RODRIGO GUERRA LÓPEZ
FORO «MÉXICO MÁS ALLÁ DEL 2006»
FUNDACIÓN RAFAEL PRECIADO HERNÁNDEZ A.C.
KONRAD ADENAUER STIFTUNG
29 DE JULIO DE 2005
Sumario
Introducción
1. Tres elementos empíricos a considerar
2. Necesidad del matrimonio y la familia
como referentes simbólicos para la vida
humana.
3. La funcionalidad de la familia
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INTRODUCCIÓN
La «familia» es un tópico que ha ingresado
como categoría relevante desde hace algunos
años en la retórica política. No es extraño
encontrar abundantes discursos partidistas y
gubernamentales, desde las más diversas
posturas ideológicas, que utilizan el
concepto de «familia» al momento de querer
ofrecer un sentido humano, cálido y de
concreción a las políticas públicas que se
planean o se implementan.
Aún a nivel puramente discursivo se intuye
que una manera de validar una política
pública, sobre todo de índole social, es
precisamente detectando si posee algún
impacto en las familias reales. Las
familias por una parte son un lugar
empírico, concreto, tangible, que hace que
el imaginario personal y social se enfoque
en una realidad que nos es cercana y
significativa. Por otro lado, la familia es
un espacio en el que un conjunto de valores
cualitativos asociados psicológica y
socialmente a «lo humano» emergen y se
desarrollan. No nos referimos con esto a
experiencias particularmente sublimes que
en algunas pocas familias eventualmente
puedan darse en torno a ciertos valores
vividos en su máximo de virtud. Nos
referimos más bien a la experiencia
cotidiana de la verdad, de la justicia, del
desinterés que en las relaciones más
elementales de tipo familiar, aunque no se
den de manera eminente, suelen existir y
configuran el «ethos» diferenciador de esta
institución.
El uso retórico y hasta mercadotécnico de la
categoría «familia» por parte de
gobernantes, legisladores, jefes
partidistas, candidatos, primeras damas y
similares muestra de una manera elocuente
que aún en la debilísima referencia nominal
a esta realidad es posible detectar que
existen algunos contenidos elementales
irrenunciables que anuncian al menos
parcialmente que la «familia» posee una
cierta consistencia y una cierta
funcionalidad social.
A continuación, de manera sucinta,
trataremos de mostrar tres conjuntos de
datos empíricos que enmarcan la situación
de las familias mexicanas en la actualidad.
Buscaremos a través de estos elementos
evidenciar la necesidad de fortalecer a la
familia en algunos rubros que impactan
directamente en las funciones sociales que
esta desempeña al interior de una comunidad
y de una nación como la nuestra. De esta
manera pretendemos poner la base para la
eventual elaboración de una propuesta
pertinente para las familias mexicanas.
1. Tres elementos empíricos a considerar
1.1 Envejecimiento poblacional (Ver
archivo PDF)
2. Necesidad del matrimonio y la familia
como referentes simbólicos para la vida
humana.
2.1 La tendencia social no siempre es
evolutiva
Los datos antes expuestos nos muestran que
la sociedad mexicana se encuentra inmersa en
un proceso de envejecimiento poblacional,
en una expansión de la familia extensa, en
un protagonismo creciente de la mujer y en
una transformación del matrimonio como
institución.
Si a estas consideraciones se le suman las
relativas a la situación de la pobreza, de
la salud, de la alimentación y de la
educación que privan en México el escenario
adquiere una complejidad notable.
Desde nuestro punto de vista son más o menos
evidentes un conjunto de problemas sociales
que se agudizarán en el futuro próximo en
torno a la familia. Piénsese, a modo de
ejemplo, en el aumento de los adultos
mayores y su implicación en términos de
seguridad social para los próximos años.
Piénsese que a diferencia del proceso de
envejecimiento poblacional de los países
europeos el caso mexicano se encuentra
acompañado de un conjunto de condiciones
estructurales que aún impiden el que se
dispare un itinerario de desarrollo humano y
social continuo y sólido. Piénsese en el
incremento de la unión libre, las madres
solteras y el número de personas separadas.
Hubo una época en la que existía la
convicción referente a que las tendencias
sociales de suyo eran evolutivas. Así se
llegó a pensar que una transformación de la
familia y del matrimonio tendiente a
reformular su estructura y funcionalidad
básica per se era un proceso positivo, de
mejora, más aún, de liberación. La
disminución poblacional, el aumento de
divorcios, de matrimonios sin hijos, nuevas
formas socialmente aceptadas de preferencia
y satisfacción sexual, hacían pensar a
algunos que era necesario aceptar «nuevos
modelos de familia» que darían paso a la
supresión de la estructura familiar tal y
como la hemos conocido hasta hoy [ Cf. C.
LÉVI-STRAUSS, Las estructuras elementales
del parentesco, Planeta-Agostini, Barcelona
1993, 2 Vols.; F. TÖNNIES,
Community and Civil Society, Cambridge
University Press, 2001; A. GIDDENS, The
Transformation of Intimacy, Polity,
Cambridge 1992; S. ASQUITH-A. STAFFORD,
Families and the Future, HMSO, Edimburgo
1995; D. GITTINS, The Family in Question,
Macmillan, Londres 1992.].
Los mitos y tabúes del pasado deberían de
caer ante la llegada de una comprensión más
racional – y por ello – más emancipada de
vida personal y social. Actualmente la
realidad se ha impuesto y nos ha mostrado
más allá de las exposiciones puramente
académicas que este tipo de percepción se
encontraba montado sobre el paradigma
moderno ilustrado, es decir, sobre la idea
racionalista referente a que el presente
siempre es mejor que el pasado y el futuro
siempre será mejor que el presente. Este
paradigma, como todos sabemos, ha mostrado
su fracaso teórico y práctico a lo largo
del siglo XX (tanto en sus versiones de
izquierda como de derecha) y ha generado un
conjunto de nuevas búsquedas que aunque con
diversas direcciones tienen en común un gran
rechazo: el rechazo a la racionalidad
instumental autolegitimada, motor del mito
del progreso indefinido, y sus promesas de
redención social.
2.2 El aprecio del matrimonio y del papel
diferenciado del padre y la madre no es mero
conservadurismo
Esta consideración es pertinente debido a
que las tendencias en las que se encuentran
inmersas las familias mexicanas si bien
comportan aspectos indiscutiblemente
positivos (por ejemplo, la acogida de
adultos mayores por parte de la familia
extensa) también involucran aspectos
problemáticos como la crisis que se genera
en los hijos al descubrirse abandonados por
alguno de los padres. El argumento para
hacer un juicio riguroso de esta naturaleza
presupone una cierta antropología y teoría
social que en este momento no podemos
exponer [8]. Sin embargo, es posible tener
una aproximación empírica a esta misma idea
observando, por ejemplo, que de acuerdo al
análisis realizado en la World Values
Survey en México el aprecio por la
institución del matrimonio continúa siendo
muy importante (más del 76% de la población
mayor de 18 años). Así mismo, la valoración
de la población mexicana respecto a que los
niños necesitan de un hogar con padre y
madre para crecer adecuadamente permanece
siendo muy alta (más del 86%) [9].
¿Serán estos resultados fruto de un
conservadurismo que se mantiene pese a todo
en la conciencia de las personas en nuestro
país? Atendiendo a la World Values Survey
habría muchos otros resultados que podrían
dar esta impresión para un observador
superficial, sobre todo, si aún no ha hecho
suficiente revisión crítica de la modernidad
ilustrada y su crisis 10.
2.2.1 La ineludible referencia heterosexual
Desde nuestro punto de vista la respuesta es
compleja y no puede ser atendida
rápidamente. En todas las civilizaciones a
lo largo de la historia de la humanidad el
matrimonio y la familia han jugado un papel
como referente simbólico y normativo. En
otra ocasión hemos analizado con mayor
detenimiento que aún en situaciones
difíciles (familias monoparentales, familias
reconstruidas, etc.) o controversiales
(parejas homosexuales con adopción de hijos,
etc.) el «ethos» familiar aparece en cierto
grado mientras se mantiene una cierta
referencia elemental al matrimonio
monogámico y heterosexual (y a su dinámica
constitutiva) 11. No nos es posible aquí
repetir el razonamiento que hemos realizado
de manera completa. Baste mirar al menos uno
de sus elementos esenciales, en el que por
otra parte, es uno de sus casos más
elocuentes: aparentemente las preferencias
sexuales de las personas al poder ser tan
variadas, tan diversificadas, han dado
lugar a que sea posible afirmar que no
existen sólo dos géneros (masculino y
femenino) sino también otros igualmente
válidos (gay, lesbiana, bisexual,
transexual, etc.) que podrían fungir como
base para la constitución de algún tipo de
«familia».
Dejando de lado los juicios éticos que desde
distintas premisas morales o religiosas es
posible hacer sobre la práctica homosexual
hay que reconocer que si somos atentos al
hecho empírico los géneros añadidos al
masculino y al femenino indican preferencias
sexuales en las relaciones afectivas pero
no novedades estrictas en el código
simbólico fundamental. La pareja homosexual
más innovadora en su conducta y forma de
vida a cada instante recae en el uso de
códigos heterosexuales de los cuales es
imposible fácticamente evadirse12.
Utilizando otro enfoque menos sistémico y
más hermenéutico podemos llegar al mismo
lugar. La conducta homosexual puede ser
interpretada como un lenguaje que posee una
gramática fundamental que ni siquiera en el
más sofisticado experimento «lingüístico»
puede destruirse. Parte de esta gramática
está constituida por los significados
esenciales de la vida sexual humana
(semántica) y sus leyes funcionales y
estructurales básicas (sintaxis) que en sus
expresiones más elementales no pueden no
revelarse aún cuando se pretenda
violentarlas en algún grado. En resumen: las
conductas homosexuales revelan códigos
heterosexuales sin los cuales la sexualidad
no puede siquiera expresarse.
2.2.2 La referencia a la exclusividad propia
de la monogamia
Algo similar se puede decir respecto de la
monogamia. La desnudez de los cuerpos en el
acto sexual implica en todas las culturas
un gesto de confianza, disponibilidad y
entrega total aunque no se exprese con un
lenguaje técnico. Este gesto construye a
través de sus significados
Además de lo que se anota arriba los
hallazgos de la antropología estructural
siempre resultan de utilidad. Recuérdese el
clásico: C. LÉVI-STRAUSS, Las estructuras
elementales del parentesco, Paidós, Bs. As.
1969. En esta obra se muestra que las
sociedades pueden tener muy diversas formas
de configuración en base al parentesco. Sin
embargo, en todas existe una restricción
estructural y normativa básica: la
prohibición del incesto. El cumplimiento de
esta norma no puede darse si no existe una
clara identificación de las figuras de los
padres y de las normas que regulan de
manera básica las relaciones sexuales.
constitutivos uno mayor: la exclusividad.
Aún en ambientes educados profundamente bajo
un paradigma liberal en el que existe el
acuerdo voluntario sobre la no-exclusividad
sexual, acontecen experiencias afectivas en
el interior de las personas asociadas a la
decepción, la tristeza y el anhelo cuando
una de las partes se involucra con una nueva
persona y convive con ella de manera
sexual. Las patologías en torno a los celos
no niegan lo que aquí decimos. Al contrario,
se montan justamente sobre la advertencia
universal de un valor que se lastima cuando
el otro o la otra comparten su intimidad
sexual con alguien más.
2.3 Las leyes y las políticas públicas deben
ser justas
Negar el contenido significativo esencial
del lenguaje sexual tanto en sus expresiones
convencionales como en sus manifestaciones
más creativas y (aparentemente) novedosas ha
provocado que exista una importante
desorientación respecto de aquello que puede
ser considerado justo tanto en el orden
legislativo como en el orden de las
políticas públicas en el ámbito del
matrimonio y la familia. Para decirlo de una
manera breve: no toda libertad es un
derecho. Para que el ejercicio de una
libertad sea derecho requiere ser justa, es
decir, debe corresponder objetivamente al
valor de las personas y al significado que
portan sus actos, sus conductas. No es
suficiente la correspondencia con el anhelo,
con el deseo, con la elección. Si lo fueran
bastaría el acuerdo entre partes para que
una relación fuera justa. El hecho empírico
de que existen acuerdos plenamente
consensados entre partes para realizar cosas
particularmente perversas (asesinar, robar,
secuestrar, etc.) muestra didácticamente que
la esencia de la justicia no es meramente
consensual. Siempre se requiere algo más que
el consenso, que el acuerdo, que la libre
aceptación voluntaria para que exista
auténtica legitimidad en la acción. Esto es
válido en todos los órdenes, también en el
campo de la comprensión del matrimonio y de
la familia como referentes simbólicos
significativos para la vida humana.
2.4 Los hijos necesitan de padres
Con esto dicho es posible entender por qué
es tan importante que a través de las
políticas públicas y de la legislación se
fortalezca la idea de que la familia es más
plenamente familia si existe una referencia
al matrimonio monogámico y heterosexual como
orientación simbólica y normativa. La
familia no se agota en esta referencia, sin
embargo, esta le es constitutiva.
El papel diferenciado del padre y la madre
es también sumamente relevante en la
formación de los hijos. Así como un niño es
biológicamente impensable sin la carga
genética masculina que porta el
espermatozoide y la carga genética femenina
que porta el óvulo, la formación psicológica
de la subjetividad humana no se desarrolla
sin la relación constitutiva (al menos de
modo simbólico e idóneamente de modo
empírico) con el padre y la madre. Los niños
aprenden en su relación con su padre y con
su madre a dar expresión cultural, y por
ello humana, a sus impulsos, es decir, a
integrarlos y orientarlos en torno a valores
descubiertos por la inteligencia, que
realizan la propia personalidad. Cuando el
proceso de sublimación del impulso se
realiza de modo pleno a través de la opción
inteligente por el valor surge una persona
desarrollada e integrada. Cuando, por el
contrario, el proceso de sublimación queda
incompleto el ser humano conserva dentro de
su interior una carga de insatisfacción
neurótica provocada por impulsos que no
está en condiciones de satisfacer de modo
directo ni de transformar a través de la
sublimación. Siguiendo en cierta medida las
huellas de Sigmund Freud somos de la opinión
que en el origen de la neurosis suele ser
frecuente una relación deficiente con la
pareja de progenitores que no ha facilitado
o permitido la interiorización de sus
figuras constitutivas y los valores de los
que son portadores.
3. La funcionalidad de la familia
En ocasiones las referencia a un
constitutivo esencial de la familia es
fácilmente refutado debido a la conciencia
que todos tenemos de la diversidad
socio-cultural e histórica de la misma.
Nosotros consideramos que los significados,
estructuras y funciones elementales de la
familia que han comenzado a ser detectadas
líneas arriba son precisamente significados,
estructuras y funciones permanentes. La
inmensa diversidad de las familias muestra
justamente a través de sus particularidades
que existe algo realmente esencial en ellas.
Una manera funcionalista de presentar parte
de la dimensión permanente de las familias
ha sido investigada con gran agudeza por el
sociólogo José Pérez Adán, de la Universidad
de Valencia [J. PÉREZ ADÁN, Repensar la
familia, Eiunsa, Madrid 2005; Sociología,
Eunsa, Pamplona 1997]. Con algunas
modificaciones y ampliaciones nosotros la
presentamos del siguiente modo: la familia
posee funciones de latencia con respecto a
la sociedad más amplia como son el
mantenimiento de pautas de conducta y el
manejo de tensiones. Así mismo, existen
funciones manifiestas que conforman el
proceso de educación y socialización a
través del cual las personas asimilan a su
modo el ethos y la cosmovisión imperante en
la sociedad y además desarrollan su
personal relación con el mundo. A grandes
rasgos podemos afirmar que las principales
funciones de la familia natural son cinco:
• EQUIDAD GENERACIONAL: la familia
promueve la existencia de solidaridad
diacrónica, es decir,
corresponsabilidad intergeneracional
(abuelos-padres-hijos, por ejemplo) que
permite que los miembros de la familia
al poseer diversas edades y papeles
puedan recibir diversos cuidados,
afectos y equilibrios entre actividad
laboral, servicio e inactividad forzosa
a través del tiempo. La equidad
generacional se ejercita en el ámbito de
lo privado, es decir, de lo propiamente
intra-familiar y tiene una incidencia
fortísima en el ámbito de lo público:
piénsese, por ejemplo, en los ancianos
que al dejar de trabajar pueden ser
acogidos, sostenidos y queridos por los
más jóvenes. La «equidad generacional»
prepara educativamente a las personas
para ser responsables no sólo de las
generaciones que las anteceden sino
también de las que vendrán. De esta
manera podemos observar que el amplio
tema de la cultura base para desarrollo
sustentable aparece incoado en esta
función familiar básica.
• TRANSMISIÓN CULTURAL: la familia
natural educa en la lengua, la higiene,
las costumbres, las creencias, las
formas de relación legitimadas
socialmente y el trabajo. Sobre todo la
familia natural emerge en su
funcionalidad cuando educa a las
personas en el modo de buscar el
significado definitivo de la vida que
evita el naufragio existencial al
momento de afrontar situaciones-límite:
muerte de un ser querido, desamor,
enfermedad, injusticia laboral, etc. En
el proceso de transmisión cultural los
roles diferenciados del varón y la
mujer contribuyen a construir una
imagen complexiva de «lo humano». Las
facultades cognoscitivas y la dinámica
afectiva diferenciada del padre-varón y
de la madre-mujer abren un horizonte
educativo a los hijos que les permite
introducirse a la totalidad de los
factores de lo real. La necesidad de
complementariedad y de reciprocidad
heterosexual entre los padres puede ser
redescubierta analizando los valores que
preferencialmente son subrayados por la
masculinidad y la feminidad en cada caso
[16 Cf. R. GUERRA LÓPEZ, Pensar la
diferencia. Reflexiones sobre la
condición femenina y el fundamento
antropológico de la diferenciación
sexual, en Medicina y Etica. Revista
Internacional de Bióetica, Deontología y
Ética Médica, Facoltá di Medicina e
Chirurgia dell’Università del Sacro
Cuore-Universidad Anahuac, vol. VII,
n.4, octubre-diciembre de 1996]. En la
actualidad no es posible dudar de la
importancia que tiene el vínculo
madre-hijo en la primera infancia y de
la importancia de la figura del padre
conforme este vínculo se transforma a lo
largo del desarrollo psicológico del
niño [17 H. R. SCHAFFER (ed.), Studies
in Mother-Infant Interaction, Academic
Press, London 1977].
.
•SOCIALIZACIÓN: la familia natural
desempeña la función de proveer los
conocimientos, habilidades, virtudes y
relaciones que permiten que una persona
viva la experiencia de pertenencia a un
grupo social más amplio. La familia es
una comunidad en una amplia red de
comunidades con las que se interactúa
cotidianamente. Las personas desarrollan
su socialidad, o mejor aún, su
comunionalidad extra-familiar gracias a
que la familia de suyo socializa dentro
de sí y hacia fuera de ella. Esto quiere
decir que el que la familia natural sea
mediación social supone que en su
interior existen valores y dinámicas
privadas imprescindibles para la vida
en el espacio público. Así, de manera
más bien existencial, las personas
aprendemos los límites y alcances de lo
público y lo privado. Más aún, así
aprendemos su articulación
constitutiva. Quienes luego en el
discurso o en la acción política
fracturan estos ámbitos considerándolos
absolutamente heterogéneos, lastiman
con ello la dinámica social propia de
la familia en la que se transportan
valores a la vida pública que de otro
modo no podrían habitar en ella.
•CONTROL SOCIAL: la familia natural
introduce a las personas que la
constituyen en el compromiso con las
normas justas, con el cumplimiento de
responsabilidades y obligaciones, con
la búsqueda no sólo de bienes
placenteros sino de bienes arduos que
exigen esfuerzo, constancia,
disciplina, sobre todo a través del
papel del padre. Es esta introducción
al compromiso la que eventualmente
aporta el ingrediente cultural para que
las conductas delictivas puedan ser
prohibidas a través de la ley, y además,
la que permite de hecho que una ley
vigente goce de un cierto respaldo
cualitativo al menos implícito por
parte de la comunidad.
•AFIRMACIÓN DE LA PERSONA POR SÍ MISMA:
la familia funciona cuando ofrece una
experiencia para todos sus integrantes
de afirmación de la persona por sí
misma, es decir, cuando el carácter
suprautilitario de las personas – el
valor que las personas poseen
independientemente de su edad, salud,
congruencia moral, capacidad económica,
o filiación política – se salvaguarda y
se promueve. Justamente esta función
permite el descubrir existencialmente
la importancia de la propia dignidad y
de los derechos humanos que tienen su
fundamento en ella [Cf. R. GUERRA LÓPEZ,
Afirmar a la persona por sí misma. La
dignidad como fundamento de los derechos
de la persona, Comisión Nacional de los
Derechos Humanos, México 2003]. Esta
función también permite descubrir el
sentido personalista de la amistad, lo
más necesario en la vida, según
Aristóteles [ARISTÓTELES, Ética
nicomáquea, Gredos / Planeta-De Agostini,
Barcelona 1995, Lib. VIII, 1155 a 4].
Las cinco funciones que la familia desempeña
son condiciones de posibilidad de la vida
social en general. El derrumbe histórico de
las grandes civilizaciones acontece no sólo
cuando existen poderes exógenos que
desafían los poderes locales sino cuando la
consistencia cualitativa, propiamente
cultural de la sociedad, que habita en la
familia al estar debilitada, hace
vulnerables a las instituciones y a su
capacidad de respuesta y adaptación al
entorno.
En la medida que en las políticas públicas y
en la legislación, en la acción de la
sociedad civil organizada y en la
educación, en la pastoral de las iglesias,
en los medios de comunicación y en el mundo
del trabajo se promueven y respetan las
funciones antes mencionadas lo esencial de
la familia se mantiene y se fortalece. La
relación entre función y sujetos-en-relación
en la familia es sumamente íntima. Por
ello, una manera de activar una auténtica
«perspectiva de familia» que permita
atender a las personas reales como sujetos
inmersos en un haz de vínculos fundamentales
que dinamizan el «ethos» familiar es
precisamente generando iniciativas que sin
sustituir la libertad y la responsabilidad
de las personas coadyuven a la realización
de la funcionalidad de la familia.
Somos de la opinión que una reconsideración
de la familia como comunidad de personas que
desempeñan ciertas funciones sociales (las
mencionadas) permitirá que el propio Estado
y el mercado encuentren cotas y eviten la
autorreferencialidad. Un Estado y un mercado
que se dejan a su dinámica espontánea
terminan lastimando la dignidad de las
personas y aplastan la delicada
consistencia de las familias. Mientras que
una política pública y una legislación que
reconoce la soberanía de las familias y la
toman como parámetro principalísimo en su
diseño, ayuda a que «lo social» adquiera
verdadera condición sustantiva en el modelo
de desarrollo, quedando entonces el poder
político y el poder económico reajustados
como medios, como elementos adjetivos, al
servicio de lo esencial, al servicio de los
rostros reales que integran a las familias
reales.
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*
Rodrigo Guerra López, Doctor en
Filosofía por la Academia Internacional de
Filosofía del Principado de Liechtenstein;
Profesor- investigador de la Universidad
Panamericana; Consejero de la Fundación
Rafael Preciado Hernández A.C. E-mail: guerrar@infosel.net.mx
/
rguerra@mx.up.mx