Alejandro Llano
La Gaceta de los Negocios
13-07-2006
La verdad de la familia hace patente la
banalidad de sus imitaciones y
falsificaciones. Para mostrar la futilidad
del mal, basta con exponer toda la
envergadura del bien. Esto es lo que ha
logrado Benedicto XVI —armado de sonrisa,
talento y fe— durante su gozosa visita a
Valencia. Por eso, y no por una actitud
diplomática —como interpretaron los medios
gubernamentales—, no ha necesitado
polemizar. La Iglesia no ataca a nadie. Y,
cuando es atacada, ni siquiera se defiende a
sí misma, sino a los bienes que fomenta y
protege: en este caso, el bien fundamental
de la familia basada en el matrimonio
—indisoluble y abierto a la vida— entre una
mujer y un hombre.
Ha venido el Papa, para iluminar la realidad
profunda de la institución familiar, al país
del mundo donde el Gobierno está atacando
más a la familia. Era difícil encontrar un
contraste más fuerte —luz y oscuridad— entre
la vigilia de la fe viva y el sueño de una
razón errática y disminuida. Y, sin embargo,
Benedicto XVI ha predicado con alegría y
sencillez su evangelio de evidencia a todo
el que estuviera dispuesto a escucharle. Sin
crispaciones, sin condenas, sin acusaciones,
sin una palabra más alta que otra. Y el
pueblo —el de verdad, no el del discurso
ideológico— le ha acogido con regocijo, en
un bellísimo marco donde se sintetizaba la
arquitectura moderna, el cauce viejo del
Turia, y una ciudad pletórica de vitalidad.
Aunque, como el pueblo es esperanzado pero
no tonto, las palabras pontificias que
encontraron mayor eco fueron las que
recordaban la verdad pura y simple de la
familia a gobernantes y legisladores. No es
difícil pronosticar que estos dos días, 8 y
9 de julio de 2006, han marcado ya un hito
de optimismo en la España difícil que
estamos viviendo.
Hasta las referencias más entrañables que,
con la ternura del “abuelo del mundo”
—apelativo inventado allí mismo por un
veterano actor italiano y aceptado por el
Pontífice—, hizo en varias ocasiones a los
abuelos, le sirvieron para pasar de la
anécdota a la categoría y presentar a la
familia como estructura perceptiva del
discurrir del tiempo, en la que tradición y
progreso concurren a suscitar la única
novedad radical que en esta tierra se
produce: una hija o un hijo que nace del
amor esponsal, que es cuidado por sus
padres, que recibe la fe transmitida por la
comunidad familiar, y que llega a ser adulto
y capaz de generar a su vez una nueva vida.
Vivir este enlace natural de las
generaciones que se abrazan y se suceden es
la única manera viva, directa, de aprender
lo que es la historia, de integrarse
dinámicamente en ella, y de no dejarse
confundir por el espejismo de las
ideologías, coincidentes todas ellas en
olvidarse del tiempo humano y en hacerse un
auténtico lío conceptual con la historia y
la cultura. Quien lanza piedras contra la
familia es un irresponsable que, al poco
tiempo, dejará lleno de agujeros el tejado
del bien común.
El gran activo actual de la Iglesia Católica
es un Papa que, a su evidente sentido
sobrenatural, une tanto una excepcional
inteligencia como una preparación cultural
sin parangón conocido entre líderes
seculares o religiosos del presente. En
tiempos de confusión, estamos ante un don
por el que hay que dar continuamente gracias
a Dios. Estas cualidades providenciales le
permiten al Santo Padre presentar la verdad
de la familia con unas dimensiones
teológicas y antropológicas que casi
producen vértigo. La clave del arco de esta
bella articulación se encuentra en la
realidad, subrayada también por Juan Pablo
II, de que la familia es imagen de la
Trinidad de Dios.
Todo desciende armónicamente del misterio
trinitario acogido en la comunidad de amor
que es la familia. Estamos, en audaz
superación de todo individualismo, ante la
iluminación de la índole relacional de la
familia, en la que amar y ser amado son dos
caras de la misma realidad, donde nadie es
sustituible por otro, sino que cada uno
resulta valorado por sí mismo. Es un
ambiente en el que la presencia viva de la
filiación divina ofrece la réplica más
fuerte al fenómeno de la ausencia del padre
en la sociedad actual, origen de la falta de
una educación en la libertad y para la
libertad con la que tropiezan hoy los niños
y jóvenes.
A la luz de este despliegue doctrinal
impresionante, la penumbra del subjetivismo
individualista, que da lugar a estridentes
patologías del afecto y del sexo, comparece
en toda su precariedad. Después de haber
escuchado y meditado el mensaje de Benedicto
XVI, los cristianos españoles saben que han
de ejercitar, por un lado, toda su apertura
y comprensión con los que no alcanzan a
captar la amplitud de este panorama; y, por
otro, toda su fortaleza para hacer valer
públicamente los derechos humanos que, en
todas las declaraciones internacionales, dan
la razón a quienes están a favor de la
auténtica realidad de la familia.