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Mons. Agustín García
Gasco
Arzobispo de
Valencia (España)
Publicada en «Paraula-Iglesia
en Valencia» el 26 de
junio de 2005
La
familia es la célula
vital de la sociedad.
Así lo afirma el
sentido común, en
una definición que es
compartida por la
inmensa mayoría de
culturas y las
principales religiones
del hombre. Igualmente
las naciones civilizadas
otorgan a la familia la
protección que le
corresponde, atendiendo
a los beneficios que
aporta a la sociedad y
que permiten la
supervivencia de la
especie humana.
Ni la familia
ni el matrimonio son un
“invento” cristiano
ni de ninguna religión.
Y mucho menos un invento
del Estado. La
familia es soberana.
La familia es anterior
al Estado. Mucho antes
de la aparición del
cristianismo y del
Estado, los grandes
pueblos de la historia
como el pueblo judío o
el pueblo romano
reconocieron la
institución del
matrimonio que a través
de los siglos ha
constituido el núcleo
original y primigenio de
toda sociedad
civilizada.
La historia
nos enseña que la
dignidad del hombre y de
la mujer tiene su mejor
desarrollo cuando
libremente deciden
unirse en un plano de
igualdad. Amar no puede
ser reducido a “te amaré
sólo mientras me
convenga”, “te querré
sólo mientras seas joven
o hermosa” o “mientras
ganes mucho dinero”. Los
que pretenden poner
límites al amor
verdadero traicionan la
dignidad de las
personas. El amor se
demuestra en los largos
caminos, y en los
momentos agridulces que
siempre nos deparará la
vida. El amor implica
una radicalidad, un todo
por el todo, que es lo
que le otorga la
estabilidad necesaria
para construir un hogar
capaz de abrirse a
nuevas vidas que merecen
protección y necesitan
mucho amor.
La familia
es la célula vital de la
sociedad. Todos hemos
nacido de un padre y de
una madre y eso forma
parte de nuestra
dignidad personal. Todos
hemos aprendido muchas
cosas de nuestros padres
ya sea de forma
consciente o por una
especie de impregnación.
Si bien es cierto que
hay fases de la vida en
que puede constatarse un
cierto distanciamiento
generacional, la
paternidad, la
maternidad o la madurez
personal nos hacen
volver el rostro hacia
nuestros progenitores,
comprendiéndoles mucho
mejor y con un profundo
sentimiento de
agradecimiento. No es
casualidad que honrar a
los padres sea un
mandamiento de la Ley de
Dios y una máxima de
conducta en todas las
civilizaciones del
mundo.
La familia
es la célula vital de la
sociedad y quien sabe
escuchar a la familia no
se equivoca. El
pasado sábado decenas de
miles de valencianos,
acudieron a manifestarse
en defensa de la familia
en Madrid de forma
multitudinaria junto con
otros miles de españoles
que pudieran superar al
millón de manifestantes.
Aunque en democracia el
número sí que importa,
no deseo entrar en
“guerras de cifras” que
sólo sirven para
levantar la sonrisa de
los que estuvieron allí,
al contemplar
sorprendidos y
divertidos los
malabarismos de algunos
por descontar personas y
reducir el número de
manifestantes y que sólo
han conseguido reducir
la poca credibilidad que
les va quedando ya.
El
Foro de la Familia
y las demás entidades
sociales que convocaron
la manifestación han
cosechado un rotundo
éxito por el que merecen
ser felicitados
públicamente.
Bien claro
indicaron desde el
primer día que dicha
manifestación no iba
contra nadie, contra
ningún colectivo, ni
contra ningún partido
sino que era “por la
familia”, para que
sean respetadas sus
señas de identidad y no
se pierda el sentido
común.
Esta gran
manifestación ha nacido
de la sociedad, de los
laicos, y ha contado con
la adhesión de más de
mil ONGs de todo el
mundo. Es un ejemplo del
despertar responsable en
una sociedad
democrática. Sin
incidente alguno, con
respeto y con las ideas
claras se ha dicho que
el matrimonio sólo puede
ser la unión de un
hombre y una mujer. Y se
ha dicho con alegría,
esperanza y respeto, a
pesar de las graves
provocaciones y
dificultades que se han
tenido que soportar y
seguimos soportando.
Quien sabe
escuchar a la familia no
se equivoca. Y esto es
válido a título personal
y también político.
Nuestros gobernantes
tienen ocasión de
demostrar la realidad
del “talante dialogante”
que tanto se adjudican,
casi en concepto de
monopolio moral. Ocasión
“de perlas” tienen para
demostrar su verdadero
talante, deshaciendo los
signos de radicalismo
intolerante que les
acompañan.
Con los niños
no se hacen experimentos.
Lo proclaman todas las
legislaciones del mundo.
¿Son homófobas las
legislaciones de
Francia, Italia,
Alemania, Rusia, EE.UU.?
¿Con qué
“civilizaciones” estamos
haciendo “alianza”? ¿Nos
integramos en Europa y
en el mundo, o hacemos
leyes que carecen de
precedentes serios y que
en realidad van a
dificultar las
adopciones
internacionales para los
españoles? No perdamos
el sentido común.
En la
España de las autonomías
con frecuencia
observamos congratulados
cómo se valoran las
raíces históricas y se
rescatan y defienden las
lenguas e instituciones
tradicionales frente a
modas o costumbres de
otros lugares. Bueno
será recordar que
nuestro derecho nos
reconoce dos apellidos
como seña de identidad:
uno del padre y otro de
la madre. Sin ellos no
existiríamos.
Escuchar a la familia es
escuchar nuestro propio
ser.
El futuro
está en la familia. La
sociedad española del
futuro será la que nazca
de las familias de hoy.
Nuestros gobernantes
deberían reflexionar
profundamente al
respecto. Por ello,
resulta plenamente justo
unirme a todos los miles
de familias que piden
que se escuche a la
familia y no perdamos el
sentido común.
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