Por Luis Fernández
Cuervo
Vivimos invadidos por ideas y acciones
contra la familia. Hoy quiero señalar cuales son las
teorías propuestas por el evolucionismo-empirismo
tanto sobre la familia como sobre Dios, para mostrar
cómo la realidad experimental ha demostrado hace
tiempo su falsedad. La tesis - nunca fundada en estudios
científicos sino en ideas preconcebidas -, sostiene que
en los pueblos muy primitivos (las preculturas de
“recolectores-cazadores”), las relaciones sexuales son
de mera promiscuidad; después, ante la falta de claridad
sobre quién es el padre de quién, se pasa al
matriarcado, ya que sí resulta evidente quién es la
madre de quién. Después vino la reacción varonil (el
patriarcado) y por último se pasó, por la poligamia, al
matrimonio monógamo. Con respecto a las creencias
religiosas, admiten sin discusión que primero nada,
luego el animismo (según el cual hay espíritus en todo:
en animales, vegetales y cosas); después se pasaría al
politeísmo (varios dioses) y finalmente al monoteísmo
(un solo dios). Ahora bien, ¿responde semejante teoría a
la realidad histórica?
Los trabajos científicos demostraron su falsedad. El
alemán Martín Gusinde se fue a vivir, él sólo, con
pueblos de lo más primitivo: los yámana, los alacalufes
y los selk’nam de la Patagonia, todos ellos
“recolectores-cazadores”, o sea, “preculturales”.
Gusinde convivió con estos “fueginos” durante más de dos
años y medio, en cuatro viajes que realizó entre 1918 y
1924. Logró vencer su fuerte timidez y se hizo amigo a
tal punto que fue admitido en las ceremonias que le
convirtieron en un fuegino más. Después estudiaría a
otros grupos catalogados también de “preculturas”,
conviviendo con ellos: los enanos de la selva del Congo
Belga (1934-35) y los indios de las zonas pantanosas del
Brasil (1959). A finales del siglo XIX ya se había
conmocionado el mundo científico al descubrir que los
“alantanjas” australianos eran salvajes ¡monoteístas!
Ahora Gusinde comprobaría lo mismo en esas otras "preculturas",
con estructura social también claramente
matrimonial-familiar. Los tres volúmenes publicados en
Viena por Gusinde tienen una versión más resumida en
español, publicada por el catedrático Vicente Rodriguez
Casado (en Escuela de Estudios Hispano-Americanos de
Sevilla, 1951).
En esos fueginos, el elemento básico de la
organización social era la familia monógama: padre,
madre e hijos. Una monogamia que se rompía únicamente
con la muerte. El padre era el responsable de la
alimentación de su mujer y sus hijos. Cada uno de ellos
gozaba de completa independencia con respecto a sus
compañeros de tribu en el cumplimiento de ese deber.
Gusinde extendía a todas las “preculturas” el hecho de
que “los pueblos salvajes más antiguos están todos
de acuerdo sin excepción alguna, en que su continuidad a
lo largo del tiempo depende de la fortaleza de la
institución de la familia”. El vínculo
matrimonial tiene en ellos, como fin principal, tener
hijos a los que se mira como el lazo permanente que une
a los padres, ya que contribuye al enriquecimiento
espiritual de los cónyuges por el estímulo que aportan a
la vida. Esa estructura familiar les exigía a los
patagones dedicar una parte principal del tiempo a la
educación de los hijos para que luego fueran personas
independientes, constituir en su momento una familia
semejante y mantenerse y mantenerla sin ayuda de nadie.
Y esa obligación de los padres, además de sus razones de
subsistencia y perpetuidad dinástica, la recibían como
un mandato expreso del Ser Supremo. La ayuda de
la tribu en la educación de los hijos sólo llegaba con
las “ceremonias de iniciación de la pubertad” que
duraban unos tres meses. En ellas se les inculcaba el
cumplimiento del deber con pruebas físicas y psíquicas
muy duras, entre ellas la resistencia al dolor, al
hambre y la sed. El varón y la mujer, en igual dignidad,
eran las piedras angulares sobre cuya mutuas fortaleza y
espíritu de comprensión, lealtad y nobleza, descansaba
la futura familia. Después de esa iniciación, por libre
elección, podían contraer matrimonio.
En los fueginos no existían ni jefes, ni diferencias de
clase o posición económica, pero sí respetaban la
propiedad privada. No tenían sacerdotes, ni ritos
sagrados, ni ritos mágicos. El curandero, o chamán de
estos indios, curiosamente era más bien un pre-psiquiatra,
que se preocupaba principalmente de los sufrimientos
anímicos, muy lógico en tan duro clima, pobreza y
soledad. En cuanto a Dios, las tres tribus patagónicas
creían en un único Ser Supremo, Creador de todo,
distinto del mundo y de pura naturaleza espiritual.
Creían también en la inmortalidad del alma, el
“espíritu”, que seguía viviendo junto al Ser Supremo
después de separarse del cuerpo, con la muerte. Dios
tenía distinto nombre según la tribu. Para los yámanas
era “Wataninéiwa”; pero, por respeto, procuraban no
mencionarlo así y lo nombran sólo como “Abailákin” (el
Poderoso) y también, con gran confianza, “Hidabuán”
(nuestro Padre). Además Hidabuán estaba cercano,
interviniendo en las labores diarias de cada uno y con
él hablaban en oraciones íntimas y de infantil
sencillez: “Sé bueno con nosotros hoy, padre mío.”
“Gracias te doy, padre mío, por el buen tiempo que hubo
hoy”, “Salva mi canoa, dame buena pesca”. Y ese trato
directo y confiado con ese Padre-Dios reafirmaba las
enseñanzas morales recibidas, tales como: “ Si dejas de
practicar hoy una buena costumbre, abandonarás después
una segunda y una tercera y rápidamente olvidarás
todo”.“Cuando alguno te dirija palabras fuertes y te
insulte retírate y no digas nada a nadie. Después habla
a solas con aquel que te insultó, cuando los dos estéis
tranquilos.”
Con razón Malinowski dice que la familia es
la cúspide de la civilización, que matrimonio y familia,
según la conciencia de los pueblos, son “de derecho
divino”, y que los dioses protegen el matrimonio,
castigan su vulneración y premian su conservación.
¿Nosotros, en qué creemos, en qué estamos?
L. F. C.
lfcuervo@telemovil.net
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Arvo Net,
26 agosto de 2005
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