Por
Rodrigo Guerra López
Doctor en
Filosofía por la
Internationale Akademie für
Philosophie im Fürstentum
Liechtenstein;Catedrático
de Metafísica y Filosofía
del Derecho en la
Universidad Panamericana
(Ciudad de México); E-mail:
guerrar@infosel.net.mx
Conferencia
Internacional de Doha por la
Familia.
Organización de las Naciones
Unidas.
Doha, Qatar.
29 y 30 de noviembre de
2004.
Introducción
Pensar la realidad de
la familia no es un asunto sencillo. La
familia es un tipo de fenómeno social en
el que convergen tal cantidad de
elementos procedentes tanto de la
subjetividad de sus miembros como de los
factores que integran el entorno que
siempre ha resultado difícil para
ciencias como la sociología, la
psicología, la economía, la política o
la filosofía aproximarse a ella sin
violentar su naturaleza profunda.
En efecto, la familia ha sido objeto de
estudio de saberes muy diversos. Sin
embargo, en la mayor parte de las
ocasiones se ha acostumbrado
investigarla desde realidades o puntos
de vista ajenos a ella misma. Así, por
ejemplo, Gary Becker tratará
recientemente de explicar a la familia
desde el punto de vista de los
condicionamientos económicos que la
rodean y determinan (1). Otros autores
en el pasado sostuvieron que la familia
no era mas que un momento transitorio en
la dinámica antropológico cultural que
devenía hacia formas de organización
social en las que ella ya no sería
necesaria (2). Así mismo, han abundado
las aproximaciones psicológicas y
estatales en las que se estudia a la
familia desde el punto de vista de las
vivencias, los sentimientos y el
imaginario de los sujetos implicados en
ella (3).
A continuación nosotros tratamos de
ofrecer algunas consideraciones de tipo
sociológico y filosófico que permitan
abrir una discusión fructífera sobre la
familia y sobre los denominados «nuevos
modelos de familia». Las disciplinas que
ponemos en diálogo a continuación
ofrecen dos perspectivas diversas pero
complementarias: por una parte la
sociología nos permite contar con un
saber descriptivo de base empírica que
se concentra en cómo se «hace familia» y
cómo «funciona la familia» dentro de la
vida social. Esto quiere decir que la
sociología más que preguntarse por la
esencia de la familia indaga qué papeles
desempeña esta institución en la
dinámica social (4). Por otra parte,
nuestras breves reflexiones filosóficas
si bien también cuentan con una base
empírica – al menos en la tradición del
realismo clásico y fenomenológico (5) –
su preocupación se concentra en advertir
el significado sobre la familia a través
de procedimientos que exceden la
descripción y buscan la comprensión y la
interpretación más radical y última.
Ambas ciencias consideramos pueden
ayudarnos en esta ocasión a revalorar a
la familia natural como referente
empírico y ético significativo en el
contexto que ofrece el mundo actual.
1. «Nuevos modelos de familia»
Es evidente que hablar de «familias» en
plural es perfectamente legítimo cuando
nos referimos a la multitud de
comunidades familiares de las que cada
uno de nosotros es procedente o cuando
hablamos de las diversas modalidades
familiares que han existido en la
historia de la humanidad (6). Sería
ridículo negar que existen diversos
tipos de familia dependiendo de los
seres humanos individuales que confluyen
en ella o en relación a la comprensión
que en determinadas sociedades ha
existido de fenómenos cómo el vínculo
conyugal o la relación padre-hijo.
Sin embargo, cuando en la actualidad se
habla de «familias» en plural o de
«nuevos modelos familiares» no siempre
se desea sostener simplemente que
existan modalidades múltiples de
organización familiar sino que aún los
elementos más constitutivos de la
familia como familia habrían de ceder
ante el surgimiento de comunidades más o
menos estables de vida entre personas
que desearían ser reconocidos social y
hasta jurídicamente como «familias» y
que presentarían un nuevo perfil en
materia de justificación y de
funcionalidad social.
Dentro de los nuevos modelos de familia
suelen mencionarse, por ejemplo:
• La «unión libre» entre varón y mujer
sin la mediación del matrimonio.
• La «unión libre» entre miembros del
mismo sexo.
• Uniones de personas del mismo sexo
reconocidas jurídicamente como
«matrimonios».
• Familia con un solo padre o una sola
madre.
En todos estos casos la posibilidad de
adoptar algún hijo o traer uno propio a
la vida a través de alguna técnica de
inseminación artificial y/o de
maternidad sustituta es real. Los hijos
se persiguen como proyecto de vida en
estos tipos de convivencia.
Tal y como se puede advertir estas
nuevas modalidades de «familia» buscan
afirmar que por tal se ha de entender
cualquier conjunto de individuos que
viven juntos en la vida cotidiana
independientemente de las
características y los fundamentos en los
que se apoya su convivencia.
Este fenómeno nos impone entonces
aclarar si ¿existe una dimensión
esencial de la familia que se realiza en
(muy) diversos modos particulares a lo
largo de la historia? y si ¿la familia
natural habría de morir ante el
surgimiento de realidades «familiares»
que no parten en su justificación y en
su funcionalidad social de sus elementos
constitutivos?
2. La familia como fenómeno
generalizado (cuasi-universal)
Claude Lévi-Strauss a pesar de una
cierta tendencia a interpretar la
familia de una manera evolucionista ha
podido sostener en sus investigaciones
que la unión duradera de un varón, una
mujer y sus hijos es un fenómeno
universal, presente en cualquier tipo de
sociedad (7). Otros investigadores en
época reciente han llegado a esta misma
conclusión (8).
Estrictamente hablando la familia
natural no puede ser considerada un
fenómeno universal sino más bien general
ya que existen algunos pocos casos en la
historia de la humanidad en los que
alguna sociedad ha existido durante un
breve periodo de tiempo sin concurso de
la dinámica propiamente familiar (9).
Ahora bien, el que este sea un fenómeno
general no significa que la familia
natural se presente como la única forma
existente. Al contrario, lo que
significa es que aún en las situaciones
en las que existen modos incompletos o
irregulares respecto de ella, la
familia natural se mantiene como
referencia empírica y ética
significativa. Dicho de otro modo,
la familia natural entendida al menos en
este momento como comunidad de padres,
hijos y otros miembros organizados en
torno a la idea del matrimonio
monogámico y heterosexual son un
auténtico «imaginario general» que funge
como arquetipo ideal y como criterio
hermenéutico para los individuos como
para los pueblos a lo largo de la
historia de la humanidad.
Cuando la familia monoparental o la
familia reconstruida tienen este
parámetro si bien pueden experimentar
problemáticas diversas, el ethos
propiamente familiar aparece en diversos
grados y matices.
Para valorar adecuadamente la
importancia de la familia natural como
referencia vale la pena consultar los
estudios de G. P. Murdock quien tras
comparar doscientas cincuenta sociedades
diversas en diferentes épocas históricas
muestra que la familia natural es el
modo general en el que la sociedad
realiza algunas funciones esenciales
para su supervivencia. Más aún, estos
estudios logran mostrar que existen
funciones sociales que no pueden ser
desempeñadas por otras instituciones
distintas a la familia. Esto permite
descubrir que la familia natural es un
grupo primario que se constituye
por la residencia común, la
cooperación y la reproducción. No es
posible que una sociedad produzca los
bienes, códigos y símbolos que requiere
para operar sin el concurso de la
familia natural como referente empírico
y ético significativo (10).
Ante este tipo de constataciones no
faltan autores como L. Fruggeri que
subrayan que la familia natural se ha
deteriorado en su función de referente
simbólico general (11). Luego de decir
esto es fácil creer que la familia
natural no ha sido más que un estadio
que habrá de ser superado tarde o
temprano. Esta idea realmente no es
nueva y tiene antecedentes en el
pensamiento de los eruditos
libertinos quienes en el siglo XVI y
XVII sostenían una posición
irracionalista sobre la vida afectiva y
auguraban que la familia natural al
mutar en sus referentes éticos no
tendría más motivos para mantener su
cohesión dejando el paso a otras
modalidades de convivencia. Para los
eruditos libertinos el ser humano es un
animal cuyas costumbres en general y
cuyos hábitos sexuales en particular
cambian de cuando en cuando. Así, la
sexualidad será un instinto que asuma
diversas posibilidades de realización
conforme la convención social va
transformándose gradualmente (12). Bajo
esta visión, el matrimonio monogámico y
heterosexual no es referente para la
familia. La familia será reducida a
cualquier forma de convivencia en la que
se comparten sentimientos de
familiaridad o en la que se problematiza
conjuntamente el mundo (13).
Agudamente Rocco Buttiglione ha
advertido que tanto la revolución moral
libertina de hace 300 años como sus
secuelas postmodernas en la actualidad
corresponden con “modalidades de
satisfacción del instinto de la fase
adolescente de la vida” pero no
afrontan:
Las más profundas exigencias sociales
que conciernen a la reproducción de la
especie, a la educación y a la inserción
de los jóvenes en la realidad. Además,
al considerar la sexualidad sólo al
nivel del instinto, tiene dificultades
para colocar los fenómenos emocionales
que origina y que la acompañan y que son
propios del hombre, especialmente el
enamoramiento y, desde luego, el amor,
como fundamento estable de la familia y,
por tanto, de toda la vida asociada
(14).
¿Qué quiere decir esto? Fundamentalmente
quiere decir que la familia natural es
un grupo primario para la vida social no
sólo desde un punto de vista ético sino
aún desde una perspectiva pragmática y
funcional ya que la sociedad y la
civilización son inviables si no cuentan
con ella, con su dinamismo, con sus
aportes (15).
3. La funcionalidad insustituible de
la familia natural
La familia natural posee funciones de
latencia con respecto a la sociedad
más amplia como son el mantenimiento de
pautas de conducta y el manejo de
tensiones. Así mismo, existen
funciones manifiestas que conforman
el proceso de educación y socialización
a través del cual las personas asimilan
a su modo el ethos y la
cosmovisión imperante en la sociedad
y además desarrollan su personal
relación con el mundo. A grandes rasgos
podemos afirmar que las principales
funciones de la familia natural son
cinco (16):
EQUIDAD GENERACIONAL: la familia
natural promueve la existencia de
solidaridad diacrónica, es decir,
corresponsabilidad intergeneracional
(abuelos-padres-hijos, por ejemplo) que
permite que los miembros de la familia
al poseer diversas edades y papeles
puedan recibir diversos cuidados,
afectos y equilibrios entre actividad
laboral, servicio e inactividad forzosa
a través del tiempo. La equidad
generacional se ejercita en el ámbito de
lo privado, es decir, de lo propiamente
intra-familiar y tiene una incidencia
fortísima en el ámbito de lo público:
piénsese, por ejemplo, en los ancianos
que al dejar de trabajar pueden ser
acogidos, sostenidos y queridos por los
más jóvenes. La «equidad generacional»
prepara educativamente a las personas
para ser responsables no sólo de las
generaciones que las anteceden sino
también de las que vendrán. De esta
manera podemos observar que el amplio
tema de la cultura base para desarrollo
sustentable aparece incoado en esta
función familiar básica.
TRANSMISIÓN CULTURAL: la familia
natural educa en la lengua, la higiene,
las costumbres, las creencias, las
formas de relación legitimadas
socialmente y el trabajo. Sobre todo la
familia natural emerge en su
funcionalidad cuando educa a las
personas en el modo de buscar el
significado definitivo de la vida que
evita el naufragio existencial al
momento de afrontar situaciones-límite:
muerte de un ser querido, desamor,
enfermedad, injusticia laboral, etc. En
el proceso de transmisión cultural los
roles diferenciados del varón y la mujer
contribuyen a construir una imagen
complexiva de «lo humano». Las
facultades cognoscitivas y la dinámica
afectiva diferenciada del padre-varón y
de la madre-mujer abren un horizonte
educativo a los hijos que les permite
introducirse a la totalidad de los
factores de lo real. La necesidad de
complementariedad y de reciprocidad
heterosexual entre los padres puede ser
redescubierta analizando los valores que
preferencialmente son subrayados por la
masculinidad y la feminidad en cada caso
(17). En la actualidad no es posible
dudar de la importancia que tiene el
vínculo madre-hijo en la primera
infancia y de la importancia de la
figura del padre conforme este vínculo
se transforma a lo largo del desarrollo
psicológico del niño (18).
SOCIALIZACIÓN: la familia natural
desempeña la función de proveer los
conocimientos, habilidades, virtudes y
relaciones que permiten que una persona
viva la experiencia de pertenencia a un
grupo social más amplio. La familia es
una comunidad en una amplia red de
comunidades con las que se interactúa
cotidianamente. Las personas desarrollan
su socialidad, o mejor aún, su
comunionalidad extra-familiar gracias a
que la familia de suyo socializa dentro
de sí y hacia fuera de ella. Esto quiere
decir que el que la familia natural sea
mediación social supone que en su
interior existen valores y dinámicas
privadas imprescindibles para la vida en
el espacio público. Así, de manera más
bien existencial, las personas
aprendemos los límites y alcances de lo
público y lo privado. Más aún, así
aprendemos su articulación constitutiva.
Quienes luego en el discurso o en la
acción política fracturan estos ámbitos
considerándolos absolutamente
heterogéneos, lastiman con ello la
dinámica social propia de la familia en
la que se transportan valores a la vida
pública que de otro modo no podrían
habitar en ella.
CONTROL SOCIAL: la familia
natural introduce a las personas que la
constituyen en el compromiso con las
normas justas, con el cumplimiento de
responsabilidades y obligaciones, con la
búsqueda no sólo de bienes placenteros
sino de bienes arduos que exigen
esfuerzo, constancia, disciplina, sobre
todo a través del papel del padre. Es
esta introducción al compromiso la que
eventualmente aporta el ingrediente
cultural para que las conductas
delictivas puedan ser prohibidas a
través de la ley, y además, la que
permite de hecho que una ley vigente
goce de un cierto respaldo cualitativo
al menos implícito por parte de la
comunidad.
AFIRMACIÓN DE LA PERSONA POR SÍ MISMA:
la familia funciona cuando ofrece una
experiencia para todos sus integrantes
de afirmación de la persona por sí
misma, es decir, cuando el carácter
suprautilitario de las personas – el
valor que las personas poseen
independientemente de su edad, salud,
congruencia moral, capacidad económica,
o filiación política – se salvaguarda y
se promueve. Justamente esta función
permite el descubrir existencialmente la
importancia de la propia dignidad y de
los derechos humanos que tienen su
fundamento en ella (19). Esta función
también permite descubrir el sentido
personalista de la amistad, lo
más necesario en la vida, según
Aristóteles (20).
Las cinco funciones que la familia
desempeña son condiciones de posibilidad
de la vida social en general. El
derrumbe histórico de las grandes
civilizaciones acontece no sólo cuando
existen poderes exógenos que desafían
los poderes locales sino cuando la
consistencia cualitativa, propiamente
cultural de la sociedad, que habita en
la familia al estar debilitada, hace
vulnerables a las instituciones y a su
capacidad de respuesta y adaptación al
entorno.
4. Importancia del matrimonio
monogámico y heterosexual como referente
en la familia
Para que las funciones antedichas se
desplieguen en toda su riqueza
cualitativa es preciso advertir la
importancia que posee el matrimonio
monogámico y heterosexual como referente
en la familia. Nuevamente recordamos que
«referente» justamente significa que aún
en situaciones irregulares existe un
parámetro ético y pragmático que
posibilita la vida social y sin el cual
esta no sólo se deteriora en su
consistencia moral sino que su
existencia y funcionalidad misma se pone
en riesgo.
Fijémonos en primer lugar que el
matrimonio poliándrico (una mujer
se desposa con muchos varones) no sólo
es infrecuente sino que responde
históricamente a situaciones muy
particulares de comunidades primitivas
en las que el varón salía de viaje por
muchos meses y entonces la vida de la
mujer y de la prole peligraba buscándose
protección en algún otro compañero, por
lo general hermano del primero. La
poliandría, así, es una cierta medida
extrema y no un comportamiento estándar
o deseable en la historia de las
civilizaciones. La poligámia (un
varón se desposa con muchas mujeres),
por su parte, si bien históricamente ha
sido más frecuente que la anterior,
mantiene de manera cuasi-universal una
estructura al menos relativamente
monogámica al existir por lo general una
mujer preferida que tiene una distinción
clara con el resto de las demás. Estas
situaciones sirven como premisas para
entender el amplísimo fenómeno de la
monogamia propiamente dicho y su papel
como referente.
Ahora bien, ¿es posible entender alguna
razón para la existencia del matrimonio
monogámico como referente más allá de la
descripción empírico-histórica? Existen
diversas maneras de justificar
racionalmente la legitimidad que entraña
el matrimonio monogámico. En esta
ocasión recordamos una explicación que
por su dimensión experiencial posee un
vigor argumentativo especial. Si somos
atentos la actividad sexual entre varón
y mujer es un tipo de acción
significativa y no puramente un
acaecer fáctico. Trascendiendo la mirada
sociológica es posible afirmar con
verdad que el lenguaje no-verbal
propio de la actividad sexual entre el
varón y la mujer demanda de suyo una
«exclusividad» que de manera intuitiva
se advierte. Evidentemente esta
evidencia puede ser negada con facilidad
cuando la actividad sexual se reduce a
su pura dimensión física y no se le
interpreta como un lenguaje que
posee una gramática propia. Los
significados de la actividad sexual no
son datos sensibles. No saben a nada, no
tienen color alguno, no poseen figura o
tamaño. Sin embargo, la inteligencia los
puede reconocer como realidades
meta-empíricas y normativas que permiten
que el instinto sexual al satisfacerse
lo haga orientado por un valor que le da
a esta satisfacción una dimensión
propiamente personal y justa.
Si el matrimonio monogámico puede
justificarse ¿será posible hacer lo
mismo con el matrimonio heterosexual?
Desde nuestro punto de vista la
heterosexualidad es una dimensión
constitutiva de la familia como
referente significativo. Desde un punto
de vista sociológico hemos de reconocer
que el aporte más relevante de Claude
Lévy-Strauss ha sido mostrar que la gran
variedad de costumbres existentes en la
historia mundial puede ser comprendida
como la variedad de soluciones a los
mismos problemas básicos. Esto quiere
decir que si bien existen muchas
modalidades de satisfacción sexual, no
cualquiera de estas modalidades
reconocen la estructura que posibilita
el mantenimiento de la sociedad como
sociedad.
De esta manera, en el caso del
parentesco las sociedades pueden tener
muchas formas de configuración. Sin
embargo, en todas existe una restricción
estructural y normativa básica: la
prohibición del incesto (21). El
cumplimiento de esta norma no puede
darse si no existe una clara
identificación de las figuras de los
padres (padre y madre) y presupone una
reglamentación de las relaciones
sexuales. En este sentido la
antropología estructural de Lévy-Strauss,
al menos en este punto, ofrece un
elemento para refutar las visiones
evolucionistas de la familia que
declaran explícita o implícitamente su
muerte.
En efecto, la prohibición universal del
incesto en todas las culturas de nuestra
historia establece que el instinto
sexual no debe ser satisfecho con los
consanguíneos y posibilita la búsqueda
de la satisfacción de este instinto
fuera del grupo familiar permitiéndose
así las relaciones con otros grupos que
se encuentran en situación análoga y
eventualmente permitiendo también que se
generen amistades y alianzas que evitan
que toda relación social sea
interpretada en términos de competencia
o enemistad. El intercambio entre
grupos, por ello, no puede ser
homosexual ya que para el nacimiento de
nuevas unidades sociales es preciso que
las relaciones se establezcan entre
varones y mujeres. De esta manera se
establece un hecho empírico constatable
a lo largo de la historia de las
civilizaciones que norma y limita
algunas acciones fundamentales que
incrementan la calidad de la vida
social. Por ejemplo, el padre de la
mujer no debe matar al padre de su nieto
y el hombre no debe matar al padre de su
propia esposa aún cuando existan
agravios, etc.
Con las nuevas biotecnologías podría
pensarse que este tipo de apreciaciones
perderían su valor ya que una pareja
homosexual perfectamente podría adoptar
hijos o contratar a una madre sustituta,
y así, conformarse un nuevo tipo de
«familia» y una reedición de supuestos
vínculos societales relevantes. Si somos
atentos esta opción al anular la
diferenciación sexual entre los padres,
por una parte neutraliza un aporte
educativo esencial para los hijos y en
general para la supervivencia de la vida
social. Sin embargo, por otra, no es
extraño descubrir en el comportamiento
homosexual la aparición de roles que
vuelven a proyectar el paradigma
heterosexual aunque de manera
deficiente. Esto quiere decir que en la
pareja homosexual es frecuente que
alguna de las partes asuma un papel con
rasgos femeninos y la otra con rasgos
masculinos. Esta asunción social de un
papel que no corresponde con la
identidad biológica básica (por ejemplo,
expresada genéticamente) de uno de los
miembros de la pareja jamás podrá
proyectar como «vivida desde dentro» la
experiencia de lo que significa el papel
adoptado.
Dicho en palabras más sencillas, el
varón homosexual no puede aportar el
rostro femenino de lo humano aunque lo
imite ya que no lo vive «desde dentro»,
como experiencia corpórea y psíquica
desde su origen. Del mismo modo, la
mujer lesbiana no puede aportar la
especificidad masculina a la vida
marital que no sólo demanda reciprocidad
sino «máxima alteridad complementaria»,
como lo es la propia de la
diferenciación sexual.
En efecto, la experiencia de lo humano
es una experiencia que madura al
descubrir una alteridad que se
contradistingue de mi yo. La
diferenciación sexual expresa un límite
constitutivo de nuestra naturaleza. Por
más que exista una identidad cualitativa
la diversidad corpórea, cultural y
psíquica entre varón y mujer me ofrece
no simplemente a un «otro-yo» sino a un
«otro» que si bien es un «otro-yo» su
«yo» no está configurado exactamente del
mismo modo que el mío. Por eso descubrir
que el «tú femenino» es alteridad
respecto de mi «yo masculino» es
cualitativamente más intenso y diverso
que una suerte de descubrimiento neutro
de la relación «yo-tú» (que no hace
referencia explícita a la diferenciación
sexual).
De este modo, la diferenciación sexual
es un «lugar» en el que la verdad sobre
el propio límite aparece con particular
fuerza. El «otro» en tanto que posee
elementos con identidad cualitativa
respecto de mi «yo» ofrece una
continuidad experiencial en el plano de
lo común. El «otro» en tanto que
«diverso sexualmente» se convierte para
mí en un ser fascinante y enigmático por
mostrar una discontinuidad experiencial
novedosa. La persona femenina es «como
yo» pero es diversa en un cierto plano
que se encuentra al interior de su «yo».
Así las cosas, el enigma del otro es
máximo cuando se trata de un otro
diferente sexualmente de mí. Esto
que podría parecer de repente una
explicación puramente académica adquiere
una gran vivacidad existencial cuando
descubrimos en nuestra propia
experiencia que lo fascinante del sexo
opuesto radica en esa simultaneidad de
identidad y diferencia que hace que se
suscite una singular curiosidad por
descubrir cómo es el otro, la otra, en
su misterio.
A este juicio se le podría objetar que
hay quienes hablan de más de dos géneros
sexuales: masculino, femenino, gay,
lesbiana, bisexual y transexual. Si
somos atentos al hecho empírico esto no
es así ya que los géneros añadidos al
código varón / mujer indican
preferencias sexuales en las relaciones
afectivas pero no novedades en el código
simbólico fundamental (masculino /
femenino). Esto lo ha constatado con
gran erudición un sociólogo poco
sospechoso de conservadurismo como lo es
Niklas Luhmann (22).
Por su parte el también sociólogo
Pierpaolo Donati dirá que todas las
posibles modalidades de preferencia
sexual son:
Variaciones construidas sobre el
binomio masculino/femenino, al que se
deben referir como a la dualidad
fundamental. No podrían existir
variaciones si no existiese la dualidad
de base como main frame, como código
simbólico o marco de referencia basilar.
El resto son juegos de sociedad
(23).
Así las cosas, la familia no puede ser
entendida más que como referenciada al
matrimonio monogámico y heterosexual.
Todas las modalidades de familia que con
deficiencias puedan llegar a existir, no
pueden no tener a este fenómeno como
parámetro simbólico para su desarrollo
ético y pragmático.
5. La familia natural entre modelos
ideológicos y políticas públicas: la
necesidad de una «perspectiva de
familia»
Ya hemos analizado en alguna otra
ocasión algunos de los principales
modelos ideológicos que dificultan
apreciar a la familia natural como
referente para las familias y para la
vida social en general (24). En esta
ocasión baste decir que tanto los
modelos evolucionistas de la familia
como aquellos individual-vitalistas que
buscan explicarla a partir de su ajuste
a las condiciones económicas y de
bienestar que la rodean tienen una
peligrosa expresión al momento en que
son asimiladas como matriz en el proceso
de diseño de políticas públicas por
parte de los gobiernos.
Las reflexiones que hemos hecho sobre la
dificultad de prescindir de la familia
natural como parámetro adquieren una
enorme importancia al momento de
discutir esta última cuestión. Para
nadie es un secreto que en muchas
ocasiones las personas que más influyen
en el diseño de las políticas de un
gobierno están orientadas y como
determinadas por sus agendas
particulares, por sus itinerarios
políticos futuros, por sus ambiciones e
intereses de poder. Este afán de orden
práctico e instrumental conduce aún a
personas bien intencionadas a deslizarse
lentamente por el camino de las
decisiones que buscan generar
rentabilidades electorales y
satisfacción en algunos sectores
especialmente críticos.
La reivindicación de la familia natural
como referente implica tomas de posición
no sólo de orden retórico sino
principalmente en el mundo de la vida
privada en la que se consolidan las
convicciones de fondo y en la que – a
fin de cuentas – se construye la firmeza
necesaria para que las decisiones más
delicadas en el ámbito público puedan
ser tomadas rectamente sobre todo en
momentos de controversia y de presión.
Los tomadores de decisiones en el ámbito
gubernamental cuentan con las
herramientas técnicas para recolocar a
la familia natural como interlocutor al
momento de diagnosticar la sociedad y al
momento de luego actuar de manera
estratégica. Sin embargo, las
herramientas técnicas como son los
métodos de medición de la pobreza, los
modos de organización de los programas
para promover el desarrollo y ampliar
las oportunidades, los monitoreos
periódicos de los avances, no pueden
sustituir la comprensión personal que es
preciso lograr en la mente y en el
corazón respecto de la familia y su
naturaleza profunda.
La familia, con todo y lo que los
aficionados a la sociología podamos
decir, no se conoce plenamente más que
viviendo en ella con fidelidad los
valores que la sostienen. Por ello, hoy
más que nunca, necesitamos re-educarnos
y re-educar a quienes deciden sobre el
presente y el futuro de nuestras
familias desde las estructuras del
poder. La familia no puede ser un lugar
de experimentación populista ni carne de
cañón político-partidista. La familia
requiere un nuevo compromiso por parte
de todos nosotros que desde diversos
ambientes deseamos entenderla bien para
servirla mejor.
Este nuevo compromiso por la familia
tiene que lograr convertirse en una
perspectiva estable y transversal que
permita que tanto en la sociedad civil
como en el gobierno la familia natural
se fortalezca para así colaborar en el
verdadero futuro de las naciones.
Por ello, una vez más, es preciso decir
que una «perspectiva de familia» es hoy
por hoy urgente y necesaria. Perspectiva
que tiene que ser más que un eslogan o
una frase publicitaria. Tiene que ser la
manera abreviada de sintetizar nuestro
compromiso con la dignidad de las
personas, con el valor del amor humano,
y con nuestros hijos, que merecen
recibir un mejor mundo que el que hoy
tenemos.
(1) G. S. BECKER, An Economic
Analysis of Marital Instability, en
Journal of Political Economy, 1977,
Vol. 85, n. 6, p.p. 1141-1187; Idem,
Tratado sobre la familia, Alianza,
Madrid 1987; R. FEBRERO-PEDRO S.
SCHWARTZ (eds.), Essence of Becker,
Hoover Institution Press-Stanford
University, 1996.
(2) Por ejemplo: J. J. BACHOFEN, El
matriarcado, Akal, Madrid 1992; L.
MORGAN, La sociedad primitiva,
Endymion, Madrid 1987; R. BRIFFAULT,
The mothers. The Matriarchal Theory of
Social Origins, Howard Fertig, New
York 1993.
(3) L. HANTRAIS – M. T. LETABLIER,
Families and Family Policies in Europe,
Longman, New York-London 1996.
(4) Pensamos en sociólogos como Amitai
Etzioni, Sergio Belardinelli, Gabriela
Mangiarotti, José Pérez Adán o Pierpaolo
Donati. En el presente texto el
pensamiento y las investigaciones de
estos dos últimos autores atraviesan
nuestros argumentos. Nuestra deuda
intelectual con ellos no la podemos
ocultar. Evidentemente, las eventuales
deficiencias en este ensayo son
enteramente nuestras.
(5) Aquí pensamos en las tradiciones que
encarnan por un lado autores como
Platón, Aristóteles, Agustín de Hipona,
Anselmo de Aosta o Tomás de Aquino, y
por otra pensadores como Adolf Reinach,
Max Scheler, Edith Stein, Dietrich von
Hildebrand, Karol Wojtyla o Josef
Seifert.
(6) Cf. P. LASLETT – R. WALL (ed.),
Household and Family in Past Time,
Cambridge University Press, Cambridge
1972; R. WALL – J. ROBIN – P. LASLETT (ed.),
Forme di famiglia nella storia
europea, Il Mulino, Bologna 1984.
(7) Cf. C. LÉVY-STRAUSS, Razza e
storia e altri studi di antropología,
Einaudi, Torino 1967.
(8) Cf. G. MURDOK, The Universality
of the Nuclear Family, en N. W. BELL
– E. F. VOGEL (ed.), A Modern
Introduction to the Family, The Free
Press, New York 1968, p.p. 37-44; R. N.
ANSHEN, La famiglia, la sua funzione
e il suo destino, Bompiani, Milano
1974; J. ASKHAM, Identity and
Stability in Marriage, Cambridge
University Press, Cambridge 1984.
(9) Nos referimos a los casos de los
Nayar en el sur de la India (sociedad
sacerdotal en la que los hombres viven
separados de las mujeres sin integrar
familias nucleares) y la tribu de los
Ashanti en África meridional (familias
matrilineares en las que el dominio
recae en la madre-hijo con ausencia de
unidad doméstica). En ambos casos la
funcionalidad social de la familia queda
inhibida y la sociedad ingresa
paulatinamente en una dinámica de
disolución.
(10) Además del ya citado The
Universality of the Nuclear Family,
véase: G. MURDOK, Social Structure,
Mc Millan, New York 1949,
(11) Cf. L. FRUGGERI, Famiglie.
Dinamiche interpersonali e processi
psico-sociali, NIS, Roma 1997.
(12) Cf. F. CHARLES-DAUBERT, Les
libertins érudits en France au XVIIe
siècle, PUF, Philosophies, Paris
1998.
(13) Cf. J. F. GUBRIUM – J. HOLSTEIN,
What is Family?, Mayfield, London-Toronto
1990.
(14) R. BUTTIGLIONE, La persona y la
familia, Palabra, Madrid 1999, p.
236.
(15) Cf. C. ZIMMERMAN, Family and
Civilization, Harper and Row, New
York 1971.
(16) Modificamos y ampliamos las
consideraciones que se encuentran en J.
PÉREZ ADÁN, Sociología, Eunsa,
Pamplona 1997.
(17) Cf. R. GUERRA LÓPEZ, Pensar la
diferencia. Reflexiones sobre la
condición femenina y el fundamento
antropológico de la diferenciación
sexual, en Medicina y Etica.
Revista Internacional de Bióetica,
Deontología y Ética Médica, Facoltá
di Medicina e Chirurgia dell’Università
del Sacro Cuore-Universidad Anahuac,
vol. VII, n.4, octubre-diciembre de
1996.
(18) H. R. SCHAFFER (ed.), Studies in
Mother-Infant Interaction, Academic
Press, London 1977; Cf. D. W. WINNICOT,
Il bambino e la famiglia,
Florencia 1973.
(19) Cf. R. GUERRA LÓPEZ, Afirmar a
la persona por sí misma. La dignidad
como fundamento de los derechos de la
persona, Comisión Nacional de los
Derechos Humanos, México 2003.
(20) ARISTÓTELES, Ética nicomáquea,
Gredos / Planeta-De Agostini, Barcelona
1995, Lib. VIII, 1155 a 4.
(21) Cf. C. LÉVI-STRAUSS, Las
estructuras elementales del parentesco,
Ed. Paidós, Bs. As. 1969.
(22) Cf. N. LUHMANN, Frauen und
Männer und Goerge Spencer Brown, en
Zeitschrift für Soziologie, vol.
17, n. 1, 1988. Luhmann se basa en las
investigaciones de J. KEYES (pseudónimo
de Goerge Spencer Brown) publicadas como
Only Two Can Play This Game,
Cambridge University Press, Cambridge
1971.
(23) P. DONATI, Manual de sociología
de la familia, Eunsa, Pamplona 2003,
p. 128.
(24) R. GUERRA LÓPEZ, Hacia una
perspectiva de familia, en Actas
del Congreso Internacional sobre la
Familia «La familia hoy, derechos y
deberes», Sistema Nacional DIF,
México, 26 de noviembre de 2003
(publicado en la página web del Sistema
Nacional DIF)
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