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Por
Antonio Orozco Delclós
«Dijo Dios:
Hagamos el hombre a imagen y
semejanza
nuestra, y domine a los
peces del mar, a las aves
del cielo, los ganados y a
todas las bestias de la
tierra y a cuantos animales
se mueven en ella'. Y creó
Dios al hombre a imagen
suya: a imagen de Dios le
creó; hombre y mujer los
creó»
(Génesis 1, 26‑27).
«¡El futuro de la humanidad se
fragua en la familia!»
(Juan Pablo II)
En
las
semanas del Tiempo de Adviento, los
cristianos nos preparamos para
celebrar el nacimiento del Hijo de
Dios en Belén: Hijo de Dios e
Hijo del hombre, el Niño Jesús,
que es la Segunda Persona de la
Trinidad venido en carne [Cfr.
1 Jn 4, 2]. Acompañamos a la Sagrada
Familia en su viaje a Belén. El Niño
está por nacer, la Familia está
completa. Y es lógico que ante el
misterio de la trinidad de la
tierra –clásica expresión-
ponderemos una vez
más
la
urgente
necesidad
vigente
de
continuar
redimiendo
la familia.
Dios Hijo se hizo hombre, para
redimir todo lo humano, porque todo
había sido contaminado por el pecado
de Adán y la creación entera se
encuentra aún sometida a los
dolores de parto de que habla el
apóstol Pablo [Rom 8, 22]. Era
preciso rescatar todo lo humano del
poder del mal, de lo diabólico,
corruptor y mortal. Esto es evidente
para todo el que tenga ojos para ver
el mundo tal cual está ahí. La fe
nos enseña que el Redentor ha
llegado y consumó la Redención en la
cumbre del Calvario. Pero
a la vez
la dejó abierta y cada generación ha
de redimir, con Cristo, su propio
tiempo, su época, su entorno [Efesios
5, 16: redimentes tempus quoniam
dies mali sunt]
En los albores del tercer milenio,
advertía Juan Pablo II, la humanidad
se encuentra en uno de sus momentos
cruciales, en un decisivo cruce de
caminos, en el que es ineludible
tomar opciones lúcidas, porque las
que se tomen generarán consecuencias
de gran trascendencia.
El Papa magno nos presentaba como
«dos civilizaciones» contrapuestas:
la «civilización del amor» y la
anticivilización deconstructora o
«cultura de la muerte». Una
alternativa que se decide en el
corazón de cada persona humana y
redunda en el mundo que cada cual:
con sus acciones y omisiones,
contribuye a construir/deconstruir.
La segunda
alternativa
se caracteriza por un relativismo
despótico -«la dictadura del
relativismo» denunciada con nitidez
por Benedicto XVI-, inspirada
paradójicamente en un pensamiento
light, permisivo de radical
egoísmo utilitarista. «El
utilitarismo –escribió Juan Pablo II-
es una civilización basada en
producir y disfrutar; una
civilización de las "cosas" y no de
las "personas"; una civilización en
la que las personas se usan como si
fueran cosas».
Las mentes más lúcidas advierten que
para conseguir que la humanidad se
encamine decididamente por el camino
de la civilización del amor y venza
la tentación de abandono a su
alternativa de muerte, es necesario
fortificar la institución familiar y
defenderla de los graves peligros
que la amenazan. Bien puede
afirmarse con palabras de Juan Pablo
II que la humanidad «sin el amor
de la familia no puede vivir, crecer
y perfeccionarse como comunidad de
personas». Un amor de mutua
entrega en el que aquél que se da,
se olvida de sí, como sucedía entre
Jesús, María y José; como acontece
en el amor de Cristo y la Iglesia,
paradigma del amor entre los esposos
cristianos [Cf. Ef 5, 25].
Porque la familia se funda sobre
ideales de amor y los ejercita de
modo muy alto, puede decirse con
verdad que «la familia es el
centro y el corazón de la
civilización del amor». Una
familia constituida según los planes
de Dios es un paradigma vivo de lo
que debe ser esa civilización y una
forja de hombres y mujeres con
mentalidad nueva, capaces de
enfrentar y resolver los retos de la
hora presente. Una familia
constituida de este modo, partiendo
precisamente de la realidad de amor
que vive dentro de su peculiar
ámbito, será capaz de discernir cuál
es la línea deseable para el
desarrollo futuro de la humanidad;
percibirá con claridad que «una
civilización inspirada en una
mentalidad consumista y
antinatalista no es ni puede ser
nunca una civilización del amor».
El lugar natural donde la vida se
engendra, nace, es atendida y
termina sus días, es en el seno de
la familia. Allí nos conocen por
nuestro nombre y nos quieren tal
como somos. Arranca de un fundamento
sólido: el matrimonio entre un
hombre y una mujer. No puede ser
sustituido por otro tipo de uniones
que no tienen ni la finalidad
procreadora ni la misión educativa
que la familia de por sí tiene. No
cualquier tipo de unión es familia.
El amor conyugal es un modo peculiar
de amistad personal que responde no
solamente al reclamo del cuerpo,
sino al reclamo del espíritu, de los
sentimientos, del corazón y del
alma. Esto es lo que da garantías a
la fidelidad, lo que respeta a la
persona tal como es, lo que permite
aprender a convivir en toda
circunstancia por adversa que
resulte.
Situación de la familia en el mundo
de hoy
Juan Pablo II la resumía así en el
n. 6 de su Exhortación Apostólica
Familiaris Consortio, n. 6:
«La
situación en que se halla la
familia presenta aspectos
positivos y aspectos negativos:
signo, los unos, de la salvación
de Cristo operante en el mundo;
signo, los otros, del rechazo
que el hombre opone al amor de
Dios.
En efecto, por una parte existe
una conciencia más viva de la
libertad personal y una mayor
atención a la calidad de las
relaciones interpersonales en el
matrimonio, a la promoción de la
dignidad de la mujer, a la
procreación responsable, a la
educación de los hijos; se tiene
además conciencia de la
necesidad de desarrollar
relaciones entre las familias,
en orden a una ayuda recíproca
espiritual y material, al
conocimiento de la misión
eclesial propia de la familia, a
su responsabilidad en la
construcción de una sociedad más
justa. Por otra parte no faltan,
sin embargo, signos de
preocupante degradación de
algunos valores fundamentales:
una equivocada concepción
teórica y práctica de la
independencia de los cónyuges
entre sí; las graves
ambigüedades acerca de la
relación de autoridad entre
padres e hijos; las dificultades
concretas que con frecuencia
experimenta la familia en la
transmisión de los valores; el
número cada vez mayor de
divorcios, la plaga del aborto,
el recurso cada vez más
frecuente a la esterilización,
la instauración de una verdadera
y propia mentalidad
anticoncepcional.
En la base de estos fenómenos
negativos está muchas veces una
corrupción de la idea y de la
experiencia de la libertad,
concebida no como la capacidad
de realizar la verdad del
proyecto de Dios sobre el
matrimonio y la familia, sino
como una fuerza autónoma de
autoafirmación, no raramente
contra los demás, en orden al
propio bienestar egoísta.
Merece también nuestra atención
el hecho de que en los países
del llamado Tercer Mundo a las
familias les faltan muchas veces
bien sea los medios
fundamentales para la
supervivencia como son el
alimento, el trabajo, la
vivienda, las medicinas, bien
sea las libertades más
elementales. En cambio, en los
países más ricos, el excesivo
bienestar y la mentalidad
consumística, paradójicamente
unida a una cierta angustia e
incertidumbre ante el futuro,
quitan a los esposos la
generosidad y la valentía para
suscitar nuevas vidas humanas; y
así la vida en muchas ocasiones
no se ve ya como una bendición,
sino como un peligro del que hay
que defenderse.
La situación histórica en que
vive la familia se presenta pues
como un conjunto de luces y
sombras.
Esto revela que la historia no
es simplemente un progreso
necesario hacia lo mejor, sino
más bien un acontecimiento de
libertad, más aún, un combate
entre libertades que se oponen
entre sí, es decir, según la
conocida expresión de san
Agustín, un conflicto entre dos
amores: el amor de Dios llevado
hasta el desprecio de sí, y el
amor de sí mismo llevado hasta
el desprecio de Dios.(16)
Se sigue de ahí que solamente la
educación en el amor enraizado
en la fe puede conducir a
adquirir la capacidad de
interpretar los «signos de los
tiempos», que son la expresión
histórica de este doble amor».
La botella, pues, según el lúcido
diagnóstico que acabamos de leer, no
está medio vacía sino medio llena.
Medios hay para llenarla del todo.
«Delenda est familia!»
Cierto que desde hace lustros
abundan los anuncios del funeral de
la familia, entendida según el
esquema básico de la tradición
occidental de raíces judeo-romano-cristianas:
comunión de personas formada,
nuclearmente, por uno con una
para siempre, abierta a la
procreación, a la educación
de los hijos que hubiere y al
bien común de la sociedad en la
que viven.
Es cierto que abundan los motivos
para pensar que la sociedad moderna
o posmoderna intenta socavar sus
cimientos o al menos debilitarlos de
modo alarmante. No faltan personas y
grupos influyentes que piensan la
familia como una polvorienta
reliquia del pasado, institución
anacrónica, lastre para la marcha
ascendente del progreso socio
económico y, en consecuencia, que
debe desaparecer, para dejar paso a
otras formas de «ser… familia».
Habría que acabar de una vez por
todas con la «familia antigua»:
Delenda est familia!, resumía
hace ya décadas un destacado
catedrático de Psicología,
lamentando ese grito insensato;
aunque figurado en la forma, real en
hechos concretos y abundantes.
Dicen que la realización personal
pasa por la superación de las
constricciones familiares; que la
familia sería una más de las cosas
que se hunden en el naufragio de la
sociedad industrial o de la
modernidad frustrada para dar paso a
la posfamilia…
El profesor aludido manifestaba con
estas palabras su desacuerdo: «yo no
opino así. La familia es una de las
formas permanentes de la vida
humana, cimiento de la sociedad,
crisol donde se forjan las líneas
maestras del carácter, lugar de las
relaciones sexuales plenas y de la
realización espiritual de la pareja.
La familia es una forma
consustancial de la vida humana,
cuyo fallecimiento se ha exagerado
en los últimos tiempos, igual que la
muerte de Mark Twain. A pesar de los
agoreros, la familia superará esta
crisis, está superándola ya, porque
la historia nos enseña que siempre
renace de sus cenizas, que es la
institución que ha sobrevivido al
mayor número de calamidades
posibles. Cuando no queden ni los
ecos de las voces que anuncian su
destrucción, la familia seguirá
intentando hacer personas libres de
los niños que trajo al mundo» [Jose
Luis Pinillos, El eterno retorno
de la familia, en "YA", 15 de
enero de 1989].
Quizá, ante los brutales ataques que
sufre la familia en muchos medios de
comunicación de masas a favor
de de otros modos de convivencia
contrarios a la naturaleza de la
persona, nos sintamos abrumados como
si nos halláramos en una nueva era
en la que se esté asentando un
gravísimo desorden moral
irreversible. Puede parece que
cualquier tiempo pasado fue mejor.
Pero cabe preguntarse con P-J.
Viladrich:
«¿Quién
puede pensar alguna cosa tonta o
sensata que no haya sido pensada ya
en el pasado?». La poliandria, la
poligamia, el matrimonio monógamo,
el patriarcado, el matriarcado, el
repudio, el divorcio, el misogenismo,
la partenogénesis, el mito del
Andrógino, el tercer sexo, el
homosexualismo, el lesbianismo, el
matrimonio libre, el amor
libre, la promiscuidad, el comunismo
sexual y el libertismo sexual, el
feminismo gineárquico y diárquico,
el eugenismo, etc. etc., y cuantas
fórmulas aparecen en la literatura
actual no son ni histórica, ni
culturalmente una novedad. Es sólo
el cambio de circunstancias
sociales, económicas y políticas que
ocurren en cada época, el que
permite reargumentar lo viejo como
si fuera nuevo. Pero esto es la
crisis constante. Y una
reargumentación no es un estreno,
una novedad, un debut; cuanto más,
es una reedición al gusto y lenguaje
de la época» [ID.,
El mito del fin de la familia,
en "NUESTRO TIEMPO", octubre de
1986, págs. 74-79]
Viladrich diagnostica una carencia
de seriedad y realismo histórico en
«la presentación del matrimonio y de
la familia como si se tratasen de
fórmulas propias y limitadas a una
época histórica concreta, a saber,
la judeo‑romano‑cristiana, de suerte
que la inexorable ley del progreso
sentenciase que una nueva época ‑el
hoy‑ ha de alumbrar su propia
fórmula sexual, sustancialmente
distinta de la anterior. Le falta a
esta visión el sentido de la
historicidad humana, además de
veracidad histórica. El matrimonio y
la familia son fórmulas que se
encuentran en todas las culturas de
todos los tiempos y lugares, y no
sólo coexistiendo con otras fórmulas
‑lo que es un dato histórico
indiscutible‑, sino constituyendo el
resultado final de la destilación
crítica de las demás fórmulas y
ensayos sexuales. El matrimonio y la
familia ‑y éste es otro dato
histórico‑ no sólo han soportado
todas las crisis, sino que han
acabado siempre por ser la síntesis
de toda crisis sexual seria. Y es
altamente probable que esta vieja
novedad sea de nuevo en el futuro la
novedad sexual más vieja. Este
destino no es un azar, sino fruto de
la persistencia de ciertas
constantes esenciales en la
humanidad.» [Ibid.]
Lo que sucede hoy sucedía hace
veinte siglos en la sociedad pagana
del tiempo del Apóstol Pablo: "habiendo
conocido a Dios, no lo glorificaron
como a Dios ni le dieron gracias,
sino que se ofuscaron en sus vanos
razonamientos y se oscureció su
corazón insensato. Presumiendo de
sabios, se hicieron necios, y
cambiaron la gloria del Dios
incorruptible por una imagen
semejante a la de hombre
corruptible, de aves, cuadrúpedos y
de reptiles. Por lo cual, Dios los
entregó a pasiones deshonrosas; pues
sus mujeres invirtieron el uso
natural por el que es contra la
naturaleza. Igualmente, también los
hombres, abandonando el uso natural
de la mujer, se inflamaron en deseos
de unos por los otros, hombres con
hombres, practicando la infamia y
recibiendo en sí mismos el pago
merecido por su extravío. Y como no
tuvieron a bien guardar el verdadero
conocimiento de Dios, Dios los
entregó a su réprobo sentir para
hacer lo que no se debe: repletos de
toda injusticia, perversidad,
codicia, maldad; rebosantes de
envidia, de homicidio, de contienda,
de engaño, de malignidad; chismosos,
calumniadores, enemigos de Dios,
ultrajadores, altaneros, soberbios,
vanidosos, inventores de maldades,
desobedientes a sus padres,
insensatos, desleales, sin compasión
y sin piedad" [Rom 1, 21-32]
Es cierto que «cada nueva
generación, renueva» y no todo lo
que las nuevas generaciones aspiran
a cambiar ha de tenerse por ingenuo
o infantil. Tienen derecho a
replantearse los interrogantes
perennes y a aportar su propia
creatividad. Hoy, lo mejor de la
generaciones jóvenes, está mejorando
ya la familia. Pero sería infantil e
ingenuo pensar que cada generación
ha de hacer tabla rasa de todo lo
anterior y comportarse como si no
hubiera naturaleza humana ni un Dios
que la haya creado con atributos
esenciales. Esta es la pretensión
del existencialismo ateo y la
conclusión de los deísmos
equivalentes.
Lo más triste es que esto suceda
tras veinte siglos de cristianismo;
y que se utilicen los grandes medios
de comunicación de masas para
precipitar la corrupción de la
familia. Muchos padres no se dan
cuenta de cómo y hasta qué punto se
está corrompiendo a sus hijos en
todo tipo de movidas.
Muchos padecen la enfermedad letal
sin sentirla, sin advertir su
gravedad, o asumiéndola con actitud
fatalista, como si no tuviese
remedio o como si la enfermedad
fuese el estado normal de una
persona sana; como si la carencia de
brújula y de sentido de la
orientación, la niebla y la noche
fuesen las condiciones ideales,
liberadoras, del caminante; como si
lo normal fuese andar a tientas,
dando tumbos, sin norte ni guía,
hacia la angustia, la náusea, el
vértigo de una existencia que viaja
en el vacío, sin nada firme donde
aferrarse, sin una verdad que sea un
punto cierto de referencia; como si
Dios no existiera, como si no
existiese naturaleza humana: il
n"hi ha pas de nature humane!,
han dicho no sólo existencialistas
ateos, sino moralistas cristianos,
desde ediciones de nombre católico.
El relativismo subjetivista se ha
infiltrado hasta en inteligencias
encumbradas por títulos académicos e
incluso en cátedras de Universidades
o Escuelas de título católico. La
Santa Sede ha tenido que emanar
dolorosos documentos y medidas para
impedir que se propague la epidemia
del error desde sus mismas
instituciones. El cardenal Ratzinger,
en la misa previa al cónclave en el
había de ser elegido papa Benedicto
XVI, denunciaba con frase gráfica la
dictadura del relativismo que
domina tantos países, especialmente
en Europa.
El hombre suplanta a Dios, se erige
ilusoriamente en señor del bien y
del mal, de la vida y de la muerte,
como si en ello conquistara su
libertad y plenitud existencial.
Pero al desconectar su inteligencia
de la verdad divina, su libertad
pierde el norte, se sustrae al
dominio de la razón, y los sentidos
y las más bajas pasiones se rebelan
frente al señorío de la razón recta.
El hombre responsable sin Dios se
convierte en el animalis homo
[1 Cor 2, 14], de que habla san
Pablo. Sin Dios, sin piedad,
sin corazón, sin familia, solo..
Hoy, releer estas palabras, algunos
lo consideran delito y trabajan para
que las leyes civiles así lo
sostengan.
Lo sobrenatural es suplantado por lo
meramente humano; lo humano por lo
animal; lo espiritual por lo
material. Lo económico se pone en lo
más alto de la escala de valores. El
placer sensible se erige en criterio
de felicidad: "nada hay mejor que la
sensualidad", se llega a leer en
anuncios cinematográficos. Su
dios es el vientre, y su gloria en
su vergüenza, el sexo y el
dinero [cfr. Flp 3, 19].
Todo esto incide de modo
especialmente disolvente en los más
jóvenes: el abuso del sexo desde la
pubertad, el uso frecuente de drogas
blandas y duras; el pánico a todo lo
que conlleva sacrificio, por bello y
grande o necesario que sea, están
ahí. No sólo hay cizaña, sino
abundancia de cizaña. No sólo en una
familia, sino prácticamente en todas
las familias o en alguna rama de
ellas. Esta es la realidad que los
padres sensatos ven con justa
preocupación; y si algunos no lo
ven, están ciegos, han de abrir los
ojos, despertar, porque está en
juego la felicidad temporal y la
eterna de sus hijos, y la de tantos
otros. No cabe huir de
responsabilidad tan seria.
Es preciso afrontarla con la
seguridad de que, a pesar del grito
de guerra - delenda est familia!-
sin duda el diseño divino sobre la
creación triunfará, la familia
seguirá siendo la célula primera y
vital de la sociedad como las
piedras seguirán cayendo hacia abajo
y no hacia arriba, por mucho que nos
empeñáramos en lo contrario. La
familia es una institución
natural, en el
sentido más fuerte de la palabra, es
decir, según un pensamiento
milenario universal, obedece a una
energía latente en lo profundo del
ser humano, creado a imagen
de Dios, que en feliz expresión de
Juan Pablo II, «en su más íntimo
misterio, no es una soledad, sino
una familia, puesto que lleva en sí
mismo paternidad, filiación y la
esencia de la familia que es el
amor» [JUAN PABLO II,
Homilía en Puebla,
28-I-1979 (AAS, 71, 1979), 184].
Contrariamente a lo que afirmó
Sartre, hay naturaleza humana,
porque Dios la ha concebido… con
sabiduría y amor infinitos. Por eso,
cuando nos empeñamos en imitar a los
brutos lo hacemos muy mal, nos
hacemos peor que ellos, porque somos
más semejantes a Dios que al simio.
Lo natural puede traicionarse, pero
es conocido el dicho: Dios
perdona siempre, el hombre algunas
veces, la naturaleza no perdona
nunca. Si toda una sociedad se
empeñara en despeñarse por un abismo
de vileza, no podría subsistir y
habría de volver a aferrase a lo
natural. Esto sucederá sin duda.
Pero es preciso detener la marcha
hacia el abismo y evitar suicidios
colectivos y todos los individuales
posibles.
Necesidad de formarse y formar
A los padres de familia,
especialmente, se dirigen hoy, quizá
con mayor urgencia que nunca, las
palabras del Espíritu Santo:
Custos, quid de nocte! [Isaías
21, 11]: ¡Centinela, alerta! ¿te das
cuenta de la situación? ¿tienes los
ojos abiertos? ¿te preparas para
impedir que el enemigo de tu familia
entre por alguna ventana (la del
televisor, por ejemplo)? No se puede
abandonar a los hijos, no se les
puede dejar a la intemperie. "Si
alguno no se cuida de los suyos,
principalmente de los de su casa, ha
renegado de la fe y es peor que un
infiel" [1 Tim 5, 8].
Tampoco se les puede meter en una
burbuja, en un invernadero, ni
negarles la libertad que Dios les ha
dado, ni es buen sistema la
discusión acalorada. Es preciso
proporcionarles verdades, porqués
verdaderos, profundos, «verdades
últimas». que les amueblen la mente
y sensibilicen el corazón por todo
lo bueno y noble, con toda
delicadeza y respeto a sus
conciencias, con todos los medios a
nuestro alcance, para que puedan
ejercer cuanto antes -gradualmente,
sin prisas, pero sin demoras- del
modo más pleno posible la libertad.
Pues bien, para formarles
en los valores positivos, en las
virtudes que conforman
personalidades auténticas,
formarse. Para exigir
amablemente, exigirse reciamente. Si
se puede adquirir una preparación
profunda, incluso científica, para
realizar la más importante de las
tareas humanas en las que cabe
pensar -formar hombres y mujeres
espiritualmente sanos y cristianos-,
no es posible conformarse con menos.
Los tiempos reclaman mejorar la
calidad de vida espiritual familiar,
para que los hijos encuentren en el
seno del hogar el alimento que
necesitan para crecerse ante las
amenazas contra su salud espiritual.
Por eso ha surgido la necesidad de
una nueva ciencia: la que se refiere
a la Orientación o Educación
Familiar.
Somos muchos -aunque habríamos de
ser más- los que nos damos cuenta de
la gravedad de la situación y que
-lejos de lamentarnos estérilmente-
estamos dispuestos a trabajar en la
vida personal, en la familiar y en
la social para restaurar los valores
quebrantados, recuperar los perdidos
y potenciar los muchos que,
afortunadamente, tenemos en buen
estado. Juan Pablo II nos ha
recordado en su libro Memoria e
identidad que Dios también
gobierna el mal: que no quiere,
pero permite -el mal- porque sabe,
puede y quiere sacar de los grandes
males, mayores bienes. Cuidado. No
suele hacerlo sin la cooperación de
sus hijos. No hay tiempo que perder.
Es preciso reaccionar en todos los
campos a nuestro alcance. Es preciso
redimir con Cristo nuestro
tiempo, sin esperar a los que
vengan detrás. Cada uno es
responsable de su tiempo, nosotros
del nuestro. Cada uno es responsable
de su familia y en cierta medida,
según el lugar que ocupa en la
sociedad, y todos ocupamos un lugar,
de las familias de los demás. La
persona no es una mónada. La
persona es un ser esencialmente
relacional, abierto ante todo a
sus padres y hermanos y, enseguida,
a otras personas, a otras familias;
y aun descubriríamos, desde una
perspectiva teológica, relación de
cada persona a toda la humanidad.
La familia conserva su prestigio
No sólo las estadísticas presentan a
la familia como la institución más
estimada en países como España; la
«familia» , como dice Rodrigo Guerra
«es un tópico que ha ingresado como
categoría relevante desde hace
algunos años en la retórica
política. No es extraño encontrar
abundantes discursos partidistas y
gubernamentales, desde las más
diversas posturas ideológicas, que
utilizan el concepto de "familia" al
momento de querer ofrecer un
sentido humano, cálido y de
concreción a las políticas públicas
que se planean o se implementan.
»Aún a nivel puramente discursivo se
intuye que una manera de validar una
política pública, sobre todo de
índole social, es precisamente
detectando si posee algún impacto en
las familias reales. Las familias
por una parte son un lugar empírico,
concreto, tangible, que hace que el
imaginario personal y social se
enfoque en una realidad que nos es
cercana y significativa. Por otro
lado, la familia es un espacio en
el que un conjunto de valores
cualitativos asociados psicológica y
socialmente a «lo humano» emergen y
se desarrollan. No nos referimos con
esto a experiencias particularmente
sublimes que en algunas pocas
familias eventualmente puedan darse
en torno a ciertos valores vividos
en su máximo de virtud. Nos
referimos más bien a la experiencia
cotidiana de la verdad, de la
justicia, del desinterés que en las
relaciones más elementales de tipo
familiar, aunque no se den de
manera eminente, suelen existir y
configuran el «ethos» diferenciador
de esta institución.
El uso retórico y hasta
mercadotécnico de la categoría
«familia» por parte de gobernantes,
legisladores, jefes partidistas,
candidatos, primeras damas y
similares muestra de una manera
elocuente que aún en la debilísima
referencia nominal a esta realidad
es posible detectar que existen
algunos contenidos elementales
irrenunciables que anuncian al menos
parcialmente que la «familia» posee
una cierta consistencia y una cierta
funcionalidad social» [R.Guerra
López,
La familia y su futuro, párr
1-3]
A pesar de las abundantes crisis
matrimoniales, el «matrimonio»
«vende» –escribe Ignacio Bañares-:
El matrimonio, "vende", a pesar de
estar en crisis. «Aunque a veces no
se mira directamente a la realidad,
a lo que es, sino al nombre: lo que
importa en ocasiones es el logotipo.
Así, a la vez que algunas parejas de
hecho heterosexuales desean efectos
matrimoniales para una unión que
quieren expresamente que no sea
matrimonial, otros -parte del
colectivo homosexual- piden el
nombre y el reconocimiento de
realidad matrimonial a su forma de
cohabitación. Quieren que se
reconozca en la ley que son capaces
de matrimonio. Y es que el logotipo
del matrimonio tiene tradición.» En
rigor, el gravísimo error de
equiparar la unión homosexual a la
unión conyugal (mírese como se mire
son realidades radicalmente
diferentes), que tanta confusión
genera y tanto daño hará a la
sociedad, es un homenaje –no
deseado, por supuesto- a la
institución matrimonial. Algo
semejante cabe decir de las «parejas
de hecho», que no quieren constituir
matrimonio pero "como si lo fuera".
El lógico pensar que la parte de la
humanidad que continúe por ese
despeñadero acabará en la ruina no
sólo moral, sino en todos los
sentidos y no tendrá más remedio que
planterase la vuelta a lo natural.
Ahora bien, la reconstrucción moral
de Sodoma y Gomorra, fácilmente
previsible –porque también el mal
tiene su lógica interna- llevará o
llevaría mu
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