Relata el libro del Génesis que Dios al ver a Adán en su soledad primera dijo: “no es bueno que el hombre esté sólo” (Gén 2, 20), a continuación se narra la creación de una ayuda semejante a él: la mujer. A poco que se reflexione en estas palabras divinas se descubre que Dios para aliviar la soledad del hombre podía haber creado otros hombres, y así ninguno de ellos estaría ya sólo. Pero no. Creó una ayuda “semejante” pero no idéntica. Creó otro sexo, el femenino, la mujer.
Esa realidad creadora de Dios nos dirige hacia su finalidad, nos encamina hacia la razón u objeto de tal acción: procrear en compañía. Será compañero el uno de la otra y cooperarán con Dios en el alumbramiento de nuevos seres humanos. Efectivamente, el ser humano lleva la marca de la masculinidad y de la feminidad. Y al mismo tiempo que es marca de diversidad, es también indicador de complementariedad instintiva. Este atractivo del instinto se deduce de las palabras del hombre que, arrebatado de entusiasmo al ver a la mujer apenas creada, transportado de satisfacción al ver a la mujer -un ser semejante a él- exclama: “Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne”(Gén 2, 23).
EL INSTINTO SEXUAL ES BÁSICO PARA EL MATRIMONIO
La diversidad y, a la vez, la complementariedad psico-física están en el origen de la riqueza heredada por la humanidad ya que le es propia a los descendientes de Adán y Eva en el desplegar de toda su historia. La antropología se hace especialmente intensa en este momento ya que tocamos el punto nuclear del que toma vida el matrimonio: la unión del hombre y la mujer. El matrimonio quedó instituido por el Creador desde el principio: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; se unirá a su mujer: y vendrán a ser los dos una sola carne”(Gén 2, 24). “Una sola carne”, una sola realidad por la comunión personal que se expresa tanto con la unión espiritual de voluntades como con la corporal.
La sexualidad posee una estructura psicológica y biológica destinada tanto a la comunión entre el hombre y la mujer como al nacimiento de nuevas personas. Respetar tal estructura no es biologismo ni moralismo, sino atención a la verdad del ser humano. Se ha de pedir, pues, a cada uno que respete la sexualidad en su naturaleza profunda. La sexualidad, como dimensión inscrita en la totalidad de la persona, constituye un lenguaje al servicio del amor y no puede, por tanto, ser vivida como puro instinto. Debe ser gobernada por el hombre como ser inteligente y libre.
Junto con la inteligencia y una voluntad libre que nos permite conocer y amar al Hacedor, Dios nos ha dado el cuerpo con la posibilidad de participar, al engendrar, de su poder creador. Dios ha querido servirse del amor conyugal para traer nuevas criaturas al mundo y aumentar el cuerpo de su Iglesia. El sexo no es una realidad en forma alguna vergonzosa, sino un regalo divino que se ordena la vida, al amor y a la fecundidad.
Matrimonio y familia están profundamente unidos a la dignidad de la persona humana. No proceden sólo del instinto o de la pasión, ni siquiera sólo del sentimiento, sino de una decisión libre de la voluntad, de un amor personal, por el cual los esposos no sólo se convierten en una sola carne, sino también en un corazón y en una sola alma. La comunidad física y sexual, realidad grande y bella, es digna del hombre sólo en el ámbito exclusivo y definitivo vínculo personal de fidelidad dentro del matrimonio.
La familia es una comunión personal que evoca la única realidad divina de un Dios que vive en comunión de Personas y al que nos asemejamos. El único Dios y Creador es personal y familiar. Al ocuparnos de la familia humana, encontramos que Dios es una Familia de tres Personas. Juan Pablo II comenta: “Se ha dicho, en forma bella y profunda, que nuestro Dios en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo”.
MÁS TEMIDA LA VERDAD QUE LA MUERTE
El hombre tiene más miedo a la verdad que a la muerte -decía Kierkegaard- y se entiende. Se comprende porque la verdad repugna más a la mentira causada por el pecado original que a la muerte que es una de sus consecuencias. Y la verdad del amor es excluyente de cualquier egoísmo. Juan Pablo II, decía en confidencia de padre a esos que huyen de conocer la verdad sobre el mismo hombre: “Escucha en el fondo de tu corazón a tu conciencia que te llama a ser puro: es serio el compromiso del matrimonio, es el cimiento de un sólido edificio. Un hogar no se puede alimentar del fuego del placer que se consume rápidamente, como un puñado de hierba seca. Los encuentros ocasionales son simples caricaturas del amor, hieren los corazones y escarnecen el plan divino”.
La familia, aunque sólo fuera mirada como un hecho planetario, avalado por datos que aportan todas las comunidades humanas, algunas incluso ancestrales; incluso por la tradición oral y escrita adquirida desde los más antiquísimos documentos históricos hasta los actuales, no puede dejar de ser considerada como una institución humana fundamental. La fidelidad a la indisolubilidad matrimonial, que hoy para algunos no resulta comprensible, es igualmente expresión de la dignidad incondicional de la persona. No se puede amar sólo de prueba, no se puede aceptar a una persona sólo a título de experimento y por un tiempo.
No se oculta la dificultad añadida al pecado original que tiene también el cristiano por sus propios pecados pero eso no quita poder vencer con la gracia de Dios que nos viene en los Sacramentos debidamente recibidos; sobre todo, los de la Reconciliación y la Eucaristía. En Nigeria, el Papa defendió el matrimonio, comprendiendo la dificultad que tenían quienes le escuchaban dadas sus costumbres ancestrales. Y les decía: “Es comparable a una montaña muy alta, que sitúa a los esposos en las inmediatas cercanías de Dios; hay que reconocer que la ascensión a dicha montaña exige mucho tiempo y mucha fatiga. Pero ¿podría ser esta una razón para suprimirla o rebajar su altura?”. Un periodista interrumpió para decir que lo que pedía a esa gente era un imposible. Juan Pablo II, sonriente, respondió: “Imposible, no; muchos lo hacen; ciertamente no es fácil, pero es que ser cristiano auténtico es difícil. En Africa y fuera de Africa...”.
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