|
Por
Jesús
Ortiz López
Arvo Net, 26.06.2007
Se
cumple un año de clausura de la V
Jornada Mundial de la Familia en
Valencia donde Benedicto XVI mostró la
verdad sobre el matrimonio y la familia
ante millón y medio de personas. Sin
embargo
las políticas sobre la familia no la
valoran como un inmenso caudal humano
que garantiza el futuro de una
sociedad. Hace años que la política
familiar en Europa no es favorable a la
familia; concretamente España es el país
de la Unión Europea que menos recursos
destina a prestaciones familiares: el
0,52 por ciento del PIB frente al 2,2
como media de la UE-15, y en los
Presupuestos Generales del Estado no
aparecen las dotaciones necesarias para
hacer realidad las acciones a favor de
la familia que los partidos políticos
suelen anunciar como programa antes de
las elecciones.
Un año del
Encuentro con Benedicto XVI en Valencia
El
V Encuentro Mundial de las Familias
celebrado en Valencia en 2006 fue una fiesta
que concluyó cuando Benedicto XVI alentó a
vivir el matrimonio y la familia según el
plan de Dios trazado para la felicidad del
ser humano. Fue una ocasión más para ver a
millares de familias de verdad, compuestas
de un padre y una madre, con bebés y
jóvenes, junto con los abuelos allí también
presentes, algo bien distinto de lo quieren
propagar los partidarios de la ideología de
género, según la cual la sexualidad no sería
algo natural sino elegido por cada uno a la
carta, y matrimonio sería cualquier tipo de
unión. ¿Pero las leyes contra el matrimonio
podrán subsistir contra la naturaleza y el
sentido común?
Benedicto XVI quiso destacar en Valencia los
aspectos positivos más que rechazar los
ataques contra la familia, porque la fe es
una cantera inagotable para redescubrir lo
mejor de los hombres: «La familia es el
ámbito privilegiado donde cada persona
aprende a dar y recibir amor. Por eso la
Iglesia manifiesta constantemente su
solicitud pastoral por este espacio
fundamental para la persona humana»,
señalaba el Papa en la Misa celebrada para
concluir ese Encuentro de Familias. Las
familias han aprendido que no están solas y
que no somos tan raros como algunos piensan.
Por ser el núcleo básico de la sociedad la
«comunidad eclesial tiene la responsabilidad
de ofrecer acompañamiento, estímulo y
alimento espiritual que fortalezca la
cohesión familiar, sobre todo en las pruebas
o momentos críticos», decía Benedicto XVI.
El
Papa dijo en la homilía del domingo que: «La
familia es un bien necesario para los
pueblos, un fundamento indispensable para la
sociedad y un gran tesoro de los esposos
durante toda su vida. Es un bien
insustituible para los hijos, que han de ser
fruto del amor, de la donación total y
generosa de los padres. Proclamar la verdad
integral de la familia, fundada en el
matrimonio como Iglesia doméstica y
santuario de la vida, es una gran
responsabilidad de todos». ¿Quién dijo que
la familia tradicional se ha terminado? El
millón y medio de participantes muestra, sin
querer imponerse, la fuerza imparable que da
consistencia al tejido social. Como
organismo vivo se adapta a las
circunstancias de nuestro tiempo como ha
hecho toda la historia, y sigue adelante con
sacrificio alegre. La sociedad les debe
reconociendo y los gobernantes deben apoyar
este valor seguro para el futuro de la
humanidad. Parece mentira que ciertos
pensadores y políticos no caigan en la
cuenta de que ellos pasan mientras las
familias permanecen y piden reconocimiento
para que la sociedad no se suicide, porque
los que hoy tienen el poder no tienen
derecho a hipotecar el futuro de los
jóvenes. Las otras realidades artificiales
que llaman familias alternativas
hacen tanto ruido que pueden aturdir a los
ingenuos, pero son realidades virtuales que
tiene ya fecha de caducidad. Porque no se
puede ir contra la naturaleza, contra la
dignidad del hombre y de la mujer, contra el
seno materno que las criaturas necesitan, ni
contra el sentido común. De ahí que el Papa
invitara amablemente «a los gobernantes y
legisladores a reflexionar sobre el bien
evidente que los hogares en paz y en armonía
aseguran al hombre».
1.
Denominación de origen del matrimonio
«La
vocación al matrimonio se inscribe en la
naturaleza misma del hombre y de la mujer,
según salieron de la mano del Creador. El
matrimonio no es una institución puramente
humana a pesar de las numerosas variaciones
que ha podido sufrir a lo largo de los
siglos en las diferentes culturas,
estructuras sociales y actitudes
espirituales. Estas diversidades no deben
hacer olvidar sus rasgos comunes y
permanentes».
·
El
matrimonio
viene de Dios
En el relato del Génesis el
matrimonio aparece relacionado desde el
principio con la misma creación del ser
humano y su vocación al amor: varón y mujer
fueron creados el uno para el otro de modo
que su amor refleja el amor indefectible de
Dios. La institución del matrimonio se
remonta al origen de la humanidad, en el
Paraíso terrenal: «Creó Dios al hombre a
imagen suya; a imagen de Dios le creó, los
creó varón y hembra. Y los bendijo Dios,
diciéndoles: procread y multiplicaos y
llenad la tierra»[3].
Los creó, por tanto, sexualmente
diferenciados destinándolos el uno para el
otro, y confiándoles la propagación de la
especie humana, como colaboradores suyos en
la noble misión de transmitir la vida.
Se distinguen,
pues, en la Biblia estos rasgos
fundamentales en relación con el matrimonio:
la existencia de dos sexos humanos
diferentes creados por Dios; Dios los crea
varón y hembra, y los asocia el uno al otro;
esta sociedad del hombre y de la mujer es
unitaria e indisoluble; por último, el fin
de la institución matrimonial es propagar la
especie humana y la ayuda mutua[4].
Y así, el matrimonio es institución natural
por excelencia, como afirmaba Pío XI: «No
fue instituido ni restaurado por obra de los
hombres, sino por obra divina; que no fue
protegido, confirmado ni elevado con leyes
humanas, sino con leyes del mismo Dios,
autor de la naturaleza (...) y que, por lo
tanto, sus leyes no pueden estar sujetas al
arbitrio de ningún hombre, ni siquiera al
acuerdo contrario de los mismos cónyuges»[5].
Por ello
Juan Pablo II
comentaba con gran fuerza poética la
situación natural de Adán y Eva como
cooperadores de Dios en la Creación: «Y
cuando se vuelvan “un solo cuerpo”/
admirable unión/ detrás de su horizonte se
revela/ la paternidad y la maternidad. /
Alcanzarán entonces las fuentes de la vida
que hay en ellos. / Alcanzan el Principio. /
Adán conoció a su mujer/ y ella concibió y
dio a luz. / ¡Saben que pasaron el umbral de
la más grande responsabilidad!»
·
Se rompe la alianza
La
profunda desunión causada por el pecado
original respecto a Dios Creador, que
conocemos también por relato bíblico, alteró
también la relación de amor entre el varón y
la mujer. Desde entonces: «En todo tiempo,
la unión del hombre y la mujer vive
amenazada por la discordia, el espíritu de
dominio, la infidelidad, los celos y
conflictos que pueden conducir hasta el odio
y la ruptura. Este desorden puede
manifestarse de manera más o menos aguda, y
puede ser más o menos superado, según las
culturas, las épocas, los individuos, pero
siempre aparece como algo de carácter
universal».
Sin embargo el plan inicial de
Dios sigue en pie a través de la Revelación
en la antigua Alianza y más aún en la
Alianza nueva del amor en Cristo que eleva
el matrimonio a la dignidad de sacramento.
Un signo de ese plan divino es que los
profetas describen la Alianza de Yahvé con
Israel en términos del amor conyugal
exclusivo y fiel
[8].
Y así los libros de Rut y de Tobías dan
testimonios conmovedores del sentido hondo
del matrimonio, de la fidelidad y de la
ternura de los esposos. Se entiende así que
el famoso
escritor
J.R.R.Tolkien, advertía por carta a uno de
sus hijos sobre la tentación del divorcio:
«Con demasiada frecuencia la “verdadera
compañera” del alma es la primera mujer
sexualmente atractiva que se presenta.
Alguien con quien podrían casarse muy
provechosamente con que sólo... De ahí el
divorcio, que procura ese “con que sólo”...
Pero el “verdadero compañero del alma” es
aquel con el que se está casado de hecho».
Dios está empeñado en la felicidad de los
hombres y mantiene el proyecto inicial pero
enriquecido y elevado con el sacramento del
Matrimonio instituido por Jesucristo. Nada
hay de fortuito en la vida de Jesús, pues su
presencia en Caná manifiesta la importancia
y la santidad de la unión conyugal:
Jesucristo quiso que los esposos cristianos
tuvieran gracias abundantes para santificar
el matrimonio elevándolo a la dignidad de
sacramento. El misterio de las bodas en Caná
consiste en el significado cristológico para
el matrimonio cristiano, pues Jesús no sólo
restablece el orden inicial perturbado por
el pecado, sino que es signo del amor fiel
con su Iglesia[10].
De modo que el Matrimonio es un sacramento
instituido por el Señor Jesucristo, que
establece la santa e indisoluble unión entre
un hombre y una mujer bautizados, y les da
la gracia para que se amen con amor humano y
divino, y para que eduquen a los hijos para
el Cielo como buenos hijos de Dios.
La
elevación de ese compromiso natural a la
categoría de sacramento no supone un cambio
en la naturaleza y fines del matrimonio,
porque la gracia no destruye la naturaleza
humana sino que la perfecciona, de la misma
forma que un hombre no deja de ser tal por
el hecho de recibir el Bautismo
[11].
Por ello el matrimonio cristiano
es vocación a la santidad pues determina
para los esposos la universal llamada a la
perfección cristiana recibida en el
Bautismo. No se trata de una utopía
irrealizable para los matrimonios de nuestro
tiempo como predicó incansablemente San
Josemaría Escrivá: «Los esposos cristianos
han de ser conscientes de que están llamados
a santificarse santificando, de que están
llamados a ser apóstoles, y de que su primer
apostolado está en el hogar. Deben
comprender la obra sobrenatural que implica
la fundación de una familia, la educación de
los hijos, la irradiación cristiana en la
sociedad. De esta conciencia de la propia
misión dependen en gran parte la eficacia y
el éxito de su vida: su felicidad»[12].
2. Casarse y permanecer fieles
Casarse es importante pero más importante es
permanecer fieles a los compromisos
contraídos manteniendo la comunidad de vida
y amor, que se prolonga naturalmente en los
hijos. Los datos sociológicos no tienen
valor moral pues indican tan sólo algo de
que ocurre, hechos que es preciso
interpretar para analizar los problemas y
buscar soluciones. Sin embargo esos datos
son significativos cuando analizamos aquí la
realidad del matrimonio y de la familia.
Concretamente son cifras preocupantes el
aumento de las rupturas matrimoniales: los
españoles tienen menos deseos de casarse
pero cada vez se rompen más matrimonios,
cerca de 150.000 en 2005, que supone uno
cada 3,5 minutos. Respecto a la natalidad
España es uno de los países de la Unión
Europea con menor índice de fecundidad, con
1,4 hijos por mujer, mientras crece el
número de abortos, 91.600 sólo en 2005 que
se traduce en 252 diarios.
A la vista de esto bueno será
considerar el sacramento del matrimonio, en
el que Dios está por medio tanto en su
celebración como en la comunidad estable de
vida y amor, pues no se reduce a un contrato
simplemente privado y por ello la Iglesia
junto con la sociedad tiene algo que decir.
Concretamente, la Iglesia tiene poder para
regular los aspectos litúrgicos y jurídicos,
a fin de garantizar su santidad y su
validez.
·
El consentimiento matrimonial
Los protagonistas del sacramento
del matrimonio son un varón y una mujer
bautizados, libres para contraerlo y
expresar también libremente su
consentimiento. Consiste en un acto humano
por el cual los esposos se dan y se reciben
mutuamente: «Yo, N. te recibo a ti, N., como
legítima mujer mía/ legítimo marido mío/ y
me entrego da ti como legítimo marido /
legítima esposa tuya/ según lo manda la
santa Madre Iglesia Católica»[14].
Este consentimiento debe ser un acto de la
voluntad de cada uno de los contrayentes,
libre de violencia o de temor grave externo,
y ningún poder humano puede reemplazarlo. Si
faltara esta libertad aquel matrimonio sería
inválido. Y añade el Catecismo que por esta
y otras razones la Iglesia, tras examinar
la situación por el tribunal eclesiástico
competente, puede declarar "la nulidad del
matrimonio", es decir, que el matrimonio no
ha existido. En este caso, los contrayentes
quedan libres para casarse, aunque deben
cumplir las obligaciones naturales nacidas
de una unión precedente (Cfr.
Catecismo, 1629).
Para que el matrimonio tenga
fundamentos humanos y cristianos, sólidos y
estables, la preparación es hoy más
necesaria que nunca: «Los jóvenes deben ser
instruidos adecuada y oportunamente sobre la
dignidad, dignidad, tareas y ejercicio del
amor conyugal, sobre todo en el seno de la
misma familia, para que, educados en el
cultivo de la castidad, puedan pasar, a la
edad conveniente, de un honesto noviazgo
vivido al matrimonio»[15].
La Iglesia ofrece cursos adecuados para
comprender y valorar desde la fe los
aspectos antropológicos, conyugales,
jurídicos y sacramentales del matrimonio.
Pero también es importante la intervención
de las familias de los futuros contrayentes
con su ejemplo y su palabra, para facilitar
a los jóvenes la asunción de las
responsabilidades matrimoniales y
familiares.
·
Mantener el compromiso
Como los demás sacramentos, el
matrimonio establece una nueva relación de
gracia con Dios Trinidad de Personas, pues
en el vínculo de los esposos se refleja el
vínculo de fidelidad del Padre con el pueblo
elegido; en relación con el Hijo el vínculo
nupcial es signo de la alianza indisoluble
entre Cristo y su Iglesia. Y en relación con
el Espíritu Santo, como Amor consustancial
del Padre y el Hijo, les lleva a la donación
total en un amor abierto a la vida. Por eso
decimos que los efectos principales del
sacramento del matrimonio son el vínculo
perpetuo y exclusivo, y la gracia específica
para vivir los deberes como esposos y padres
llamados a la santidad cristiana específica.
Sobre el vínculo matrimonial ha
dicho el Vaticano II:
«Fundada por el
Creador y en posesión de sus propias leyes,
la íntima comunidad conyugal de vida y amor
se establece sobre la alianza de los
cónyuges, es decir, sobre su consentimiento
personal e irrevocable. Así, del acto humano
por el cual los esposos se dan y se reciben
mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una
institución confirmada por la ley divina.
Este vínculo sagrado, en atención al bien
tanto de los esposos y de la prole como de
la sociedad, no depende de la decisión
humana. Pues es el mismo Dios el autor del
matrimonio, al cual ha dotado de bienes y
fines varios »[16].
Del consentimiento libre
y sellado por Dios nace el matrimonio
cristiano como institución estable ante la
Iglesia y ante la sociedad. Se trata de un
compromiso singular por su origen divino,
enraizado en el mismo derecho natural; por
su consentimiento, que no puede ser suplido
por ninguna autoridad humana; por su objeto
y por sus propiedades esenciales, que se
sustraen a la libre voluntad de los
contrayentes. De ahí que el Catecismo diga
que: «Este
vínculo que resulta del acto humano libre de
los esposos y de la consumación del
matrimonio es una realidad ya irrevocable y
da origen a una alianza garantizada por la
fidelidad de Dios. La Iglesia no tiene poder
para pronunciarse contra esta disposición de
la sabiduría divina» (Catecismo,
1640).
El matrimonio cristiano cuenta
además con la gracia de estado que
perfecciona el amor de los cónyuges para
ayudarse y educar cristianamente a los
hijos. Cristo mismo es la fuente de esta
gracia que sale al encuentro de los esposos
habitualmente, sobre todo si acuden a la
oración y a los sacramentos, al Pan y a la
Palabra que ofrece la Iglesia Esposa fiel
del Señor. Así Jesucristo « permanece con
ellos, les da la fuerza de seguirle con
fidelidad superando los obstáculos que
encontrarán en su camino, y la experiencia
dice que, quienes vive de la fe y acuden a
los medios de santificación que les
proporciona la Iglesia, perseveran fielmente
en su compromiso inicial aunque la sociedad
ofrezca tantas ocasiones para abandonar su
proyecto de santidad.
3. Hoja de ruta para el matrimonio
En
Europa el número de matrimonios ha
descendido en más de 620.000 durante los
últimos 25 años, cifra que representa una
pérdida del 22 %, y cada 33 segundos se
rompe un matrimonio en Europa,
incrementándose un 56% también en esos
veinticinco años.
No extraña que los políticos más
responsables den la voz de alarma y
propongan un cambio de rumbo en las
políticas familiares para favorecer la
cohesión social, la solidaridad y el
progreso económico.
Efectivamente, el matrimonio no es una
institución más y por ello tiene unas
características específicas que le hacen ser
nervio principal de la sociedad y camino
real para la felicidad humana en la tierra.
Tiene como notas principales la unidad y la
indisolubilidad, la fidelidad al amor
conyugal y la apertura a la fecundidad, que
vemos a continuación. Estas notas
constitutivas no son abstracciones teóricas
sino realidades profundamente humanas, tal
como las entiende la doctrina católica: «El
amor conyugal comporta una totalidad en la
que entran todos los elementos de la persona
-reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza
del sentimiento y de la afectividad,
aspiración del espíritu y de la voluntad-;
mira una unidad profundamente personal que,
más allá de la unión en una sola carne,
conduce a no tener más que un corazón y un
alma; exige la indisolubilidad y la
fidelidad de la donación recíproca
definitiva; y se abre a fecundidad. En una
palabra: se trata de características
normales de todo amor conyugal natural, pero
con un significado nuevo que no sólo las
purifica y consolida, sino las eleva hasta
el punto de hacer de ellas la expresión de
valores propiamente cristianos»[18].
·
Unidad e indisolubilidad
En España el número de
matrimonios se ha estancado en torno a los
209.000 en el año 2005, a pesar del aumento
de la población en 7 millones. En cambio, se
disparan las rupturas, que aumentan en un
45,7% durante los últimos cinco años,
alcanzado a 150.000, sumando los divorcios y
las separaciones; es decir, cada día se
rompen en España 408 matrimonios. El número
de matrimonios celebrados al año y las
rupturas en cada año van convergiendo, de
modo que en el 2010 estarían casi igualados
en unos 208.000
.
Estos datos sociológicos señalan que muchos
matrimonios no son capaces de vivir esta
institución básica de la sociedad quizá por
hacer un planteamiento subjetivista de esta
institución natural y del sacramento, de
espaldas a su verdadera naturaleza y
exigencias para la felicidad de las personas
y el desarrollo humano de la sociedad.
«Una
sola carne»[20]
es la
expresión que utiliza la Escritura Santa
para designar la unidad e indisolubilidad el
matrimonio, desde el comienzo y no sólo como
una aspiración ideal pero casi imposible.
Esta mutua entrega de dos personas lo mismo
que el bien de los hijos, exigen esa
indisoluble unidad. La comunión personal de
espíritu y cuerpo entre los esposos está
llamada a crecer y perfeccionarse, sobre
todo en el sacramento del matrimonio por la
comunión con Cristo, en la misma fe y en los
sacramentos. La solidez original del vínculo
conyugal se acrecienta por la elevación del
matrimonio a sacramento, de modo que el
verdadero matrimonio ya no puede ser
disuelto por ningún poder humano, ni por
ninguna causa fuera de la muerte[21].
En consecuencia, la poligamia
no se ajusta a la ley natural, pues
contradice radicalmente la comunión conyugal
plena y exclusiva y es contraria a la
dignidad de las personas. También ofende esa
dignidad la costumbre de convivir con
la perspectiva de contraerlo más adelante,
aunque algunos reclamen hoy una especie de
unión a prueba cuando existe
intención de casarse. Cualquiera que sea la
firmeza del propósito de los que se
comprometen en relaciones sexuales
prematuras, éstas no garantizan que la
sinceridad y la fidelidad de la relación
entre un hombre y una mujer queden
aseguradas, y sobre todo protegidas, contra
el cambio de sentimientos y pasiones[22].
La unión carnal sólo es coherente con al
dignidad de la persona y moralmente
legítima cuando se ha instaurado una
comunidad de vida definitiva entre el hombre
y la mujer. Porque el amor humano no tolera
la "prueba", es decir, exige un don total y
definitivo de las personas entre sí.
Oscurecido en la conciencia
social lo esencial del matrimonio Jesucristo
restituyó aquella primitiva unidad del
matrimonio y prohibió cualquier atentado a
esa unidad. En obediencia a su Maestro la
Iglesia ha defendido siempre esta propiedad
esencial, aunque en ocasiones haya sido una
dificultad para los esfuerzos misioneros
entre paganos que han oscurecido la ley
natural, o haya retrasado incluso la
conversión de pueblos enteros a la verdadera
fe.
·
La fidelidad del amor conyugal
La doctrina de la
indisolubilidad del matrimonio fue enseñada
por la Iglesia desde el principio sin la
menor duda, y urgió en la práctica el
cumplimiento moral y jurídico de aquella
doctrina expuesta con plena claridad por
Jesucristo[23]
y los Apóstoles, porque
esa indisolubilidad entra en los designios
divinos desde el origen de todo matrimonio,
de modo que «no separe el hombre lo que
ha unido Dios» (Mt 19,6).
Cabe preguntarse qué se puede hacer cuando
las relaciones de un matrimonio parecen
definitivamente destruidas. En esos casos,
que no ocurren sin culpa de uno o de ambos
cónyuges, habría que agotar todos los
recursos de conciliación, antes de llegar a
la separación canónica. Porque el Derecho
canónico admite la separación,
radicalmente distinta al divorcio, cuando la
convivencia se hace insostenible para un
determinado matrimonio, después de un examen
atento en el que se ponderan motivos y
soluciones. De este modo se ratifica la ley
divina sobre la indisolubilidad natural del
matrimonio, pero se atiende también a las
dificultades particulares de aquel
matrimonio. La Iglesia permite que vivan
separados, pero no pueden contraer nuevo
matrimonio mientras vivan los dos.
Otra cosa, que también ha
previsto la legislación canónica, es la
declaración de nulidad matrimonial:
cuando los tribunales eclesiásticos
dictaminan sobre la nulidad de un matrimonio
no disuelven el vínculo, sino que declaran
que nunca hubo vínculo ni matrimonio (aunque
hubiera apariencias de tal), a causa de
algún impedimento que lo imposibilitaba, o
por faltar algún requisito esencial para el
consentimiento prestado con libertad y
suficiente madurez. Cuando algunas personas
se sorprenden por algunas declaraciones de
nulidad suele ser por falta de formación que
desconoce esas distinciones o por falta de
información sobre casos que afectan a la
conciencia y que los tribunales
eclesiásticos no airean en los medios de
comunicación. De todos modos se puede
engañar a un tribunal, cosa nada fácil
porque trabajan con profesionalidad y
respeto a la fe, pero no se puede engañar a
Dios, aun presentando pruebas amañados o
testigos falsos.
·
El fracaso del divorcio
Es
bien conocida la fortaleza de algunos
Pontífices frente a ciertos poderosos para
mantener vigorosamente la indisolubilidad en
el matrimonio: de Pío VII contra Napoleón
cuando quiso repudiar a Josefina para unirse
a María Luisa; de Clemente VII contra
Enrique VIII de Inglaterra a pesar del
peligro de un cisma para la Iglesia, como
efectivamente ocurrió; de Inocencio III con
Felipe Augusto, y de Nicolás I contra el
emperador Lotario de Lorena. El Magisterio
pronunció en todos esos casos aquella
afirmación: Non licet, non possumus:
tratándose de una ley divina, a los hombres
no es lícito ni podemos dispensar de ella.
Porque, de manera semejante a como la
poligamia se opone a la unidad, el divorcio
se opone a la indisolubilidad, como refleja
ese “para siempre” que está en la entraña
del amor que se prometen los esposos. Por
eso el divorcio es una ofensa grave a la
ley natural pues pretende romper el
compromiso, aceptado libremente por los
esposos, de vivir juntos hasta la muerte.
Además, el divorcio atenta contra la Alianza
de salvación de la cual el matrimonio
sacramental es un signo, como hemos visto a
la luz de Jesucristo y la Iglesia. El hecho
de contraer una nueva unión, aunque sea
reconocida por la ley civil, aumenta la
gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de
nuevo se haya entonces en situación de
adulterio público y permanente; y por ese
escándalo se entienden las restricciones que
exige la Iglesia mientras no haya conversión[24].
|