La relación
varón-mujer y el mundo familiar
Por Ana María Sanguineti
Entrados ya en el siglo XXI nos
encontramos en la ciudad de Rosario con
el intento de expresar nuestras
propuestas acerca de la familia: cómo
cuidarla, cómo defenderla, cómo
restaurarla.
El presupuesto que justifica y da
sentido a estos desafíos, y a su posible
concreción, se centra en la conciencia
que cada uno tenemos de la importancia
de la familia, lo que supone que sabemos
que existe y en qué consiste, aunque
nadie nos lo haya explicado.
La familia es una realidad evidente, que
no necesita ser demostrada. Se muestra
por sí misma en cuanto que brota de una
relación de unión amorosa entre una
persona varón y una persona mujer.
La unión entre un varón y una mujer o es
personal o no es unión.
Decir personal hace referencia a la
posibilidad de integración interior del
uno en el otro, por la mutua
potenciación de lo que se da y de lo que
se recibe: el don de la propia persona
-¡entera!-, en lo que verdaderamente
consiste el amor. Se genera así un
ámbito propicio -el del amor personal-
en el que puede emerger con dignidad el
don que supone una persona nueva .
Quisiera centrarme en la relación del
varón con la mujer, pues sin ella no hay
familia, y tampoco sociedad, aunque
muchos lo pretendan.
Esto es tan obvio que resulta complicado
para los ojos confusos de muchos,
inclinados a la complejidad.
Por eso a veces las soluciones a los
grandes problemas siendo muy simples,
cercanas y accesibles, son difíciles de
ver.
Actualmente vivimos uno de esos momentos
complejos en los que lo obvio no se ve,
en los que no se distingue lo diferente
por una suerte de caos social, en el que
al ritmo de los avances de la técnica
todo se confunde, quizá por falta de
reflexión.
Para esto sirven los encuentros como
éste: para reflexionar juntos, a partir
de lo que está a la vista.
Lo que ofrece dificultad en el ámbito de
la vida cotidiana -más que en el
académico- es la diferencia que existe
entre el varón y la mujer. Así lo
muestran los medios de comunicación,
resonancia del modo de vivir en sociedad
y viceversa, si bien no en modo
absoluto.
Si falla el reconocimiento de la
diversidad recíproca entre el varón y la
mujer su mutua relación carece de
sentido, lo que manifiesta que el mismo
ser personal en cuanto tal, en tanto que
varón o mujer, ha perdido significación.
La confusión es grande, y es preciso ir
distinguiendo, separando, para llegar a
conocer, puesto que, como decían los
escolásticos “conocer es distinguir”.
El caso es que hoy se habla del intento
de nivelación de los sexos, o de su
anulación por la vía de la
indiferenciación. Esto es lo que en
nuestro contexto histórico-cultural se
nos muestra como dato en el ámbito
social: esto hoy es así -parece
decírsenos-, sin más.
Pero de hecho es rechazado por la
mayoría de las personas y por muchas
familias que pretenden frenar el paso
que va desde el simple dato social a la
legislación positiva.
Es repudiado por padres y madres a
quienes les toca ver de cerca a sus
hijos mezclados en semejante confusión.
Junto a tales presupuestos emergen en la
sociedad crisis que asumen proyecciones
cada vez más grandes: el SIDA, cantidad
de niños abandonados, o hijos de un solo
progenitor, adolescentes embarazadas
desde muy jóvenes, adultos que viven en
soledad sin ningún soporte afectivo, el
problema demográfico -por exceso o por
defecto-, homosexualidad y lesbianismo
...
Son problemas de gran envergadura que
reclaman enormes sumas de dinero para
encauzar su posible solución.
Me atrevería a decir que ésta se halla a
la vista, a poco que se posen los ojos
en las raíces de los mismos, que
manifiestan una clara falta de
relación entre el varón y la mujer,
o una múltiple o ambigua interpretación
de las mismas. Si esto es así habrá que
pensar que éste es el punto clave de
resolución de nuestra problemática:
la relación varón – mujer.
A nadie se le oculta el hecho de que hoy
campean en nuestra sociedad dos fuertes
tendencias ideológicas que van camino de
deshacernos: por un lado la que subraya
una rivalidad progresiva entre el varón
y la mujer; y por otro, la que bajo el
pretexto de subsanar dicha situación,
pretende anular sin más todo matiz de
diferenciación entre la modalidad
masculina y femenina de ser.
Por el camino de la contraposición de
los sexos, de una parte, no puede sino
arribarse a la destrucción de las
personas, al compás de la creciente
fuerza del enfrentamiento mutuo.
Por la ruta de la anulación de las
diferencias, de otra, se disuelve la
capacidad misma de integración de
quienes por ser iguales, pero gracias a
su diversidad, tienen la posibilidad de
entrar en relación para confluir en la
tarea de “hacerse personas” al ritmo de
su “hacer familia” y “hacer mundo
exterior”, el doble escenario de su
andar humano.
Procedente de una y otra vertiente de
pensamiento se despliega la aparente
contradicción o falta de equilibrio
entre esos dos mundos en los que todos
nos movemos y forjamos: el mundo
familiar y el profesional
extradoméstico.
La raíz de semejante antagonismo no
puede estar sino en la falta de
conciliación entre el varón y la mujer,
no sólo en cuanto a la compaginación de
sus tareas, sino más profundamente aún,
en cuanto a la armonización de aquello
que les constituye radicalmente en su
realidad personal: su masculinidad y su
feminidad.
La progresiva separación de quienes
mirándose a sí mismos no llegan a
descubrir la mirada del otro para
explorar juntos el mundo con el
propósito de hacerlo propio, no puede
sino conducirles a la mayor de las
soledades que puede experimentarse en el
planeta, la de encontrarse ajeno a él, y
por lo mismo, muy cercanos a la muerte,
lo que hace escuchar el eco de aquella
primigenia experiencia que calladamente
grita: “¡No es bueno que el hombre
esté solo!”
De ello da testimonio la reciente
noticia periodística de aquel hombre
mayor que buscaba una familia que lo
adoptara como abuelo, hasta que la
encontró. Ofrecía a quien respondiera a
su llamado no sólo 500 Euros, sino el
contar cuentos a los niños, dictar
amenas clases de Historia, Geografía,
Matemáticas...., conversaciones sobre
temas de arte y de cultura con
adolescentes y adultos...
Lo que necesitaba -y ofrecía- este
exprofesor jubilado no eran alumnos que
se beneficiaran de sus clases, ni
atención médica, alimentación o
albergue, sino tener quienes lo
necesitaran con una vinculación estable,
amorosa, que de algún modo “replicara”
lo que naturalmente hubiera podido tener
y no tenía. Sólo así podría seguir
viviendo como persona, conjugando su
talento profesional con su capacidad de
dar y recibir afecto en una familia,
mediante vínculos de adopción que le
garantizaran la reciprocidad del amor,
propia de la dinámica del don. Esta es
la que le permite a uno dar, si hay
quien recibe, por lo que la acogida
misma se transforma en un don.
Nos hallamos ante una cuestión
antropológica que requiere una mirada
esencial: la que ante la complejidad de
la vida es capaz de leer la realidad
sencilla de aquello que se impone por su
evidencia misma: toda persona necesita
una familia, por cuanto ésta es la
puntada inicial de su genealogía, desde
la irreductible unión de un varón y una
mujer. Desde ella cabe la posibilidad de
generarse, en un entramado de relaciones
múltiples, un ámbito propicio para el
despliegue existencial de cada persona
singular: el mundo familiar.
En este sentido puede decirse que el
varón y la mujer son, en su mutua
relación, y en cuanto origen de la
familia, el núcleo constitutivo de
este mundo. Así lo testifican la
entera historia humana, cantada por
artistas y poetas en diversos lenguas,
la misma identidad de la comunidad
humana, y su supervivencia en esta
tierra.
Proyección del ámbito familiar es el
mundo exterior, en tanto que abierto
siempre a una más adecuada hechura
humana, conforme a la respuesta de
quienes de modo creativo, por su talento
inédito, son capaces de conocerlo, de
gozarlo y plasmarlo, según la diversa
articulación e intensidad de tonalidades
y matices con que lo pueden hacer un
varón o una mujer, desde su peculiar
modalidad de hacer, de sentir y de
pensar.
Se entrelazan así tres mundos en
interacción dinámica: el propio mundo
interior -el personal-, el mundo
familiar y el laboral
extradoméstico, los que a su vez
emanan del primero como de su misma
fuente. Por esto puede decirse que la
riqueza interior de la persona se forja
hacia adentro y desde dentro en tanto
que su “hacer” -su trabajo- se vierte al
exterior en ese doble ámbito humano, el
familiar y el profesional.
No es posible construir mundo
interior sin hacer mundo familiar,
como tampoco lo es el lanzarse sin éste
a construir mundo exterior, porque aquel
que llamamos interior se vería privado
de su fuerza motora, la que está hecha
de raíces familiares.
Desde este ángulo de visión es posible
entender que ambos mundos, el familiar y
el profesional extradoméstico, no pueden
ser contradictorios entre sí.
Esto es muy fácil de decir, pero de
sobra conocemos la dificultad que
conlleva la tarea de conciliarlos en la
vida cotidiana. Tratándose de una
cuestión humana no puede haber recetas
prefabricadas para lograrlo con
efectividad, de modo que no sólo no haya
predominio del uno sobre el otro, sino
que se enriquezcan mutuamente.
Cabe contar para ello con algunas claves
antropológicas básicas -ideas
esenciales- que de algún modo sirvan de
guía para la conciliación buscada.
Estas habrán de fundarse en la
singularidad de la persona y en el
hecho innegable de que ninguna persona
puede hacerse sola.
Cada una tiende tanto a afirmar su
singularidad como a abrirse a los demás.
Su capacidad de relación le orienta
hacia la familia por un lado y hacia el
resto del mundo por el otro.
La singularidad y la relacionalidad, que
de por sí “tiran” en dirección opuesta,
son en efecto los dos elementos
constitutivos de la persona, desde una
perspectiva metafísica: la llamada a la
autoafirmación de la propia
subjetividad por un lado, y la que
inclina a la relación, esto es a la
comunión, por el otro.
Esa tensión bipolar manifiesta a la vez
la suprema riqueza del ser personal que
se potencia por la unión, como también
la que es su máxima desgracia, la de su
separación y desunión.
La cuestión está en hallar aquello que
permita resolver positivamente esa doble
tensión, porque si ambas fuerzas no se
conjugan, terminan separando; si por el
contrario se integran, son capaces de
unir.
La doble tensión antropológica sólo se
resuelve si se sintetiza vitalmente en
el acto de donación que implica la
afirmación de sí en el don de sí.
Este es el acto libre de amor,
que consiste en la máxima capacidad de
afirmación de sí por la suprema
afirmación del otro.
Por esto, cualquier trabajo profesional
que se desempeñe fuera del hogar, así
como el que cuida de éste a través de
las específicas tareas domésticas, puede
entrar de por sí en la dinámica del don,
siempre que la autoafirmación personal
que implica su realización tienda en
verdad a la real afirmación del otro,
esto es, si se concibe y desempeña en
función de servicio.
Aquí está la piedra de toque de la
confluencia de esos dos mundos que a
primera vista parecen antagónicos: el
profesional extradoméstico y el de la
vida familiar. La cuestión se centra en
que quienes los “construyan”, varones y
mujeres, conciban sus mutuas relaciones
bajo esta perspectiva: la de la entrega
de su propio don. Esta es la garantía de
su integración armónica, la que cuando
se orienta al desarrollo de aquellos a
quienes se dirige redunda en el propio
crecimiento, con lo que crecen todos.
Si por el contrario, en cualquiera de
esos dos ámbitos, el familiar y el
profesional, la personal autoafirmación
sirviera sólo de pedestal para mostrarse
a los demás a una mayor altura, quizá al
precio de montarse sobre ellos, la
anulación de éstos redundaría en la
propia.
Cabe aquí la reflexión personal sobre
nuestras propias experiencias y sobre
las de quienes nos rodean.
Encauzar la autoafirmación personal
por la vía del servicio es la
clave armonizadora entre el varón y la
mujer, y entre las demás personas,
en orden a la confluencia de esos dos
mundos en apariencia excluyentes a los
ojos de algunos: el mundo profesional
y el familiar.
Esto implica realizar las propias
tareas, las que fueren, en uno u otro
ámbito, con actitud de entrega, conforme
a la propia idoneidad personal y a la
identidad femenina o masculina de ser.
Es por ello que no puede hablarse con
propiedad de tareas exclusivas de uno u
otro género, salvo en el caso de
aquellas funciones -no meros roles-
derivadas de la específica configuración
personal conforme a su diversidad
sexuada, las que se nuclean en la
potencialidad de la maternidad en la
mujer o de la paternidad en el varón.
Consecuencia de esto es que el varón o
la mujer dejan su impronta en todo
aquello en lo que toman parte, en mayor
o menor grado. Siendo igualmente
humanos, sus modos de ver, de sentir y
de actuar son diferentes. En ello
estriba su máxima riqueza, por cuanto su
armonización optimiza no sólo la tarea
hecha en común, sino las vidas mismas de
quienes, gracias a la del otro, se
potencian.
A modo de conclusión podríamos decir
que:
• La relación de integración unitiva
amorosa entre un varón y una mujer
es el núcleo constitutivo de la
familia y de la sociedad -y de su
permanencia-, por cuanto es la raíz
de la genealogía de la persona.
• La armonía entre el varón y la
mujer, en actitud de entrega y de
servicio, es la clave del equilibrio
entre la vida familiar y el trabajo
extradoméstico, a la vez que el
fundamento del equilibrio y del
desarrollo personal.
• El peculiar aporte del ethos
femenino, en complementariedad con
el propio del varón, es esencial e
insustituible para la humanización
de la sociedad.
(*) Ana María Sanguineti
Dra. en Teología
Profesora de Antropología, Universidad
Austral
Exposición en el Panel de cierre de la
1ª Jornada “Familia Siglo XXI”,
organizada por Fundación Camino y Fund
TV,
Rosario (Argentina) Jueves 21 de octubre
de 2004.
Edición electrónica de Arvo Net,
24 de octubre 2004.
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