Introducción
La controversia
contemporánea sobre el ser humano es
compleja y se encuentra enmarcada por un
cambio cultural de alcances aún
insospechados. Los más importantes
debates intelectuales de nuestro tiempo
expresan en buena medida un muy profundo
fenómeno que trasciende por mucho la
mera discusión académica. Desde el
ámbito de la filosofía, de la sociología
y de muchas otras disciplinas parece
cada día haber más consenso respecto que
nos encontramos en un verdadero proceso
de cambio epocal (1). Es en este
contexto en el que la familia – junto
con muchas otras instituciones –
experimenta cuestionamientos radicales
que motivan relecturas muy diversas.
La centralidad que posee la familia
respecto de otras instituciones también
muy relevantes no es difícil de
advertir. Los gobiernos, las empresas,
las escuelas, los sindicatos, las
iglesias y los organismos de la sociedad
civil son una breve lista de espacios
que se encuentran condicionados en su
dimensión cualitativa por lo que
acontece en el seno de las familias.
Evidentemente la familia no es el único
factor determinante al interior de una
comunidad. Sin embargo, por el papel que
desempeña dentro de la funcionalidad
social sí podemos afirmar que es la
instancia más destacada desde un punto
de vista cultural. El camino educativo
que la persona emprende desde el momento
de nacer se encuentra acompañado no sólo
por relaciones más o menos furtivas con
otros individuos sino por los valores
que se establecen al entablar relaciones
afectivas significativas. La familia,
como comunidad que brinda el espacio de
emergencia de la persona desde el punto
de vista de su socialidad, introduce al
ser humano en un ethos específico
que, aunque dinámico, sin lugar a dudas
posee una función fundante y de
invaluable importancia para la
comprensión de las comunidades en las
que participará en momentos posteriores
de su desarrollo.
Es precisamente el papel que tiene la
familia como camino educativo lo que nos
permite entender de una manera rápida
que los complejos cambios sociales que
experimenta el mundo en la época
contemporánea tienen a esta institución
en su base. No podemos negar que existen
hoy dinamismos muy complejos e
influyentes que de manera más o menos
anónima impactan en el ethos real
de las personas y de los pueblos. La
teoría de sistemas contemporánea nos
ayuda enormemente a comprender la
«clausura» y la capacidad de «autoproducción»
(autopoiésis) que tienen los sistemas,
por ejemplo, económicos o políticos,
para automantenerse, autolegitimarse, y
por lo tanto, para resolver y disolver
en sus funciones y comunicaciones a las
personas y a las familias como sujetos
relevantes.
Sin embargo, aún tomando en cuenta este
tipo de observaciones, no es posible
negar que la familia como «comunidad de
personas» (communio personarum)
más que como sistema o «entorno» de un
sistema, posee una capacidad sui
géneris para cualificar procesos y
estructuras. Esta cualificación nunca
podrá ser señalada como «determinante»
debido, precisamente, a su índole
específica, a su dimensión personal (o
personalista, mejor dicho). Sin embargo,
su relativa «indeterminación» es la que
le da un alcance y profundidad
insospechados que rebasa las previsiones
más ambiciosas introduciendo un elemento
de imprevisibilidad que sólo lo
auténticamente humano posee como
característica propia.
1. Modelos explicativos que
dificultan apreciar la funcionalidad de
la familia
Existen modelos explicativos de la
familia que dificultan apreciar su
funcionalidad fáctica. Somos de la
opinión que sería posible dedicarnos a
discusiones y puestas en práctica más
redituables si cobráramos conciencia más
clara de las limitaciones que ofrecen
algunas posturas para comprender la
realidad de la familia (3).
Una primera postura que es preciso
deconstruir aunque sea sucintamente es
la visión evolucionista de la familia.
Para esta posición la familia es un
entorno relacional condicionado
culturalmente, que en una sociedad en
continuo progreso
científico-tecnológico, verá
gradualmente disminuidas sus razones de
justificación. Quienes defienden este
modelo sostienen que en una sociedad
primitiva – como la de las zonas rurales
pre-industriales – es sumamente
funcional la existencia de la «familia
extensa» con fuertes vínculos comunales
y solidarios que permiten el surgimiento
del fenómeno de la socialización. El
progreso, - al darse inexorablemente
gracias al desarrollo de la capacidad
crítica de la razón, la destrucción de
mitos y la introducción de tecnología, -
constituirá un salto cualitativo que
permitirá la urbanización haciendo
surgir un nuevo modelo de familia, la
familia centrada en el «núcleo familiar»
y en la habitación urbana en la que los
fuertes lazos comunales son sustituidos
por la autosuficiencia que brinda la
tecnología y algunos de los más
importantes servicios (piénsese en los
supermercados).
Así es como lentamente el progreso
social va disminuyendo la necesidad de
mantener a la familia como experiencia
socializadora fundamental quedando
sustituida por la capacidad de
administrar nuestras «relaciones
públicas» y un eficiente manejo de «gadgets»
que faciliten la comunicación y el orden
en nuestras citas. De esta manera surge
la idea de que es posible («¿por qué
no?») que las tradicionales funciones
familiares sean desempeñadas por otras
instancias menos permanentes y más
satisfactorias en términos de ajuste al
paradigma de la racionalidad
instrumental propio del mito del
progreso indefinido. La proliferación de
modelos de «familia alternativa» daría
paso, de manera gradual, a la superación
de la estructura familiar. Esta es la
comprensión que han desarrollado autores
como Claude Lévi-Strauss, Ferdinand
Tönnies y Anthony Giddens (4).
Nadie puede negar que esta postura parte
de algunos hechos incontestables. La
familia realmente ha experimentado en
muchos ambientes la influencia de la
racionalidad instrumental y del mito del
progreso indefinido. Sin embargo, es
realmente sorprendente desde un punto de
vista estrictamente filosófico, cómo los
defensores contemporáneos de estas ideas
argumentan como si no hubiese sucedido
nada en los últimos cien años al
respecto de las premisas que soportan
este tipo de aseveraciones, como si la
modernidad ilustrada no hubiese mostrado
sus contradicciones internas…
En efecto, no es difícil percibir que
toda esta postura se encuentra sostenida
en la validez de la modernidad ilustrada
como proyecto emancipador. El fracaso
especulativo y práctico de esta posición
ha sido denunciado y puesto a la vista
del mundo no sólo a través de
importantes obras sino de trágicos
sucesos que no pueden ser ignorados. La
caída del muro de Berlín en 1989 y la
destrucción de las torres gemelas en
2001 son simplemente dos de los más
recientes íconos de una crisis que tiene
una misma matriz ideológica en ambos
casos (5). Cada vez que la razón
autosuficiente quiso autofundamentarse y
autolegitimarse para liberarse de viejas
esclavitudes se tornó en gobierno
despótico de derechas o de izquierdas
por igual. La tecnologización de la vida
que auguraba unívocamente mejores
estadios de progreso ya sea acompañada
de la supremacía del Estado o de la
«libertad» que brinda el mercado, sin
dudas conllevó progreso para algunos,
pero no desarrollo humano para todos.
Hoy no es difícil constatar
empíricamente que las experiencias más
propiamente humanas que evitan que la
vida naufrague y caiga en el sinsentido
y en el hastío, no están directamente
relacionadas con el arribo de tecnología
a una determinada población. Por el
contrario, los países en los que la
modernidad ilustrada penetró con más
hondura si bien gozan de una
superabundancia de bienes y servicios,
no se destacan por su vivencia de la
virtud de la esperanza. Hoy somos
testigos de muchas sociedades cansadas –
aunque saturadas de bienestar – en las
que la desintegración familiar, la
angustia y el proceso de envejecimiento
poblacional son sólo algunos de los
indicadores de que algo no funcionó del
todo bien, por decir lo menos (6).
Con esto no deseamos insinuar que la
carencia de bienestar material entonces
esté asociada con el desarrollo humano
auténtico. Lo que deseamos subrayar es
simplemente que no es empíricamente
verificable el que los proyectos
modernizadores siempre logren mejores
estadios de vida y aseguren que las
sociedades funcionen de una manera más
humana (7). La modificación-disolución
moderno-ilustrada de la estructura
familiar no es un fenómeno que resulte
indiferente al desarrollo de las
sociedades reales. Si la funcionalidad
originaria de la familia se vulnera al
sumergir a esta dentro del canon
supuestamente liberador de la supremacía
de la vida pragmática y desmitologizada,
la sociedad se debilita en sus
fundamentos cualitativos, que por otra
parte, son los que ordinariamente
permiten la convivencia pacífica, la
relación solidaria, el cumplimiento de
normas (incluidas las leyes civiles) y
evitan, por cierto, la violencia.
Existe otra hipótesis sobre la familia
que podríamos llamar
individual-vitalista. En esta
segunda posición el progreso histórico
sede su lugar al tiempo vital del ser
humano. El protagonista ya no es la
racionalidad auto-fundada sino la
centralidad del individuo y lo que le
sucede a éste desde que nace hasta que
muere. Esto quiere decir que el sujeto
humano individual pasa por situaciones
familiares diversas que respetan ciertos
«ciclos vitales» a través de los cuales
es posible identificar los momentos de
emancipación, la formalización de
relaciones íntimas, el arribo de los
hijos, la incorporación del individuo a
hogares múltiples, etc.
Esta visión es popular en los contextos
que aprecian como valor central la
autonomía del sujeto individual. La
familia y sus características no nacen
de una dinámica natural propia de la
persona-en-relación sino del
condicionamiento que sufren los ciclos
vitales a causa de la amortización y
monetarización de elecciones privadas
que al sumarse se tornan en una elección
pública. El premio Nobel de economía
Gary Becker y sus seguidores, por
ejemplo, sugieren una teoría del
matrimonio basada en el cálculo racional
de la maximización del valor de las
comodidades esperadas (monetarias y
no-monetarias), de manera que cuando
cambian las circunstancias y se altera
la utilidad prevista, la racionalidad
implicaría el divorcio, tener un hijo,
evitarlo, etc (8).
El individual-vitalismo parece
ser una gran bandera para reivindicar al
sujeto humano autónomo. Lamentablemente,
esta concepción pierde varias
dimensiones esenciales de la persona.
Pensemos brevemente en la dimensión
comunional y donal. El individualismo en
sus diversas expresiones no renuncia a
la vinculación social. Sin embargo, la
considera justamente un escenario de
optimización de actividades en la que
una persona es mejor en la medida en que
logre satisfacer sus necesidades y
expectativas individuales utilizando
para ello su relación con los demás.
Este tipo de perspectiva destruye
cualquier corresponsabilidad basada en
la participación de todos en una común
humanidad. Así mismo, clausura la
posibilidad de la gratuidad en las
relaciones, factor esencial al momento
de establecer comunidades estables sean
de la índole que sean.
El individual-vitalismo en
algunos momentos parece acercarse a un
reconocimiento auténtico de la condición
real de las personas. Sobre todo en sus
versiones de alta divulgación asume un
ropaje sumamente cautivador. ¿Quién no
ha sentido la seducción de algún
motivador que convoca a la superación
individual a través de la búsqueda de la
propia realización? ¿Quién no ha
escuchado, ya sea al momento de
participar en un proceso de cambio
organizacional o al mirar un programa de
televisión, llamadas a entender el bien
de la persona como un acto de
autenticidad individual y subjetiva o
como la «satisfacción de las necesidades
dinámicas del cliente»? ¿No es acaso
cada vez más común legitimar decisiones
de vida en base a la utilidad, la
maximización de la satisfacción, y en el
fondo, en base a la protección de una
positiva relación costo-beneficio con
los demás? (9).
Estas preguntas apuntan a una confusión
importante. Que el hombre aspire a su
realización individual no significa que
esta pueda y deba lograrse bajo la guía
de la optimización individualista y
comercial de las acciones y de los
esfuerzos. Todos los modelos
antropológicos, sociales, económicos o
políticos que han pretendido tal cosa
más pronto que tarde han manifestado su
disfuncionalidad. La sociedad bajo este
canon no funciona porque las personas y
las familias que buscan ser reconocidas
y respetadas en sí mismas, por su valor
intrínseco, no-comercializable, no
encuentran más que un criterio
utilitario (la conveniencia económica)
al momento de ser valoradas.
2. Funcionalidad de la familia como
communio personarum
Desde nuestro punto de vista la familia
es un elemento esencial de la sociedad.
Este papel central se logra gracias a la
funcionalidad social insustituible que
posee la familia. ¿A qué nos referimos?
La familia posee funciones de
latencia con respecto a la sociedad
más amplia como son el mantenimiento de
pautas de conducta y el manejo de
tensiones (10). Así mismo, existen
funciones manifiestas que conforman
el proceso de educación y socialización
a través del cual las personas asimilan
a su modo el ethos y la
cosmovisión imperante en la
sociedad. Ninguna otra institución puede
proveer a las personas y a la sociedad
del contenido cualitativo que se
encuentra al interior de las funciones
que la familia desempeña cuando se
mantiene como communio personarum,
como comunidad de personas. A grandes
rasgos podemos afirmar que las
principales funciones de la familia son
cinco (11):
EQUIDAD GENERACIONAL: la familia
funciona cuando existe solidaridad
diacrónica, es decir,
corresponsabilidad intergeneracional
(abuelos-padres-hijos, por ejemplo) que
permite que los miembros de la familia
al poseer diversas edades y papeles
puedan recibir diversos cuidados,
afectos y equilibrios entre actividad
laboral, servicio e inactividad forzosa
a través del tiempo. La equidad
generacional se ejercita en el ámbito de
lo privado, es decir, de lo propiamente
intra-familiar y tiene una incidencia
fortísima en el ámbito de lo público:
piénsese, por ejemplo, en los ancianos
que al dejar de trabajar pueden ser
acogidos, sostenidos y queridos por los
más jóvenes.
TRANSMISIÓN CULTURAL: la familia
funciona cuando educa en la lengua, la
higiene, las costumbres, las creencias,
las formas de relación legitimadas
socialmente y el trabajo. Sobre todo la
familia funciona cuando educa a las
personas en el modo de buscar el
significado definitivo de la vida que
evita el naufragio existencial al
momento de afrontar situaciones-límite:
muerte de un ser querido, desamor,
enfermedad, injusticia laboral, etc.
SOCIALIZACIÓN: la familia
funciona cuando provee de los
conocimientos, habilidades, virtudes y
relaciones que permiten que una persona
viva la experiencia de pertenencia a un
grupo social más amplio. La familia es
una comunidad en una amplia red de
comunidades con las que se interactúa
cotidianamente. Las personas desarrollan
su socialidad, o mejor aún, su
comunionalidad extra-familiar gracias a
que la familia de suyo socializa dentro
de sí y hacia fuera de ella.
CONTROL SOCIAL: la familia
funciona cuando introduce a las personas
que la constituyen en el compromiso con
las normas justas, con el cumplimiento
de responsabilidades y obligaciones, con
la búsqueda no sólo de bienes
placenteros sino de bienes arduos que
exigen esfuerzo, constancia, disciplina.
Es esta introducción al compromiso la
que eventualmente aporta el ingrediente
cultural para que las conductas
delictivas puedan ser prohibidas a
través de la ley, y además, la que
permite de hecho que una ley vigente
goce de un cierto respaldo cualitativo
al menos implícito por parte de la
comunidad.
AFIRMACIÓN DE LA PERSONA POR SÍ MISMA:
la familia funciona cuando ofrece una
experiencia para todos sus integrantes
de afirmación de la persona por sí
misma, es decir, cuando el carácter
suprautilitario de las personas – el
valor que las personas poseen
independientemente de su edad, salud,
congruencia moral, capacidad económica,
o filiación política – se salvaguarda y
se promueve. Justamente esta función
permite el descubrir existencialmente la
importancia de la propia dignidad y de
los derechos humanos que tienen su
fundamento en ella (12). Esta función
también permite descubrir el sentido
personalista de la amistad, lo
más necesario en la vida, según
Aristóteles (13).
Las cinco funciones que la familia
desempeña son condiciones de posibilidad
de la vida social en general. El
derrumbe histórico de las grandes
civilizaciones acontece no sólo cuando
existen poderes exógenos que desafían
los poderes locales sino cuando la
consistencia cualitativa, propiamente
cultural de la sociedad, que habita en
la familia al estar debilitada, hace
vulnerables a las instituciones y a su
capacidad de respuesta y adaptación al
entorno.
3. La persona en la comunidad de
personas
Cuando hemos afirmado que las funciones
antedichas las realiza la familia
entendida como «communio personarum»
deseamos indicar una realidad evidente e
importante: la persona es un sujeto
familiar, es un sujeto comunional, que
no puede ser, entenderse o actuar sin la
continua referencia ineludible a los
«otros»,(14) en especial, a esos «otros»
que lo explican en la existencia
(padres), en la permanencia (amores
significativos) y en la proyección
activa de la búsqueda del significado
definitivo de la vida (matrimonio,
filiación, trabajo, religión). La
familia como «communio» significa que
esta institución no sólo es un «hecho
social», sino que es un método que
permite a la persona descubrir que a la
base de toda la funcionalidad social
existe un «principio», un punto de
partida indubitable, innegociable, no-comercializable,
que sostiene a lo demás tanto desde un
punto de vista ético como desde un punto
de vista pragmático: la lógica del
don y de la gratuidad.
La gratuidad fácilmente es trivializada
como una suerte de fenómeno irracional
propio de la vida privada. Sin embargo,
la persona cuando reflexiona sin
prejuicio sobre su experiencia puede
encontrar que es precisamente la
gratuidad la que en muchas ocasiones
hace que la vida humana sea soportable y
eventualmente adquiera sentido. Cuando
algunos sociólogos como Francis Fukuyama
reconocen que la «confianza» recíproca
es esencial para la dinámica social
parecen acercarse a esta misma cuestión
aún cuando por las limitaciones
metodológicas de su ciencia no les es
posible comprender los motivos fundantes
de una racionalidad que trasciende por
mucho la pura respuesta a necesidades y
tendencias (15).
La gratuidad es difícil pero al mismo
tiempo resulta fascinante. Gratuidad
significa no «te deseo como un bien»
sino «deseo tu bien», «deseo lo que es
bueno para ti».
La gratuidad en la familia hace que esta
se constituya como una estructura
peculiar de «pertenencia». El formar
parte de la familia hace que la persona
no sólo se pertenezca a sí misma sino
que pertenezca a otros. Es esta
pertenencia recíproca la que permite que
las dificultades de la vida individual
puedan ser compensadas a través de la
ayuda recíproca, y en no pocas
ocasiones, excedente. Así mismo, es esta
pertenencia la que nos permite entender
algo sumamente sencillo y profundo: la
persona no puede ser entendida y
atendida auténticamente más que como un
«sujeto-familiar», es decir, como un ser
que no puede ser más que junto-con-otros
con los que mantiene de manera estable
un vínculo afectivo, justo, basado en la
gratuidad diacrónica (con las
generaciones que me anteceden y que me
suceden) y en la gratuidad sincrónica
(con quien establezco una relación justa
llamada al amor en el matrimonio) (16).
4. La familia como perspectiva
Habiendo dicho esto es como llegamos a
entender que la centralidad de la
persona, hoy tan profusamente difundida
hasta en los discursos de orden político
o empresarial, es una abstracción
mientras no comprende la dimensión
familiar de la persona. La familia no es
un añadido accidental de personas, no es
solamente una superposición privada de
afectos. La familia tampoco es un
espacio prescindible al momento de
entender o atender a las personas. Al
contrario, la familia es el modo de
aprehender a la persona en su
circunstancia real. A través de la
familia se alcanza a la persona y el haz
de relaciones que constituyen su vida
concreta.
Cuando esto no se entiende la primacía
de la persona se vuelve un recurso
retórico que disfraza una antropología
individualista. En este punto no debemos
ser ingenuos. No basta que a la persona
y a la familia se les mencione mucho, no
basta que desde la sociedad civil o
desde el gobierno encontremos acciones
que «de intención» buscan incidir en la
persona real y en las familias.
Es necesario a este respecto algo nuevo.
Es necesario entender que la familia
tiene que volverse una perspectiva
tanto para la comprensión como para la
atención – en términos de servicio – de
las personas reales.
Por ello me parece muy afortunado el
comenzar a hablar de una «perspectiva de
familia». ¿En qué consiste esta noción?
¿Qué contenidos se pretenden asignar
cuando sostenemos que la familia es la
«perspectiva» para no perder a la
persona?
Por «perspectiva de familia» entiendo al
menos cinco cosas esenciales:
ANTROPOLOGÍA PERSONALISTA-COMUNIONAL:
el ser humano no es un individuo cerrado
sobre sí al que «lo social» le advenga
como mero fenómeno accidental. Así
mismo, el ser humano no es una mera
parte de un ente superior y colectivo.
El ser humano real es persona. El
término «persona» precisamente fue
acuñado desde hace muchos siglos para
significar un sujeto con identidad que
posee dignidad y que se encuentra
llamado a realizarse en la libre entrega
a los demás (17).
REIVINDICACIÓN DEL MATRIMONIO COMO
INSTITUCIÓN JUSTA: la familia se
encuentra asociada a la realidad del
matrimonio. Esto jamás quiere decir que
sólo exista familia cuando la pareja
matrimonial vive o cuando esta funcione
de manera óptima. Lo que se desea
apuntar es que las funciones de la
familia aparecen y se reproducen
socialmente a partir del establecimiento
de la protección legal de un nexo justo
entre personas de diverso sexo que
deciden libremente compartir la vida
entre sí. El amor en la vida conyugal
siempre supone la justicia. La justicia
es el mínimo del amor. Por ello, las
personas que se confiesan amor no pueden
prescindir de proteger en la medida de
sus posibilidades los elementos de
convivencia justa que son la base
mínima, que son el «piso», sobre el que
se construye una vida en común que está
llamada, evidentemente, a rebasar la
pura justicia. El matrimonio civil,
entonces, es una institución de suyo
justa en su existencia y llamada a
salvaguardar la justicia. La dimensión
educativa que posee para los miembros de
la familia el que la pareja matrimonial
practique la justicia y la trascienda en
el amor, es uno de los varios argumentos
que permiten apreciar las razones por
las que una «perspectiva de familia»
pasa necesariamente por el
fortalecimiento de la vida matrimonial
como relación justa entre personas (18).
REARTICULACIÓN DE LOS DERECHOS DE
PRIMERA, SEGUNDA Y TERCERA GENERACIÓN
(19): la persona como sujeto familiar, y
la familia como sujeto social exigen que
los derechos individuales, los derechos
económicos, sociales y culturales, y los
derechos de la solidaridad entre las
personas y los pueblos se afirmen
simultáneamente como auténticos derechos
exigibles. La familia no puede ser
reivindicada a través de la afirmación
unilateral de un solo tipo de derechos.
En la actualidad muchos de quienes
defienden, por ejemplo, el derecho a la
vida, suelen desentenderse de las
condiciones estructurales para la vida
digna, como es el derecho al trabajo, a
la salud o a la educación. Así mismo,
quienes defienden derechos sociales o
derechos solidarios suelen no prestar
atención a los derechos, por ejemplo,
del no-nacido. En particular a la
ideología neoliberal se le dificulta
reconocer los derechos de segunda y de
tercera generación como auténticos
derechos y los reduce a meros «ideales»
de vida social. Esta es una manera
rápida y elocuente de mostrar cómo las
antropologías reductivas generan una
distorsión al quedar desatendidos
elementos que en justicia se le deben a
las personas reales que viven en familia
y que exigen una consideración más
holística de su condición
simultáneamente individual y comunitaria
(20). Los auténticos derechos de la
familia y de la persona-en-familia, son
derechos de las tres generaciones
simultáneamente. Desde nuestro punto de
vista, promover el esfuerzo legislativo
y político para que estos derechos sean
vigentes ayudaría de manera fundamental
en el proceso de construcción de un
auténtico «Estado-social-de-Derecho».
SUSTANTIVIDAD DE LA POLÍTICA SOCIAL-ADJETIVIDAD
DE LA POLÍTICA ECONÓMICA: mientras
la política social de los Estados siga
siendo meramente compensatoria de las
disfunciones causadas por quienes
definen la política económica desde la
lógica del mercado, la familia quedará
siempre como un tema secundario. Una
economía social de mercado coloca a «lo
social» como sustantivo y al «mercado»
como adjetivo. La racionalidad del
mercado no tiene por sí misma la
capacidad para leer aspectos
cualitativos como la dignidad de las
personas y de las familias, sobre todo
de aquellas que se encuentran «fuera del
mercado». La pobreza para ser
adecuadamente entendida y atendida tiene
que ser interpretada desde la familia,
es decir, desde el núcleo comunitario en
el que se vive y desde el que se sufre
una problemática que raramente es
meramente individual. Más aún, el lugar
en el que es necesario verificar si una
política social realmente funciona al
servicio de las personas no es la
evaluación de su impacto sobre el
«individuo» sino la evaluación de su
impacto sobre la «familia». Cuando la
política social toma como parámetro-eje
a la familia, se induce la vida
comunional y solidaria que tanto hace
falta en sociedades desafiadas por el
individualismo y por conductas que
desalientan la corresponsabilidad y la
formación de ciudadanía (21).
PROMOCIÓN ACTIVA DE LA FAMILIA DESDE
LA SOCIEDAD CIVIL Y EN ESPECIAL DESDE
LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN: una
«perspectiva de familia» no nace por
decreto. Principalmente nace «desde
abajo». ¿Qué queremos decir? La
«perspectiva de familia» implica una
particular hermenéutica (interpretación)
de la persona, de la sociedad, de la
economía y del Estado. Este tipo de
interpretación sólo puede hacerse viable
a través de un gran esfuerzo educativo
en el que la sociedad civil, y en
particular, los medios de comunicación,
juegan un papel esencial. Para nadie es
un secreto que en estos temas el
principal reto es cultural. En México
tenemos la enorme ventaja de aún poseer
un entramado simbólico, axiológico y
religioso que aprecia la vida en
familia. Sin embargo, nada asegura que
el espesor cultural de este aprecio
perdure por siempre. Es urgente que
desde la sociedad civil todos
colaboremos a fortalecer los espacios
naturalmente creadores de cultura
(escuelas, asociaciones, iglesias,
medios de comunicación) a través de
propuestas innovadoras que muestren
convincentemente las razones por las que
vale la pena apostar por las familias.
5. A modo de conclusión: La
perspectiva de familia como programa
de acción
Apostar por las familias no es un ideal
frívolo, «rosa» o conservador. Apostar
por la familia es apostar por la
justicia, por el amor, por nuestra
soberanía cultural. Es creer que es
posible crear una sociedad que goce de
un Estado de Derecho con un perfil más
social y menos utilitario. Es trabajar
por una economía más justa al momento de
crear y distribuir riqueza. No hay que
confundir el legítimo deseo de construir
una «economía de mercado» con el
alienante pseudo-ideal de una «sociedad
de mercado». No todo aspecto de la vida
humana es comercializable. La
persona-en-familia es más que sus
necesidades y sus deseos mercantiles.
Las familias más pobres en nuestras
comunidades son testigos – muchas veces
sin voz – de esta verdad.
Para combatir la tentación de querer
olvidar o de querer trivializar a la
familia, es preciso pensar en una
decidida acción transversal que
permita introducir una nueva óptica en
el quehacer de la sociedad civil, en las
políticas públicas y en el mismo proceso
de Reforma del Estado. Esta óptica es la
que algunos llamamos «perspectiva de
familia», es decir, «perspectiva» para
que a través de un ambicioso programa de
acción lo valioso de la vida se
preserve, se promueva y se defienda.
(1) De la abundantísima bibliografía a
este respecto, véanse: G. VATTIMO et
al., En torno a la posmodernidad,
Anthropos, Santa fe de Bogotá 1994; G.
LIPOVETSKY, La era del vacío,
Anagrama, Barcelona 2000; F. FUKUYAMA,
La gran ruptura. La naturaleza humana
y la reconstrucción del orden social,
Atlántida, México 1999; A. LLANO, La
nueva sensibilidad, Espasa, Madrid
1989.
(2) Nos referimos principalmente a la
teoría de sistemas
funcional-estructuralista de NIKLAS
LUHMANN. Veánse de este autor obras
cómo: Soziale Systeme. Grundriss
einer Allgemeinen Theorie, Suhrkamp
Verlag, Franfort del Main 1984;
Teoría de los sistemas sociales, UIA-ITESO,
México 1999, 2 Vols.
(3) Seguimos los análisis sobre
sociología de la familia realizados por
JOSÉ PÉREZ ADÁN, de la Universidad de
Valencia, a través de sus obras:
Sociología, Eunsa, Pamplona 1997;
Socioeconomía, Trotta, Madrid 1996;
Sobre la libertad, la valía y la
acción. Tres lecciones de sociología,
E. Aguilar, Valencia 2002.
(4) Cf. C. LÉVI-STRAUSS, Las
estructuras elementales del parentesco,
Planeta-Agostini, Barcelona 1993, 2
Vols.; F. TÖNNIES, Community and
Civil Society, Cambridge University
Press, 2001; A. GIDDENS, The
Transformation of Intimacy, Polity,
Cambridge 1992; S. ASQUITH-A. STAFFORD,
Families and the Future, HMSO,
Edimburgo 1995; D. GITTINS, The
Family in Question, Macmillan,
Londres 1992.
(5) De manera particularmente aguda y
adelantada la modernidad ilustrada había
sido denunciada en sus contradicciones
por MAX HORKHEIMER y THEODOR W. ADORNO
en Dialéctica del iluminismo,
Editorial Sudamericana, Bs. As. 1969.
Otras obras importantes que denuncian
agudamente el agotamiento de la
modernidad ilustrada son: E. HUSSERL,
Crisis de las ciencias europeas y la
fenomenología trascendental, Folios
Ediciones, México 1984; R. GUARDINI,
El fin de la modernidad, PPC, Madrid
1996; A. DEL NOCE, Il suicidio della
rivoluzione, Rusconi, Milano 1978.
(6) Cf. M. SCHOOYANS, La dérive
totalitaire du libéralisme, Éditions
Universitaires, Paris 1991.
(7) Cf. P. MORANDÉ, Cultura y
modernización en América latina. Ensayo
sociológico acerca de la crisis del
desarrollismo y de su superación,
Encuentro, Madrid 1987.
(8) Cf. G. S. BECKER, An Economic
Analysis of Marital Instability, en
Journal of Political Economy, 1977,
Vol. 85, n. 6, p.p. 1141-1187; Idem,
Tratado sobre la familia, Alianza,
Madrid 1987; R. FEBRERO-PEDRO S.
SCHWARTZ (eds.), Essence of Becker,
Hoover Institution Press-Stanford
University, 1996.
(9) El individual-vitalismo se
esfuerza en darle «rostro humano» al
cálculo utilitario. La literatura a este
respecto es abundantísima. La gran
mayoría de los manuales de autoayuda y
superación humana suelen recaer
continuamente en tesis de este corte,
por otra parte, sumamente congruentes
con el discurso legitimador de la
economía neoliberal. Para una lectura
crítica de esta posición y una propuesta
alternativa a la misma, véase: JUAN
PABLO II, Veritatis splendor,
Librería Parroquial de Clavería, México
1993; R. GUERRA LÓPEZ, Volver a la
persona. El método filosófico de Karol
Wojtyla, Caparrós, Madrid 2002.
(10) Un análisis más detallado de los
papeles al interior de la familia para
el desarrollo de estas funciones se
encuentra en: R. BUTTIGLIONE, La
persona y la familia, Palabra,
Madrid 1998.
(11) Modificamos y ampliamos las
consideraciones que se encuentran en J.
PÉREZ ADÁN, Sociología, Eunsa,
Pamplona 1997.
(12) Cf. R. GUERRA LÓPEZ, Afirmar a
la persona por sí misma. La dignidad
como fundamento de los derechos de la
persona, Comisión Nacional de los
Derechos Humanos, México 2003 (de
próxima aparición: diciembre 2003).
(13) ARISTÓTELES, Ética nicomáquea,
Gredos / Planeta-De Agostini, Barcelona
1995, Lib. VIII, 1155 a, 4.
(14) Cf. K. WOJTYLA, Persona: sujeto
y comunidad, en El hombre y su
destino, Palabra, Madrid 1998, p.p.
41-109.
(15) Cf. F. FUKUYAMA, Trust: The
Social Virtues and The Creation of
Prosperity, MacMillan, Nueva York
1995; T. GOVIER, Distrust as a
Practical Problem en Journal of Social
Philosophy, 1992, n. 23, p.p. 52-63.
(16)No podemos abundar en este texto
sobre la complementariedad varón-mujer
como rasgo esencial del matrimonio. Para
ello, remitimos a: B. CASTILLA,
Persona femenina, persona masculina,
Rialp, Madrid 1996; Idem, La
complementariedad varón-mujer. Nuevas
hipótesis, Rialp, Madrid 1993; R.
GUERRA LÓPEZ, Pensar la diferencia.
Reflexiones sobre la condición femenina
y el fundamento antropológico de la
diferenciación sexual, en Medicina y
Etica, Facultà di Medicina e Chirurgia
dell´ Università del Sacro Cuore-Universidad
Anáhuac, Vol. VII, n. IV,
octubre-diciembre 1996, p.p. 437-455.
(17) Cf. C. DÍAZ, Soy amado, luego
existo, DDB, Bilbao 1999, 4 Vols.;
Idem, ¿Qué es el personalismo
comunitario?, Fundación Emmanuel
Mounier, Salamanca 2002; Idem,
Treinta nombres propios (Las figuras del
personalismo), Fundación Emmanuel
Mounier, Salamanca 2002; E. MOUNIER,
El personalismo. Antología esencial,
Sígueme, Salamanca 2002; J. SEIFERT,
Essere e persona, Vita e Pensiero,
Milano 1989; K. WOJTYLA, Metafisica
della persona. Tutte le opere
filosofiche e saggi integrativi,
Bompiani, Milano 2003; R. GUERRA LÓPEZ,
Volver a la persona, Caparrós,
Madrid 2002.
(18) Cf. K. WOJTYLA, Amor y
responsabilidad, Plaza & Janés,
Barcelona 1996.
(19) La clasificación de los derechos en
«tres generaciones» al partir de un
criterio socio-histórico para su
delimitación no facilita el comprender
su común fundamento en la dignidad
humana y sus mutuas relaciones. Sin
embargo, utilizamos la categoría
«generaciones» por haberse vuelto más o
menos convencional. Véase, K. VASAK,
Las dimensiones de los derechos humanos,
Serbal, Barcelona 1984, 3 vols.
(20) Que esta posición es sostenida ya
desde diversos enfoques y premisas puede
verse al revisar las siguientes obras:
PABLO VI-JUAN PABLO II, Mensaje a las
naciones. Discursos ante la Asamblea de
las Naciones Unidas, Paulinas,
México 1996; CONSEJO EPISCOPAL
LATINOAMERICANO, Globalización y
Nueva Evangelización en América Latina y
el Caribe, CELAM, Bogotá 2003; I.
ARA PINILLA, Las transformaciones de
los derechos humanos, Tecnos, Madrid
1990; V. ABRAMOVICH-C. COURTIS, Los
derechos sociales como derechos
exigibles, Trotta, Madrid 2002; R.
GUERRA LÓPEZ, Afirmar a la persona
por sí misma, Comisión Nacional de
los Derechos Humanos, México 2003, Cap.
VI.
(21) Cf. U. LAUTE-J. A. MORALES (comp.),
El modelo económico y social frente a
los retos de la globalización en América
Latina, Konrad Adenauer Stiftung-CELAM,
Bogotá 2001; J. JIMÉNEZ-J. THESING (eds.),
Economía de mercado y justicia social
para Latinoamérica, Konrad Adenauer
Stiftung-CIEDLA, Bs. As. 2000. |