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LA FAMILIA, EL FUTURO (Antonio Orozco Delclós)

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LA FAMILIA, EL FUTURO


LA FAMILIA, EL FUTURO



¿Está en crisis la familia?
Situación de la familia en el mundo de hoy. «¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!» (Juan Pablo II). Lo natural. Hacia  el V Encuentro Mundial de la Familia.

Por Antonio Orozco Delclós

 

«Dijo Dios: Hagamos el hombre a imagen y semejanza nuestra, y domine a los peces del mar, a las aves del cielo, los ganados y a todas las bestias de la tierra y a cuantos animales se mueven en ella'. Y creó Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó; hombre y mujer los creó» (Génesis 1, 26‑27).

 

«¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!»

(Juan Pablo II)

 

En las semanas del Tiempo de Adviento, los cristianos nos preparamos para celebrar el nacimiento del Hijo de Dios en Belén: Hijo de Dios e Hijo del hombre, el Niño Jesús, que es la Segunda Persona de la Trinidad venido en carne [Cfr. 1 Jn 4, 2]. Acompañamos a la Sagrada Familia en su viaje a Belén. El Niño está por nacer, la Familia está completa. Y es lógico que ante el misterio de la trinidad de la tierra –clásica expresión- ponderemos una vez más la urgente necesidad vigente de continuar redimiendo la familia. Dios Hijo se hizo hombre, para redimir todo lo humano, porque todo había sido contaminado por el pecado de Adán y la creación entera se encuentra aún sometida a los dolores de parto de que habla el apóstol Pablo [Rom 8, 22]. Era preciso rescatar todo lo humano del poder del mal, de lo diabólico, corruptor y mortal. Esto es evidente para todo el que tenga ojos para ver el mundo tal cual está ahí. La fe nos enseña que el Redentor ha llegado y consumó la Redención en la cumbre del Calvario. Pero a la vez la dejó abierta y cada generación ha de redimir, con Cristo, su propio tiempo, su época, su entorno [Efesios 5, 16: redimentes tempus quoniam dies mali sunt]

 

En los albores del tercer milenio, advertía Juan Pablo II, la humanidad se encuentra en uno de sus momentos cruciales, en un decisivo cruce de caminos, en el que es ineludible tomar opciones lúcidas, porque las que se tomen generarán consecuencias de gran trascendencia. El Papa magno nos presentaba como «dos civilizaciones» contrapuestas: la «civilización del amor» y la anticivilización deconstructora o «cultura de la muerte». Una alternativa que se decide en el corazón de cada persona humana y redunda en el mundo que cada cual: con sus acciones y omisiones, contribuye a construir/deconstruir. La segunda alternativa se caracteriza por un relativismo despótico -«la dictadura del relativismo» denunciada con nitidez por Benedicto XVI-, inspirada paradójicamente en un pensamiento light, permisivo de radical egoísmo utilitarista. «El utilitarismo –escribió Juan Pablo II- es una civilización basada en producir y disfrutar; una civilización de las "cosas" y no de las "personas"; una civilización en la que las personas se usan como si fueran cosas».

 

Las mentes más lúcidas advierten que para conseguir que la humanidad se encamine decididamente por el camino de la civilización del amor y venza la tentación de abandono a su alternativa de muerte, es necesario fortificar la institución familiar y defenderla de los graves peligros que la amenazan. Bien puede afirmarse con palabras de Juan Pablo II que la humanidad «sin el amor de la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas». Un amor de mutua entrega en el que aquél que se da, se olvida de sí, como sucedía entre Jesús, María y José; como acontece en el amor de Cristo y la Iglesia, paradigma del amor entre los esposos cristianos [Cf. Ef 5, 25].

 

Porque la familia se funda sobre ideales de amor y los ejercita de modo muy alto, puede decirse con verdad que «la familia es el centro y el corazón de la civilización del amor». Una familia constituida según los planes de Dios es un paradigma vivo de lo que debe ser esa civilización y una forja de hombres y mujeres con mentalidad nueva, capaces de enfrentar y resolver los retos de la hora presente. Una familia constituida de este modo, partiendo precisamente de la realidad de amor que vive dentro de su peculiar ámbito, será capaz de discernir cuál es la línea deseable para el desarrollo futuro de la humanidad; percibirá con claridad que «una civilización inspirada en una mentalidad consumista y antinatalista no es ni puede ser nunca una civilización del amor».

 

El lugar natural donde la vida se engendra, nace, es atendida y termina sus días, es en el seno de la familia. Allí nos conocen por nuestro nombre y nos quieren tal como somos. Arranca de un fundamento sólido: el matrimonio entre un hombre y una mujer. No puede ser sustituido por otro tipo de uniones que no tienen ni la finalidad procreadora ni la misión educativa que la familia de por sí tiene. No cualquier tipo de unión es familia. El amor conyugal es un modo peculiar de amistad personal que responde no solamente al reclamo del cuerpo, sino al reclamo del espíritu, de los sentimientos, del corazón y del alma. Esto es lo que da garantías a la fidelidad, lo que respeta a la persona tal como es, lo que permite aprender a convivir en toda circunstancia por adversa que resulte.

 

 

Situación de la familia en el mundo de hoy

Juan Pablo II la resumía así en el n. 6 de su Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, n. 6:

«La situación en que se halla la familia presenta aspectos positivos y aspectos negativos: signo, los unos, de la salvación de Cristo operante en el mundo; signo, los otros, del rechazo que el hombre opone al amor de Dios.

En efecto, por una parte existe una conciencia más viva de la libertad personal y una mayor atención a la calidad de las relaciones interpersonales en el matrimonio, a la promoción de la dignidad de la mujer, a la procreación responsable, a la educación de los hijos; se tiene además conciencia de la necesidad de desarrollar relaciones entre las familias, en orden a una ayuda recíproca espiritual y material, al conocimiento de la misión eclesial propia de la familia, a su responsabilidad en la construcción de una sociedad más justa. Por otra parte no faltan, sin embargo, signos de preocupante degradación de algunos valores fundamentales: una equivocada concepción teórica y práctica de la independencia de los cónyuges entre sí; las graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos; las dificultades concretas que con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores; el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada vez más frecuente a la esterilización, la instauración de una verdadera y propia mentalidad anticoncepcional.

En la base de estos fenómenos negativos está muchas veces una corrupción de la idea y de la experiencia de la libertad, concebida no como la capacidad de realizar la verdad del proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia, sino como una fuerza autónoma de autoafirmación, no raramente contra los demás, en orden al propio bienestar egoísta.

Merece también nuestra atención el hecho de que en los países del llamado Tercer Mundo a las familias les faltan muchas veces bien sea los medios fundamentales para la supervivencia como son el alimento, el trabajo, la vivienda, las medicinas, bien sea las libertades más elementales. En cambio, en los países más ricos, el excesivo bienestar y la mentalidad consumística, paradójicamente unida a una cierta angustia e incertidumbre ante el futuro, quitan a los esposos la generosidad y la valentía para suscitar nuevas vidas humanas; y así la vida en muchas ocasiones no se ve ya como una bendición, sino como un peligro del que hay que defenderse.

La situación histórica en que vive la familia se presenta pues como un conjunto de luces y sombras.

Esto revela que la historia no es simplemente un progreso necesario hacia lo mejor, sino más bien un acontecimiento de libertad, más aún, un combate entre libertades que se oponen entre sí, es decir, según la conocida expresión de san Agustín, un conflicto entre dos amores: el amor de Dios llevado hasta el desprecio de sí, y el amor de sí mismo llevado hasta el desprecio de Dios.(16)

Se sigue de ahí que solamente la educación en el amor enraizado en la fe puede conducir a adquirir la capacidad de interpretar los «signos de los tiempos», que son la expresión histórica de este doble amor».

La botella, pues, según el lúcido diagnóstico que acabamos de leer, no está medio vacía sino medio llena. Medios hay para llenarla del todo.

 

 

«Delenda est familia!»

 

Cierto que desde hace lustros abundan los anuncios del funeral de la familia, entendida según el esquema básico de la tradición occidental de raíces judeo-romano-cristianas: comunión de personas formada, nuclearmente, por uno con una para siempre, abierta a la procreación, a la educación de los hijos que hubiere y al bien común de la sociedad en la que viven.

 

Es cierto que abundan los motivos para pensar que la sociedad moderna o posmoderna intenta socavar sus cimientos o al menos debilitarlos de modo alarmante. No faltan personas y grupos influyentes que piensan la familia como una polvorienta reliquia del pasado, institución anacrónica, lastre para la marcha ascendente del progreso socio económico y, en consecuencia, que debe desaparecer, para dejar paso a otras formas de «ser… familia». Habría que acabar de una vez por todas con la «familia antigua»: Delenda est familia!, resumía hace ya décadas un destacado catedrático de Psicología, lamentando ese grito insensato; aunque figurado en la forma, real en hechos concretos y abundantes.

 

Dicen que la realización personal pasa por la superación de las constricciones familiares; que la familia sería una más de las cosas que se hunden en el naufragio de la sociedad industrial o de la modernidad frustrada para dar paso a la posfamilia…

 

El profesor aludido manifestaba con estas palabras su desacuerdo: «yo no opino así. La familia es una de las formas permanentes de la vida humana, cimiento de la sociedad, crisol donde se forjan las líneas maestras del carácter, lugar de las relaciones sexuales plenas y de la realización espiritual de la pareja. La familia es una forma consustancial de la vida humana, cuyo fallecimiento se ha exagerado en los últimos tiempos, igual que la muerte de Mark Twain. A pesar de los agoreros, la familia superará esta crisis, está superándola ya, porque la historia nos enseña que siempre renace de sus cenizas, que es la institución que ha sobrevivido al mayor número de calamidades posibles. Cuando no queden ni los ecos de las voces que anuncian su destrucción, la familia seguirá intentando hacer personas libres de los niños que trajo al mundo» [Jose Luis Pinillos, El eterno retorno de la familia, en "YA", 15 de enero de 1989].

 

Quizá, ante los brutales ataques que sufre la familia en muchos medios de comunicación de masas a favor de de otros modos de convivencia contrarios a la naturaleza de la persona, nos sintamos abrumados como si nos halláramos en una nueva era en la que se esté asentando un gravísimo desorden moral irreversible. Puede parece que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero cabe preguntarse con P-J. Viladrich: «¿Quién puede pensar alguna cosa tonta o sensata que no haya sido pensada ya en el pasado?». La poliandria, la poligamia, el matrimonio monógamo, el patriarcado, el matriarcado, el repudio, el divorcio, el misogenismo, la partenogénesis, el mito del Andrógino, el tercer sexo, el homosexualismo, el lesbianismo, el matrimonio libre, el amor libre, la promiscuidad, el comunismo sexual y el libertismo sexual, el feminismo gineárquico y diárquico, el eugenismo, etc. etc., y cuantas fórmulas aparecen en la literatura actual no son ni histórica, ni culturalmente una novedad. Es sólo el cambio de circunstancias sociales, económicas y políticas que ocurren en cada época, el que permite reargumentar lo viejo como si fuera nuevo. Pero esto es la crisis constante. Y una reargumentación no es un estreno, una novedad, un debut; cuanto más, es una reedición al gusto y lenguaje de la época» [ID., El mito del fin de la familia, en "NUESTRO TIEMPO", octubre de 1986, págs. 74-79]

 

 

Viladrich diagnostica una carencia de seriedad y realismo histórico en «la presentación del matrimonio y de la familia como si se tratasen de fórmulas propias y limitadas a una época histórica concreta, a saber, la judeo‑romano‑cristiana, de suerte que la inexorable ley del progreso sentenciase que una nueva época ‑el hoy‑ ha de alumbrar su propia fórmula sexual, sustancialmente distinta de la anterior. Le falta a esta visión el sentido de la historicidad humana, además de veracidad histórica. El matrimonio y la familia son fórmulas que se encuentran en todas las culturas de todos los tiempos y lugares, y no sólo coexistiendo con otras fórmulas ‑lo que es un dato histórico indiscutible‑, sino constituyendo el resultado final de la destilación crítica de las demás fórmulas y ensayos sexuales. El matrimonio y la familia ‑y éste es otro dato histórico‑ no sólo han soportado todas las crisis, sino que han acabado siempre por ser la síntesis de toda crisis sexual seria. Y es altamente probable que esta vieja novedad sea de nuevo en el futuro la novedad sexual más vieja. Este destino no es un azar, sino fruto de la persistencia de ciertas constantes esenciales en la humanidad.» [Ibid.]

 

Lo que sucede hoy sucedía hace veinte siglos en la sociedad pagana del tiempo del Apóstol Pablo: "habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se ofuscaron en sus vanos razonamientos y se oscureció su corazón insensato. Presumiendo de sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen semejante a la de hombre corruptible, de aves, cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual, Dios los entregó a pasiones deshonrosas; pues sus mujeres invirtieron el uso natural por el que es contra la naturaleza. Igualmente, también los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se inflamaron en deseos de unos por los otros, hombres con hombres, practicando la infamia y recibiendo en sí mismos el pago merecido por su extravío. Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, Dios los entregó a su réprobo sentir para hacer lo que no se debe: repletos de toda injusticia, perversidad, codicia, maldad; rebosantes de envidia, de homicidio, de contienda, de engaño, de malignidad; chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, soberbios, vanidosos, inventores de maldades, desobedientes a sus padres, insensatos, desleales, sin compasión y sin piedad" [Rom 1, 21-32]

 

Es cierto que «cada nueva generación, renueva» y no todo lo que las nuevas generaciones aspiran a cambiar ha de tenerse por ingenuo o infantil. Tienen derecho a replantearse los interrogantes perennes y a aportar su propia creatividad. Hoy, lo mejor de la generaciones jóvenes, está mejorando ya la familia. Pero sería infantil e ingenuo pensar que cada generación ha de hacer tabla rasa de todo lo anterior y comportarse como si no hubiera naturaleza humana ni un Dios que la haya creado con atributos esenciales. Esta es la pretensión del existencialismo ateo y la conclusión de los deísmos equivalentes.

 

Lo más triste es que esto suceda tras veinte siglos de cristianismo; y que se utilicen los grandes medios de comunicación de masas para precipitar la corrupción de la familia. Muchos padres no se dan cuenta de cómo y hasta qué punto se está corrompiendo a sus hijos en todo tipo de movidas.

 

Muchos padecen la enfermedad letal sin sentirla, sin advertir su gravedad, o asumiéndola con actitud fatalista, como si no tuviese remedio o como si la enfermedad fuese el estado normal de una persona sana; como si la carencia de brújula y de sentido de la orientación, la niebla y la noche fuesen las condiciones ideales, liberadoras, del caminante; como si lo normal fuese andar a tientas, dando tumbos, sin norte ni guía, hacia la angustia, la náusea, el vértigo de una existencia que viaja en el vacío, sin nada firme donde aferrarse, sin una verdad que sea un punto cierto de referencia; como si Dios no existiera, como si no existiese naturaleza humana: il n"hi ha pas de nature humane!, han dicho no sólo existencialistas ateos, sino moralistas cristianos, desde ediciones de nombre católico.

 

El relativismo subjetivista se ha infiltrado hasta en inteligencias encumbradas por títulos académicos e incluso en cátedras de Universidades o Escuelas de título católico. La Santa Sede ha tenido que emanar dolorosos documentos y medidas para impedir que se propague la epidemia del error desde sus mismas instituciones. El cardenal Ratzinger, en la misa previa al cónclave en el había de ser elegido papa Benedicto XVI, denunciaba con frase gráfica la dictadura del relativismo que domina tantos países, especialmente en Europa.

 

El hombre suplanta a Dios, se erige ilusoriamente en señor del bien y del mal, de la vida y de la muerte, como si en ello conquistara su libertad y plenitud existencial. Pero al desconectar su inteligencia de la verdad divina, su libertad pierde el norte, se sustrae al dominio de la razón, y los sentidos y las más bajas pasiones se rebelan frente al señorío de la razón recta. El hombre responsable sin Dios se convierte en el animalis homo [1 Cor 2, 14], de que habla san Pablo. Sin Dios, sin piedad, sin corazón, sin familia, solo.. Hoy,  releer estas palabras, algunos lo consideran delito y trabajan para que las leyes civiles así lo sostengan.

 

Lo sobrenatural es suplantado por lo meramente humano; lo humano por lo animal; lo espiritual por lo material. Lo económico se pone en lo más alto de la escala de valores. El placer sensible se erige en criterio de felicidad: "nada hay mejor que la sensualidad", se llega a leer en anuncios cinematográficos. Su dios es el vientre, y su gloria en su vergüenza, el sexo y el dinero [cfr. Flp 3, 19].

 

Todo esto incide de modo especialmente disolvente en los más jóvenes: el abuso del sexo desde la pubertad, el uso frecuente de drogas blandas y duras; el pánico a todo lo que conlleva sacrificio, por bello y grande o necesario que sea, están ahí. No sólo hay cizaña, sino abundancia de cizaña. No sólo en una familia, sino prácticamente en todas las familias o en alguna rama de ellas. Esta es la realidad que los padres sensatos ven con justa preocupación; y si algunos no lo ven, están ciegos, han de abrir los ojos, despertar, porque está en juego la felicidad temporal y la eterna de sus hijos, y la de tantos otros. No cabe huir de responsabilidad tan seria.

 

Es preciso afrontarla con la seguridad de que, a pesar del grito de guerra - delenda est familia!- sin duda el diseño divino sobre la creación triunfará, la familia seguirá siendo la célula primera y vital de la sociedad como las piedras seguirán cayendo hacia abajo y no hacia arriba, por mucho que nos empeñáramos en lo contrario. La familia es una institución natural, en el sentido más fuerte de la palabra, es decir, según un pensamiento milenario universal, obedece a una energía latente en lo profundo del ser humano, creado a imagen de Dios, que en feliz expresión de Juan Pablo II, «en su más íntimo misterio, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor» [JUAN PABLO II, Homilía en Puebla, 28-I-1979 (AAS, 71, 1979), 184].

 

Contrariamente a lo que afirmó Sartre, hay naturaleza humana, porque Dios la ha concebido… con sabiduría y amor infinitos. Por eso, cuando nos empeñamos en imitar a los brutos lo hacemos muy mal, nos hacemos peor que ellos, porque somos más semejantes a Dios que al simio. Lo natural puede traicionarse, pero es conocido el dicho: Dios perdona siempre, el hombre algunas veces, la naturaleza no perdona nunca. Si toda una sociedad se empeñara en despeñarse por un abismo de vileza, no podría subsistir y habría de volver a aferrase a lo natural. Esto sucederá sin duda. Pero es preciso detener la marcha hacia el abismo y evitar suicidios colectivos y todos los individuales posibles.

 

 

Necesidad de formarse y formar

 

A los padres de familia, especialmente, se dirigen hoy, quizá con mayor urgencia que nunca, las palabras del Espíritu Santo: Custos, quid de nocte! [Isaías 21, 11]: ¡Centinela, alerta! ¿te das cuenta de la situación? ¿tienes los ojos abiertos? ¿te preparas para impedir que el enemigo de tu familia entre por alguna ventana (la del televisor, por ejemplo)? No se puede abandonar a los hijos, no se les puede dejar a la intemperie. "Si alguno no se cuida de los suyos, principalmente de los de su casa, ha renegado de la fe y es peor que un infiel" [1 Tim 5, 8].

 

Tampoco se les puede meter en una burbuja, en un invernadero, ni negarles la libertad que Dios les ha dado, ni es buen sistema la discusión acalorada. Es preciso proporcionarles verdades, porqués verdaderos, profundos, «verdades últimas». que les amueblen la mente y sensibilicen el corazón por todo lo bueno y noble, con toda delicadeza y respeto a sus conciencias, con todos los medios a nuestro alcance, para que puedan ejercer cuanto antes -gradualmente, sin prisas, pero sin demoras- del modo más pleno posible la libertad.

 

Pues bien, para formarles en los valores positivos, en las virtudes que conforman personalidades auténticas, formarse. Para exigir amablemente, exigirse reciamente. Si se puede adquirir una preparación profunda, incluso científica, para realizar la más importante de las tareas humanas en las que cabe pensar -formar hombres y mujeres espiritualmente sanos y cristianos-, no es posible conformarse con menos.

 

Los tiempos reclaman mejorar la calidad de vida espiritual familiar, para que los hijos encuentren en el seno del hogar el alimento que necesitan para crecerse ante las amenazas contra su salud espiritual. Por eso ha surgido la necesidad de una nueva ciencia: la que se refiere a la Orientación o Educación Familiar.

 

Somos muchos -aunque habríamos de ser más- los que nos damos cuenta de la gravedad de la situación y que -lejos de lamentarnos estérilmente- estamos dispuestos a trabajar en la vida personal, en la familiar y en la social para restaurar los valores quebrantados, recuperar los perdidos y potenciar los muchos que, afortunadamente, tenemos en buen estado. Juan Pablo II nos ha recordado en su libro Memoria e identidad que Dios también gobierna el mal: que no quiere, pero permite -el mal- porque sabe, puede y quiere sacar de los grandes males, mayores bienes. Cuidado. No suele hacerlo sin la cooperación de sus hijos. No hay tiempo que perder. Es preciso reaccionar en todos los campos a nuestro alcance. Es preciso redimir con Cristo nuestro tiempo, sin esperar a los que vengan detrás. Cada uno es responsable de su tiempo, nosotros del nuestro. Cada uno es responsable de su familia y en cierta medida, según el lugar que ocupa en la sociedad, y todos ocupamos un lugar, de las familias de los demás. La persona no es una mónada. La persona es un ser esencialmente relacional, abierto ante todo a sus padres y hermanos y, enseguida, a otras personas, a otras familias; y aun descubriríamos, desde una perspectiva teológica, relación de cada persona a toda la humanidad.

 

 

La familia conserva su prestigio

 

No sólo las estadísticas presentan a la familia como la institución más estimada en países como España; la «familia» , como dice Rodrigo Guerra «es un tópico que ha ingresado como categoría relevante desde hace algunos años en  la retórica política. No es extraño encontrar abundantes discursos partidistas y gubernamentales,  desde las más diversas posturas ideológicas, que utilizan el concepto de "familia" al momento de  querer ofrecer un sentido humano, cálido y de concreción a las políticas públicas que se planean o  se implementan.

 

»Aún a nivel puramente discursivo se intuye que una manera de validar una política pública, sobre  todo de índole social, es precisamente detectando si posee algún impacto en las familias reales.  Las familias por una parte son un lugar empírico, concreto, tangible, que hace que el imaginario  personal y social se enfoque en una realidad que nos es cercana y significativa. Por otro lado, la  familia es un espacio en el que un conjunto de valores cualitativos asociados psicológica y socialmente a «lo humano» emergen y se desarrollan. No nos referimos con esto a experiencias  particularmente sublimes que en algunas pocas familias eventualmente puedan darse en torno a  ciertos valores vividos en su máximo de virtud. Nos referimos más bien a la experiencia cotidiana  de la verdad, de la justicia, del desinterés que en las relaciones más elementales de tipo familiar,  aunque no se den de manera eminente, suelen existir y configuran el «ethos» diferenciador de esta institución.

 

El uso retórico y hasta mercadotécnico de la categoría «familia» por parte de gobernantes, legisladores, jefes partidistas, candidatos, primeras damas y similares muestra de una manera elocuente que aún en la debilísima referencia nominal a esta realidad es posible detectar que  existen algunos contenidos elementales irrenunciables que anuncian al menos parcialmente que la  «familia» posee una cierta consistencia y una cierta funcionalidad social» [R.Guerra López, La familia y su futuro, párr 1-3]

 

A pesar de las abundantes crisis matrimoniales, el «matrimonio» «vende» –escribe Ignacio Bañares-: El matrimonio, "vende", a pesar de estar en crisis. «Aunque a veces no se mira directamente a la realidad, a lo que es, sino al nombre: lo que importa en ocasiones es el logotipo. Así, a la vez que algunas parejas de hecho heterosexuales desean efectos matrimoniales para una unión que quieren expresamente que no sea matrimonial, otros -parte del colectivo homosexual- piden el nombre y el reconocimiento de realidad matrimonial a su forma de cohabitación. Quieren que se reconozca en la ley que son capaces de matrimonio. Y es que el logotipo del matrimonio tiene tradición.» En rigor, el gravísimo error de equiparar la unión homosexual a la unión conyugal (mírese como se mire son realidades radicalmente diferentes), que tanta confusión genera y tanto daño hará a la sociedad, es un homenaje –no deseado, por supuesto- a la institución matrimonial. Algo semejante cabe decir de las «parejas de hecho», que no quieren constituir matrimonio pero "como si lo fuera".

 

El lógico pensar que la parte de la humanidad que continúe por ese despeñadero acabará en la ruina no sólo moral, sino en todos los sentidos y no tendrá más remedio que planterase la vuelta a lo natural. Ahora bien, la reconstrucción moral de Sodoma y Gomorra, fácilmente previsible –porque también el mal tiene su lógica interna- llevará o llevaría mu

Enviado por Arvo Net - 10/12/2005 ir arriba
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