Por
Tomás Melendo
Arvo Net,
11 de agosto 2005
Planteamiento
a)
El sentido
«débil» de la relación familia-persona
Hace algunos días resumí en pocas líneas una
idea que llevo exponiendo desde hace años,
pero que nunca había tratado de forma
exclusiva, a la par que reducida y tal vez
más inteligible, en un solo y pequeño
artículo (¿Por qué la familia?).
Me propongo ahora retomar esos «antiguos
pensamientos» y desarrollar con algo más de
amplitud y fundamento ontológico-teológico
el hecho de que familia y persona se
encuentran ligadas por un vínculo que, como
indica el subtítulo de estas reflexiones,
resulta bidireccional y constitutivo: sin
persona no hay familia, como se suele
admitir, pero sin familia tampoco hay
persona… que es lo que a menudo se olvida y
pretendo refrescar.
En efecto, con más frecuencia de la deseada
la férrea pertenencia mutua entre familia y
persona se debilita, traduciéndola más o
menos como sigue: entre los hombres, debido
a nuestra endeblez o indigencia, la familia
es necesaria para suplir los déficits
que nos aquejan: bien porque todavía no
hemos alcanzado la estatura espiritual de
individuos adultos, bien porque esa incoada
y progresiva grandeza, por razones más o
menos coyunturales, se ha visto impedida o
mermada.
De resultas, la institución familiar
parecería concebida principal o
exclusivamente para algunos de los miembros
que la componen. En concreto, para los más
débiles o menesterosos: los niños, los
enfermos, los disminuidos psíquicos, los
ancianos… Por el contrario, quienes ostentan
la plenitud de la condición personal —el
padre y la madre de familia, pongo por caso—
podrían prescindir de los lazos familiares y
buscar el ámbito de su realización en otro
terreno: el de las relaciones laborales,
sociales, o de amistad, las más de las
veces.
b) El auténtico sentido de ese
nexo
La familia es vista entonces como refugio
compensador de la precariedad humana, como
remedio para la propia soledad,
inseguridades, zozobras, insatisfacciones…
Cosa que, sin ser del todo falsa, dista
mucho de adentrarse hasta el corazón del
asunto. Y es que el nexo familia-persona
compone, como apuntaba, una trabazón
estrictamente ontológica, que sigue —y
en cierto modo precede, como sugeriré— al
ser de la persona como tal.
Con otras palabras: la familia se encuentra
tan inexorablemente ligada a la índole
personal que, sin ella, nunca puede
existir plenamente la persona… o persona
alguna plena.
¡Nunca! Ni entre sanos ni entre enfermos, ni
entre niños, adolescentes o adultos, ni
entre las personas creadas supuestamente más
maduras… ni «dentro» del propio Dios.
En el contexto en que se sitúa este escrito,
la alusión a Dios no me parece una salida de
tono. Pues para advertir en toda su hondura
que la familia resulta por entero
imprescindible para cualquier
persona, con independencia de su rango
ontológico y de su grado de desarrollo o
plenitud, el camino más rápido consiste en
hacer una breve e inevitablemente modesta
alusión a la Familia Primigenia, a la
Trinidad. Ya que es Ella el Modelo a cuya
semejanza se configuran no sólo las personas
singulares creadas, sino también la familia
humana.
A. Dios, Familia por excelencia
El impulso hacia esta respetuosa
incursión en el abismo de la Trinidad lo
compone la reiterada afirmación de Juan
Pablo II de que, «en su más íntimo
misterio», el Dios Uno y Trino «no es
soledad, sino familia»[1].
Para quienes llevamos ya algunos años
empeñados en una tarea más o menos fecunda
de reflexión metafísica, no cabe indicio más
determinante de que la familia se establece
como auténtica institución natural,
indefectiblemente ligada a la médula
ontológica de la persona.
Nada más natural que lo que surge de
modo inevitable de los principios
configuradores de algo: de su núcleo
ontológico más íntimo, propio y
constituyente. Y como el ser es el principio
radical y primigenio, el fondo energético
original del que dimana cuanto encontramos
en un existente, lo natural acabará siendo,
en última y definitiva instancia —más allá
de la clásica y correcta pero un tanto corta
referencia a la physis o natura
—, lo que para cada uno se deriva del
propio ser.
En el seno de esta afirmación, la referencia
a la Trinidad viene a decirnos: cuando el
ser alcanza la categoría suficiente para
convertir a su sujeto en persona,
ésta no puede permanecer aislada, sino que
tiende irremediablemente a configurarse —…o
a «estar configurada»: la Trinidad— como
familia.
Dios, lo sabemos por la Revelación, no podía
ser sino una Trinidad familiar: para el
Ipsum Esse subsistens de los filósofos,
Ser es Ser-Familia. De
resultas, la persona humana, hecha a imagen
y semejanza de este Absoluto, muy
difícilmente se cumplirá como persona si no
surge, crece y muere en el seno de un hogar.
La familia acompaña de manera necesaria e
inmediata a la plena condición personal de
la persona.
El alcance y los fundamentos de este aserto
podrían asimismo vislumbrarse acudiendo a la
verdad, también reiterada por el Magisterio,
de que es persona aquel sujeto que, por su
intrínseca superioridad entitativa, por el
supremo vigor de su acto de ser, se
encuentra naturalmente destinado al don,
a la entrega amorosa de sí.
A los efectos, resulta justamente célebre el
texto de la Gaudium et Spes: «El
hombre, única criatura terrestre a la que
Dios ha amado por sí misma, no puede
encontrar su propia plenitud si no es en
la entrega sincera de sí mismo a los demás»[2].
Juan Pablo II, desde el inicio mismo de su
ministerio como Cabeza de la Iglesia, ha
recurrido una y otra vez a esta idea básica.
En la Encíclica Dominum et vivificantem,
por ejemplo, tras recordar la afirmación que
acabo de transcribir, sostiene: «Puede
decirse que en estas palabras de la
Constitución pastoral del Concilio se
compendia toda la antropología cristiana:
la teoría y la praxis, fundada en el
Evangelio»[3].
Tanto o más conocido es el comentario que
recoge la Mulieris dignitatem. Una
glosa particularmente relevante para nuestro
propósito, por cuanto hace residir la razón
primordial de la índole de don de toda
persona en la misma naturaleza del Dios Tri-Personal:
«El modelo de esta interpretación de la
persona es Dios mismo como Trinidad, como
comunión de Personas. Decir que el hombre ha
sido creado a imagen y semejanza de este
Dios quiere decir también que el hombre
está llamado a existir “para” los demás, a
convertirse en un don»[4].
Desde el punto de vista de la fe, la
cuestión resulta relativamente clara. Existe
una íntima correlación entre la índole
personal y la condición de dádiva, de
realidad destinada a darse. El metafísico
sólo puede añadir a esto un intento de
explicación, aun a costa de disminuir, de
forma casi inexorable, la profundidad del
mensaje.
a) La persona como
«excedencia»
En efecto, la filosofía enseña que la
persona es lo más perfecto que existe
en la naturaleza (perfectissimum in tota
natura); que sólo las realidades más
nobles, las de más talla, merecen ese
calificativo; y que les corresponde
precisamente a causa de su superioridad
entitativa. Y después de algunas otras
consideraciones, concluye: justo por su
eminente grandeza, esa excelencia en cierto
modo rebosa fuera de sí, se desborda; por
consiguiente, lo que caracteriza a la
persona como persona es el don, la
fecundidad, la entrega.
Quizá resulte más inteligible mediante una
comparación:
· Las realidades infrapersonales —un
animal, una planta— gozan de tan poca
entidad, son «tan poca cosa», que toda su
actividad han de encaminarla a mantenerse en
el ser, a asegurar la tenue realidad que las
constituye como fragmento o eslabón de su
especie. De ahí la importancia capital,
decisiva entre ellas, de lo que hoy
conocemos como principio o instinto de
conservación (individual y específico), que
las refiere inevitablemente a sí… o a su
especie en cuanto suya.
·
Por el contrario, la persona posee una
sublime consistencia entitativa. En su
núcleo, es siempre espiritual: recibe en sí
y por sí —y no en la materia— el propio acto
de ser[5].
Esto quiere decir que su principio
constitutivo más íntimo, su actus essendi,
al no encontrarse intrínseca y
definitivamente disminuido por la materia,
conserva de manera supereminente, junto con
su extremada riqueza y perfección[6],
la efusividad que por naturaleza le
corresponde: puesto que todo acto, en la
exacta proporción en que lo es, tiende a
comunicarse, el
«acto personal de ser», acto en la
acepción más plena, no solo resulta «activo
de suyo»[7],
sino intrínsecamente expansivo: cuando el
ser alcanza cierta cota (la propia de la
persona), asegurado ya en sí, se «vuelve»
naturalmente hacia afuera.
Conclusión, también de enormes consecuencias
para la vida cotidiana: la persona demuestra
y confirma su preeminencia en el ser, su
mayor rango ontológico, en que puede (y
debe) desatenderse, olvidarse de sí misma…
para volcar toda su energía en la afirmación
de aquellos que la rodean. Porque es
mucho, porque su acto de ser no se encuentra
disminuido por la materia, no necesita ya
ocuparse de sí misma, puede (¡y debe!)
ponerse libremente entre paréntesis,
des-considerarse, y atender al
perfeccionamiento de los otros[8].
Solo entonces, al asumir voluntariamente el
impulso más radical que reside en ella[9]
se cumple como persona y, consiguientemente,
es feliz.
b) La efusividad suma
Frente a lo que en ocasiones se opina
y antes sugería, esta especie de ley
fundamentalísima acrecienta su verdad en la
medida en que se refiere a personas más
perfectas; y, según apuntaba Juan Pablo II,
adquiere un vigor y una vigencia absolutas
cuando se trata, en el cenit de todo lo
existente, del mismo Dios. En Él, cada
Persona no es que se encuentre llamada
al Don, sino que más bien es ya
—desde siempre y para siempre, si vale la
expresión— Dádiva, Entrega, Afirmación de
las otras dos Personas, y, por eso, Relación
hacia Ellas.
Semejante observación permite calibrar
adecuadamente el alcance de la pertenencia
mutua de la persona y la familia. Hace
posible entender por qué y con qué
fundamento allí donde existe una Realidad
Personal plena, que encarna de manera
acabada la condición de Persona al
configurarse como infinito Ser subsistente,
tienen por fuerza lugar las Relaciones que
la establecen como Familia. Y, por ende,
como intento mostrar, que, considerando a
fondo la cuestión, la familia no sólo es
necesaria para que la persona se
perfeccione, para que acrezca su condición
personal, sino que resulta imprescindible,
más bien y antes, para que la persona
sea, en cuanto persona: para que
encarne su propio ser personal.
Desde esta perspectiva fundamental, la
existencia de la familia no proviene de
carencia alguna: es correlativa, simple y
llanamente, a la existencia de la persona
como tal.
Y, así, en el seno de la Trinidad, el Padre,
absoluta plenitud de Ser al que desde ningún
punto de vista cabe considerar indigente, no
sería Persona sin el Hijo. ¿Por qué?
Porque no podría encarnar su esencial y
constitutiva «efusividad» —su condición de
Don, ¡de Persona!—, sin un correlato,
también personal, capaz de recibir
íntegramente la propia Dádiva.
Explicándolo, en lo que se me alcanza. Como
sostiene Aristóteles y repiten sus
seguidores latinos, actio est in passo,
la acción «está» (acaba de cumplirse, de
ser) en el paciente: no puede decirse que
alguien mate a otra persona, por más que lo
intente y dispare a bocajarro sobre ella, si
el «paciente» no llega a morir.
En semejante sentido, nada puede entregarse
si no existe algo capaz de recibirlo y lo
recibe de hecho. Y, en el caso de las
personas, ese algo es por fuerza un
«alguien», otra persona. Por dos motivos:
i) porque ninguna
realidad inferior es susceptible de albergar
la grandeza de una persona;
ii) porque si hablamos
de verdadera entrega, la «pasión»
correspondiente «se torna activa»; en
términos estrictos una persona no «es
recibida» por otra sino en cuanto que esta
segunda, con un acto eminente de
libertad (el acto más activo), la acoge o
acepta.
(Habría, pues, que
reflexionar más, y tal vez que corregir, la
concepción de los dos integrantes de una
relación amorosa como «activo» y «pasivo».
Una vez que se advierte lo que acabo de
insinuar, la acogida del otro manifiesta una
suprema actividad, como también —salvando
las distancias— cualquier acto de libertad
por el que se acepta gozosamente incluso
aquello que, por otro lado, no podría
evitarse[11]).
c) La receptividad-activa o libre
aceptación
De ahí que Tomás de Aquino, en algunas
ocasiones, distinga entre recibir y aceptar
o acoger, y aplique esta diferencia a lo que
sucede a cualquier criatura, por una parte,
y, por otra, al Hijo en el seno de la
Santísima Trinidad.
Las criaturas reciben el acto de ser
en la potencia co-creada en tal instante, y
semejante ser resulta por fuerza disminuido,
rebajado… según la medida de la esencia. El
Hijo, por el contrario, y estamos en uno de
los puntos clave del Misterio, acepta
libérrimamente el Ser que el Padre le
otorga: un Ser que, así acogido,
en nada disminuye su plenitud.
Se «entiende» (¿?) entonces que el Hijo
posea la misma categoría ontológica —el
mismo Ser, sin merma alguna— que el Padre
(Este como entregándolo y Aquel como
acogiéndolo). Y que en su constitución
intervenga, por parte de las dos Personas,
un eminente acto de libertad, de amor. El
Hijo es por la libérrima y
amorosa aceptación del Ser que el Padre,
también con plena libertad, le ofrece (la
distinción necesidad-libertad queda superada
en el seno de la Trinidad).
Lo cual resulta lejanísima y muy
imperfectamente imitado en el caso de las
personas creadas, en las que el aceptar
auténtico —como ya insinué— tiene también
carácter activo.
d) La plenitud del Amor
Con las oportunas adaptaciones, algo similar
habría que decir del Padre y del Hijo
respecto al Espíritu Santo. Aunque aquí se
debería añadir la jugosa afirmación de Tomás
de Aquino, situada en las antípodas del
intelectualismo frío y aséptico que a menudo
se le atribuye: tomando como base la
correspondiente verdad de fe revelada, Santo
Tomás afirma que Dios por fuerza ha de ser
Trino porque con sólo dos Personas —¡incluso
divinas!— «no se realizarían en plenitud las
delicias del amor».
Ciertamente, como afirman entre otros
Agustín de Hipona y el propio Tomás de
Aquino, en el interior de la Trinidad el
amor se encuentra operante desde el
Principio, desde la generación del Verbo por
el Padre, aunque ésta se explique
formalmente como Concepción (amorosa) del
Entendimiento. Pero es sólo el Espíritu
Santo quien se configura, de manera propia y
acabada, como Amor subsistente o
consubstancial, como Don cabal y pleno[12].
Es decir, como Conjunción Subsistente de la
Dádiva y Aceptación libérrimas, nuevamente
fecundas, y no sólo de Una (Entrega) u Otra
(Acogida).
Por eso es «necesaria» la Tercera Persona.
e) Addenda
La cuestión resulta relativamente clara. Del
amor, también del humano, nada se entiende
desde la perspectiva egotista del yo.
Resulta luminoso, por el contrario, cuando
empieza a conjugarse en términos de tú. Pero
no alcanza su dimensión más cumplida, su
coronamiento terminal, hasta que introduce
en su órbita las exigencias gozosas de un
tercero: cuando se modula por referencia al
él (por eso el matrimonio suele ser fecundo,
la amistad busca ampliar el ámbito de sus
componentes, el amor del hombre a Dios no es
pleno si no redunda en beneficio de otros,
si no se transforma, ¡si no es!
apostolado…).
Lo había advertido Miguel Hernández, con
extremada intuición poética, al escribir en
el frontispicio de la más famosa de sus
elegías: «En Orihuela, su pueblo y el mío,
se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería». Y, en efecto,
querer juntamente con la persona
amada, en un excelso amor de amistad que
engloba y trasciende el cariño mutuo,
constituye la forma privilegiadamente
suprema de quererse dos personas, la
plenitud y el cumplimiento del amor. Apogeo
que se eleva a alturas insospechadas cuando
lo conjuntamente querido es lo más digno de
ser amado: otra u otras personas.
Pues bien, en el interior de la Trinidad,
donde todo es personal, ese amor conducido a
perfección no puede sino ser subsistente. La
expresión cumplida del amor del Padre al
Hijo, y viceversa, es el Amor personal
con que los Dos se quieren
indisolublemente en el Espíritu Santo,
queriendo también a Éste. Sólo en ese
querer conjunto hacia Otro conquista su
acabamiento el Amor divino. De ahí que la
Familia Primigenia haya de instaurarse como
Trinidad.
* * *
Concluyendo y resumiendo estas
disquisiciones sobre la génesis Primordial
de la Familia: sin donación, sin dádiva, no
hay persona; a su vez, no hay donación
posible sin aceptación: nadie puede darse
si no es libremente aceptado por
otro. A lo que habría que agregar que, en
virtud de la simetría que rige las
actividades más estrictamente metafísicas,
la realidad que acoge tiene que estar a la
altura ontológica de la que se entrega: en
nuestro supuesto, también Ella ha de ser
Persona[13].
No es posible, por ende, una Persona
aislada, pues no podría realizar la Donación
en que Ella misma consiste; y esa
Donación-Acogida no es plena hasta que
revierte —por así decir— en beneficio de un
Tercero, en quien se cumple definitivamente
el Amor.
De esta sumarísima y balbuciente
consideración de la Vida intratrinitaria —a
cuya semejanza, aunque a distancia infinita,
se constituye la familia humana[15]—
podemos colegir que, considerada en sí
misma, en cuanto donación-recepción
recíproca, la comunicación amorosa que
define esencialmente a la familia es
consecuencia y requisito ineludible de la
estricta índole personal: sin familia no
hay persona. Además, quiero repetirlo,
cuanto más perfecta es la Persona, más
necesidad tiene de la Familia, precisamente
para encarnar su condición de Dádiva, para
darse plenamente, sin reservas.
(Lo cual, como también sugerí, resulta en
extremo revelador en el caso de la familia
humana, en la que sus miembros tienen mayor
necesidad de ella en la exacta proporción en
que van madurando, aumentan su categoría y,
con tal incremento, crece asimismo la
tensión-obligación de darse.)
B. La familia participada
Con la pobreza del entendimiento y de las
palabras humanas, y con clara conciencia de
lo casi inútil del propósito, he intentado
indagar lo que sucede en Dios, analogado
principal de cualquier otra familia. Los
hombres son los analogados secundarios de la
realidad familiar. Consiguientemente, en su
ámbito, la situación resulta en parte igual
y en parte distinta. Si consideramos el
asunto desde la más radical perspectiva
posible, la necesidad de la familia se
enraíza en la condición personal humana por
dos títulos diversos, aunque
complementarios:
i) ante todo, la
excedencia, que acerca la persona humana a
las Divinas y representa la razón
primordial;
ii) y, derivadamente,
la indigencia, que la sitúa a una distancia
infinita respecto a Ellas.
Y ambas —sobreabundancia y precariedad—
en relación al amor, que es lo que
define a la persona como persona.
1. Familia humana y excedencia
Por lo que se refiere a la excedencia,
conviene dejar muy claro que también entre
nosotros, y en virtud de la superioridad
entitativa a que antes me referí, la persona
se configura primordialmente como una
realidad llamada a la entrega: a la donación
total, absoluta. Sin semejante ofrenda de
sí, ningún ser humano puede lograr el
cumplimiento, la plenitud que le compete
como persona… ni, por ende, la felicidad.
De ahí, desde la óptica que pretendo
subrayar, la conveniencia del
matrimonio, que es el camino más
frecuente donde los adultos pueden darse
por entero, en cuerpo y alma. Donde
actualizan, por tanto, su vocación a la
dádiva cumplida, al don íntegro en el que
obtienen su apogeo como personas, según la
famosísima expresión de la Gaudium et
Spes que antes recogíamos, y que tantas
veces ha reiterado —como también advertí—
Juan Pablo II.
Y este, el de hacer posible la entrega, es
el sentido fundamental en que, ya no sólo
para los esposos, sino para todos sus
miembros, la familia humana iniciada con la
boda resulta imprescindible: pues en ella
encuentran cuantos la componen el ámbito
adecuado en el que pueden, en verdad, darse.
¿Por qué? Porque su simple condición
personal —lo que son, y no tanto lo que
saben, lo que hacen o lo que tienen— compone
un título suficiente para ser gozosa y
libremente acogidos. «¿Quién puede dejar de
pedir a la familia humana —sostiene con
decisión Juan Pablo— que sea una auténtica
familia, una auténtica comunidad donde se
ama permanentemente al hombre, donde se ama
siempre a cada uno por el solo motivo de que
es un hombre, esa cosa única, irrepetible,
que es una persona?»[16].
a) El hijo, don radical…
Así ha de suceder, pongo por caso, y de una
manera que nunca podría encomiarse en
exceso, desde el mismísimo momento de la
concepción. No olvidemos que cualquier hijo
—por su misma índole personal— debe tener
desde siempre razón de don, de obsequio,
de regalo. Y, en efecto, su propio ser, el
que se le otorga con el alma espiritual, es
el don primigenio que Dios hace al propio
niño en el momento preciso en que es
concebido, elevando la materia que aportan
los padres a la sublime categoría de
persona. Y esa misma persona se configura, a
la par, como el don extraordinario que el
propio Dios ofrece a los esposos:
como regalo al regalo —mutua entrega amorosa
y gratuita— que éstos se otorgan en el
momento de la relación fecunda.
Los cónyuges se obsequian recíprocamente, en
cada acto de unión íntima, en cuerpo y alma.
Y Dios, que siempre premia esa entrega con
un aumento de gracia y de afecto recíproco,
lo hace también en ocasiones con lo máximo
que podría ofrendarles en los dominios de la
naturaleza (asumible por la gracia): una
nueva realidad humana, creada a imagen y
semejanza divina.
Amor, por tanto, (con mayúscula) que se suma
al amor, Entrega que se añade a la entrega,
y todo ello dentro de la lógica amorosa de
la gratuidad: he ahí la llegada al mundo de
cualquier niño… precisamente como persona.
Con palabras un tanto más técnicas, lo
resume adecuadamente el cardenal Ratzinger,
hoy Benedicto XVI: «La sexualidad conyugal
es la expresión del don definitivo que hace
de sí mismo el cónyuge al otro cónyuge y,
por tanto, confirma y alimenta entre los
esposos una comunión de amor total e
indisoluble. Es por esta donación, su íntima
verdad, por lo que la sexualidad está
llamada, precisamente en el acto conyugal
específico de la unión de los esposos, a una
participationem specialem quamdam in
suiipsius opere creativo (esto es, de
Dios) (GS 50, 1). […]. El acto conyugal, en
el cual se ponen las condiciones para que
surja una nueva vida, no genera ninguna
relación de “producción” entre padres e
hijos: en él el hijo es engendrado y no
producido. Los cónyuges ponen un acto de
amor en el don recíproco de sí mismos, y el
hijo que puede surgir de este acto es el don
del amor creativo de Dios, confiado a los
padres para que lo acojan con reconocimiento
e infinito respeto»[17].
b) … fruto directo e inmediato
de un inmediato y directo acto de amor
Don del amor creativo al don recíproco de
los padres… Vale la pena insinuar aquí una
verdad profunda, que merecería ulteriores
desarrollos. Si cuanto se acaba de sostener
es cierto, la familia de institución
matrimonial constituirá el único ámbito que
torna hacedero el legítimo crecimiento
numérico de la humanidad.
Sólo en el seno de semejantes familias los
nuevos seres humanos accederán al universo
—desde el mismísimo instante en que son
concebidos— de acuerdo con su condición
personal de dádiva, de regalo.
¿Por qué? Porque sólo la unión fecunda de un
varón con una mujer que se han entregado de
por vida en cuanto tales abre el espacio a
la concepción amorosa y gratuita
del hijo; un hijo que Dios añade
—gratuitamente, insisto—, como ofrenda de su
Amor libérrimo e infinito, al amor con que
los cónyuges actualizan la entrega completa
del cuerpo y del alma que, en exclusiva y
para siempre, se hicieron en el momento del
matrimonio.
El hijo puede venir al mundo como un don
sólo cuando un varón y una mujer, mediante
la entrega completa de sí mismos, incluidas
sus respectivas sexualidades, crean un
exquisito clima de amor naturalmente fecundo:
sólo en semejante ámbito puede introducirse
con coherencia el Amor creador del propio
Dios, que es el Origen radical —y gratuito,
repito por última vez— de cada nuevo
vástago. Únicamente un con-texto de
amor (el de los padres) resulta congruente
con el Texto amoroso de la creación
(divina) del hijo.
Lo ha expresado, con penetrante belleza,
Carlo Caffarra: «Llamados a cooperar con el
Creador, el varón y la mujer, para vivir de
forma digna esta cooperación, deberán
asimilar —de forma consentida— su acto al
acto divino; se tratará de expresar
humanamente, en el plano del universo
creado, aquello que Dios completa. Ahora
bien, el acto creador de Dios es, en su más
íntima esencia, un acto de amor, porque
ninguna necesidad ni intrínseca ni
extrínseca le obliga a crear. En
consecuencia, por estas profundas razones
toda la actividad desplegada a lo largo del
entero proceso por el que se puede dar
origen a una nueva vida humana es, en su más
íntima esencia, una actividad de amor. El
hecho de que la sexualidad humana esté en
condiciones de dar origen a una nueva vida
humana se debe, a su vez, al hecho de que la
sexualidad está en condiciones de poner en
la existencia una comunión de amor»[18],
de entrega-aceptación recíproca y gratuita.
c) La sola familia genuina
La familia de institución matrimonial, por
consiguiente, constituye la esfera, el humus
vital y profundamente humano, donde es
posible acoger la donación personal con que
debe iniciar su existencia cada uno de sus
subsiguientes miembros. Justo porque el
matrimonio hace posible la dádiva de las
personas íntegras de los esposos, en cuanto
sexuadas y «onto-génicamente fecundas»
(capaces de dar vida a un nuevo ser
personal), en él los hijos pueden ser
acogidos con libre gozo como respuesta
gratuita a la también gratuita entrega mutua
de los cónyuges. Nunca como objeto de un
derecho, que anularía su condición de
obsequios no debidos. En consecuencia, sólo
bajo el amparo de la institución matrimonial
pueden configurarse los hijos, desde el
mismo momento en que son procreados, como
dádiva, como oferta liberal, como el mejor
regalo: es decir, como personas.
(Es fácil advertir que, al escribir estas
últimas palabras, tengo presentes —por
contraste— las pretensiones de ciertas
parejas, y en especial las de personas del
mismo sexo, de hacer llegar al mundo a los
hijos mediante los múltiples procedimientos
de fecundación artificial. En semejantes
circunstancias, la nueva criatura jamás se
adentraría en la vida como término directo e
inmediato de un acto de amor.
i) Primero, porque
ninguno de los componentes de una relación
homosexual, por centrarme en este extremo,
puede hacer entrega cabal de la
propia sexualidad —y, con ella, de su
persona íntegra—, por cuanto el otro se