Sábado - 26.Mayo.2012

Grandes Secciones
Actualidad
Autores
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
El valor de la vida humana El valor de la vida humana
El valor del trabajo El valor del trabajo
El valor de la libertad El valor de la libertad
El valor de la familia El valor de la familia
La vejez El valor de la vejez
El valor de la muerte El valor de la muerte
El valor de la sexualidad El valor de la sexualidad
El valor de la moda El valor de la moda
El valor de la política El valor de la política
El valor de la verdad El valor de la verdad
Descanso, diversión, deporte Descanso, diversión, deporte
Valores de la mujer Valores de la mujer
El valor del sufrimiento El valor del sufrimiento
Matrimonio: amor, fidelidad Matrimonio: amor, fidelidad
Alegría y optimismo Alegría y optimismo
El valor de la literatura El valor de la literatura
Maternidad / paternidad Maternidad / paternidad
El valor del esfuerzo El valor del esfuerzo
 amistad, amor amistad, amor
Arte, belleza, elegancia Arte, belleza, elegancia
Sonreir, pensar y viceversa Sonreir, pensar y viceversa
El valor de ser católicos El valor de ser católicos
Economía Economía
Demografía Demografía
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Los secretos de tu cerebro
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.

«LO QUE NO PODEMOS IGNORAR» (J. Budziszewski)

ver las estadisticas del contenido recomendar  contenido a un amigo

 

«LO QUE NO PODEMOS IGNORAR»

 

Por J. Budziszewski

  

Podemos realizar cada función vital sin ayuda, salvo una. La única excepción es la procreación. Esto demuestra que en los seres humanos, la capacidad sexual del varón y de la mujer son radicalmente incompletas, planeadas una para la otra.

«Lo que no podemos ignorar» [*] es un ensayo de J. Budziszewski[**] que trata sobre el mundo perdido de las verdades comunes: sobre lo que sabemos acerca de lo bueno y lo malo. Habla de forma clara y certera de la ley natural y de cómo la conocemos. Refuerza la confianza en los fundamentos morales de ese sentido común, con rigor y sólidos argumentos. Acude las fuentes naturales del conocimiento moral: el testimonio de la conciencia íntima, el testimonio del diseño como tal, el testimonio de nuestro propio diseño y el testimonio de las consecuencias naturales. Aquí ofrecemos un fragmento del testimonio de nuestro propio diseño, en concreto el que se refiere a la complementariedad:

 

  

 Complementariedad. Además de que dependemos unos de otros, lo hacemos de una forma determinada. Ilustra este hecho la diversidad natural de nuestros gustos y capacidades, base de la división laboral. La gente de oficios y vocaciones distintas, como los comerciantes y productores, el inventor y el empresario, el profesor y el técnico, dependen entre sí. Pero no dependen tanto al modo en que un dedo cualquiera presta su fuerza a otro, cuanto como el dedo pulgar complementa los otros cuatro: con esa posición enfrentada que nos permite asir las cosas. Precisamente las diferencias nos permiten trabajar juntos.

 

Y todavía es más claro el ejemplo de la diferencia natural de los sexos, que es la base del reparto de funciones en la familia. Con excepción de las personas llamadas al celibato, a quien Dios regala su don, algo le falta al hombre que debe darle la mujer, y algo le falta a la mujer que debe darle el hombre. Esto es más patente en el nivel fisiológico. En el resto de las funciones biológicas, el trabajo lo hace sólo un cuerpo: la persona digiere sola, sin necesidad de otra garganta; ve por sí misma con sus propios ojos; camina con sus propias piernas; y así ocurre con el resto de las funciones y sus respectivos órganos. Podemos realizar cada función vital sin ayuda, salvo una. La única excepción es la procreación. Esto demuestra que en los seres humanos, la capacidad sexual del varón y de la mujer son radicalmente incompletas, planeadas una para la otra. Si estuviésemos hablando de la respiración, sería como si el hombre tuviese el diafragma, la mujer los pulmones y necesitasen coordinarse para cada inspiración. Si se tratase de la circulación sanguínea, sería como si el hombre tuviese la mitad derecha del corazón, la mujer la izquierda, y tuviesen que unirse para cada latido. Aunque la respiración y la circulación no son así, sí es así la capacidad generativa. La unión de los opuestos es la única realización posible de la fuerza procreadora. No habrá procreación a menos que se unan como un solo organismo, como una sola carne [Este asunto lo expone magistralmente Robert P. George en The Clash of Ortodoxies: Law, Religion, and Morality in Crisis (Wilmington, Delaware: ISI Books, 2001). Véase en especial el capítulo sobre el matrimonio y la neutralidad].

 

Todavía es más llamativo que la complementariedad entre la esposa y el marido desborde lo biológico. En el ámbito físico, emotivo e intelectual, se ajustan como el guante a la mano; casan. La mujer está mejor dispuesta para alimentar al niño, para asentar a la familia en el hogar y para organizar el modo de conseguirlo; mientras que el varón es más capaz de proteger a la madre y al hijo, de asentar a la familia en el mundo y de organizar la forma de lograrlo. Incluso las virtudes que ambos sexos necesitan tienen sus variaciones masculinas y femeninas. Cuando es posible huir, que la mujer amenazada se plante y pelee no es valentía, sino precipitación, porque ella guarda en sí la posibilidad de una generación futura. Pero no es prudencia, sino cobardía, que el hombre no quiera defenderla, porque su vida es sólo una. Se puede añadir que no es justicia, sino una estúpida injusticia, intentar que los dos sexos sean iguales. La justicia se ejercita en la provisión respetuosa a las debidas necesidades de cada uno.

  

 

El orden espontáneo. Puede parecer contradictorio hablar de orden espontáneo como un aspecto del diseño de la especie. Pero cuando digo orden «espontáneo» no me refiero a que pase sin planificación ninguna. Quiero decir que pasa sin ninguna supervisión. El plan tiene lugar de antemano; la supervisión es posterior. En términos generales, para conseguir un orden espontáneo hace falta más planificación, no menos. Si arrojo nueve cubitos de 3 cm de lado en una caja cuya base cuadrada es de 9 x 9 cm, y luego remuevo la caja, los cubos se ajustarán espontáneamente en tres filas iguales de tres. Sucederá así sólo porque son el número exacto, con la forma y tamaño adecuados; condiciones que no se dan por casualidad. En principio, cuanto más complicado sea el orden espontáneo final, hará falta más ingenio para lograrlo sin que haya supervisión. El dicho de que «la nada no produce nada» además de aplicarse a la materia y a la energía de una estructura ordenada, sirve también para la información 4 [Para una explicación más precisa de estas cuestiones véase William A. Dembski, The Design Inference: Eliminating Chance Through Small Probabilities(Cambridge, England: Cambridge University Press, 1998)].

 

El orden espontáneo de la especie humana consiste en que, abandonados a nosotros mismos y sin supervisión, formamos en seguida una rica colección de asociaciones como las familias, los barrios, los pueblos, las empresas, las colegios profesionales, los asociaciones religiosas y las escuelas. Edmund Burke escribió que «el primer principio (como si fuese el germen) del afecto social es estar destinado a un subgrupo, amar la pequeña comunidad a la que pertenecemos en la sociedad. A partir. del primer eslabón de la serie nos remontamos al amor a la patria y a la humanidad. El beneficio de esa porción del grupo social es una responsabilidad de todos aquellos que la componen; y así como nadie, excepto los hombres malvados, se excusarían con ella para cometer abusos, nadie, salvo los traidores, la malvenderían por su interés privado» 5 [5 Edmund Burke, Reflections on the French Revolution. Ed. a cargo de Everyman (London: J. M. Dent & Sons, 1955), p. 44. Hay edición en español:Reflexiones sobre la Revolución Francesa. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 1978.]. Aunque las comunidades pequeñas son variadas y diversas, una de ellas es ubicua y fundamental: la familia, basada en la asociación conyugal estable del marido y la mujer. Realmente parece que es la semilla de la que brotan las demás. Los primeros sacerdotes fueron los patriarcas de las familias, y también éstos fueron los primeros jueces. La comunidad política no es una asociación primaria como la familia; es secundaria, una asociación de asociaciones, una sociedad de sociedades.

 

Como la familia se ve tan tristemente atacada y tan poco considerada hoy, merece un comentario especial. Nadie la inventó, a nadie le resulta indiferente y no hubo un momento de la historia humana en que no existiese. Hasta trastocada, persiste. Los miembros separados por un desastre juntan sus heroicos esfuerzos para reunirse. Sólo la violencia o una fuerte ideología puede anularla, y sólo las sociedades pequeñas han tratado alguna vez de suprimirla; aquellas que lo han intentado han fracasado siempre o se han abandonado gradualmente sus intentos.

 

La familia no tiene igual para criar a los más pequeños. En el capítulo 2 cité el comentario de Sara S. McLanahan y Gary Sandefur de que ««si se nos pidiese diseñar un sistema para asegurar que los niños tengan cubiertas sus necesidades elementales, probablemente llegaríamos a uno muy parecido al ideal de la familia con padre y madre». Desde luego, es porque está diseñada, aunque no por nosotros. Y, si bien no es sorprendente que los niños, sobre todo los menores, progresen menos en los orfanatos que en la familia media, debemos reconocer que es verdad también cuando se intenta que estas instituciones se parezcan a los hogares, e incluso cuando se consigue que estos orfanatos, en opinión de los sociólogos, estén mejor organizados que la familia media en todos los aspectos higiénico, médico, psicológico y pedagógico. [6 Es una paráfrasis del artículo de René König, «Sociological Introduction [to the family] », International Encyclopedia of Comparative Law (1974), volumen IV:I, pp. 42‑43.]

 

Tampoco hay lugar mejor que la familia extensa para el desarrollo ético de los adultos. El viejo refrán de que «eliges a tus amigos, no a tus parientes» apunta una de las razones: los parientes nos sirven mejor para ejercitar la buena conducta, precisamente porque no los elegimos. Chesterton lo explica bien:

 

En una comunidad grande podemos elegir a nuestros compañeros. En una pequeña, nuestros compañeros se nos dan ya elegidos. Así, en todas las sociedades más civilizadas, los grupos comienzan a existir fundados en la llamada simpatía, y se apartan del mundo real con una clausura más sellada que las puertas de un monasterio. No hay nada de exclusivismo en la familia extensa, lo verdaderamente restrictivo es la pandilla. Los hombres de un clan familiar viven juntos porque visten todos la misma ropa de tartán y han heredado la mismas tradiciones sagradas; pero en sus almas, por la divina providencia delos acontecimientos, habrá siempre más colores que sobre cualquier vestido de tartán. En cambio, la gente de pandilla vive junta porque comparte el mismo tipo de alma, y su exclusivismo consiste en la cohesión espiritual y la satisfacción, como ese que se da en el infierno... La mejor prueba para un hombre dispuesto a abrirse a la comúnvariedad humana consistiría en descender por la chimenea de un hogar cualquiera, y conseguir arreglárselas con la gente que encontrase. Y esto es, en esencia, lo que hizo cada uno el día que nació [7 G. K. Chesterton, «On Certain Modern Writers and the Institution of the Family», enHeretics (1905)].

 

La otra gran razón son los hijos. Los niños nos convierten. Nos fuerzan á ser distintos. No hay forma de prepararse por completo a tenerlos. Irrumpen en nuestras vidas, manchan sus pañales, trastocan todo nuestro agradable orden, y nadie sabe por dónde saldrán. Lo queramos o no, eliminan nuestras autocomplacientes costumbres y nos obligan a vivir fuera de nosotros mismos. Son la continuación necesaria y natural de ese golpe al egotismo que se inicia con el mismo matrimonio. Acoger esta suprema bendición requiere valor. Mientras que cualquier presunta intimidad que se cierra deliberadamente a una nueva vida al final se convierte en una simple colaboración con el egoísmo.

 

Subsidiariedad. La cultura debe desarrollarse contando con nuestro diseño propio, no contra él. Debe servir como de segunda naturaleza, y en lugar de combatir nuestra naturaleza primera, ha de rellenar el molde provisto por ella. Se suele llamar a esto el principio de connaturalidad. Sobre la base del orden social, donde se hallan el individuo y la familia, se levanta toda una jerarquía de asociaciones, desde los barrios, las iglesias, los grupos profesionales, y las otras pequeñas agrupaciones, hasta llegar hasta esas instituciones de la justicia pública que llamamos gobiernos. Los peldaños superiores son tan imprescindibles para el bien común como los inferiores; sin embargo, cuanto más subimos por la escalera, menos espontáneo es el orden, y más artilugios necesitamos. Dicho de otra forma, cuanto más arriba, menos ayuda nos presta la naturaleza y más necesitamos de la cultura. A esto podríamos llamarlo el principio de esponteneidad decreciente.


De estos dos principios señalamos un riesgo. Los peldaños superiores deben proteger y colaborar con los inferiores, que son más espontáneos; pero no pueden, justo porque son menos autónomos. Este riesgo implica una ley, a saber: sólo se debe permitir que los niveles superiores suplan en aquellos aspectos del bien común que no logren los niveles inferiores. Éste es, por fin, el principio de subsidiariedad, que se aplica en todos los ámbitos de la sociedad civil: desde las relaciones familiares a las de vecinos, desde las uniones «locales» a las federales; desde las congregaciones privadas a la comunión de iglesias, desde la investigación individual a la corporación académica, desde el voluntariado al gobierno en general en todos sus escalones, de arriba abajo.


La tradición de la ley natural desde Aristóteles ha admitido los principios de la espontaneidad decreciente y de la connaturalidad. Curiosamente, aunque el de subsidiariedad es un corolario sencillo y siempre estuvo implícito en la tradición, no ha pasado a primer plano hasta hace poco, cuando tomó su nombre, en latín, de un sorprendente pasaje de una encíclica escrita en 1931 por el Papa Pío XI:

 

Como demuestra claramente la historia, las nuevas condiciones sociales llevan a que muchas de las tareas ejecutadas antes por asociaciones pequeñas ahora sólo las puedan realizar las grandes. Sin embargo, permanece invariable e inamovible en la doctrina social su principio más importante, que no puede ser abandonado o modificado: del mismo modo que es un grave error quitar a los individuos lo que pueden conseguir con su iniciativa y trabajo propios y entregárselo a la comunidad, así también es una injusticia y al mismo tiempo un perjuicio y una alteración graves del recto orden, asignar a una asociación mayor y superior lo que pueden hacer las organizaciones inferiores y subordinadas. Pues toda actividad social debe por su propia naturaleza prestar ayuda [subsidium] a los miembros del cuerpo social, y nunca destruirlos ni absorberlos.

 

Como explicaba Pío XI, lo que sacó a la palestra el principio de subsidiariedad fue la crisis causada en la sociedad civil por la revolución industrial. Durante un tiempo, parecía que los escalones intermedios serian inutilizados o se destruirían, sin dejar nada más que un jactancioso Estado en la cúpula y un yo solitario en la base. Los colectivismos e individualismos llegaron a extrañas alianzas para animar el holocausto de las comunidades pequeñas. El principio de subsidiariedad reafirma la naturaleza social de la especie, corrige tanto su negación individualista como su perversión colectivista, y defiende los derechos y la dignidad de todas aquellas asociaciones intermedias que, si se lo permiten, arraigan y florecen, llenando de fruto y colorido el valle entre el Estado y el Yo.

 

‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾

[*] J. Budziszewski, Lo que no podemos ignorar. Una guía, Ed. Rialp, Madrid 2005, pp. 132-140

 

 

[**] J. Budziszewski es profesor de Filosofía Política y Ética en la Universidad de Texas (EE.UU.). Además de este li bro, ha escrito: The Revenge o f Cons

 

cience; Written on the Heart, True Tole rance, y How to Stay Christian in College.

 

Edición electrónica de Arvo.net. Cortesía de Ed. Rialp.

Enviado por Rialp - 28/08/2009 ir arriba
COMENTARIOS añadir comentario
Esta web no se hace responsable de los comentarios escritos por los usuarios. El usuario es responsable y titular de las opiniones vertidas. Si encuentra algún contenido erróneo u ofensivo, por favor, comuníquenoslo mediante el formulario de contacto para que podamos subsanarlo.
ir arriba

v01.99:0.34
GestionMax
TIENDA   Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós