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FAMILIA SIGLO XXI (Ana María Sanguineti)

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© ASOCIACIÓN ARVO 1980-2005

 

Familia siglo XXI

La relación varón-mujer y el mundo familiar

Por Ana María Sanguineti



Entrados ya en el siglo XXI nos encontramos en la ciudad de Rosario con el intento de expresar nuestras propuestas acerca de la familia: cómo cuidarla, cómo defenderla, cómo restaurarla.

El presupuesto que justifica y da sentido a estos desafíos, y a su posible concreción, se centra en la conciencia que cada uno tenemos de la importancia de la familia, lo que supone que sabemos que existe y en qué consiste, aunque nadie nos lo haya explicado.

La familia es una realidad evidente, que no necesita ser demostrada. Se muestra por sí misma en cuanto que brota de una relación de unión amorosa entre una persona varón y una persona mujer.

La unión entre un varón y una mujer o es personal o no es unión.

Decir personal hace referencia a la posibilidad de integración interior del uno en el otro, por la mutua potenciación de lo que se da y de lo que se recibe: el don de la propia persona -¡entera!-, en lo que verdaderamente consiste el amor. Se genera así un ámbito propicio -el del amor personal- en el que puede emerger con dignidad el don que supone una persona nueva .

Quisiera centrarme en la relación del varón con la mujer, pues sin ella no hay familia, y tampoco sociedad, aunque muchos lo pretendan.

Esto es tan obvio que resulta complicado para los ojos confusos de muchos, inclinados a la complejidad.

Por eso a veces las soluciones a los grandes problemas siendo muy simples, cercanas y accesibles, son difíciles de ver.

Actualmente vivimos uno de esos momentos complejos en los que lo obvio no se ve, en los que no se distingue lo diferente por una suerte de caos social, en el que al ritmo de los avances de la técnica todo se confunde, quizá por falta de reflexión.

Para esto sirven los encuentros como éste: para reflexionar juntos, a partir de lo que está a la vista.

Lo que ofrece dificultad en el ámbito de la vida cotidiana -más que en el académico- es la diferencia que existe entre el varón y la mujer. Así lo muestran los medios de comunicación, resonancia del modo de vivir en sociedad y viceversa, si bien no en modo absoluto.

Si falla el reconocimiento de la diversidad recíproca entre el varón y la mujer su mutua relación carece de sentido, lo que manifiesta que el mismo ser personal en cuanto tal, en tanto que varón o mujer, ha perdido significación.

La confusión es grande, y es preciso ir distinguiendo, separando, para llegar a conocer, puesto que, como decían los escolásticos “conocer es distinguir”.

El caso es que hoy se habla del intento de nivelación de los sexos, o de su anulación por la vía de la indiferenciación. Esto es lo que en nuestro contexto histórico-cultural se nos muestra como dato en el ámbito social: esto hoy es así -parece decírsenos-, sin más.

Pero de hecho es rechazado por la mayoría de las personas y por muchas familias que pretenden frenar el paso que va desde el simple dato social a la legislación positiva.

Es repudiado por padres y madres a quienes les toca ver de cerca a sus hijos mezclados en semejante confusión.

Junto a tales presupuestos emergen en la sociedad crisis que asumen proyecciones cada vez más grandes: el SIDA, cantidad de niños abandonados, o hijos de un solo progenitor, adolescentes embarazadas desde muy jóvenes, adultos que viven en soledad sin ningún soporte afectivo, el problema demográfico -por exceso o por defecto-, homosexualidad y lesbianismo ...

Son problemas de gran envergadura que reclaman enormes sumas de dinero para encauzar su posible solución.

Me atrevería a decir que ésta se halla a la vista, a poco que se posen los ojos en las raíces de los mismos, que manifiestan una clara falta de relación entre el varón y la mujer, o una múltiple o ambigua interpretación de las mismas. Si esto es así habrá que pensar que éste es el punto clave de resolución de nuestra problemática: la relación varón – mujer.

A nadie se le oculta el hecho de que hoy campean en nuestra sociedad dos fuertes tendencias ideológicas que van camino de deshacernos: por un lado la que subraya una rivalidad progresiva entre el varón y la mujer; y por otro, la que bajo el pretexto de subsanar dicha situación, pretende anular sin más todo matiz de diferenciación entre la modalidad masculina y femenina de ser.

Por el camino de la contraposición de los sexos, de una parte, no puede sino arribarse a la destrucción de las personas, al compás de la creciente fuerza del enfrentamiento mutuo.

Por la ruta de la anulación de las diferencias, de otra, se disuelve la capacidad misma de integración de quienes por ser iguales, pero gracias a su diversidad, tienen la posibilidad de entrar en relación para confluir en la tarea de “hacerse personas” al ritmo de su “hacer familia” y “hacer mundo exterior”, el doble escenario de su andar humano.

Procedente de una y otra vertiente de pensamiento se despliega la aparente contradicción o falta de equilibrio entre esos dos mundos en los que todos nos movemos y forjamos: el mundo familiar y el profesional extradoméstico.

La raíz de semejante antagonismo no puede estar sino en la falta de conciliación entre el varón y la mujer, no sólo en cuanto a la compaginación de sus tareas, sino más profundamente aún, en cuanto a la armonización de aquello que les constituye radicalmente en su realidad personal: su masculinidad y su feminidad.

La progresiva separación de quienes mirándose a sí mismos no llegan a descubrir la mirada del otro para explorar juntos el mundo con el propósito de hacerlo propio, no puede sino conducirles a la mayor de las soledades que puede experimentarse en el planeta, la de encontrarse ajeno a él, y por lo mismo, muy cercanos a la muerte, lo que hace escuchar el eco de aquella primigenia experiencia que calladamente grita: “¡No es bueno que el hombre esté solo!”

De ello da testimonio la reciente noticia periodística de aquel hombre mayor que buscaba una familia que lo adoptara como abuelo, hasta que la encontró. Ofrecía a quien respondiera a su llamado no sólo 500 Euros, sino el contar cuentos a los niños, dictar amenas clases de Historia, Geografía, Matemáticas...., conversaciones sobre temas de arte y de cultura con adolescentes y adultos...

Lo que necesitaba -y ofrecía- este exprofesor jubilado no eran alumnos que se beneficiaran de sus clases, ni atención médica, alimentación o albergue, sino tener quienes lo necesitaran con una vinculación estable, amorosa, que de algún modo “replicara” lo que naturalmente hubiera podido tener y no tenía. Sólo así podría seguir viviendo como persona, conjugando su talento profesional con su capacidad de dar y recibir afecto en una familia, mediante vínculos de adopción que le garantizaran la reciprocidad del amor, propia de la dinámica del don. Esta es la que le permite a uno dar, si hay quien recibe, por lo que la acogida misma se transforma en un don.

Nos hallamos ante una cuestión antropológica que requiere una mirada esencial: la que ante la complejidad de la vida es capaz de leer la realidad sencilla de aquello que se impone por su evidencia misma: toda persona necesita una familia, por cuanto ésta es la puntada inicial de su genealogía, desde la irreductible unión de un varón y una mujer. Desde ella cabe la posibilidad de generarse, en un entramado de relaciones múltiples, un ámbito propicio para el despliegue existencial de cada persona singular: el mundo familiar.

En este sentido puede decirse que el varón y la mujer son, en su mutua relación, y en cuanto origen de la familia, el núcleo constitutivo de este mundo. Así lo testifican la entera historia humana, cantada por artistas y poetas en diversos lenguas, la misma identidad de la comunidad humana, y su supervivencia en esta tierra.

Proyección del ámbito familiar es el mundo exterior, en tanto que abierto siempre a una más adecuada hechura humana, conforme a la respuesta de quienes de modo creativo, por su talento inédito, son capaces de conocerlo, de gozarlo y plasmarlo, según la diversa articulación e intensidad de tonalidades y matices con que lo pueden hacer un varón o una mujer, desde su peculiar modalidad de hacer, de sentir y de pensar.

Se entrelazan así tres mundos en interacción dinámica: el propio mundo interior -el personal-, el mundo familiar y el laboral extradoméstico, los que a su vez emanan del primero como de su misma fuente. Por esto puede decirse que la riqueza interior de la persona se forja hacia adentro y desde dentro en tanto que su “hacer” -su trabajo- se vierte al exterior en ese doble ámbito humano, el familiar y el profesional.

No es posible construir mundo interior sin hacer mundo familiar, como tampoco lo es el lanzarse sin éste a construir mundo exterior, porque aquel que llamamos interior se vería privado de su fuerza motora, la que está hecha de raíces familiares.

Desde este ángulo de visión es posible entender que ambos mundos, el familiar y el profesional extradoméstico, no pueden ser contradictorios entre sí.

Esto es muy fácil de decir, pero de sobra conocemos la dificultad que conlleva la tarea de conciliarlos en la vida cotidiana. Tratándose de una cuestión humana no puede haber recetas prefabricadas para lograrlo con efectividad, de modo que no sólo no haya predominio del uno sobre el otro, sino que se enriquezcan mutuamente.

Cabe contar para ello con algunas claves antropológicas básicas -ideas esenciales- que de algún modo sirvan de guía para la conciliación buscada.

Estas habrán de fundarse en la singularidad de la persona y en el hecho innegable de que ninguna persona puede hacerse sola.

Cada una tiende tanto a afirmar su singularidad como a abrirse a los demás. Su capacidad de relación le orienta hacia la familia por un lado y hacia el resto del mundo por el otro.

La singularidad y la relacionalidad, que de por sí “tiran” en dirección opuesta, son en efecto los dos elementos constitutivos de la persona, desde una perspectiva metafísica: la llamada a la autoafirmación de la propia subjetividad por un lado, y la que inclina a la relación, esto es a la comunión, por el otro.

Esa tensión bipolar manifiesta a la vez la suprema riqueza del ser personal que se potencia por la unión, como también la que es su máxima desgracia, la de su separación y desunión.

La cuestión está en hallar aquello que permita resolver positivamente esa doble tensión, porque si ambas fuerzas no se conjugan, terminan separando; si por el contrario se integran, son capaces de unir.

La doble tensión antropológica sólo se resuelve si se sintetiza vitalmente en el acto de donación que implica la afirmación de sí en el don de sí.

Este es el acto libre de amor, que consiste en la máxima capacidad de afirmación de sí por la suprema afirmación del otro.

Por esto, cualquier trabajo profesional que se desempeñe fuera del hogar, así como el que cuida de éste a través de las específicas tareas domésticas, puede entrar de por sí en la dinámica del don, siempre que la autoafirmación personal que implica su realización tienda en verdad a la real afirmación del otro, esto es, si se concibe y desempeña en función de servicio.

Aquí está la piedra de toque de la confluencia de esos dos mundos que a primera vista parecen antagónicos: el profesional extradoméstico y el de la vida familiar. La cuestión se centra en que quienes los “construyan”, varones y mujeres, conciban sus mutuas relaciones bajo esta perspectiva: la de la entrega de su propio don. Esta es la garantía de su integración armónica, la que cuando se orienta al desarrollo de aquellos a quienes se dirige redunda en el propio crecimiento, con lo que crecen todos.

Si por el contrario, en cualquiera de esos dos ámbitos, el familiar y el profesional, la personal autoafirmación sirviera sólo de pedestal para mostrarse a los demás a una mayor altura, quizá al precio de montarse sobre ellos, la anulación de éstos redundaría en la propia.

Cabe aquí la reflexión personal sobre nuestras propias experiencias y sobre las de quienes nos rodean.

Encauzar la autoafirmación personal por la vía del servicio es la clave armonizadora entre el varón y la mujer, y entre las demás personas, en orden a la confluencia de esos dos mundos en apariencia excluyentes a los ojos de algunos: el mundo profesional y el familiar.

Esto implica realizar las propias tareas, las que fueren, en uno u otro ámbito, con actitud de entrega, conforme a la propia idoneidad personal y a la identidad femenina o masculina de ser.

Es por ello que no puede hablarse con propiedad de tareas exclusivas de uno u otro género, salvo en el caso de aquellas funciones -no meros roles- derivadas de la específica configuración personal conforme a su diversidad sexuada, las que se nuclean en la potencialidad de la maternidad en la mujer o de la paternidad en el varón.

Consecuencia de esto es que el varón o la mujer dejan su impronta en todo aquello en lo que toman parte, en mayor o menor grado. Siendo igualmente humanos, sus modos de ver, de sentir y de actuar son diferentes. En ello estriba su máxima riqueza, por cuanto su armonización optimiza no sólo la tarea hecha en común, sino las vidas mismas de quienes, gracias a la del otro, se potencian.

A modo de conclusión podríamos decir que:
 


    • La relación de integración unitiva amorosa entre un varón y una mujer es el núcleo constitutivo de la familia y de la sociedad -y de su permanencia-, por cuanto es la raíz de la genealogía de la persona.

    • La armonía entre el varón y la mujer, en actitud de entrega y de servicio, es la clave del equilibrio entre la vida familiar y el trabajo extradoméstico, a la vez que el fundamento del equilibrio y del desarrollo personal.

    • El peculiar aporte del ethos femenino, en complementariedad con el propio del varón, es esencial e insustituible para la humanización de la sociedad.


 

(*) Ana María Sanguineti
Dra. en Teología
Profesora de Antropología, Universidad Austral

Exposición en el Panel de cierre de la
1ª Jornada “Familia Siglo XXI”,
organizada por Fundación Camino y Fund TV,

Rosario (Argentina) Jueves 21 de octubre de 2004.
Edición electrónica de Arvo Net, 24 de octubre 2004.

 

 

 

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Enviado por Arvo Net - 24/04/2005 ir arriba
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