Es fácil descubrir que el legado de
nuestra madre marca intensamente nuestra
personalidad. Pesa mucho en nuestros
recuerdos y en nuestros afectos lo que
nos ha dejado esta mujer única en la
historia personal de cada uno. Incluso
lo que no deja pesa, como si las
carencias fueran en realidad algo...
¿Por qué cala profundamente lo que una
mamá deja o no deja? ¿Por qué se espera
tanto de ella? Probablemente es la
forma más natural de reconocer lo
crucial de su papel en el desarrollo de
la persona, la importancia de cada madre
para la humanidad entera.
¿Que le deja a mi hijo, a mi hija,
haberme conocido? La respuesta estará en
estrecha relación con quien soy, con
quién se encuentre al conocerme. Alfonso
López Quintás se refiere a la persona
como un ser de encuentro: fruto de
encuentros interhumanos y llamado a
fundar múltiples encuentros en su vida.
Entiéndase por encuentro un entreverado
de realidades que enriquecen a la
persona, que despiertan la creatividad y
mueven la iniciativa. Los encuentros no
se dan entre objetos, ni entre personas
que se tratan utilitariamente. Los
encuentros generan unión, en grados
altos forman comunidades; las
comunidades, por su alto nivel de
cohesión, difícilmente son manipuladas.
Finalmente, los encuentros siempre dejan
huella.
El encuentro con la madre podría
definirse como el protoencuentro. La
madre constituye para el hijo recién
nacido el primer y absoluto entorno. El
hijo necesita fundar con su madre una
relación de cuidado y afecto que
configurará la base para los encuentros
posteriores que a lo largo de su vida le
irán marcando y definiendo.1
Al hablar de encuentro no puedo dejar de
recordar a nuestro queridísimo Juan
Pablo II, quién en tantas ocasiones
abordó la dimensión relacional de la
persona y quien personalmente vivió de y
para el encuentro. Karol Wojtyla
enriqueció su personalidad y manifestó
su creatividad al encontrarse con la
poesía, el teatro, la literatura, la
filosofía, el deporte. Sobre todo sus
encuentros con otras personas fueron
formando su personalidad y su
pensamiento. Se encontró con obreros,
intelectuales, jóvenes, familias,
políticos, artistas...En sus
autobiografías se refiere con nombre y
apellido a las personas que de alguna u
otra manera marcaron profundamente su
alma. El encuentro con su padre parece
haber sido esencial en su vida. Y es
precisamente citando a nuestro Papa del
encuentro como descubrimos los puntos a
considerar para dejar, como quisiéramos,
huella en nuestros hijos: “No os
dejéis engañar por la tentación de
asegurar a vuestros hijos las mejores
condiciones materiales a costa de
vuestro tiempo y de vuestra atención que
necesitan para crecer en sabiduría, edad
y Gracia ante Dios y ante los hombres
(Lc 2,52). Si queréis defender a
vuestros hijos contra la corrupción y el
vacío espiritual que el mundo presenta
con diversos medios, (...) rodeadlos de
amor paterno y materno y dadles ejemplo
de una vida cristiana”.2
El hijo necesita encontrarse con el amor
de sus padres y, a través de ellos,
encontrarse con el amor de Dios y de
los hombres.
El encuentro con Dios protege y da
sentido a la vida. Salva del desierto
interior, principio de los desiertos
exteriores.3 Lleva a calmar la sed en
Dios y no en otras charcas estancadas.
Dios tiene sed del hombre, El es el
primero en buscarnos. Tratar a Dios es
el encuentro de la sed de Dios con la
sed del hombre. Sólo Dios puede saciar
los anhelos del corazón humano.4
El encuentro con Dios contribuye al
desarrollo de la persona entera. Todo lo
que es objeto de educación en la persona
corresponde al amor de los padres
formarlo. Dios participa personalmente
en esta labor educativa –creación
continuada-. En el origen de la persona
no se encontraba únicamente el amor de
los padres, es el amor del Creador el
que decidió el inicio de la vida del
hijo en el seno de la madre y la Gracia
perfecciona esa obra. Los padres, si
queremos vivir nuestro verdadero papel
de co-creadores, debemos contribuir
también al desarrollo de la Gracia en
nuestros hijos.5
¿Cómo facilitar a nuestros hijos un
encuentro auténtico con Dios?
El ser humano percibe la realidad a
través de los sentidos. Los valores,
materiales o espirituales, al ser
captados por nuestro intelecto generan
emoción. Es necesario que los valores
espirituales se materialicen de algún
modo para su percepción. La primera
materialización del amor de Dios que
puede percibir el hijo es el cariño
materno. De ahí la importancia de que
nuestras miradas, caricias, palabras,
todo lo que de nosotros percibe nuestro
hijo esté nutrido de un cariño
auténtico, sea expresión sensible de ¡es
maravilloso que existas! El amor materno
y paterno son figura del amor
incondicional de Dios por cada uno de
nosotros y del amor exigente que nos
lleva a sacar lo mejor de nosotros
mismos.6 Lo primero para facilitar el
encuentro madre-hijo-Dios es hacer
posible la percepción de nuestro amor
incondicional y exigente hacia los
hijos.
Además del cariño materno, es necesario
manifestar de manera perceptible a
nuestros hijos nuestro encuentro
personal con Dios mediante la piedad. Si
nos ven tratar a Dios aprenderán a
tratarlo. Sin trato personal no hay
encuentro. Sin encuentro no hay amor. Lo
contrario al amor es la indiferencia.
Conviene revisar con que frecuencia y
actitud acudimos a los sacramentos, de
modo especialísimo a la Eucaristía.
¿Puede percibirse nuestra fe y nuestro
respeto por el porte exterior con el que
acudimos al encuentro personal con
Cristo en los sacramentos? ¿Acudimos por
lo menos a la Santa Misa cada Domingo?
También corresponde a los padres
introducir a los hijos en la oración, en
el diálogo con Dios, de manera sencilla,
natural, constante, breve y agradable.
Concretamente en la mañana y por la
noche, a la hora de la comida y al salir
de viaje. El trato con la Virgen María
es un camino maravilloso para
encontrarse con Dios. De acuerdo a la
edad de los hijos se podrán incluir
diversas y sencillas prácticas de
piedad: rezar el rosario en familia,
dirigir miradas cariñosas a las imágenes
de la Virgen y alegrarnos con nuestra
Madre en el Ángelus. Ella es el modelo
vivo de que el encuentro con la madre se
traduce en un encuentro con Dios.
Por lo tanto, el segundo punto a
considerar es nuestro trato personal con
Dios o nuestra indiferencia hacia El.
Muy importante es que las
manifestaciones de amor a Dios estén
realmente llenas de contenido y que
luchemos por vivir coherentemente en
nuestra vida cotidiana.
El encuentro con Dios abre el corazón a
las necesidades y sufrimientos de los
demás e infunde ánimo para acogerlos y
darles respuesta.7 El encuentro con
Dios, si es auténtico, se manifestará de
esta manera en el trato que tenemos con
los demás, despertará nuestra
creatividad y moverá nuestra iniciativa.
Si lo contrario al amor es la
indiferencia, conviene preguntarnos:
¿frente a quien vivimos como si no
existiera, a quienes ignoramos o frente
a quienes quedamos indiferentes?
Finalmente, para que al percibir el
cariño incondicional y exigente, y la
piedad hacia Dios y los hombres, el hijo
pueda abrirse al encuentro, es necesario
que esté libre de esclavitudes.
¿Contribuimos a esclavizar a nuestros
hijos? ¿Dificultamos la libertad
necesaria para encontrarse con Dios y
con los hombres? En la exhortación
apostólica La familia en los tiempos
modernos Juan Pablo II advierte que “los
hijos deben crecer en una justa libertad
frente a los bienes materiales adoptando
un estilo de vida sencillo y austero,
convencidos de que el hombre vale más
por lo que es que por lo que tiene.”
¡No seas tú quien encadene a tu hijo a
la esclavitud del consumismo, al sin
sentido de vivir poniendo como última
meta en su vida la búsqueda de la
comodidad y el placer, no le encierres
en el egoísmo, no provoques que trate a
los demás como objetos! ¡Ayúdalo con tu
ejemplo y con tu cariño exigente a
esforzarse, a pasar ciertas
incomodidades, a servir a los demás, a
contemplar la belleza en la naturaleza y
en el arte, a asombrarse, a tener
iniciativa y desarrollar su creatividad,
a saber divertirse, a encontrarse con
Dios y con los hombres! Y entonces...
dejarás una huella imborrable en tu
hijo.
“Su ejemplo (...), testimonio vivo
(...), orando junto con sus hijos (...),
cala profundamente en el corazón,
dejando huellas que los posteriores
acontecimientos no podrán borrar” Juan
Pablo II.8
“Vuestra delicadeza y vuestra piedad,
con la piedad de vuestros maridos, de
nuestros padres, queda en el fondo del
alma y si vienen luego las pasiones que
tiran abajo y tenemos una temporada mala
en la vida, al final vuelve a brotar la
buena semilla. ¿Oyes? ¡No se pierde
nunca la piedad que las madres metéis en
el corazón de vuestros hijos!” San
Josemaría Escrivá de Balaguer.9
“Pero, ¿qué queda? El dinero no se
queda. Los edificios tampoco se quedan,
ni los libros. Después de un cierto
tiempo más o menos largo, todo esto
desaparece. Lo único que permanece
eternamente es el alma humana, el hombre
creado por Dios para la eternidad. El
fruto que queda, por tanto, es el que
hemos sembrado en las almas humanas, el
amor, el conocimiento; el gesto capaz de
tocar el corazón; la palabra que abre el
alma a la alegría del Señor. Entonces,
vayamos y pidamos al Señor que nos ayude
a llevar fruto que permanezca. Sólo así
la tierra se transformará de valle de
lágrimas en jardín de Dios.” Cardenal
Ratzinger. 10
Dios confía en ti para encontrarse con
tus hijos. No es casualidad que
Antonieta Meo Nenolina, después de vivir
santamente su breve paso por la tierra,
al morir dijera en una última frase,
como hilvanando sílabas de una sola
palabra: “Dios...mamá...papá”.11
1. Alfonso López Quintás, Cómo
manipular a la familia, ISTMO,
marzo-abril 1999 .
2. Juan Pablo II, Discurso durante el
encuentro con niños de primera
comunión. Polonia, 7 de junio de
1997
3. Benedicto XVI, Homilía pronunciada
en la celebración eucarística de inicio
de pontificado, Roma, 24 de abril
de 2005
4. San Agustín, quaest. 64, 4
5. Karol Wojtyla, Amor y
responsabilidad, p. 56.
6. Josef Pieper, Las virtudes
Fundamentales, p. 542-543.
7. Juan Pablo II, La Familia en los
tiempos modernos, p.71.
8. Ibid., p.97.
9. San Josemaría, encuentro en
Brasil, 4 de junio 1974.
10. Cardenal Ratzinger, Homilía
pronunciada en la celebración
eucarística por
la elección del nuevo Papa, 18 de
abril de 2005.
11. Guillermo Ma. Havers, Jesus y los
niños, p.158.