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Por
María Álvarez
de
las Asturias
Defensora del vínculo.
Tribunal Eclesiástico de Madrid
"Podríamos ser el primer matrimonio gay con familia
numerosa." Semejante frase salió de labios de un
personaje de una conocida serie de televisión en fechas
recientes. Con esta simplicidad, se presentaba como
natural la familia basada en una unión homosexual. Y no
es el único caso. En un programa para niños, pudimos ver
a un muñeco de peluche explicar que hay muchos tipos de
matrimonio. Al mismo tiempo, como fondo de pantalla, las
imágenes muestran a dos varones intercambiando unos
anillos.
Detrás de estas actuaciones hay una enorme manipulación.
Para empezar, del lenguaje. A fuerza de oírlo o leerlo
en los medios de comunicación todos hablamos del
matrimonio homosexual, incluso para mostrar nuestro
desacuerdo. Se juega también con el sentimentalismo,
porque los personajes que encarnan parejas del mismo
sexo responden siempre a patrones atractivos.
Esta campaña está destinada a crear una opinión
favorable a los llamados nuevos tipos de familias. El
poder de los medios de comunicación como generadores de
opinión es indiscutible. Y resulta evidente que
determinados grupos de presión están utilizando esta
influencia para favorecer sus intereses, y crear un
ambiente social favorable a la equiparación de las
uniones homosexuales con el matrimonio. Lo demuestra el
hecho de que el ataque a la familia basada en el
matrimonio se da en dos direcciones. Por un lado, se
desvaloriza la unión entre varón y mujer; por otro lado,
las nuevas formas de convivencia se presentan de modo
muy atractivo. Esta radical división entre buenos y
malos deja claro que no es algo casual.
En las series de televisión de
moda se muestran
los modelos de familias
basadas en el matrimonio como el arquetipo de lo
anticuado, ridiculizando en los personajes que
representan este tipo familiar todos los valores que
desprecia la cultura dominante, que son objeto de burla
constante. Así, encontramos que quienes defienden
relaciones monógamas o rechazan el sexo fuera del
matrimonio son presentados como mojigatos, o bien como
rancios practicantes de creencias religiosas extremas.
Si los personajes
están casados son serios,
aburridos, impositivos, insatisfechos sexualmente.
Actúan coartando la libertad de sus hijos, que son
jóvenes y favorables a las uniones sin compromiso,
basadas únicamente en el amor. También me parece
relevante destacar que incluso el aspecto físico de los
personajes tradicionales no responde a los patrones de
moda: son gordos, poco o nada deportistas, mayores, etc.
Frente a ellos, encontramos el compendio de todo lo que
la mentalidad que se pretende imponer considera
positivo, encarnado en parejas homosexuales. O en
aquéllas que viven una relación amorosa sin compromiso
permanente, basada únicamente “en el amor mutuo”. Son
jóvenes, atractivos, sin complejos, bondadosos... ¿quién
se resistiría a dejar un niño en manos de alguien con
estas características? El paso siguiente es presentar un
nuevo tipo de matrimonio, a la medida de dos personas
que se aman...
Desde
luego, los editores y productores tienen una
responsabilidad de primer orden en este campo. Muchos de
ellos se venden a los grupos de presión o al afán de
ganar dinero con contenidos destinados a un nuevo tipo
de público, de poder adquisitivo superior a las familias
tradicionales. Además, debemos soportar que en alguna
ocasión alguno de ellos haya sido premiado como ejemplo
de defensor de la familia. Y lo que causa, si cabe,
mayor sorpresa es que sus vidas personales suelen estar
basadas en el anticuado matrimonio de toda la
vida.
Vuelve el mes de septiembre, y, con él, la secular
escena de la familia sentada enfrente del televisor
absolutamente indefensa ante los contenidos que allí se
nos imponen. Por ello, debemos permanecer con nuestros
sentidos en pie de guerra para denunciar y difundir
todos los atentados que, de manera interesada y
consciente, sufre nuestro bien más preciado: la familia.
En
fin, que así no hay quien viva... Y la culpa es
de ver tanta televisión.
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