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Conferencia del profesor
Tomás Melendo Granados
Dirigida a orientadores familiares

1. El núcleo primordial
a) Primero… los padres
b) La familia, por encima de todo
2. El amor de los padres se desborda
a) Para poder amar… ¡amarse!
b) "El" derecho esencial de los
hijos
c) Una aplicación concreta: confiar
en los hijos
3. En el núcleo del núcleo
a) Un cambio de actitud personal…
b) … para transformar el mundo
Jugando un poco con las palabras, me
atrevería a sostener que el objetivo
de esta conferencia es orientar a
los orientadores, con el fin de que
a su vez ellos orienten a quienes
les piden ayuda, bien para resolver
algún problema concreto, bien
simplemente para mejorar el tono y
la calidad de la vida en su hogar.
Y, para lograrlo, nada mejor que
definir lo que constituye el núcleo
de la existencia familiar y el punto
en el que en fin de cuentas habrá de
incidir toda acción encaminada a
elevar el nivel y la eficacia del
conjunto de actividades desplegadas
por cualquier familia que aspire a
ser lo que debe.
En principio, determinar la
sustancia y el objetivo de la
institución familiar no parece
complejo. Juan Pablo II los ha
señalado con tanta claridad que, al
menos en teoría, se han convertido
en un lugar común. Escojo una cita
entre miles: "En una perspectiva que
además llega a las raíces mismas de
la realidad, hay que decir que la
esencia y el cometido de la familia
son definidos en última instancia
por el amor. Por esto la familia
recibe la misión de custodiar,
revelar y comunicar el amor".
1. El núcleo primordial
a) Primero… los padres
Amor, por tanto, y amor en su
acepción más noble: amor de amistad
o benevolencia. Pero amor ¿entre
quiénes? No es infrecuente que los
padres consideren por vez primera la
necesidad de formarse mejor cuando
alguno de los hijos comienza a
plantearles dificultades que los
superan. Suelen entonces acudir al
centro educativo para hablar con el
preceptor o se inscriben, entre
animosos y angustiados, en un curso
de orientación familiar sobre
adolescencia… El "problema", por
decirlo con un tanto de dramatismo,
es el hijo.
Y aquí es donde la acción del
orientador debe empezar a hacerse
notar, hasta imprimir un giro de 180
grados en el planteamiento de los
cónyuges. Ha de hacerles entender
que toda su actividad paterna
resultará inútil hasta que, en el
seno de la familia, no dirijan su
mirada y su influjo renovador hacia…
ellos mismos: son los padres quienes
deben cambiar en primer término si
pretenden provocar un
perfeccionamiento en la existencia
de sus hijos. Cualquier progreso en
el despliegue de una familia es
fruto de una modificación en la vida
de los cónyuges, que se implican
más, y más decididamente, en el seno
del propio hogar. Sin ese más
radical compromiso, todo resulta
inútil.
Y, en efecto, en más de una ocasión,
siguiendo sugerencias del Romano
Pontífice, he puesto de relieve que
la familia resulta insustituible
para la maduración e incluso la
existencia de la persona en cuanto
tal y, por tanto, de todos los
componentes de la familia en todos y
cada uno de sus niveles de
desarrollo: desde la indigencia
absoluta del recién concebido,
pasando por la inseguridad y las
dudas del niño o del adolescente,
hasta la aparente firmeza autónoma
del adulto, la plenitud del hombre y
la mujer en sazón y la fecunda pero
frágil riqueza del anciano.
Desde este punto de vista, parece
imprescindible hacer comprender a
los padres, de la manera que en cada
caso dicten las circunstancias, que
la familia es necesaria no sólo para
que sus hijos se vayan
perfeccionando mientras son más o
menos pequeños e inexpertos o cuando
empiezan a "hombrear" y escapárseles
de las manos; sino también, ¡y
antes!, para que ellos -el padre y
la madre, hechos y derechos y en
muchos casos auténticos
"triunfadores" en la vida
profesional o incluso pública- "se
realicen" en verdad como personas.
¿Por qué "antes" y "más" para los
padres? Se nos ha recordado a menudo
que la persona sólo encuentra su
plenitud cuando ama, mediante "la
entrega sincera de sí misma a los
demás". Por eso, si llevamos al
extremo lo que vengo sugiriendo,
cabría afirmar que cuanto más
perfectos van siendo un hombre o una
mujer, más necesitan de la familia
como el ámbito en el que, sin ningún
tipo de trabas, pueden dar y darse…
con la seguridad de ser acogidos
justo como personas.
b) La familia, por encima de todo
A este respecto, las palabras de
Juan Pablo II no pueden ser más
diáfanas: "El hombre -asegura-, por
encima de toda actividad intelectual
o social por alta que sea, encuentra
su desarrollo pleno, su realización
integral, su riqueza insustituible
en la familia. Aquí, realmente, más
que en cualquier otro campo de su
vida, se juega el destino del
hombre".
"Por encima de toda actividad
intelectual o social por alta que
sea…; más que en cualquier otro
campo de su vida". El actual sucesor
de Pedro es tajante, porque sabe
prescindir de todo lo superfluo y
adentrarse hasta la médula de las
realidades que esclarece. Pero, en
este caso concreto, los padres y las
madres pueden fácilmente
"experimentar" lo que el Pontífice
afirma. Pueden caer en la cuenta de
que equivocan el rumbo cuando
descuidan la atención directa e
inmediata a los demás miembros de su
familia para dedicarse a otros
menesteres, profesionales o
sociales, en los que incluso
alcanzan el éxito más absoluto…
buscando con franca generosidad el
bien de aquellos con quienes así se
relacionan. Porque ese triunfo no es
capaz de ahogar la especie de
desazón íntima que les asalta
siempre, en los momentos más hondos
y humanos, por el hecho de
desatender el círculo familiar, en
el que, en expresión del Papa,
habrían de encontrar "su realización
integral, su riqueza
insustituible".
Incluso desde el punto de vista
psicológico, resulta muy improbable
que, sin una entrega delicada en el
seno del propio hogar, pueda una
persona sustraerse a la tentación de
considerar esa tarea como de segunda
categoría. ¿Qué ocurre, entonces?
Pues, probablemente, que, además de
desatender al cónyuge, acabará por
delegar en él la educación de los
hijos o, sobre todo cuando también
el otro consorte busque su
realización prioritaria fuera de
casa, los encomendará a otras
instituciones -colegio, club
juvenil…-, cuya misión real no es
sino subsidiaria respecto a la de
los padres y cuyo influjo eficaz en
los chicos se torna entonces muy
limitado y epidérmico.
Por eso, si el punto de partida de
una consulta fuera el que antes
insinuaba -el del "hijo problema"-,
es hoy misión de los orientadores, y
misión prioritaria, hacer saber a
los padres que la familia resulta
imprescindible para el íntegro
desarrollo de sus hijos porque en
primer término lo es también para él
o para ella como cónyuge y como
padre o madre. Explicando de pasada,
según acabo de sugerir, que un padre
insatisfecho por no desarrollarse en
plenitud dentro de su propio hogar
no puede aportar auténtica vida ni
apoyo sólido a ninguno de los hijos
que en ese mismo hogar han venido a
la existencia y en el que encuentran
también la principal palestra para
su robustecimiento personal y la
base ineludible para el despliegue
enriquecedor en cualquier otra
esfera de su existencia.
2. El amor de los padres se desborda
a) Para poder amar… ¡amarse!
Sentadas estas ideas generales,
cabría dar un paso más, centrando
nuestra atención no ya en la
necesidad que el padre y la madre
tienen de la familia por su misma
condición de personas, sino justo en
cuanto padres o madres, es decir, en
función del crecimiento y la mejora
de sus hijos. Con otras palabras,
que de entrada pueden resultar
paradójicas: para cumplir sus
deberes paternos, los componentes de
un matrimonio no han de dirigir en
primer lugar su atención hacia los
hijos, sino hacia el otro cónyuge. Y
la razón es muy simple, aunque en
algunos casos no se le conceda la
importancia que reclama: la
primera -y casi la única- cosa que
un hijo necesita para ser educado es
que sus padres se quieran entre sí.
Se trata de una idea desarrollada
con brillante sencillez por Carlos
Llano: como la educación de los
hijos no es sino la más genuina
expresión del amor de los padres
hacia ellos, y como este amor no
puede ser a su vez sino el
despliegue del cariño entre los
esposos, el que los cónyuges se
amen de veras constituye la clave
esencial, y casi el todo, de su
misión dentro de la familia.
Llano escribe: "La condición
ineludible para que la familia se
constituya como ámbito formativo del
carácter de los hijos es el amor
firme de los padres, con las notas
propias que los clásicos le
asignaron desde antiguo: el amor
familiar ha de ser constante, lleno
de confianza y responsable, si
quiere poseer valor formativo […].
La inducción del carácter es,
diríamos, una emanación del amor
conyugal, una extensión -casi un
apéndice- suyo: los padres no
tendrían otra cosa que hacer más que
amarse de manera constante, llena de
confianza y responsable. Habría
después, sí, recomendaciones,
sistemas, técnicas, fórmulas,
procesos y recetas positivas para
lograr el objetivo" de formación "de
los hijos; pero todas las
recomendaciones para ello serán
apenas una cabeza de alfiler en el
profundo y extenso universo del amor
familiar en que se desarrollen. Al
menos, puede afirmarse sin
equivocación que tales
recomendaciones, sistemas, técnicas,
fórmulas, procesos y recetas serán
bordados en el vacío si no se dan
dentro del espacio del amor
familiar, la primera e
imprescindible condición, y casi la
única".
Los expertos en orientación están
hoy más obligados que nunca a
insistir en este extremo, porque
desafortunadamente ni se presenta
bien dibujado para la inteligencia
ni fácil de instaurar en la vida
vivida. Y, sin embargo, se trata de
algo de radical relevancia: lo más
importante que tienen que hacer los
esposos con vistas al desarrollo y
la felicidad de sus hijos es
quererse el uno al otro, de forma
creciente, con un amor que
trascienda las discrepancias de
carácter, las pequeñas
incomprensiones, las dificultades,
las pretendidas afrentas… La marcha
de la entera familia, en cada uno de
sus miembros, viene casi enteramente
definida por el amor mutuo que se
tengan los padres.
Amor conyugal, amor familiar,
escribí en cierta ocasión como
título de un ensayo sobre el tema
que nos ocupa. Y el sentido de la
expresión era patente: la calidad
del amor que anima a cualquier
familia se encuentra determinada por
las características y la categoría
del cariño entre los cónyuges. Con
metáfora que raya un tanto en lo
cursi podría decirse: desde que sale
del útero materno, donde el líquido
amniótico lo protegía y alimentaba,
el niño necesita imperiosamente de
otro "útero" y otro "líquido", sin
los que no podría crecer y
desarrollarse; a saber, los que
promueven el padre y la madre cuando
se quieren de veras. Fuera de ese
ambiente es muy difícil que el
muchacho progrese de la manera
oportuna, hasta conquistar la
estatura inefable de la persona
cuajada que por naturaleza está
llamado a ser. Y el centro escolar o
el club juvenil, por más que lo
pretendan y luchen por lograrlo, a
duras penas colmarán el déficit
causado por el vacío de amor de los
padres.
Dentro de este contexto, me parecen
concluyentes y luminosas las
convicciones expresadas por Ugo
Borghello: "Cuando se trae a un hijo
al mundo, se contrae la obligación
de hacerlo feliz. Para lograrlo […]
existe sobre todo el deber de hacer
feliz al cónyuge, incluso con todos
sus defectos. Para ser felices, los
hijos necesitan ver felices a sus
padres. El hijo no es feliz cuando
se lo inunda de caricias o de
regalos, sino sólo cuando puede
participar en el amor dichoso de los
padres. Si la madre está peleada con
el padre, aun cuando luego cubra de
arrumacos a su hijo, éste
experimentará una herida profunda:
lo que quiere es participar en la
familia, en el amor de los padres
entre sí. En consecuencia,
engendrar un hijo equivale a
comprometerse a hacer feliz al
cónyuge".
b) "El" derecho esencial de los
hijos
Como consecuencia de ese querer
recíproco, y apoyados en él, los
padres podrán enderezar un afecto
profundo y vigoroso hacia cada uno
de los hijos que de ese cariño ha
surgido. ¿Cuáles han de ser las
características de tal amor? También
este extremo debe tratarse con
cierta cautela, insistiendo incluso
en lo ya conocido: porque en lo que
atañe al amor hacia los hijos no es
oro todo lo que reluce… aunque
reluzca con la mejor de las
intenciones. De acuerdo con la ya
clásica descripción aristotélica, se
ama a una persona cuando se procura
y se le ofrenda lo que es bueno para
ella. Realmente bueno. No lo que
viene a suplir una falta de
auténtica dedicación al ser querido,
poniendo coto a sus quejas, sino lo
que efectivamente lo hace crecer, lo
mejora, acercándolo con eficacia a
su cumplimiento como persona. A este
amor -¡a éste!- nuestros hijos
tienen derecho, un derecho absoluto.
Pero no tienen derecho, porque
implicaría una falsificación del
genuino cariño, ni al premio
desmesurado por las buenas
calificaciones -que deberían ser de
por sí gratificación más que
suficiente-, ni a la paga también
desmedida, ni a las noches locas e
incontroladas del fin de semana, ni
a la prendas de marca tiranizadas
por la moda, ni a las vacaciones por
encima de nuestras posibilidades
económicas o de lo simplemente
razonable, ni a la moto o al coche
cuando todavía no son responsables
en otros ámbitos de su existencia,
ni a tantas cosas por el estilo.
(Y los hijos, en el fondo,
comprenden y agradecen ese cariño
repleto de firmeza. Lo ilustraré con
un par de anécdotas de familias muy
cercanas. Aproximadamente hacia los
13 años, la hija mayor de una de
ellas planteó el problema, tan
ingenuamente dramatizado por la
mayoría de los padres, de las
salidas nocturnas. La primera tarde
que surgió la cuestión, la madre
propuso con una calma a la vez recia
y serena: "De acuerdo, pero a las
once y media tienes que estar en
casa". "Entonces no me compensa
salir", replicó la cría. "Pues no lo
hagas", respondió la madre sin
elevar la voz. Naturalmente, la
muchacha cogió una rabieta… pero se
quedó en casa. La madre mantuvo sin
estridencias su postura, y el asunto
no volvió a plantearse. Al cabo de 6
ó 7 años, cuando la chica -ya mucho
más madura- cursaba su carrera en
una Universidad lejana a su hogar y
empezó a salir en serio con un
chico, comentó confidencialmente a
su madre: "En su momento no lo acabé
de entender, pero te agradezco
infinitamente que no me dejaras
trasnochar cuando te lo propuse;
ahora puedo dominarme, pero estoy
segura de que entonces habría hecho
algo de que lo más tarde hubiera
debido arrepentirme".
En la otra familia amiga también
impera el criterio eficacísimo,
explicado a los hijos desde los 2 ó
3 años, de que el "todos lo hacen"
no tiene ninguna fuerza en ese
hogar. "Si se trata de algo bueno
-se les expone-, tienes mi bendición
para realizarlo incluso con la
oposición de todos tus amigos; si lo
que propones es incorrecto, aunque
fuera una costumbre de "todo el
mundo", tú no debes llevarlo a
cabo". Por razones que no tienen por
qué extenderse a todas las familias,
en aquella, con un buen puñado de
hijos pequeños, se estableció que no
verían la televisión, sino sólo un
video todos juntos el sábado por la
noche, que comentarían en la
tertulia del domingo. Y se dieron
razones adaptadas a la edad de los
críos. "En primer término, existen
multitud de actividades más
enriquecedoras, máxime cuando tenéis
un montón de hermanos con los que
jugar y divertiros". "Después -sobre
todo para los más pequeños-, porque
la exposición prolongada ante el
televisor "os vuelve un poco
tontitos"". Tras más de 20 meses de
"ley seca televisiva", en la clase
de una de las niñas, por entonces de
6 ó 7 años, se suscitó el "problema"
de la televisión. Las crías
protestaban sobre todo "porque
nuestros padres ven programas que a
nosotras no nos permiten ver".
Cuando a la hija de mis amigos le
preguntaron qué opinaba ella,
contestó con sencillez: "Pues en mi
casa no nos dejan ver la tele porque
mis padres nos quieren mucho". Ni
qué decir tienen que, al enterarse,
los padres fueron los primeros
sorprendidos: jamás habían
argumentado con razones de cariño…
que fueron sin embargo las que captó
la niña.
Son dos muestras de exigencia
afectuosa -en el fondo y en la
forma-, debidas en justicia,
modificando lo que imperen las
circunstancias, a cada uno de
nuestros hijos.)
Porque a lo único que éstos tienen
derecho, un derecho del que nadie
debería intentar hacerles
prescindir, es, diciéndolo con
cuatro palabras, ¡a nuestra propia
persona! O, si se prefiere, a lo más
personal de cuanto existe en
nosotros: a nuestro tiempo, a
nuestra dedicación, a nuestro real
interés por lo que les ocupa y
preocupa, a nuestro consejo no
impuesto ni avasallador, a nuestro
diálogo, al ejercicio razonado de
nuestra autoridad, a la fortaleza
que nos lleve a no escurrir el bulto
cuando -por obligación inderogable-
hemos de hacerles sufrir para
provocar su maduración, a nuestra
intimidad personal, a que
discretamente les manifestemos los
propios momentos de exaltación y de
derrota, a que los introduzcamos
efectivamente en nuestras vidas en
lugar de inducirles a adoptar, con
nuestro hermetismo descuidado y a
veces un tanto vanidoso, una
existencia independiente…
Y todo lo que sea "intercambiar" esa
entrega comprometida por regalos o
concesiones irresponsables que
acarician lo menos noble de su yo y
los conducen a centrarse en sí
mismos y en la satisfacción de sus
caprichos, equivale, en el sentido
más fuerte y literal de la
expresión, a comprar a nuestros
hijos y, como consecuencia, a
prostituirlos, tratándolos como
cosas y no como personas. Lo que,
sea dicho de pasada, destruye
cualquier ambiente de familia,
porque la lógica del "intercambio",
del do ut des interesado, es lo más
opuesto a la gratuidad del amor que
debe imperar en el hogar.
c) Una aplicación concreta: confiar
en los hijos
Con otras palabras y ejemplificando
todavía en el ámbito de la relación
padre-hijos: lo que el cariño hacia
ellos exige es que nos pongamos
personalmente en juego, en peligro,
que estemos dispuestos a sufrir…
justo para poder amar y cumplir así
nuestro deber de educarlos. ¿Para
poder amar? Sí. La cuestión no es
sencilla, y requeriría bastante más
espacio del que disponemos en este
acto. Pero son muchísimas las
personas, de características muy
diversas, que confirman esta ley
fundamental: en la actual condición
del ser humano el sufrimiento, el
dolor, es un medio imprescindible
para purificar nuestro amor. Tenemos
un Ejemplo paradigmático en
Jesucristo. Y, en el contexto de la
presente intervención, muy limitada
en el tiempo, nos basta añadir a él
las inequívocas palabras de Juan
Pablo II: "En la intención divina
los sufrimientos están destinados a
favorecer el crecimiento del amor y,
por esto, a ennoblecer y enriquecer
la existencia humana. El sufrimiento
nunca es enviado por Dios con la
finalidad de aplastar, ni disminuir
a la persona humana o impedir su
desarrollo. Tiene siempre la
finalidad de elevar la calidad de su
vida, estimulándola a una
generosidad mayor".
De ahí que el proceso educativo, que
es siempre fruto del amor, no pueda
llevarse a cabo sin una cierta dosis
de sufrimiento propio y ajeno; y de
ahí que ponerse en juego al
desempeñar las funciones paternas
consista, pongo por caso, en
depositar real y efectivamente
nuestra confianza en cada uno de los
hijos, apostando con decisión por su
deseo y su capacidad de mejora, y
estando dispuestos a perder y
dolernos con su derrota. Ya que el
amor -es una de las pocas verdades
que vio claramente Freud- torna
vulnerables a quienes aman.
Esclarezco el ejemplo. Todos los que
nos dedicamos a ello sabemos bien
que sin confianza recíproca
cualquier intento de formación
resulta vano. Pero lo que a veces se
nos escapa es que semejante crédito
ha de ser real, sin fisuras, y
justamente con ese hijo que nos
plantea más problemas y justo en los
aspectos en que más deja que desear.
Ahí, precisamente, es donde hemos de
depositar el vigor de nuestra
esperanza, sin fingimientos,
confiando con el alma entera en que
el chico o la chica, dispuesto a
luchar con todas sus fuerzas, podrá
al término vencer, con la ayuda de
Dios y con nuestro pobre auxilio. Y
cuando fracase, porque muchas veces
fracasará, nosotros, que nos hemos
comprometido personalmente en sus
escaramuzas, fracasamos también con
él. Y, lejos de pronunciar en tono
de conmiseración el triste y un
tanto vanidoso "ya te lo había
advertido", padecemos en lo más
hondo con el descalabro, porque, al
habernos identificado con el hijo
confiando sinceramente en él, ese
pequeño "desastre" es tan suyo como
nuestro; y, echando mano de nuestros
mayores recursos como personas
adultas, nos rehacemos del fracaso y
del dolor, rehacemos al muchacho… y
volvemos a depositar en él toda
nuestra confianza, sincera y eficaz,
sin ardides ni triquiñuelas.
Semejante clima es incompatible con
la despreocupación "ocupadísima" de
quien no encuentra tiempo más que
para sus actividades personales, ya
sean en el ámbito de la profesión,
ya en el de la vida social, las
diversiones y entretenimientos, los
propios hobbies, etc.; pero sólo
dentro de ese clima resulta posible
el crecimiento fecundo de quienes
tenemos encomendados en nuestra
familia. Porque tanto en el interior
del matrimonio como en las
relaciones con los hijos, lo
decisivo es "soportar", en el
sentido vigorosamente solidario de
servir de apoyo por amor, y no
"soportar", en la acepción
empobrecida de aguantar sufridamente
los defectos, la incompetencia o la
falta de madurez del otro.
Es lo que, elevando poderosamente el
punto de mira, expone el Beato
Josemaría Escrivá: "Si tuviera que
dar un consejo a los padres, les
daría sobre todo éste: que vuestros
hijos vean […] que procuráis vivir
de acuerdo con vuestra fe, que Dios
no está sólo en vuestros labios, que
está en vuestras obras, que os
esforzáis por ser sinceros y leales,
que os queréis y que los queréis de
veras".
3. En el núcleo del núcleo
a) Un cambio de actitud personal…
Para dar un nuevo paso adelante,
convendrá insistir en algo que he
mostrado otras veces: que todos los
problemas educativos son siempre, en
última instancia, cuestión de
(ausencia de) buen amor. Con lo que
resulta relativamente claro el modo
en que hemos de comportarnos para
enderezar las situaciones menos
favorables que pudieran surgir en el
hogar. Siempre hemos de mirar, antes
que nada, hacia nosotros mismos,
hacia cada uno, para mejorar nuestra
actitud y nuestras disposiciones… y
el calibre de nuestro querer: la
resolución de cualquier dificultad
que afecte a una familia encuentra
normalmente su punto de partida y su
motor insustituible en un cambio
estrictamente personal -¡mío!-, que
produzca como consecuencia una
elevación en la categoría del amor
recíproco.
Por obvias razones de espacio,
examinaré el asunto sólo en lo
relativo a la vida conyugal, pues de
ella depende el adelantamiento de
todos y cada uno de los componentes
de la familia. Y, con el fin de
conseguir un resultado
satisfactorio, recordaré: i) que la
esencia del matrimonio es el amor;
ii) que el momento resolutivo de
todo amor es la entrega; y iii) que
esta se configura de una manera muy
peculiar e intensa entre los
esposos, pues cada uno se ofrenda a
sí mismo sin condiciones a la
persona amada, al tiempo que la
acoge también sin reservas. Por
tanto, la clave del éxito de la
convivencia matrimonial consiste en
liberarnos de las ligaduras que nos
atan al propio "yo", de modo que se
torne viable una entrega cada vez
más intensa a nuestro cónyuge y, a
la par, en ir desprendiéndose y
vaciándose de uno mismo para dar
cabida en nuestro interior al ser
querido.
Como consecuencia, la auténtica
insidia para el perfeccionamiento y
la felicidad del matrimonio y de la
entera vida familiar la constituyen
los presuntos derechos del yo; o,
con expresión del Beato Josemaría
Escrivá, de cuyo nacimiento hemos
celebrado recientemente el centésimo
aniversario, el problema es "la
soberbia", a la que califica como
"el mayor enemigo de vuestro trato
conyugal". Ahí, por tanto, debemos
incidir siempre que intentemos
provocar una reforma en un hogar. Se
trata de un punto con frecuencia
desatendido, porque en las
situaciones de crisis, y en los
momentos menos dramáticos de los
roces o pequeñas incomprensiones
cotidianas, lo instintivo es
advertir los déficits de los demás,
ignorando o poniendo entre
paréntesis los propios.
Por eso, conviene prestar atención a
estas tres sensatas advertencias de
Borghello:
Primera: "Ante cualquier dificultad
en la vida de relación todos
deberían saber que existe una única
persona sobre la que cabe actuar
para hacer que la situación mejore:
ellos mismos. Y esto es siempre
posible. De ordinario, sin embargo,
se pretende que sea el otro cónyuge
el que cambie y casi nunca se
logra".
Segunda: "Resulta decisivo tener una
voluntad radical de entrega de sí al
otro. A menudo los cónyuges juzgan y
"miden" el amor del otro, el don del
otro, perdiendo de esta manera el
don de sí incondicionado. El don de
sí sólo puede exigirse a uno mismo.
El del cónyuge […] no se logrará
exigiéndoselo, sino creando un clima
de donación": el amor llama al amor.
Tercera: "Es inútil y
contraproducente pretender en
nuestro interior que el otro o la
otra cambien del modo en que yo lo
digo y porque yo se lo digo. Cabe
favorecer y ayudar la mejora, pero
no "pretenderla". Lo que tenga que
ocurrir ha de valorarlo el otro o la
otra; no es suficiente con amar y
tener cariño, es preciso que el otro
se sienta amado y estimado. Puede
afirmarse sin miedo a errar que
muchas familias fracasan porque",
movido a menudo por un orgullo
semiconsciente, "cada cual está
convencido de que es el otro quien
debe cambiar o por lo menos el que
debe hacerlo en primer término".
El principio, por tanto, no puede
estar más claro, y es el propio
Borghello quien lo enuncia: "si
quieres cambiar a tu cónyuge cambia
tú primero en algo". Y explica:
"Siempre existe algo en el tono de
la voz, en el modo de recriminar, en
el de presentar el problema…, en que
yo puedo mejorar. Por lo común basta
que yo lo haga para que la otra
persona también cambie. Si no
sucediera así, después de algunos
días de mudanza real por mi parte,
es conveniente hablar: se reconocen
los propios errores pasados, se hace
notar que de un tiempo a esta parte
ha habido un avance y, a renglón
seguido, se pide al cónyuge una
pequeña transformación que facilite
el amarlo con sus defectos. Una vez
hecho esto, si el otro está de
acuerdo, lo más importante ya ha
sido realizado. Sin duda, sería
exagerado pretender que desde ese
momento no caiga más en el defecto
admitido; basta que luche. Lo
importante, con el arte del diálogo,
es que cada uno reconozca las
propias deficiencias sin necesidad
de encarnizarse en las de la pareja.
Quien no haya jamás probado a
modificar el propio modo de obrar
para ayudar a los demás a hacerlo,
basta que lo intente y advertirá de
inmediato una mejoría perceptible"…
y en ocasiones asombrosa.
Se trata de un remedio aplicable no
sólo a las situaciones más o menos
complicadas, sino a todas aquellas
que convierten nuestras casas -con
expresión del Beato Josemaría, a
quien cito de nuevo porque en el
fondo debo cuanto de positivo
pudiera haber en esta intervención-
en auténticos "hogares luminosos y
alegres". La médula de una vida de
familia lograda está entretejida por
multitud de costumbres gozosas, que
-por decirlo de algún modo- se
sobreponen y suavizan los momentos
de tirantez y los pequeños
rifirrafes que nunca pueden estar
del todo ausentes del hogar. Entre
otras: los detalles, también
materiales, que dan intimidad y
especial relieve a los días de
fiesta (incluso a los que se
"inventan" cuando temporadas menos
fáciles los reclaman); los regalos
de los más pequeños -mínimos, pero
fruto esforzado de sus ahorros- a
los restantes hermanos, a los padres
¡o a los abuelos!, cuando se
celebran sus respectivos santos o
cumpleaños; la atención de cada uno
al resto durante las comidas,
realizadas siempre que se pueda
todos juntos, sin la presencia
perturbadora de radios o
televisiones, y salpicadas en la
mayor proporción posible por toques
de buen humor, que desaten incluso
la risa; la golosina que refuerza,
para los de menor edad, la
satisfacción de acudir juntos a la
Santa Misa en los días de precepto…
Esas y otras muchas tradiciones
deben mantenerse y reforzarse para
elevar progresivamente el tono de
nuestros hogares. Y, como sugería,
cuando alguna de ellas dé muestras
de languidecer, es la propia
reacción personal, con un compromiso
¡mío! más alegre y rejuvenecido, la
que debe sacarla a flote.
Y con esta última advertencia nos
situamos de nuevo en lo que
considero el núcleo de los núcleos
de toda labor orientadora: hacer ver
a quienes se presentan ante nosotros
que la clave para superar el 99% de
los problemas que surgen en su hogar
consiste en empeñarse personalmente
-¡cada uno!- en aquilatar la
categoría de su propio amor…
olvidándose de sí y poniendo en
sordina los propios "derechos". Y
esto, tanto por lo que atañe al
matrimonio como a las relaciones con
los hijos y a las de los hermanos
entre sí. Luchando por modificar
nuestra propia conducta, haciendo
más tersa y eficaz nuestra entrega,
se enriquecerá antes que nada la
vida conyugal y, potenciada por
ella, la del conjunto de la familia…
y, a la larga, la de la entera
Humanidad.
b) … para transformar el mundo
Porque éste es el último punto al
que me gustaría aludir en la
presente exposición. Hace ya muchos
años, casi en los inicios de su
pontificado, en 1979, Juan Pablo II
asentó este principio esclarecedor e
incuestionable: "Cual es la familia,
tal es la nación, porque tal es el
hombre". Y hace también más de un
lustro que me vengo esforzando por
mostrar que, en efecto, de lo que
cada uno hagamos en el seno del
propio hogar depende no ya la buena
salud de nuestros respectivos
países, sino, en virtud de los
profundos cambios acaecidos en los
últimos decenios -la famosa
globalización-, el bienestar de la
Humanidad en su conjunto.
Los trágicos acontecimientos del
pasado 11 de septiembre, más allá de
los horrores que todos lamentamos,
tienen por fuerza que llevar
aparejadas algunas consecuencias
positivas. Señalo sólo dos,
íntimamente relacionadas. Por una
parte, muchísima gente de buena
voluntad -¡millones de personas!- se
han sentido interpeladas en lo más
íntimo de su ser y se preguntan qué
pueden hacer, cada una, para poner
fin a una situación que por
desgracia ha mostrado su rostro más
sombrío. Por otra, para un buen
número de estos individuos y para
bastantes otros resulta cada vez más
patente que los "recursos
institucionales" -política,
organismos públicos de alcance
nacional o internacional, violencia
más o menos controlada…- se van
demostrando insuficientes para
remediar una debacle que exige, por
el contrario, antes que nada, y de
modo cada vez más urgente e
imperativo, una auténtica conversión
de los corazones: de cada uno de
todos.
Estimo, por eso, que el momento es
muy oportuno para poner en primer
plano lo que aquí he denominado el
"núcleo" de la orientación familiar:
la neta conciencia de que ennoblecer
la calidad del propio amor, antes
que nada en el interior de cada
matrimonio, posee una importancia
inigualable y goza a la larg
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