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POLÍTICAS DE FAMILIA (Conferencia Episcopal Española) |
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© ASOCIACIÓN ARVO 1980-2005
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La Conferencia
Episcopal y las
políticas de familia
DIRECTORIO DE LA
PASTORAL FAMILIAR DE
LA IGLESIA EN ESPAÑA
La Conferencia
Episcopal Española
ha publicado su
Directorio de la
«Pastoral Familiar
de la Iglesia en
España» (con fecha
21 de noviembre de
2003) alertando de
la «visión
deformada» que se da
del matrimonio y la
institución
familiar, así como
de las políticas de
familia
«insuficientes y
equivocadas». Aquí
mismo publicábamos
hace pocos días un
artículo de Ramón Pi,
en el que informaba:
«Una familia
española tendría que
tener 18 hijos y
ganar menos de
1.800.000 pesetas al
año para poder
recibir las mismas
ayudas que una
familia alemana de
tres hijos y con
independencia de sus
ingresos».
Transcribimos en
Arvo Net los números
9 al 24 del
Directorio [fechado
el 21 de Noviembre
de 2003]. El
documento completo
se encuentra en la
página web de la
Conferencia
Episcopal Española
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El desafío de la
cultura dominante,
que ignora el valor
trascendente de la
persona
9. La Iglesia en España
ha de saber vivir esa
realidad en nuestros
días, en el momento en
el que el anuncio del
Evangelio sufre un
formidable desafío por
parte de la cultura
dominante. Una cultura
surgida de un
planteamiento que ignora
el valor trascendente de
la persona humana y
exalta una libertad
falsa y sin límites que
se vuelve siempre contra
el hombre.
Se trata de una sociedad
que se declara a sí
misma como postcristiana,
y que va adquiriendo
progresivamente unas
características del todo
paganas. Esto es, una
sociedad en la que la
sola mención al
cristianismo se valora
negativamente como algo
sin vigencia que
recordaría tiempos
felizmente superados.
El problema de fondo es,
una vez más, el olvido
de Dios en una cultura
en la que la simple
referencia a lo divino
deja de ser un elemento
significativo para la
vida cotidiana de los
hombres y queda
simplemente como una
posibilidad dejada a la
opción subjetiva de cada
hombre. Esto construye
una convivencia social
privada de valores
trascendentes y que, por
consiguiente, reduce su
horizonte a la mera
distribución de los
bienes materiales,
dentro de un sistema de
relaciones cerrado al
misterio y a las
preguntas últimas. En
este sentido, el
Magisterio de la Iglesia
ha manifestado repetidas
veces los peligros que
emanan de este modo de
ordenar la sociedad que,
tras un relativismo en
lo moral, esconde el
totalitarismo de
determinadas ideologías
propugnado por aquellos
que dominan los poderes
fácticos [12].
Por eso, las realidades
humanas más elementales
que están vinculadas a
la conformación de una
vida y al sentido de la
misma quedan en muchos
casos vacías de
contenido. Así se aboca
al hombre al nihilismo y
la desesperanza ante el
futuro que se extienden
como fantasmas en todos
los ambientes de la
sociedad. Son un
auténtico cáncer que
“aun antes de estar en
contraste con las
exigencias y los
contenidos de la palabra
de Dios, niega la
humanidad del hombre y
su misma identidad”
[13].
Ante esta situación
contradictoria que
afecta de modo
particular a España,
pero que es común a toda
Europa, hay que afirmar
que: “La Iglesia en
Europa, en todos sus
estamentos, ha de
proponer con fidelidad
la verdad sobre el
matrimonio y la familia”
[14]. No pocas veces
ante el desafío
implacable de la cultura
dominante en lo
referente a este tema
vital, muchos
cristianos, incluso
algunos pastores, sólo
han sabido responder con
el silencio, o incluso
han promovido ilusamente
una adaptación a las
costumbres y valores
culturales vigentes sin
un adecuado
discernimiento de lo
genuinamente humano y
cristiano. En la
actualidad, tras la
calidad y cantidad de
doctrina actualizada en
este tema y la llamada
imperiosa a la
evangelización de las
familias, tal silencio o
desorientación no puede
sino calificarse como
culpable (Cfr. Ez
33,7-9)[15].
Alzar la voz para
desenmascarar la
situación actual
Evangelizar con el
testimonio de vida
y con la sana doctrina
10. Dada la importancia
del tema, una vez que
los Obispos hemos
hablado autorizadamente
en la Instrucción
Pastoral La familia,
santuario de la vida y
esperanza de la sociedad
(27.IV.2001), ahora
hemos de aplicar con
criterios prácticos esta
doctrina en el conjunto
de la realidad pastoral
de nuestra Iglesia
mediante este Directorio
de la Pastoral Familiar
de la Iglesia en España.
La Iglesia, cuya misión
comienza con el anuncio
íntegro del Evangelio,
tiene como fin hacer
vida aquello que
anuncia. No sólo debe
saber presentar de un
modo creíble y cercano
el tesoro de gracia que
ha recibido, sino
custodiar su crecimiento
como el testimonio más
verdadero de la
presencia de Dios en
este mundo. El Evangelio
del matrimonio y la
familia no tiene como
término su predicación,
se dirige necesariamente
a fomentar la vida en
Cristo de los
matrimonios y las
familias que conforman
la Iglesia de Cristo. Es
en ellas donde la
Comunidad eclesial se
comprende a sí misma
como la gran familia de
los hijos de Dios.
Por esta misión divina
recibida de Cristo, la
Iglesia en España se
plantea su propia
responsabilidad ante
todos los matrimonios y
familias de nuestro
país. Esto supone, en
primer lugar, ser
consciente de las
dificultades y
preocupaciones que les
asaltan, así como las
presiones y mensajes
falsos, o al menos
ambiguos, que reciben.
Por eso mismo, es
necesario alzar la voz
para desenmascarar
determinadas
interpretaciones que
pretenden marginar la
verdad del Evangelio al
presentarla como
culturalmente superada o
inadecuada para los
problemas de nuestra
época y que proponen a
su vez una pretendida
liberación que vacía de
sentido la sexualidad.
La “revolución
sexual” ha separado la
sexualidad
del matrimonio, de la
procreación y del amor
11. Así hemos de
interpretar la llamada
“revolución sexual” que
tuvo su estallido en los
años 60 del siglo XX y
que, aunque fracasada en
sus mensajes y sus
propuestas, ha alcanzado
su éxito en la ruptura
que ha producido con los
significados intrínsecos
sobre la sexualidad
humana, conforme a la
tradición cristiana. Ha
generado en consecuencia
una mentalidad difusa
que conforma en gran
medida el modo como se
vive actualmente la
relación hombre-mujer.
Ha sido el resultado de
una lenta evolución de
determinadas corrientes
de pensamiento que han
nacido de un rechazo de
una moral no siempre
presentada
adecuadamente, pero que,
privadas de una visión
íntegra de la persona
humana, han conducido a
un progresivo
empobrecimiento de la
concepción de la
dimensión sexual humana.
Se puede describir
brevemente el recorrido
que ha realizado:
primero, la sexualidad
se separa del
matrimonio, por una
absolutización del amor
romántico que huye de
todo compromiso.
Posteriormente, en una
cultura hedonista se
desvincula de la
procreación. Con esta
ruptura de los
significados de la
sexualidad, ésta queda
afectada por un proceso
de banalización
hedonista. El último
paso ha sido separarla
del mismo amor y
convertirla en un
elemento de consumo
[16]. A este fin
conducía sin remedio la
denominada “ideología
del género” [17] que
considera la sexualidad
un elemento
absolutamente maleable
cuyo significado es
fundamentalmente de
convención social. El
significado del sexo
dependería entonces de
la elección autónoma de
cada uno sobre cómo
configurar su propia
sexualidad.
Sus frutos amargos:
violencia doméstica,
abusos sexuales, hijos
sin hogar
12. El tiempo ha
mostrado lo infundado de
los presupuestos de esta
revolución y lo limitado
de sus predicciones,
pero, sobre todo, nos ha
dejado un testimonio
indudable de lo
pernicioso de sus
efectos. Es cierto que
la sociedad, cada vez
más farisaica en este
punto, ha querido
ocultar la multitud de
dramas personales que se
han producido por la
extensión de las ideas
anteriores. A pesar de
ello, es manifiesto que
nos hallamos ante una
multitud de hombres y
mujeres fracasados en lo
fundamental de sus vidas
que han experimentado la
ruptura del matrimonio
como un proceso muy
traumático que deja
profundas heridas. Del
mismo modo nos hallamos
ante un alarmante
aumento de la violencia
doméstica; ante abusos y
violencias sexuales de
todo tipo, incluso de
menores en la misma
familia; ante una
muchedumbre de hijos que
han crecido en medio de
desavenencias
familiares, con grandes
carencias afectivas y
sin un hogar verdadero.
La Iglesia es consciente
de esta desastrosa
situación y, por ello,
tiene la obligación de
denunciarla y acudir en
ayuda de todos los que
la padecen [18].
Presión de los grupos
homosexuales
y sus pretendidos
derechos
13. Silenciar esta
realidad del sufrimiento
de tantas personas por
el recurso de la
proclamación de la
abundancia de unos
medios materiales que
nos ofrece la sociedad
de consumo es una
ignorancia culpable que
daña gravemente la
dignidad del hombre.
Esto se evidencia de
modo flagrante cuando
los medios de
comunicación y la
comunidad política, en
vez de escuchar los
lamentos de este inmenso
drama humano, hacen de
altavoz a determinados
grupos de presión, como
por ejemplo los
“lobbies” homosexuales,
que reclaman a modo de
privilegio unos
pretendidos “derechos”
de unos pocos,
erosionando elementos
muy significativos de
construcción de la
sociedad que afectan a
todos. Los mismos
poderes públicos se han
visto infeccionados por
estas pretensiones; y se
han dado iniciativas que
han querido equiparar al
matrimonio legítimo o a
la familia natural,
realidades que no lo
son, con la evidente
injusticia que esto
supone y que los obispos
hemos denunciado
repetidamente [19].
Así se puede ver hasta
qué punto afectan a las
personas las
concepciones sobre los
elementos fundamentales
del hombre que una
determinada cultura
superficial pretende
ocultar. No se puede ser
“neutral” en este campo
porque está en juego la
vida y el destino de
tantas personas, así
como el derecho que
tienen las jóvenes
generaciones a conocer
la verdad del amor y de
la sexualidad humana.
Políticas familiares
insuficientes y
equivocadas
14. Hemos de afirmar que
en la sociedad española
de nuestros días
posiblemente la fuente
principal de problemas
humanos sean los
relativos al matrimonio
y la familia. De aquí
procede un gran malestar
en muchas personas que
quedan heridas para
siempre. Es cierto que
una realidad de esta
magnitud no han podido
ser ignorada del todo,
pero los remedios que se
han buscado, como la
mediación familiar y
determinadas políticas
familiares todavía muy
tímidas, no son sino un
modo de corroborar la
falta de visión global
con la que se afrontan
estos gravísimos
problemas personales.
Los poderes políticos
sólo han reaccionado con
medidas muy parciales de
asistencia a la familia
al constatar los efectos
de la situación
anterior, en especial
del catastrófico
“desierto o invierno
demográfico” en el que
está sumido nuestro
país. Se trata de un
problema muy grave que
ha amenazado la
viabilidad de los
seguros sociales y que
sólo ha paliado en parte
el fenómeno migratorio.
Pero, sobre todo, es
señal de una cultura
cerrada a la vida y
falta de esperanza.
A pesar de esta
situación clamorosa, es
un hecho sorprendente
que los debates sobre la
población y la familia,
incluso en estamentos
internacionales, se
centren en dar
relevancia a pretendidos
“modelos familiares
alternativos”, que no
responden para nada a
los auténticos problemas
de las personas. Es una
clara expresión de lo
extendido de una
ideología perniciosa
unida a poderes
económicos y mediáticos
que ignora lo más
elemental de la verdad
del hombre, con efectos
muy negativos en la
construcción social. Por
eso, los Obispos nos
vemos en la obligación
de denunciar la injusta
imposición de
determinados criterios
contra la familia y su
natural desarrollo en
los organismos
internacionales, con una
oculta intención de
dominar el fenómeno
migratorio y su impacto
en las naciones
occidentales [20].
Por la gravedad de estos
hechos y el empeño de
determinados poderes
para justificarlos y
aplaudirlos socialmente,
una vez más hemos de
mostrar las raíces de
donde proceden y la
falsedad de sus
presupuestos.
Las raíces de un
problema
El matrimonio no es
algo meramente privado
15. Los Obispos ya hemos
denunciado estas graves
ambigüedades de la
cultura dominante en la
Instrucción Pastoral
sobre la familia y la
vida [21], pero, por su
importancia, hemos de
recordarlas aquí en sus
líneas fundamentales.
Esta ceguera ante la
importancia social de
este problema se debe
ante todo a la extensión
de la idea de que el
matrimonio es algo
meramente privado,
enteramente al arbitrio
de los individuos. Con
este procedimiento se
relativiza el valor
público del matrimonio
como constructor de una
sociedad, se ignoran las
repercusiones que tienen
los fracasos
matrimoniales sobre los
hijos y las familias
implicadas y se
debilitan las
convicciones básicas que
ayudan a los hombres a
afrontar con firmeza las
contrariedades de la
vida.
Profunda fractura
entre cultura dominante
y valoración social de
la familia
16. Podemos constatar
así una profunda
fractura entre una
cultura determinada y
exclusivista que impone
una visión deformada
sobre el matrimonio y,
en extensión, sobre la
familia, y la realidad
social de nuestro país
que, a pesar de la
poderosa presión
mediática, valora muy
positivamente la
institución familiar
[22]. El motivo parece
claro ya que ha sido la
familia la que mejor ha
respondido en este
tiempo a problemas
sociales tan angustiosos
como han sido el paro y
la drogadicción. Sólo en
la familia se
experimenta un vínculo
lo suficientemente
estable como para que la
persona se apoye en él
para superar esos graves
problemas de la vida.
Hemos de pararnos a
comprender las razones
últimas de esta fractura
que, además, nos revela
las profundas carencias
de esa “cultura
dominante” en relación a
la verdad de la persona
humana en la relación
hombre-mujer.
Reduccionismo del
significado de la
sexualidad,
dualismo antropológico,
secularización
17. En primer lugar,
hemos de denunciar un
profundo reduccionismo
del significado de la
sexualidad. Actualmente
se presenta el sexo como
una mera excitación
genital o una pasión
emocional intensa,
carente de un sentido
personal en sí mismo. No
es un hecho de
importancia secundaria,
su fondo es más
problemático porque es
reflejo de un dualismo
antropológico que ha
sido denunciado
repetidamente por la
Iglesia. Según esa
interpretación, todo lo
referente al cuerpo
humano es un mero
material biológico sin
otra relevancia moral
que la que el hombre en
un acto espiritual y de
libre elección quisiera
darle. Esta idea, en
directa contraposición
con la antropología
cristiana, que valora
cuidadosamente la unidad
personal del cuerpo y el
alma [23], ha tenido una
gran difusión desde el
comienzo de la
modernidad[24]. Aceptar
esta interpretación,
conduce al hombre a
sufrir una profunda
ruptura interior que
afecta en especial al
modo de vivir la
libertad que se
comprende como
“puramente espiritual”,
ajena a todo
condicionamiento
corporal y afectivo
[25].
Entrar en esta dinámica
va a suponer concebir el
matrimonio como una pura
elección separada de las
disposiciones interiores
y el destino de una vida
a construir. Es así una
elección más,
perfectamente revocable,
cuyo contenido se
interpreta como exterior
a la identidad de la
persona. Cuando esto se
vive en un horizonte de
vida secularizado,
separado del misterio de
la identidad humana, se
hace inconcebible la
posibilidad de un
vínculo indisoluble
superior a la mera
decisión de dos
voluntades [26].
En paralelo a esta
concepción del
matrimonio, la familia
no sería una realidad
fundada en él, sino
distintos modos de
convivencia también
electivos, una especie
de “familia a la carta”
objeto de una libertad
omnímoda que no
conocería fundamentos ni
límites. Sólo una
presión ideológica
sistemática es capaz de
ocultar el carácter
perverso de esta
libertad individualista
que, en el fondo,
conduce a una
desconfianza social
generalizada, por la
quiebra de los vínculos
originarios de comunión
[27].
Visión utilitarista
que reduce la sexualidad
humana a objeto de
consumo
18. En segundo lugar,
hemos de referirnos a la
misma estructura social
en la que se viven los
significados anteriores.
Se trata de una sociedad
centrada en la
preponderancia de los
valores utilitarios y
cuantificables. Esta
visión utilitarista se
ha aplicado también a la
sexualidad que se ha
reducido a un mero
objeto de consumo que se
ofrece
indiscriminadamente y en
todas las ocasiones.
Esto se hace evidente en
el ámbito de los medios
de comunicación en unas
dimensiones lamentables.
Este hecho nos conduce a
entender que detrás de
las propuestas
culturales más
extendidas existen
intereses económicos muy
fuertes (el negocio de
la pornografía, la
prostitución, el aborto,
los medios
anticonceptivos, etc.),
que implican al mismo
tiempo un complejo
entramado de posiciones
políticas, educativas y
culturales. Se produce
así una peculiar
conjunción de
proposiciones e
informaciones que
configuran internamente
los principales ámbitos
de convivencia social.
Así se explica lo
hermético de
determinados sloganes
sociales hedonistas que
se presentan como
indiscutibles,
ridiculizando a priori
cualquier oposición a
los mismos como una
postura retrógrada y
puritana.
El ámbito que se muestra
más débil a estas
presiones es el de la
educación. A partir de
una pretendida
“neutralidad moral” se
ofrecen a nuestros
adolescentes toda una
serie de “campañas
informativas” que
propugnan el lema del
falso “sexo seguro”,
entendido como una
relación sexual con
preservativo. En
realidad incitan
decididamente a una
promiscuidad precoz de
gravísimas consecuencias
psicológicas, pues
dificulta la maduración
e integración de la
sexualidad. Todo ello,
sin tener nunca en
cuenta a los padres, los
verdaderos sujetos del
derecho de la educación
de sus hijos.
Hemos de hacer notar lo
pernicioso de este
conjunto de elementos
que conducen a un
debilitamiento social
del matrimonio y la
familia de grandes
dimensiones como se
comprueba por el
problema demográfico que
ha generado. El intento
de resolverlo sólo con
recursos económicos, sin
atreverse a entrar en el
campo educativo, nos
indica lo limitado de la
perspectiva de
determinadas políticas
familiares. El problema
social real que afecta
más profundamente a la
familia no es de orden
económico sino de
esperanza[28]. Sólo
cuando se ve posible un
futuro mejor se trabaja
por dejar un mundo bueno
a la siguiente
generación. El simple
acumular bienes de
consumo no genera
esperanza, sino
preocupación (cfr. Mt
5,25-34).
Sujeto débil,
arrastrado por los
impulsos
19. En último término,
hay que señalar la
debilidad moral que
afecta a nuestra
sociedad [29]. No nos
referimos con ello sólo
al rechazo de las normas
que la Iglesia enseña en
esta materia. Hablamos
de la debilidad de las
personas para llevar a
cabo lo que realmente
desean: una vida
verdaderamente feliz.
Esto es, la dificultad
interna para reconocer y
realizar en plenitud la
vocación al amor que es
la raíz originaria de
toda moralidad [30].
Comprender la crisis
moral en esta
perspectiva es el único
modo de analizar
adecuadamente la
realidad del matrimonio
y la familia en nuestra
cultura actual.
En especial, se ha de
criticar lo endeble de
la interpretación del
juicio moral de un modo
meramente emotivista,
esto es, que valora algo
como bueno o malo sólo
por la impresión
emocional que le causa.
Esta concepción debilita
profundamente la
capacidad del hombre
para construir su propia
existencia porque otorga
la dirección de su vida
al estado de ánimo del
momento, y se vuelve
incapaz de dar razón del
mismo. Este primado
operativo del impulso
emocional en el interior
del hombre sin otra
dirección que su misma
intensidad, trae consigo
un profundo temor al
futuro y a todo
compromiso perdurable.
Es la contradicción que
vive un hombre cuando se
guía sólo por sus deseos
ciegos, sin ver el orden
de los mismos, ni la
verdad del amor que los
fundamenta.
Ese hombre, emocional en
su mundo interior, en
cambio, es utilitario en
lo que respecta al
resultado efectivo de
sus acciones, pues está
obligado a ello por
vivir en un mundo
técnico y competitivo.
Es fácil comprender
entonces lo complicado
que le es percibir
adecuadamente la
moralidad de las
relaciones
interpersonales porque
éstas las interpreta
exclusivamente de modo
sentimental o
utilitarista.
El resultado natural de
este proceso es la
soledad de un hombre
amargado y frustrado,
tras una larga serie de
amores falsos que le han
dejado en su interior
graves heridas muy
difíciles de curar.
Frente a un lenguaje que
sólo habla de
“experiencias” positivas
o negativas, de “errores
de apreciación” o de
“sensaciones”, los
cristianos no tenemos
miedo de hablar de
pecado y responsabilidad
moral en estos temas del
matrimonio y la familia.
Así se destaca que la
calidad última de estos
problemas es en verdad
moral. No tememos esta
calificación, ni la
consideramos una ofensa
contra el hombre, porque
la denuncia del pecado
no es igual a una
condena al pecador.
Conocemos el “don de
Dios” (Jn 4,10) que es
el único capaz de sanar
el corazón del hombre
con su misericordia y
hacerle posible
descubrir, desear y
vivir un amor hermoso.
La esperanza que nos
salva
Dios puede sanar el
corazón del hombre
pecador
20. “Por eso doblo mis
rodillas ante el Padre,
de quien toma su nombre
toda familia en los
cielos y la tierra” (Ef
3,14-15) [31]. Es ante
el misterio de Dios como
el Apóstol comprende la
realidad última de la
familia humana. Es en la
adoración ante Aquél que
es más grande que
nuestro corazón (Cfr.
1Jn 3,20) donde se puede
ver una unión
maravillosa entre el
amor, la fecundidad y la
relación hombre-mujer
que constituye la
identidad profunda de la
persona humana y de su
sexualidad. Esta unión
singular conforma la
familia en donde el
hombre puede descubrir
un camino firme donde
construir su vida. Es
una realidad mayor que
nuestra voluntad que nos
abre a un futuro que
conforma la identidad
del hombre y su destino.
Es así como se puede
sanar al hombre pecador
y doliente, para hacerlo
capaz de realizar este
destino de amor. Así lo
pide San Pablo en su
oración al Padre: “os
conceda ser
poderosamente
fortalecidos en el
hombre interior por su
Espíritu.” (v.16). El
Espíritu que llega a lo
íntimo del hombre, el
hombre interior, nos
concede la libertad de
hijos que nos abre la
capacidad de una entrega
verdadera. Esto se
realiza mediante el
dominio de sí mismo,
superando todo temor
ante la revelación del
amor. Sólo de este modo
podemos en verdad “creer
en el amor” (1 Jn 4,16)
[32] y vivirlo en
plenitud.
El Espíritu nos
introduce “en lo
profundo de Dios” (Cfr.
1 Cor 2,10) y nos
permite percibir una
nueva dimensión de este
Amor esponsal: el gran
misterio de la nueva
alianza de Cristo con la
Iglesia (Cfr. Ef
5,21-33). Así, siguiendo
la enseñanza del
Apóstol, suplicamos a
Dios que “podáis
comprender, en unión con
todos los santos, cuál
es la anchura, la
longitud, la altura y la
profundidad y conocer la
caridad de Cristo, que
supera toda ciencia” (vv.
18-19). Llegamos así al
núcleo del Evangelio,
revelar el amor del
Padre por medio del
amor. Es ésta la misión
y el mensaje que ha
encomendado Jesucristo a
los matrimonios y
familias cristianas. Es
el modo de reconocer el
don recibido y de vencer
la dureza de corazón ya
que “no todos lo
comprenden sino sólo
aquellos a los que les
ha sido dado”. (Mt
19,11)
El Directorio de la
Pastoral Familiar de la
Iglesia en España,
respuesta a la situación
actual
La pastoral familiar,
dimensión esencial de
toda la evangelización
21. Esta visión
esperanzada es el
principio de toda misión
pastoral [33]. La fuente
permanente de esta
esperanza es el amor de
Dios derramado en
nuestros corazones por
el Espíritu Santo.
Requiere, por tanto, la
entrega generosa de un
anuncio convincente del
Evangelio del matrimonio
y la familia. Es una
tarea de toda la Iglesia
hasta el punto de que se
debe considerar una
dimensión esencial de
toda la
evangelización[34]. La
radicalidad de la
cuestión que toca a lo
íntimo de la verdad del
hombre, las dificultades
que la amenazan por
parte de una “cultura de
muerte”, la sitúan en el
núcleo de la nueva
evangelización en el que
la Iglesia está
empeñada[35]. Es éste el
marco en el que se ha de
comprender e integrar
este nuevo Directorio de
la Pastoral Familiar de
la Iglesia en España.
Desde el cimiento de
la iniciación cristiana,
como proceso de
formación integral del
sujeto,
para que descubra la
vocación esencial al
amor
22. La verdad del
matrimonio y la familia
se revela al hombre en
la medida en que
descubre la vocación al
amor que es la luz de su
vida. Se trata entonces
de una realidad dinámica
que se prolonga a lo
largo de toda su vida y
en la que está implicada
la propia identidad del
hombre. De aquí la
importancia singular de
aprender cómo el amor
entre un hombre y una
mujer abre un horizonte
de vida que es iluminado
por la fe y fortalecido
por la gracia. Por
tanto, es esencial para
la vivencia del
Evangelio del matrimonio
y la familia el
fortalecimiento de todo
el proceso de
configuración del sujeto
cristiano. No se puede
entender nunca como un
hecho puntual, de simple
recordatorio de algunos
principios en el momento
inmediato a contraer
matrimonio. Esto
supondría debilitarlo
enormemente y dejarlo a
merced de los avatares
de una cultura que
ignora esta verdad
radical del amor.
Por el contrario, sólo
se realizará una
pastoral familiar acorde
a nuestros tiempos, si
afecta a todo el proceso
de crecimiento de la
persona en la
perspectiva del
descubrimiento de su
vocación matrimonial y
familiar. En
consecuencia, el primer
fundamento de una
pastoral familiar
renovada es la vivencia
intensa en nuestra
Iglesia en España de la
iniciación cristiana
[36]. El fin de todo el
Evangelio es la
salvación del hombre, la
construcción de la
persona que responde a
Dios, y, en la
conversión de la fe se
introduce en la Comunión
trinitaria ofrecida en
Cristo. En tal
iniciación se realiza la
configuración esencial y
madura del sujeto
cristiano. El fruto de
todo este proceso es que
cada fiel sepa reconocer
el plan de Dios sobre su
propia vida y forme en
sí mismo las
disposiciones adecuadas
para poder vivir en el
seguimiento de Cristo,
como respuesta a su
gracia. Al mismo tiempo,
es el ámbito familiar el
más adecuado para el
desarrollo de todo el
proceso de tal
iniciación en cuanto
acompaña al fiel en su
crecimiento humano y
divino [37]. Toda
planificación realista
de la iniciación
cristiana debe contar
con la pastoral familiar
como una de sus
dimensiones.
En especial, es de
máxima importancia en la
actualidad ayudar a
redescubrir a los fieles
la estrecha vinculación
del matrimonio con lo
que se ha de denominar
con exactitud la
vocación bautismal
propia de todo cristiano
[38]. La identificación
con Cristo y el proceso
de conversión que surgen
de la nueva vida nacida
del bautismo son la guía
en la que se descubre la
llamada específica al
don de sí de un amor
conyugal que significa y
realiza el amor esponsal
de Cristo y la Iglesia.
El debilitamiento del
fundamento bautismal de
la vida cristiana es una
causa de la extendida
secularización del
matrimonio. Éste pasa a
comprenderse como algo
ajeno a lo esencial de
la fe, con consecuencias
muy dañosas para la vida
en Cristo de los esposos
y las familias.
Nuevos
evangelizadores
para una pastoral
familiar integral y
progresiva
23. Toda nueva
evangelización necesita
nuevos evangelizadores,
el testimonio vivido es
el fundamento de la
transmisión de cómo la
fe es vida, y no se da
testimonio sin testigos
[39]. La concienciación
y formación de los
mismos ha de ser
entonces el quicio de
esta pastoral, que se
corresponde con la
dimensión familiar de la
misma Iglesia sostenida
por la vida de las
familias cristianas.
La nueva evangelización
del matrimonio y la
familia requiere
entonces de una pastoral
con unas características
específicas que es
preciso destacar. En
primer lugar, no se
trata de una pastoral
sectorial que se pueda
reducir a unas acciones
concretas en un momento
determinado y sobre
personas en una
situación específica.
Por el contrario, ha de
ser una pastoral
integral, porque en ella
está en juego la
globalidad de la verdad
del hombre y de su
despertar religioso. En
su desarrollo están
implicadas las claves
fundamentales de toda
existencia humana.
También debe llevarse a
cabo como una pastoral
progresiva que ha de
guiarse según el proceso
de la vida en la que el
hombre crece, en y a
través de la familia,
como taller de
humanidad. A estas
características básicas
se han de ceñir todas
las actividades
dirigidas a la pastoral
familiar para que no se
conviertan en una
superestructura
superpuesta a la vida de
las familias. En
definitiva, se puede
definir la pastoral
familiar como “la acción
evangelizadora que
realiza la Iglesia,
orientada por sus
pastores, en la familia
y con la familia como
conjunto, acompañándola
en todas las etapas y
situaciones de su
camino” [40]. Es un
camino imprescindible
para superar la escisión
entre la fe que se
piensa y la vida que se
vive, pues la familia es
el “lugar” privilegiado
donde se realiza esa
unión a partir del
“despertar religioso”
[41].
Este es el motivo de que
la atención del
Directorio se centre en
la familia cristiana. Lo
hará con la presentación
de los contenidos
concretos a transmitir,
del modo determinado de
anunciarlos en nuestro
tiempo y de promover un
conocimiento más
profundo de los mismos.
De estos fines
irrenunciables se
determinarán las
acciones eclesiales que
reclaman las
circunstancias actuales,
dentro de un ámbito
intenso y real de
comunión eclesial.
Con la esperanza en
Cristo, el Esposo
24. La oración es el
lenguaje de la esperanza
que salva el deseo del
hombre al introducirlo
en el plan de Dios.
Animados con esta
esperanza es como los
obispos, primeros
responsables de la
pastoral en la Iglesia,
presentamos a todos los
fieles, en especial a
los sacerdotes,
religiosos, agentes de
pastoral y todos los
matrimonios y familias
cristiana este nuevo
Directorio de la
Pastoral Familiar de la
Iglesia en España. Lo
hacemos con la confianza
de que sea ocasión e
instrumento eficaz para
una nueva
evangelización. Nuestra
confianza se dirige a
que, en nuestra Iglesia
en España, se redescubra
con fuerza el mandato de
este Amor esponsal de
Cristo, cuya recepción
vivida en el matrimonio
cristiano quita todo
temor a su anuncio. En
definitiva que la
presencia del Esposo
entre nosotros haga que
cada matrimonio y
familia cristiana viva
plenamente su vocación
apostólica y sea así
“luz del mundo” (Mt
5,14)
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Enviado por Arvo Net - 24/04/2005 |
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