Cardenal
Alfonso
López
Trujillo
Presidente
del
Pontificio
Consejo para
la Familia
Introducción
Este
tema, que expresa y
condensa elementos
fundamentales de la
familia, abre la mente y
el corazón a amplias
perspectivas que parten
de la seguridad de la
presencia del Señor en
medio de la Iglesia
doméstica: "El Señor
está en medio de
vosotros", recordaba el
Sucesor de Pedro en su
carta a las Familias,
Gratissimam sane (n.
18). Esta presencia del
Señor, "Cabeza del
cuerpo que es la
Iglesia" (Ef. 5,23), y
que colma los hogares de
eminente energía (cf.
Ef. 5,27), es la clave y
razón de esa certidumbre
que da consistencia a la
esperanza en virtud de
la cual se mira y se
camina hacia el futuro
que está en las manos de
Dios, y que nos
introduce dinámicamente
en el Tercer Milenio. El
Santo Padre, Juan Pablo
II, ha expresado en la
Carta Apostólica
Tertio Millennio
Adveniente: "Es por
esto necesario que la
preparación del Gran
Jubileo pase, en cierto
modo, a través de cada
Familia" (n. 28). Y
había expresado antes
que el "futuro de la
humanidad pasa a través
de la familia" (FC
86).
El tema,
que en algunos aspectos
quisiera tan sólo
abordar en forma
introductoria, tiene una
perspectiva cristológica
que enriquece, la
reflexión y la oración
en este primer año del
Trienio de la
preparación al Jubileo
del Año 2000, que tiene
como tema "Jesucristo,
único Salvador del
mundo, ayer, hoy y
siempre" (TMA
40).
El tema "La
Familia: don y
compromiso, esperanza de
la humanidad", que
nos proponemos comentar,
será a la vez el del
Encuentro mundial de las
familias y del Congreso
Teológico - Pastoral1.
El tema
elegido se ubica en un
momento histórico,
después de la
celebración del Año de
la Familia, que ha
permitido ponderar más
profundamente las
amplias posibilidades de
la familia, así como los
retos y las dificultades
que enfrenta. El primer
Congreso Teológico -
pastoral, de octubre de
1994, en Roma, se centró
sobre el tema: "La
Familia: corazón de la
civilización del amor".
Las actas han sido
publicadas.
En estos
últimos años, en el
mundo, han tenido lugar
eventos de carácter
internacional,
convocados por la
Organización de las
Naciones Unidas (ONU), y
que podríamos enunciar
en el itinerario que va
de Río a Estambul, es
decir, desde la
Conferencia de Río de
Janeiro sobre el medio
ambiente, en 1992,
pasando por la de El
Cairo sobre Población y
desarrollo, en 1994, por
la de Pekín, sobre la
mujer, en 1995, y que ha
culminado con la
Conferencia de Estambul
sobre el Habitat, en
1996. Este año contó
también con la
celebración, en Roma, en
la sede de la FAO, de la
cumbre mundial sobre el
hambre. Estos eventos
políticos han estado de
hecho, si no fuera dable
hablar de una relación
intencional,
estrechamente ligados.
Conviene
advertir que enfocamos
la familia, fundada
sobre el matrimonio,
como institución
natural, con sus fines y
bienes específicos,
célula primordial de la
sociedad, cuya verdad
está arraigada en el
corazón y la experiencia
de los pueblos, - hace
por tanto parte de su
patrimonio cultural -,
realidad que se abre a
todos los pueblos, de
todos los siglos, a los
creyentes y a los
no-creyentes. Nuestra
reflexión no se limita
solamente a todo lo que
es abordable por la
razón, sino que, y de
modo especial, tenemos
bien presente la
dimensión sacramental
del matrimonio en la
abundante riqueza que
nos ofrece la fe. Es
algo que el Concilio ha
subrayado (cf.
Gaudium et Spes 49).
1. LA
FAMILIA
La
ubicación histórica
inmersa en una serie de
cambios y de
alteraciones en
modalidades de
reflexión, tantas veces
llenas de ambigüedades,
harto difundidas y que
en cierta forma ponen en
tela de juicio la razón
de ser y el sentido
mismo de la familia, con
su fisonomía propia e
insustituible, fundada
en el proyecto de Dios
Creador, ha hecho que
sea imprescindible hoy
insistir en el artículo
-en singular- LA
familia.
Es
preciso dar toda la
fuerza al uso del
singular: LA FAMILIA,
cuando crece un uso del
plural, LAS FAMILIAS,
con todo lo que comporta
en el sentido de negar
un modelo de la
familia, fundada en el
matrimonio, comunidad de
amor y de vida, de un
hombre y una mujer,
abierta a la vida. Unida
a la concepción singular
y en singular de LA
familia, está su
filosofía, su
fundamentación
antropológica, sobre la
cual el Papa ha aportado
tantos aspectos
iluminadores en su
magisterio2.
Manteniendo sin
confusiones ni
concesiones indebidas el
modelo de la familia,
querido por Dios, como
institución natural, nos
alejamos de una visión
superficial y
precipitada que concibe
el matrimonio y la
familia como mero fruto
de la voluntad humana,
producto de consensos
cambiantes. Consensos,
acuerdos, que no ofrecen
la estabilidad y la
identidad, como una
riqueza, sino que hacen
que a la intemperie, la
unidad matrimonial sufra
el deterioro de
sucesivas erosiones que
debilitan la familia.
Citando
el texto de Génesis 2,
24, el Señor declara
solemnemente el proyecto
de Dios, desde el
principio de la creación
("ab initio": como
modelo creacional). Hay
un orden establecido por
Dios desde la creación
(AP ARCHES) (cf. Mt.
19, 4): "Hombre y mujer
los creó (varón y
hembra) … Por eso dejará
el hombre a su padre y a
su madre, se unirá a su
mujer, y serán los dos
una sola carne. De modo
que no son dos sino una
sola carne; luego, lo
que Dios ha unido no lo
separe el hombre"3. El
Catecismo de la
Iglesia Católica,
ofrece el comentario de
Tertuliano: "Nada los
separa, ni en el
espíritu, ni en la
carne; al contrario, …
allí donde la carne es
una, es uno también el
espíritu" (C.E.C.,
n.1642). Hay que
recordar que "carne" en
el lenguaje bíblico,
denota no sólo la parte
material del hombre,
sino al hombre mismo
como persona. San Pablo,
en la Carta a los
Efesios se refiere
nuevamente a este pasaje
del Génesis (cf. Ef.
5, 31) y lo señala como
"grande misterio (to
misterion … mega)" (Ef.
5, 32), referido a
Cristo y a la Iglesia.
El "mega" (lo grande del
misterio, en el proceso
a que alude la
Escritura), radica en
que el hombre
(anthropos: Adán), es
tipo (typos) del
amor de Cristo y de la
Iglesia4.
El tema
que comentamos toma como
clave la del don
que tiene su fuente en
Dios mismo, de quien
todo don proviene (cf.
Sant. 1,17). Es
don recibido en la
Iglesia ("don de
Iglesia") y para ella,
por medio de la Iglesia
doméstica.
El don
que los futuros esposos
se ofrecen
recíprocamente, con la
correspondiente acogida
libre y explícita, es
decir, el
consentimiento,
configura el elemento
indispensable "que hace
el matrimonio" (C.E.C.,
n. 1626). Ese "acto
humano por el cual los
esposos se dan y se
reciben" (C.E.C.,
n. 1627), es mejor que
sea expresado en la
fórmula que la pareja
debiera aprender de
memoria y saber expresar
de modo personal y
significativo.
Podría
decirse que la
insistencia de la
Iglesia en una adecuada
preparación del
matrimonio, en las
diferentes etapas, busca
asegurar que el "SI" de
los esposos tenga toda
su seguridad y densidad
(cf. C.E.C., n.
1632), y está en la base
de los bienes y
exigencias del amor
conyugal. Allí está la
clave de su felicidad,
como lo expresa la
bendición nupcial
tercera del ritual: "que
encuentren su felicidad
dándose el uno al otro".
La celebración litúrgica
debe expresar todo lo
que implica esa
recíproca entrega entre
los mismos esposos,
entre los esposos y la
Iglesia y Dios, en ese
amor derramado sobre sus
corazones5.
El don de
los esposos, puntual y
permanente, que supone y
expresa una libertad
madura, con la forma
canónica del
sacerdote que recibe el
consentimiento en nombre
de la Iglesia, "expresa
visiblemente que el
matrimonio es una
realidad eclesial (cf.
C.E.C., nn. 1630,
1631), un compromiso
público, en el "vínculo
establecido por Dios" (C.E.C.,
n. 1640), lazo
irrevocable que exige
fidelidad entre los
esposos y al Dios fiel
en lo que su divina
sabiduría dispone.
Cristo está presente en
el corazón de las
libertades humanas, en
su lozana continuidad,
en un acto diariamente
renovado en virtud del
cual están como
"veluti", consagrados
(observa la Gaudium
et Spes 48).
Los
esposos no pueden
alcanzar su felicidad y
su plenitud al margen de
esa verdad que enriquece
el sentido de su
libertad. Los esposos se
otorgan recíprocamente
en Cristo, quien les
sale al paso, ofrece las
energías necesarias que
superan las limitaciones
de una libertad
vulnerada, necesitada,
que permite expresar con
sinceridad "yo … te tomo
… como esposo (esposa) y
te prometo serte fiel …
todos los días de mi
vida"6. Estas palabras
que acompañan las manos
de los esposos que se
estrechan, están
cargadas de
significación y deben
advertir a los esposos
sobre los riesgos de un
amor traicionado, que el
mundo presenta como un
derecho y hasta como una
liberación. Así, la
palabra se vuelve
inexpresiva y el gesto
vacío, sin dimensión de
grandeza.
2. DON Y
COMPROMISO
La
familia, fundada sobre
el matrimonio, comunidad
de vida y de amor, (de
"toda la vida" en la
presentación del Código
de Derecho Canónico,
can. 1055), tiene su
"elemento
indispensable", que
"hace el matrimonio" en
el intercambio de
consentimientos (cf.
C.E.C., n. 1626).
El
consentimiento, observa
el Catecismo de la
Iglesia Católica,
consiste en un "acto
humano por el cual los
esposos se dan y se
reciben mutuamente" (GS
48) (C.E.C., n.
1627). Ese otorgarse
recíprocamente se hace
por medio de la palabra
como solemne promesa,
que va acompañada por
gestos que subrayan esa
voluntad de mutua
entrega. El don que se
ofrece, la misma
persona, asume la
categoría de don cuando
es acogido -agrega el
Catecismo-. "Yo te
recibo como esposa" -
"yo te recibo como
esposo". Este
consentimiento que une a
los esposos entre si,
encuentra su plenitud en
el hecho de que los dos
"vienen a formar una
sola carne" (C.E.C.,
n. 1627).
El
consentimiento, como
expresión de este don,
que hace el matrimonio,
"la alianza matrimonial"
y constituye un
consorcio de toda la
vida" (C.E.C., n.
1601) es un don en Dios.
En El tiene su fuente y
su autor. Cuando los
esposos se otorgan el
uno al otro, llegan a
ser un regalo de Cristo
que dona el hombre a la
mujer y la mujer al
hombre. Es "una íntima
comunidad de vida y amor
conyugal, fundada por el
Creador… El mismo Dios
es el autor del
matrimonio"(GS
48). En el matrimonio,
recuerda el Concilio
Vaticano II, "El
Salvador de los hombres
y Esposo de la Iglesia
sale al encuentro de los
esposos cristianos" (GS
48).
Es ese el
proyecto de la creación
querido por Dios al
inicio, que el Señor
santifica solemnemente y
eleva a la dignidad de
sacramento. Es Dios
quien une en el
matrimonio, en esa
comunidad "estructurada
con leyes propias", como
instituido "establecido
por ordenamiento
divino", que no depende
del arbitrio humano"
(cf. C.E.C., n.
1603). Son bien
conocidos los pasajes de
la teología bíblica que
muestran, dentro del
marco de una definida
antropología, cómo está
anclada en el corazón
del ser humano la
llamada a compartir, a
la complementariedad, a
una acogida, en la
realidad de la primera
pareja. En esta unión,
cuyo autor es Dios, El
mismo se compromete y se
proyecta en el horizonte
de la Alianza de Dios
con la humanidad, de
Cristo con la Iglesia.
Con especial fuerza ha
escrito Max Thurian: "No
es un simple contrato
que se relaciona con una
fidelidad recíproca.
Dios en persona realiza
este misterio de unión y
le da una seguridad ante
los peligros de
desgarramiento. Es la
característica
primordial del
matrimonio cristiano. El
matrimonio es la unión
en Dios y por Dios…"7.
El
matrimonio cristiano
tiene una relación
directa con la Alianza
de Cristo. En tal
sentido el
consentimiento no es un
acto entre dos sino
"triangular" (en la
expresión de Carlo
Rocchetta), como un "Sí"
dicho al interno del
"Sí" de Cristo y a la
Iglesia. El
consentimiento de los
esposos no puede ser
separado de la adhesión
a Cristo. "El tradere
se ipsum de Cristo a
la Iglesia viene a
configurar en
profundidad el
tradere se ipsum de
los esposos"8.
Lo que
Dios ha unido hasta
volverse "una sola
carne" el hombre no
puede someterlo a sus
caprichos ni invocar
arbitrio alguno. El
matrimonio no es un
consenso, fruto de
cambiantes acuerdos
humanos, sino una
institución que hunde
sus raíces en el terreno
de lo sagrado: la misma
voluntad del Creador. No
es gracioso regalo de
los parlamentos, logro
de los legisladores en
las estratagemas
políticas. El pleno
señorío a Dios pertenece
y es El quien sale al
paso y ofrece el don.
Comenta Joachim Gnilka:
"El hombre no separe lo
que Dios ha unido" (Mt.19,6)
es comprensible
solamente si se puede
partir del presupuesto
que es Dios quien une
toda pareja de
esposos"9.
El don
expresado en el
consentimiento "personal
e irrevocable", que
establece la Alianza del
matrimonio, lleva el
sello y la calidad de
una donación definitiva
y total de uno al otro
(cf. C.E.C, n.
2364).
La
donación hasta formar
"una sola carne" es un
otorgarse personal, no
se ofrecen cosas, que se
articula en la
palabra-promesa y se
funda en el Señor.
Porque es una donación
personal, no entra en
juego, en su proyecto
original, la dialéctica
de la posesión, del
dominio. Por ello no es
destrucción de la
persona, sino
realización de la misma
en la dialéctica del
amor, que no ve en el
otro una cosa, un
instrumento que se
posee, se usa, sino el
misterio de la persona
en cuyo rostro se
delinean los perfiles de
la imagen de Dios. Sólo
una adecuada concepción
de la "verdad del
hombre", de la
antropología que
defiende la dignidad del
hombre y de la mujer,
permite superar
plenamente la tentación
de tratar al otro como
cosa y de interpretar el
amor como una empresa de
seducción. No es un amor
que degrada, elimina,
sino que exalta y
realiza. Solo así se
descifra e interpreta
esta categoría del don,
que libera del egoísmo,
de un amor vacío de
contenido, que es
insuficiente e
instrumentalización, y
que liga la unión
simplemente a un gozo
sin responsabilidad, sin
continuidad, que es
ejercicio de una
libertad que se degrada
lejos de la verdad.
Se
impone, con toda fuerza
la categórica
declaración Conciliar:
"El hombre que es en la
tierra la sola creatura
que Dios ha querido por
sí misma no puede
encontrarse plenamente
sino a través del don
sincero de Sí mismo" (GS
24). Tiene, pues, la
dignidad de fin, no de
instrumento o cosa, y en
su calidad de persona es
capaz de darse, no solo
de dar.
Los
esposos en esa entrega
recíproca, en la
dialéctica de una
entrega total, "forman
una sola carne", una
unidad de personas
"communio personarum",
desde su propio ser, en
la unidad de cuerpos y
espíritus. Se dan con la
energía espiritual y de
sus propios cuerpos en
la realidad de un amor
en el cual el sexo está
al servicio de un
lenguaje que expresa esa
entrega. El sexo, como
recuerda la Exhortación
Apostólica Familiaris
Consortio, es un
instrumento y signo de
recíproca donación: "la
sexualidad mediante la
cual el hombre y la
mujer se dan uno a otro,
con los actos propios y
exclusivos de los
esposos, no es en efecto
algo de puramente
biológico sino que
afecta al núcleo íntimo
de la persona humana en
cuanto tal. Ella se
realiza de modo
verdaderamente humano,
solamente cuando es
parte integral del amor
con el que el hombre y
la mujer se comprometen
totalmente entre sí
hasta la muerte (FC
11).
Es bien
difícil abordar toda la
riqueza que contiene la
expresión "una sola
carne", en el lenguaje
bíblico. En la Carta a
las Familias, el Santo
Padre profundiza en su
significación a la luz
de los valores de la
"persona" y del "don",
como lo hará también en
relación con el acto
conyugal, que está ya
incluido en esta
concepción de la Sagrada
Escritura. Así escribe
el Papa, quien ofrece,
en diferentes escritos,
un cuidadoso análisis,
en la Gratissimam sane:
"El Concilio Vaticano
II, particularmente
atento al problema del
hombre y de su vocación,
afirma que la unión
conyugal -significada en
la expresión bíblica
"una sola carne"-,no
puede ser comprendida y
explicada plenamente
sino recurriendo a
los valores de la
"persona" y del "don".
Cada hombre y cada mujer
se realizan en plenitud
mediante la entrega
sincera de sí mismo; y,
para los esposos, el
momento de la unión
conyugal constituye una
experiencia
particularísima de ello.
Es entonces cuando el
hombre y la mujer, en la
"verdad" de su
masculinidad y de su
feminidad, se convierten
en entrega recíproca.
Toda la vida en el
matrimonio es un don,
pero esto se hace
singularmente evidente
cuando los esposos,
ofreciéndose
recíprocamente en el
amor, realizan aquel
encuentro que hace de
los dos "una sola carne"
(Gen. 2,24).
Ellos viven entonces
un momento de especial
responsabilidad,
incluso por la
potencialidad
procreativa vinculada
con el acto conyugal. En
aquel momento, los
esposos pueden
convertirse en padre y
madre, iniciando el
proceso de una nueva
existencia humana que
después se de-arrollará
en el seno de la mujer"
(Grat. sane, 12)
En esta
perspectiva, y
comentando el "misterio
de la feminidad", en su
Catequesis sobre el amor
humano, Juan Pablo II,
observa (en relación con
Génesis 4,1): "El
misterio de la feminidad
se manifiesta y se
revela hasta el fondo
mediante la maternidad,
como dice el texto: "la
cual concibió y dio a
luz". La mujer está de
frente al hombre como
madre, sujeto de la
nueva vida humana que en
ella es concebida y se
desarrolla, y de ella
nace al mundo. Así
también se revela en
profundidad el misterio
de la masculinidad del
hombre, es decir, el
significado generador y
paterno de su cuerpo". Y
luego subraya: "La
paternidad es uno de los
aspectos de la humanidad
más sobresalientes en la
Sagrada Escritura"10.
Sobre el tema tornaremos
al examinar el don del
hijo.
A la luz
de la teología de la
donación, reflexiona el
Papa sobre el lenguaje
del cuerpo y en el
conjunto de su
expresividad y
significación como don
personal de la persona
humana. "Como ministros
de un sacramento que se
constituye a través del
consentimiento, y se
perfecciona a través de
la unión conyugal, el
hombre y la mujer son
llamados a expresar
ese misterioso lenguaje
de sus cuerpos en toda
la verdad que le es
propia. Por medio de
gestos y de reacciones,
por medio de todo el
dinamismo,
recíprocamente
condicionado, de la
tensión y del gozo, a
través de esto habla el
hombre, la persona (…).
Y, precisamente en el
nivel de este "lenguaje
del cuerpo" -que es algo
más de la sola
reactividad sexual y
que, como auténtico
lenguaje de las
personas, está puesto
bajo la exigencia de la
verdad, es decir, a
normas objetivas-, el
hombre y la mujer se
expresan recíprocamente
a ellos mismos en
el modo más pleno y
profundo, en cuanto le
es consentido por la
misma dimensión somática
de la masculinidad y
feminidad: el hombre y
la mujer se expresan
ellos mismos en la
medida de toda la verdad
de sus personas"11. Esa
relación y dimensión
personal, así expresada,
en "una sola carne",
dice relación a Dios
mismo, en cuanto la
pareja, como tal, es
imagen de Dios. "Podemos
deducir que el hombre se
ha vuelto imagen y
semejanza de Dios, no
solamente a través de la
propia humanidad, sino a
través de la comunión de
las personas"12.
Es esta
verdad que enaltece y
dignifica lo que debiera
ser transmitido en un
contenido digno de tal
nombre, en la educación
sexual, que señala la
grandeza de la
sexualidad, en su
dimensión personal, como
un lenguaje de amor:
donación aceptación -
compromiso, que no
encierra las personas en
sí mismas, o en un ciclo
cerrado de goce, sin
apertura, sino que se
levanta hacia Dios y
adquiere nuevas
dimensiones de
eternidad, es decir, que
no se circunscribe a
actos perecederos que el
tiempo borra y quizás
sufre en la memoria el
desgaste del tiempo,
sino que se eleva hasta
la fuente misma del
amor.
Esa
expresión en un lenguaje
humano, personal, de
totalidad, ¿cómo no ha
de marcar la existencia,
en un sentido de
profundo compromiso?. De
alguna manera, aún
después de la muerte de
uno de los cónyuges,
algo de esa relación
permanece. No entramos
ni de lejos a discutir
el derecho que asiste al
viudo o a la viuda para
casarse de nuevo. Sin
embargo, pensando sobre
todo en ciertas
oraciones bien
significativas de la
Liturgia Oriental, en el
caso de nuevas nupcias,
en las que no hay
propiamente palabras de
encomio, sino como de
permisión, de
tolerancia, me parece
que se abre una pista de
explicación por el tipo
de relación asumida y
que no es propiamente
indiferente para la
persona que se ha
sumergido en la
corriente del don.
Es
preciso rescatar el
sentido de la entrega,
liberarlo, de una
cultura que atenta
contra la dignidad del
hombre y de la mujer y
que destruye la relación
personal de los esposos,
como si el proceso de la
entrega no respondiera a
resortes profundos de la
personalidad y como si
una ciencia, digna de
tal nombre, no pudiera
venir en ayuda de la
verdad del hombre.
No es el
momento de introducirnos
en consideraciones que
nuestro Dicasterio ha
hecho en el Documento
que lleva este título,
como enunciación de su
contenido central: "Sexualidad
Humana: Verdad y
Significado". Esta
perspectiva es también
reconocida
fundamentalmente por las
conquistas de la razón,
por los logros de una
ciencia que se acerca de
verdad al ser del
hombre. Una proyección
que supera el egoísmo y
tiende al otro, es
altruista, no es
extraña, v.g., al
pensamiento de Freud.
Hoy se puede hacer la
denuncia de una tal
banalización del sexo
que se detiene en
estadios y etapas
previas, en donde el
egoísmo encierra y
aisla, con la modalidad
de una inmadurez que
destruye el lenguaje del
amor, la verdad y cobra
su víctima en el mismo
hombre y en la mujer.
Muchas
veces acceden al
matrimonio con una
personalidad severamente
lesionada por una
cultura falseada, que es
como una bomba de tiempo
para el mismo
matrimonio. El hecho de
que el lenguaje sexual,
como comportamiento
armónico y articulado,
que está al inicio de la
verdad, no debe
reducirse a lo meramente
biológico, es, a veces,
traducido por escritores
de la calidad de
Marguerite Yourcenar en
sus "Memorias de
Adriano". Permitidme
recoger algunas de sus
expresiones que, me
parece, ilustrarían la
verdad que el magisterio
quiere transmitir. El
lenguaje de los gestos,
de los contactos, pasa
de la periferia de
nuestro universo a su
centro y se vuelve más
indispensable que
nosotros mismos, y tiene
lugar el prodigio
admirable, en el que veo
más una asunción de
la carne por el espíritu
que un simple juego de
la carne, en una especie
de misterio de la
dignidad del otro
que consiste en
ofrecerme ese punto de
apoyo de otro mundo13.
Hay
entonces como una
intuición, no exclusiva
del universo de la fe,
que restituye al sexo su
grandeza y lo rescata
del vaciamiento y de un
uso instrumental que en
la cultura del
consumismo se parece
mucho a lo desechable:
¡se usa y se bota!. Es
la globalidad de la
persona la que está en
juego y sus actos no le
son exteriores, como si
pudieran ser atribuibles
a otro, en una forma de
"irresponsabilidad"
básica e infantil. El
hombre que se siente
incapaz o inseguro de
responder por sus actos,
que asumen el tono de
juegos provocados por un
ser somnoliento.
Retornemos a un
pensamiento de M.
Yourcenar que transmite
bien una impresión
ética: "Yo no soy de
aquéllos que dicen que
sus acciones no se les
parecen. Deben
parecerse, porque las
acciones son la sola
medida y el único medio
de diseñarme en la
memoria de los hombres o
en la mía propia… No hay
entre yo y los actos de
los que soy hecho, un
hiato indefinible, y la
prueba, es lo que yo
pruebo sin cesar en la
necesidad de pesarlos,
de explicarlos, de dar
cuenta de ellos a mi
mismo"14.
En el
lenguaje sexual se
expresa el hombre, de
alguna manera se diseña
y se modela, y configura
su destino. El don, la
verdad del mismo y su
sentido adquieren una
estatura y proporción
dignas del hombre. Por
eso la Familiaris
Consortio subraya
este valor sin el cual
el sexo se vacía, pierde
su verdad, hasta
volverse caricatura y
mueca que lacera y
desfigura lo que debe
brillar en el misterio
de una carne: "el amor
conyugal comporta una
totalidad donde entran
todos los elementos de
la persona -reclamo del
cuerpo y del instinto,
fuerza del sentimiento y
de la afectividad,
aspiración del espíritu
y de la voluntad-; mira
a una unidad
profundamente personal
que, más allá de la
unión en una sola carne,
conduce a no hacer más
que un solo corazón y
una sola alma" (FC
13).
El
Consentimiento, el don
recíproco, -recordábamos
antes- es "personal e
irrevocable"; la
donación es "definitiva
y total". Su lugar
noble, propio, único es
el matrimonio. ¡En éste
la donación es verdad!.
Podríamos
decir que lo definitivo
es una calidad de la
totalidad de la donación.
Es la superación de una
entrega parcial, a
pedazos, por "cómodas
cuotas" que son
homenajes al egoísmo, al
amor opacado por la
realidad del pecado. Un
amor así, a trozos,
pierde hondura,
espontaneidad y poesía.
Entre los novios es otra
la tonalidad. El amor
que se promete o tiene
ansias de duración, de
"eternidad" o en el
fondo no existe. La
entrega es por toda la
vida y sobre todas las
circunstancias. Asegura
contra lo provisorio,
contra el desgaste,
contra la mentira. ¿Qué,
decir de quienes, como
un nuevo paso de
"pluralismo" y de
actitud complaciente en
el campo jurídico, se
proponen ensayar
legislaciones de
matrimonios ad tempus,
de comuniones
temporales?. "Afirmar
que el amor es elemento
constitutivo del
matrimonio es sostener
que de no haber existido
aquella mutua entrega
irrevocable, no
existiría entre los
esposos el "foedus
coniugale". Las
leyes, por tanto, de
unidad e indisolubilidad
no son exigencias
extrínsecas al
matrimonio, sino que
nacen de su mismo ser. Y
así, el amor
constituyente ha de ser
amor conyugal, exclusivo
e indisoluble"15.
El
matrimonio lleva la
garantía de la
estabilidad, de lo
permanente, de la
perpetuidad. Podríamos
decir que el don
recíproco "que liga más
fuerte y profundamente
que todo lo que puede
ser adquirido al precio
que sea" (Grat. sane,
n. 11), se expresa en
una palabra de
compromiso. A. Quilici
observa: "uno no se da
verdaderamente sino
cuando primero y en
verdad da su palabra. Si
no eso se parece a una
suerte de violación. El
don del cuerpo no es
verdaderamente humano
sino en la medida en que
cada uno da su acuerdo,
en la medida en que cada
uno ha permitido ir más
allá en el diálogo,
hasta la última
intimidad"16.
Es una
palabra expresiva, que
permanece y que
compromete profundamente
a los esposos, de tal
manera que una donación
limitada voluntariamente
en el tiempo desdibuja
la misma calidad de un
don total. La palabra
expresa un sí profundo
que surge de la raíz de
un amor que quiere ser
fiel a lo largo del
tiempo. Así caracteriza
el cardenal Ratzinger
ese "Sí": "El hombre, en
su totalidad, incluye la
dimensión temporal.
Además, el "sí" de un
ser humano supera a la
vez este tiempo. En su
integralidad, el "sí"
significa: siempre. El
constituye el espacio de
la fidelidad … la
libertad del "sí" se
hace sentir como una
libertad delante de lo
definitivo"17. El amor18
no está necesariamente
sometido a la
degradación del tiempo,
como en las cosas que se
desgastan y pierden
paulatinamente su
energía. No cae en la
órbita de la ley de la
entropía. El tiempo
puede ayudar al
crecimiento, a madurar
delante de Dios, a hacer
del amor un compromiso
más serio y hondo.
Escuché, en Caná una
hermosa promesa y
expresión de unos
esposos avanzados en
años: "te amo más que
ayer, pero menos que
mañana". La alegría de
la serenidad, de un
testimonio que recibe el
espesor de los años, se
descubre en tantos
matrimonios de personas
ancianas en las cuales
se conservan la frescura
y la ternura afianzadas
en el tiempo.
En virtud
de la donación total se
comprende mejor la
exigencia de la
indisolubilidad que
libera y protege el amor
y que no es su prisión o
empobrecimiento. Es
falso aquello de que el
matrimonio es la tumba
del amor y que lo
definitivo, su
indisolubilidad, robe al
amor su espontaneidad y
su dinámica. A ello
lleva, sin duda, una
cultura de lo
perecedero, en la cual
la palabra se vacía y es
por tanto liviana hasta
la irresponsabilidad. No
lleva el peso de la
verdad que no es
caprichosa y cambiante
como lo hace un falso
amor, que engaña. "La
posible ausencia o
debilitamiento de hecho
en las manifestaciones
del amor conyugal no
destruyen las
propiedades y la
tendencia natural -si
bien las pueden
obstaculizar-, pues unas
y otras reclamarán
siempre ser vivificadas
por el amor conyugal"19.
La
donación total
conduce a la
exigencia de la
fidelidad. Es una
forma concreta de don,
que empeña y libera. Un
amor fiel es también y
radicalmente
indisoluble. Libera del
temor de traicionar y
ser traicionado y
suministra a la fuente
de la vida, la garantía
y la transparencia a la
que tienen derecho los
hijos.
Antonio
Miralles escribe:
"también la mutua
donación personal de los
cónyuges exige la
indisolubilidad del
recíproco vínculo que
ellos han establecido
con tal donación. Ella
es total y por tanto
excluye toda
provisoriedad, toda
donación temporal. (…)
el vínculo conyugal
presenta un carácter
definitivo, en cuanto
surge de una donación
integral que comprende
también la temporalidad
de la persona. El darse
con la reserva de poder
desvincular en el
futuro, significaría que
la donación no es total,
al contrario de aquella
que hace nacer un
verdadero matrimonio"20.
Cabe pues
decir que la fidelidad,
la indisolubilidad, el
carácter definitivo,
son esenciales en la
calidad del don.
Aquí radica el
compromiso, el empeñar
del don, empeño que se
abre también y
esencialmente al don de
la vida y que se vuelve
testimonio público en la
Iglesia y en la
sociedad. Es luz, llama
puesta sobre el
candelero.
Es San
Juan Crisóstomo quien
comenta hermosamente el
estilo de esta donación
en este consejo a la
pareja: "Te he tomado en
mis brazos, te amo y te
prefiero a mi vida.
Porque la vida presente
no es nada, mi deseo más
ardiente es pasarla
contigo de tal manera
que estemos seguros de
no estar separados en la
vida que nos está
reservada… pongo tu amor
por encima de todo…"21.
La duración, el carácter
definitivo de la
donación, en virtud de
su totalidad, conduce a
la indisolubilidad que
es atribuible al
matrimonio natural y que
asume una dimensión más
honda y expresiva en el
matrimonio cristiano,
delante y bajo la mirada
del Señor.
Ya el
matrimonio natural tenía
"una cierta
sacramentalidad", en
sentido amplio, como
signo preanunciador del
misterio de tal unión
esponsal, en la íntima
unidad de una sola
carne, inserta (de
alguna manera) en el
misterio de la Alianza
de Dios con la
humanidad, en el
lenguaje de la creación,
de Dios con su pueblo
(cf. Os., 1-3),
de Cristo con la
Iglesia22. "Maridos,
amad a vuestras mujeres
como el Mesías amó a la
Iglesia y se entregó por
ella … Por eso dejará el
hombre a su padre y a su
madre, se unirá a su
mujer y serán los dos
una sola carne, (un solo
ser). Este misterio es
grande; lo digo en
referencia a Cristo y a
la Iglesia" (Ef.
5, 25. 31-33).
En este
texto central de la
Carta a los Efesios, en
el versículo 25, el
modelo es la entrega de
Cristo, en el lenguaje
del sacrificio en el que
se expresa el mayor
amor, sin límites: ¡amor
crucificado!. Ese "traditit
semetipsum",
donación total y
radical, que es el
modelo, es el misterio
fundamental que abarca
la alianza conyugal. El
misterio (cf. v. 32), es
referido al proceso que
tiene su "tipo", su
modelo en Cristo y la
Iglesia. Hay que
advertir que al hablar
de misterio, grande,
(mega), se refiere el
autor a la importancia
del mismo, a su fuerza
expresiva, no a la
oscuridad. El misterio
de la unión esponsal de
Cristo y la Iglesia es
reproducido en el
matrimonio del hombre y
de la mujer23
Estamos
en el ámbito sagrado de
una donación y una
entrega que adquiere su
plena iluminación en
Cristo, en su pasión
redentora. Esto es
subrayado por el
Concilio de Trento en la
sesión XXIV, Denz. 969:
"Gratiam vero quae
naturalem illum amorem
perficeret, et
indissolubilem unitatem
confirmaret, coniugesque
sanctificaret: ipse
Christus … sua nobis
passione promeruit". Max
Zerwick, comentando el
texto clave que nos
ocupa, escribe: "Siendo
así, el matrimonio
humano es algo más que
una mera figura, cuando
se realiza entre
miembros de Cristo: debe
realizar la unión
amorosa de Cristo con su
Iglesia. Así pues, el
matrimonio no es
meramente figurativo,
sino que es una
participación real en lo
que Pablo llama el gran
misterio"24.
El "tradere
se ipsum" de cada
uno de los cónyuges, a
semejanza de Cristo,
observa Carlo Rocchetta,
"es un acto de
naturaleza perpetua … un
sacramento
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