| Por José Luis Olaizola. Premio Planeta, colaborador de Arvo.
Yo siempre he tenido la impresión de no haber sido demasiado buen educador de mis hijos pese a tener las ideas muy claras al respecto. Lo que me fallaba era la práctica, no la teoría. Si a mí me da pena de casi todo el mundo, cómo no me iba a dar más pena todavía de mis propios hijos. Y con falsas compasiones no se va a ningún sitio. Hay padres carismáticos que saben dar una bofetada a tiempo a un hijo suyo, que endereza su vida para siempre. Ese no es mi caso. Yo he repartido unas cuantas
bofetadas -tampoco demasiadas-, pero siempre fuera de contexto y más bien movido por impulsos coléricos. Y, sin embargo, mis hijos hacen su propia evaluación y concluyen: «No te quejes, papá. No estamos tan mal educados.»
Y me dan razones plausibles para demostrármelo. Es obvio que, habiendo tenido nueve hijos, me ha ocurrido de todo. Yo he procurado enseñarles lo mejor posible, pero la sociedad circundante también se ha ocupado de mostrarles sus mañas. Y en ese largo forcejeo entre lo que veían en casa y lo que veían fuera ha habido de todo, pero según transcurren los años se van decantando hacia lo primero.
A todos les he dado los mismos consejos y cada uno los ha incorporado a su vida como mejor le ha parecido, porque por encima de todo está la libertad del individuo. A todos les he dicho que había que aprovechar el tiempo y estudiar; luego a algunos les he tenido que reprender por estudiar poco y a otros por estudiar demasiado. Pero por encima de esas diferencias todos son buenos hijos; como ellos mismos me dicen, « no te quejes, papá».
Y no me quejo, porque como decía una persona muy santa y muy sabia, no hace muchos días, los que son buenos hijos de sus padres terminan por ser, también, buenos hijos de Dios. Y eso es lo que cuenta, porque los que son buenos hijos de Dios lo son también de sus padres, de los padres de los demás; y de la humanidad entera.
Llegado a este punto, yo me atrevería a formular la siguiente ley: en una familia numerosa en la que los padres se quieran razonablemente, es casi imposible que los hijos salgan pésimamente educados. ¿Por qué? Porque si los padres se quieren es casi imposible que no quieran a los hijos, y mediando el amor es difícil que las cosas no tengan remedio. ¿Por qué familia numerosa? Porque, en ocasiones, los mejores educadores son los propios hermanos. En mi casa ha habido situaciones de apuro mejor apuntaladas por los hijos que por los padres. Bien es cierto que hay muchas familias no numerosas cuyos hijos son una delicia, lo cual tiene más mérito porque no han contado con la ayuda de otros hijos para conseguirla.
Mi mujer también ha procurado enseñarles todo lo que sabe, excepto a cocinar, y entonces es cuando más se nota el cariño que nos tienen. Porque cuando una hija se casa sin saber cocinar es cuando más necesita de su madre. Las amables lectoras que siguen mis crónicas familiares saben que en los últimos años he logrado casar a unas cuantas hijas y por eso el teléfono no para de sonar. «Mamá, ¿cómo se hacen esas pechugas de pollo con salsa tan ricas?» « ¿Cuáles?» -preguntaba mi mujer-. « ¿Las que hacía la tía Minita?» Y es así como mi casa se ha convertido en un consultorio de cocina para emergencias. Lo malo es que quieren aprender en una semana, y por teléfono, lo que no han sido capaces de experimentar cuando tenían a su disposición el excelente magisterio de su madre; de Paz, la asistenta, y de su sobrina. Pero en fin, nadie es perfecto; ni tan siquiera mis hijas. Menos mal que las dos últimas se han casado con chicos que cocinan bastante bien.
Desde que mis hijas se han casado y nos vamos quedando solos, mi casa está llena de gente, y un domingo que nos reunimos veinte a comer, pertenecientes a cuatro generaciones -conviene no olvidar que mi suegra nonagenaria sigue viviendo con nosotros-, no es nada del otro mundo. Y aquellos y aquellas que cuando eran solteros con derecho a protestar hacían remilgos a determinados platos, comen ahora con verdadero agradecimiento cuanto les ponen delante. Todo les parece delicioso y de todo quieren que les dé la receta su madre, que yo ya empiezo a sospechar que no pone demasiado empeño en enseñarles a cocinar para que de algún modo sigan dependiendo de ella después de casadas. Porque ustedes, las mujeres, no se cansan de ser madres nunca.
Creo que ha quedado claro cómo aun siendo un mediano educador pueden salir unos hijos buenos; todo es cuestión de paciencia.
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