Por
Tomás
Melendo
Granados
Arvo Net
13 de
abril de
2005
Jugando
un poco
con las
palabras
y los
conceptos,
diría
que el
objetivo
de estas
líneas
es
orientar
a los
orientadores
—sean
profesionales
o
simples
ejecutores
de este
papel en
la
familia—,
para que
ellos, a
su vez,
orienten
a
quienes
les
piden
ayuda o,
simplemente,
para
mejorar
el tono
y la
calidad
de la
vida en
su
hogar.
Es
preciso
definir
el
núcleo
de la
existencia
familiar,
pues es
el punto
en el
que
habremos
de
incidir
para
elevar
el nivel
y la
eficacia
de las
actividades
de
cualquier
familia
que
aspire a
ser lo
que por
esencia
le
corresponde.
En
principio,
determinar
la
sustancia
y el
objetivo
de la
institución
familiar
no
parece
complejo.
Juan
Pablo II
los ha
señalado
con
insistencia
y
claridad:
«En una
perspectiva
que
además
llega a
las
raíces
mismas
de la
realidad,
hay que
decir
que la
esencia
y el
cometido
de la
familia
son
definidos
en
última
instancia
por
el amor.
Por esto
la
familia
recibe
la
misión
de
custodiar,
revelar
y
comunicar
el amor».
El amor,
por
tanto,
define y
fundamenta
la
institución
familiar;
y el
amor en
su
acepción
más
noble:
de
amistad
o
benevolencia.
Pero,
¿entre
quiénes?
EL
NÚCLEO
PRIMORDIAL
Primero
los
padres
Es
frecuente
que los
padres
no
sientan
la
necesidad
de
formarse
mejor
hasta
que
alguno
de los
hijos
plantea
dificultades
que los
superan.
Acuden
entonces
al
centro
educativo
para
hablar
con el
preceptor
o se
inscriben
en un
curso de
orientación
familiar.
El
«problema»,
por
decirlo
con
dramatismo,
es el
hijo.
Aquí,
los
cónyuges
deben
comprender
que toda
su
actividad
paterna
resultará
inútil
hasta
que, en
el seno
de la
familia,
no
dirijan
su
mirada e
influjo
renovador
hacia
ellos
mismos:
son los
padres
quienes
deben
cambiar
en
primer
término
para
provocar
un
perfeccionamiento
en sus
hijos.
Cualquier
progreso
en la
vida
familiar
es fruto
de una
modificación
en la
vida de
los
cónyuges,
que se
implican
más, y
más
decididamente,
en el
seno del
propio
hogar.
Sin ese
radical
compromiso,
todo
resulta
inútil.
La
familia
es
insustituible
para la
maduración
y
existencia
de la
persona
en cada
uno de
sus
niveles
de
desarrollo:
desde la
indigencia
absoluta
del
recién
concebido,
pasando
por la
inseguridad
y las
dudas
del niño
o el
adolescente,
hasta la
aparente
firmeza
autónoma
del
adulto,
la
plenitud
del
hombre y
la
mujer, y
la
fecunda
pero
frágil
riqueza
del
anciano.
Desde
este
punto de
vista,
es
imprescindible
indicar
a los
padres
que la
familia
es
necesaria,
no sólo
para que
sus
hijos se
perfeccionen;
sino
también,
¡y
antes!,
para que
ellos
—el
padre y
la
madre—
«se
realicen»
como
personas
(que es
el
objetivo
terminal
de
cualquier
existencia
humana,
sin cuyo
logro no
alcanza
sentido).
La idea
de la
familia-refugio
ha
ocupado
un papel
preeminente
en la
sociedad
occidental
desarrollada:
el
ámbito
familiar
resultaría
indispensable
como
remedio
para la
debilidad
del ser
humano y
justo en
la
proporción
en que
sus
miembros
se
encuentran
necesitados
de
protección
y apoyo.
Pero
esto,
que no
carece
de
verdad,
no es lo
más
serio
que
puede
afirmarse
de la
familia.
El hecho
de que
el Dios
creador
del
Universo
se nos
haya
revelado
como
familia,
da una
certera
pista a
la hora
de
ponderar
las
relaciones
entre
familia
y
persona.
Si la
Trinidad
personal
de Dios,
en quien
no falta
ninguna
perfección,
«tiene
que»
constituirse
como
familia,
queda
claro
que ésta
no
deriva
de
indigencia
alguna,
sino, al
contrario,
de la
plenitud
del ser
personal
que, por
naturaleza,
está
llamado
al don,
a la
entrega,
y
requiere
un
hábitat
adecuado
para
poder
ofrendarse.
Análogamente,
la
persona
humana
está más
llamada
a
entregarse
conforme
más se
plenifica.
Por eso,
cuanto
más
perfecta
es una
persona,
tanto
más
necesita
de la
familia
como el
ámbito
en el
que, sin
reservas
ni
trabas,
puede
dar
y
darse.
Por
encima
de todo,
la
familia
Respecto
a
semejantes
verdades,
la
orientación
de Juan
Pablo II
no puede
ser más
diáfana:
«El
hombre,
por
encima
de toda
actividad
intelectual
o social
por alta
que sea,
encuentra
su
desarrollo
pleno,
su
realización
integral,
su
riqueza
insustituible
en la
familia.
Aquí,
realmente,
más que
en
cualquier
otro
campo de
su vida,
se juega
el
destino
del
hombre».
Los
padres
pueden
fácilmente
caer en
la
cuenta
de que
equivocan
el rumbo
cuando
—aun con
la mejor
de las
voluntades—
descuidan
la
atención
directa
e
inmediata
a los
demás
miembros
de su
familia,
para
dedicarse
a otros
menesteres,
profesionales
o
sociales,
en los
que
incluso
alcanzan
éxito
absoluto.
Porque
ese
triunfo
no es
capaz de
ahogar
la
desazón
íntima
que les
asalta
siempre,
en los
momentos
más
humanos,
por
desatender
el
círculo
familiar,
en el
que
habrían
de
encontrar
«su
realización
integral,
su
riqueza
insustituible».
Además
de
desatender
al
cónyuge,
delegará
en él la
educación
de los
hijos o,
cuando
el otro
consorte
busque
su
propia
realización
fuera de
casa,
los
encomendará
a otras
instituciones
—colegio,
club
juvenil—,
cuya
misión
es
subsidiaria
respecto
a la de
los
padres y
cuyo
influjo
eficaz
en los
chicos
se torna
limitado
y
epidérmico.
Los
padres
deben
ver con
claridad
que la
familia
resulta
imprescindible
para el
íntegro
desarrollo
de sus
hijos,
porque
en
primer
término
lo es
también
para él
o ella
como
cónyuge
y como
padre o
madre.
Un padre
insatisfecho
por no
desarrollarse
en
plenitud
dentro
de su
propio
hogar,
no puede
aportar
auténtica
vida ni
apoyo
sólido a
sus
hijos,
que en
ese
hogar
encuentran
también
la
principal
palestra
para su
robustecimiento
personal
y la
base
ineludible
para el
despliegue
enriquecedor
en
cualquier
otra
esfera
de su
vivir.
AMOR QUE
SE
DESBORDA
Centremos
ahora
nuestra
atención
en la
necesidad
que el
padre y
la madre
tienen
de la
familia
en
función
del
crecimiento
y la
mejora
de sus
hijos.
Con
otras
palabras:
para
cumplir
sus
deberes
paternos,
los
componentes
de un
matrimonio
no
han de
dirigir
en
primer
lugar su
atención
hacia
los
hijos,
sino
hacia el
otro
cónyuge.
Y la
razón es
muy
simple:
la
primera
—y casi
única—
cosa que
un hijo
necesita
para ser
educado
es que
sus
padres
se
quieran
entre sí.
Se trata
de una
idea
desarrollada
con
brillante
sencillez
por
Carlos
Llano:
como la
educación
de los
hijos no
es sino
la más
genuina
expresión
del amor
paterno,
y como
este
amor no
puede
ser, a
su vez,
sino el
despliegue
del
cariño
entre
los
esposos,
el que
los
cónyuges
se amen
de veras
constituye
la clave
esencial,
y casi
el todo,
de su
misión
dentro
de la
familia.
La
marcha
de la
familia,
en cada
uno de
sus
componentes,
está
definida,
casi
completamente,
por el
amor que
se
ofrenden
los
padres.
La
calidad
del amor
familiar
—del
paterno-filial
y del
fraterno—
está
determinada
por las
características
y la
categoría
del
hábitat
que
origina
el
cariño
de los
cónyuges.
Fuera de
ese
ambiente
es muy
difícil,
si no
imposible,
que un
muchacho
se
desarrolle
pertinentemente.
Y el
centro
escolar
o el
club
juvenil,
a duras
penas
colmarán
el
déficit
causado
por el
vacío de
amor de
los
padres.
Dentro
de este
contexto,
me
parecen
concluyentes
y
luminosas
las
convicciones
expresadas
por Ugo
Borghello:
«Cuando
se trae
a un
hijo al
mundo,
se
contrae
la
obligación
de
hacerlo
feliz.
Para
lograrlo
[…]
existe
sobre
todo el
deber de
hacer
feliz al
cónyuge,
incluso
con
todos
sus
defectos.
Para ser
felices,
los
hijos
necesitan
ver
felices
a sus
padres.
El hijo
no es
feliz
cuando
se lo
inunda
de
caricias
o de
regalos,
sino
sólo
cuando
puede
participar
en el
amor
dichoso
de los
padres.
Si la
madre
está
peleada
con el
padre,
aun
cuando
luego
cubra de
arrumacos
a su
hijo,
éste
experimentará
una
herida
profunda:
lo que
quiere
es
participar
en la
familia,
en el
amor de
los
padres
entre
sí.
En
consecuencia,
engendrar
un hijo
equivale
a
comprometerse
a hacer
feliz al
cónyuge».
El
derecho
esencial
de los
hijos
Como
consecuencia
de ese
querer
recíproco,
y
apoyados
en él,
los
padres
podrán
enderezar
un
afecto
profundo
y
vigoroso
hacia
cada uno
de los
hijos.
¿Cuáles
han de
ser las
características
de tal
amor?
De
acuerdo
con la
ya
clásica
descripción
aristotélica,
se ama a
una
persona
cuando
se
procura
y se le
ofrenda
lo que
es
realmente
bueno
para
ella. No
lo que
viene a
suplir
la falta
de
auténtica
dedicación
al ser
querido,
sino lo
que
efectivamente
lo hace
crecer,
lo
mejora,
lo
perfecciona.
A
este
amor
nuestros
hijos
tienen
un
derecho
absoluto.
Pero no
tienen
derecho,
porque
implicaría
una
falsificación
del
genuino
cariño,
ni al
premio
desmesurado
por las
buenas
calificaciones,
ni a la
paga
desmedida,
ni a la
moto o
al coche
cuando
todavía
no son
responsables
en otros
ámbitos
de su
existencia,
etcétera.
Porque a
lo único
que
éstos
tienen
derecho
es ¡a
nuestra
propia
persona!
O, si se
prefiere,
a lo más
personal
de
nosotros:
a
nuestro
tiempo,
dedicación,
interés,
a
nuestro
consejo,
a
nuestro
diálogo,
al
ejercicio
razonado
de
nuestra
autoridad,
a la
fortaleza
para no
flaquear
cuando
—por
obligación
inderogable—
hemos de
hacerles
sufrir
para
provocar
su
maduración,
a
nuestra
intimidad
personal,
a
introducirse
efectivamente
en
nuestras
vidas...
Una hija
que va
creciendo
—por
ejemplo—,
tiene
derecho
a que su
padre le
dé a
conocer
a su
madre
como
mujer, a
través
de sus
ojos de
marido
enamorado.
Lo cual
alimentará
el
cariño y
la
admiración
de la
joven
por la
madre,
la
confianza
entre
padre e
hija; y
también
la
preparará
para su
vida de
relación
con los
chicos y
su
posible
futuro
como
esposa y
madre.
De igual
forma,
desde
muy
pronto y
más
conforme
pasan
los
años,
los
hijos se
verán
enriquecidos
cuando
los
hagamos
partícipes
de
nuestros
problemas
personales
no sólo
en la
medida
en que
estén
capacitados
para
conocerlos,
sino
cuando
sinceramente
les
pidamos
su
opinión
y
consejo.
Esta
rigurosa
relación
interpersonal,
en la
que, por
expresarlo
de algún
modo,
«bajamos
la
guardia»,
les es
asimismo
debida
en
justicia,
por
cuanto
resulta
imprescindible
para su
crecimiento
eficaz.
Todo lo
que sea
«intercambiar»
esa
entrega
comprometida
por
regalos
o
concesiones
irresponsables,
equivale,
en el
sentido
más
fuerte y
literal
de la
expresión,
a
comprar
a
nuestros
hijos y,
como
consecuencia,
a
prostituirlos,
tratándolos
como
cosas y
no como
personas.
Esto,
dicho
sea de
paso,
destruye
cualquier
ambiente
familiar,
porque
la
lógica
del
«intercambio»,
del
do ut
des
mercantilista
e
interesado,
es lo
más
opuesto
a la
gratuidad
del amor
que debe
imperar
en el
hogar.
Confiar
sin
fingimientos
Lo que
el
cariño
hacia
los
hijos
exige es
que nos
pongamos
personalmente
en
juego,
que
estemos
dispuestos
a sufrir
para
poder
amar y
cumplir
el
cometido
esencial
que por
naturaleza
nos
corresponde.
Son
muchísimas
las
personas
que
aseguran
en la
teoría y
en la
práctica
esta ley
fundamental:
en la
actual
condición
del ser
humano,
el
sufrimiento,
el
dolor,
es un
medio
imprescindible
para
purificar
nuestro
amor.
Tenemos
un
ejemplo
paradigmático
en
Jesucristo.
Baste
con
añadir
estas
palabras
de Juan
Pablo
II: «En
la
intención
divina
los
sufrimientos
están
destinados
a
favorecer
el
crecimiento
del amor
y, por
esto, a
ennoblecer
y
enriquecer
la
existencia
humana.
El
sufrimiento
nunca es
enviado
por Dios
con la
finalidad
de
aplastar,
ni
disminuir
a la
persona
humana o
impedir
su
desarrollo.
Tiene
siempre
la
finalidad
de
elevar
la
calidad
de su
vida,
estimulándola
a una
generosidad
mayor».
