Por Sunsi Estil-les Farré
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ESCRITOS ARVO, octubre 2006
Arvo Net, 11.10.2006
Pretenden hacernos creer que el
hombre está solo y, como dice
Mafalda, “algún zanahoria nos ha
perdido los planos”. Cierto que el
hombre está inquieto. Y busca. Pero
no está solo. El argumento de su
existencia tiene guionista: Dios.
Los que colocan y retiran el
decorado, la ambientación, la
música... es la familia. Y en la
familia se descarga, se filtra y se
recompone todo aquello que nos daña.
REDEFINIR LA FAMILIA
En este artículo no descubro ningún
secreto. Todo está dicho y escrito.
No obstante, hay un hecho
diferencial entre lo que podríamos
decir y escribir antes y después de
la estancia del Santo Padre en
Valencia. El Papa ha redefinido la
familia. Redefinir no es modificar
los fundamentos; no es reinventar.
Es ir arrancando las capas hasta
llegar al corazón, a lo que le da
sentido. Y de nuevo el telón de
fondo es el AMOR.
“Cuando un niño nace, a través de la
relación con sus padres empieza a
formar parte de una tradición
familiar, que tiene raíces aún más
antiguas. Con el don de la vida
recibe todo un patrimonio de
experiencia. A este respecto, los
padres tienen el derecho y el deber
inalienable de transmitirlo a los
hijos: educarlos en el
descubrimiento de su identidad,
iniciarlos en su vida social, en el
ejercicio de su libertad moral y de
su capacidad de amar a través de la
experiencia de ser amados y, sobre
todo, en el encuentro con Dios”.
El Papa insiste: “La familia es el
ámbito privilegiado donde cada
persona aprende a DAR Y RECIBIR
AMOR”
LECCIÓN DE GRAMÁTICA
Hace un tiempo me prestaron Los
siete hábitos de la gente altamente
efectiva de Stephen
Covey. Transcribo una cita
“interesante”. Probablemente los
sufridos profesores de lengua
sonreirán recordando una pregunta
clásica: “Profe: ¿y esto para qué
sirve?”. Y respirarán aliviados al
comprobar que sus esfuerzos sí
sirven; en este caso para algo que
se confunde con frecuencia:
distinguir la acción del
sentimiento; el verbo “amar” del
sustantivo “amor”.
- A mi esposa y a mí ya no nos unen
los antiguos sentimientos.
Supongo que ya no la amo y que ella
no me ama a mí. ¿Qué puedo hacer?
-¿Ya no sienten nada el uno por el
otro?- pregunté.
-Así es. Y tenemos tres hijos que
realmente nos preocupan. ¿Usted qué
sugiere?.
-Ámela.
-No me entiende. El amor ha
desaparecido.
-Entonces ámela. Si el sentimiento
ha desaparecido, ésa es una buena
razón para amarla.
-Pero, ¿cómo amar cuando uno no
ama?.
-Amar, querido amigo, es un verbo.
El amor –el sentimiento- es el fruto
de amar, el verbo. De modo que
ámela. Sírvala. Sacrifíquese por
ella. Escúchela. Comparta sus
sentimientos. Apréciela. Apóyela.
¿Está dispuesto a hacerlo?.
“Amar, querido amigo, es un verbo”.
Un verbo que engloba acciones
amatorias. Necesita tiempo y se
consolida en el tiempo. Su dinamismo
radica en “hacer” con otros verbos:
aceptar al otro tal como es;
escuchar al otro aunque
sepamos de antemano lo que nos va a
contar porque él es feliz contándolo
de nuevo; sorprender al otro
con lo que menos se espera... o
volver a sorprendernos aunque
aquello era de lo más previsible;
ceder en asuntos que no tienen
importancia y no hacemos notar que
¡otra vez hemos cedido!;
empatizar, ponerse en el lugar
del otro, ver con los ojos del
otro....
Con el verbo amar sucede como aquél
que pretende hacer un hoyo. Nunca
alcanzará el objetivo si no cava; y
cuanto más cava, más profundo es el
hoyo. El hoyo es el fruto que se
obtiene tras horas de esfuerzo con
el pico y la pala. Si no cavas, no
hay hoyo. Si no amas, no hay amor.
Pero si detectamos que el amor
agoniza, volviendo a amar podemos
reanimarlo y recuperarlo.
TIEMPO PARA AMAR
“La experiencia de ser amados por
los padres lleva a los hijos a tener
conciencia de dignidad de hijos.”
(Discurso del Papa en la Vigilia del
V EMF)
Estudiosos de la comunicación lo
confirman. Cuando nos comunicamos
verbalmente, informamos en un 55%
con el cuerpo, en un 38% con el tono
de nuestra voz y ¡en un 7%!” con
el contenido del mensaje. Hay una
diferencia abismal entre lo que
aprendemos con lo que vemos y con lo
que escuchamos.
“La experiencia de ser amados”.
Quedar tocados por el amor para ser
capaces de amar. Los gestos de
aprecio, los brazos que arropan
porque aquello no sucederá más o
porque ha sido fantástico que haya
sucedido, la sonrisa, el tono cálido
de nuestra voz... impregnan la
atmósfera del hogar y de los
miembros que conviven en ese
entorno positivo.
La calidad de lo que transmitimos
con nuestra presencia amorosa
funciona como la niebla. Al
principio apenas se percibe, pero al
cabo de unas horas penetra en
nuestro cuerpo hasta empaparnos. El
Amor, el Bien, la Bondad, la
Belleza, la Justicia... se aprende
por “empape” continuado. Es la suma
de las cosas menudas que conforman
nuestro hogar lo que cala en
nuestros hijos hasta los tuétanos
del alma y los prepara para “los
desafíos de la sociedad actual”.
Una suma que hace indispensable
nuestra presencia.
Quizá
por ahí habría que tirar del hilo.
Pienso en esas agendas tan completas
y estrujadas que no cabe nada más. Y
llegar a casa es más parecido a un
aterrizaje forzoso que ese momento
de encuentro con nuestro cónyuge y
nuestros hijos. Cierto que lo más
importante es la calidad de nuestras
relaciones interpersonales. Pero,
¿hay calidad sin tiempo? ¿Pueden
nuestros hijos empaparse de nuestro
empeño por encontrar unos ratos de
intimidad con Dios, para hacerles
partícipes de lo que da sentido a
nuestra existencia, para observar
los detalles de afecto entre sus
padres, para detectar el esfuerzo de
atender a un amigo que necesita
nuestro consuelo, para respirar
buenos sentimientos y afectos
duraderos ... si apenas nos ven? La
pregunta es retórica; sólo cabe una
respuesta.
...Y ESPACIOS DE AMOR
La catedrática Petra María Pérez ha
promovido un estudio en el que se
concluye que “vamos
hacia un modelo de familia
individualista. Es una familia donde
se comparten cada vez menos espacios
comunes. De ahí que tantos
adolescentes tengan televisión
propia en su cuarto o Internet (...)
Estamos perdiendo muchos valores
comunitarios, sobre todo en las
sociedades urbanas”.
Alejandra Vallejo Nágera explica las
consecuencias: «Los adolescentes
tienen ahora muchísimas
oportunidades. Este exceso de
posibilidades hace que se sientan,
en ocasiones, francamente perdidos.
También, que pierdan el afán de
conquista. Logran sus objetivos tan
fácilmente que no valoran el
esfuerzo». Y llega el hastío,
que ellos compensan a su manera.
«Los jóvenes tienen las cosas tan al
alcance de su mano que están en
permanente búsqueda de algo que les
inquiete; en definitiva, de
sensaciones fuertes.
Desgraciadamente, las encuentran a
través de unos métodos que no son
precisamente beneficiosos para su
salud mental y física. Esa sensación
fuerte de valía propia, fruto de un
esfuerzo, se ha difuminado por el
exceso de medios que nuestros hijos
tienen ahora a su favor».
Nuestro adolescente está físicamente
en la habitación de al lado, pero
instalado en un mundo ficticio. Y el
muro es cada vez más grueso e
impenetrable. Nos lo cruzamos por
casa y nos invade la sensación de
que nos hemos cruzado con un
extraño. Si habla, lo hace con
monosílabos. Si se nos ocurre
preguntar, contesta : “no me
ralles”.
¿Cómo podemos llenar este vacío? Sin
duda, retomando lo que la rutina –o
la desidia- ha ido restando terreno:
la vida de familia. Recuperar el
sentido de las zonas comunes, las
comidas comunes, los juegos comunes,
¡los ordenadores comunes en lugares
comunes! Conversar... discutir....
incluso pelearnos..., pero juntos.
Recuperar el sentido del hogar para
que la familia sea, como insiste el
Santo Padre, “una escuela de
humanización del hombre para que
crezca hasta hacerse verdaderamente
hombre”.
Resulta bastante más cansado;
implica ponerse de acuerdo en un
programa de televisión, hacer cola
para jugar a la consola, debatir si
mañana elegimos esta ruta o esta
otra para ir de excursión. Pero el
calado humano de los hijos suele
guardar relación con el tiempo y el
esfuerzo que invierten los padres
para que los hijos salgan de su
caparazón y aprendan a ceder,
comprender, compartir.
NADA SIN AMOR
Hasta ahí unas cuantas ideas que
pueden ayudar ... o no. Depende. Si
falta el amor son piezas sueltas
sin manual de instrucciones.
Recuerdo una sesión de Orientación
Familiar. Un padre formuló una
pregunta. Quería saber cómo debía
actuar cuando su hijo se negaba a
tomarse la sopa. Vicki –una
moderadora con un atractivo acento
americano- nos rompió los esquemas
con su respuesta:
“No
exijas nada que no puedas hacerlo
con una sonrisa”.
Vicki vino a decirnos que la
educación de nuestros hijos, si no
se asienta en el cariño, es una
mecha que no prende. Sin amor una
familia es un cuartel, los esposos
simples compañeros de viaje, los
hijos masas amorfas que hay que
moldear según un programa
previsto... Sin amor no educamos;
imponemos o los dejamos actuar a su
antojo. Cuando no nos empuja el amor
no formamos la conciencia; dictamos
normas que jamás interiorizarán
porque pueden llegar a la cabeza
pero no al corazón. Sin amor, los
errores no tienen billete de ida y
vuelta. Sin amor no hay familia;
como mucho, un grupo de individuos
que comparten el mismo techo.
Tiempo para amar... ¿Es posible amar
si una familia es un hostal donde se
come, se duerme y poca cosa más?
¿Hay tiempo para el amor si no hay
tiempo para escucharnos, para
descubrir las carencias de los que
conviven a diario con nosotros, para
reírnos a gusto –de nosotros mismos
si es necesario-, para llorar... que
es muy duro llorar solo? No hay
tiempo cuando nos dejamos arrastrar
por la vorágine del tiempo auque lo
empleemos en causas nobles. ¡Primero
es la familia!
Un día anoté esta frase lapidaria:
“Subes tanto, amigo, y tan aprisa
que sospecho ... que vas muy vacío”.
Es una buena reflexión. ¡Qué
peligrosa es la prisa! Posiblemente
es ella la causa de que muchas
familias se hayan convertido en el
punto de salida de viajes radiales
donde las personas sólo se apean
para repostar. Inevitablemente, el
ser humano es limitado y está sujeto
a las coordenadas del espacio y del
tiempo. En la familia esta realidad
se traduce en presencia real,
afectiva y efectiva, entre los
esposos y los hijos.
El Santo Padre nos interpela, quizá
para que nos preguntemos cómo
andamos de amor. “Ojalá que los
hijos contemplen más los momentos de
armonía y afecto de los padres, que
no los de discordia o
distanciamiento, pues el amor entre
el padre y la madre ofrece a los
hijos una gran seguridad y les
enseña la belleza del amor fiel y
duradero”.
*Sunsi Estil-les Farré
Escritora