NATURALEZA,
CULTURA, Y
LIBERTAD
*
Por Pedro
Juan Viladrich
**
[...] Fijémonos
por ejemplo en
nuestras
identidades más
básicas, el
primer flash nos
hace pensar y
quizás entender
el sentido de
expresiones y
tesis que oímos
con muchísima
frecuencia y que
son ciertas,
profundamente
ciertas; algunas
por ejemplo el
profesor Lobato
las ha ido
desarrollando a
lo largo de esta
mañana cuando
decía, por
ejemplo: tengan
ustedes
presente, aunque
no lo parezca,
que no somos
propiamente un
sujeto
individual y
aislado que -una
vez se
constituye en su
propia riqueza-
puede o no optar
por una de
terminada
relación, sino
que nuestra
propia red
íntima, la
arquitectura de
la que estamos
hechos en la
propia intimidad
de nosotros
mismos, donde no
queda ya nada
más al fondo, es
un entramado de
correlaciones en
las que no
solamente no
somos solos,
sino que no
podemos serlo, y
si lo fuéramos
nos
deconstruiríamos,
nos
destruiríamos.
Bueno, eso sería
una primera idea
a considerar, la
idea de que
somos «co-biográficos»
y de que la «co-biografía»
más fundamental
es lo que
llamamos en
cierto sentido
familia.
Fijémonos en
cada uno de
nosotros,
pensemos en la
respuesta a la
pregunta ¿Quién
soy?, es decir,
a la pregunta
sobre mí o
vosotros, sobre
mi identidad más
básica, aquella
que está dentro
de cada uno de
nosotros en un
nivel, en un
sótano mucho más
profundo y en
todo caso
anterior a ser
murciano, a
nacer bajo un
limonero, a ser
español, vasco o
no vasco, chino
o iraní,
ingeniero o al
bañil, abogado o
campesino,
ponente o
asistente,
aprobado o
suspendido;
antes que todo,
cada uno de
nosotros es
hijo, es
decir, es una
relación a
propósito de su
propia
existencia, es
hermano, es
padre o madre,
es esposo y
hasta abuelo; y
aunque no logre
tener hermanos,
ni acabe de ser
padre o madre o
esposo o ni
siquiera abuelo,
en todo caso es
hijo y la
filiación es el
entramado de
relación más
profundo, más
radical, el
antes del antes
de todo. De
todas nuestras
identidades más
básicas, y de
las que podemos
ir adquiriendo a
lo largo de la
vida, como
incluso la de un
millonario, o
por ejemplo, de
presidente del
Gobierno o de
miss universo o
de portada de
una revista, en
fin, todas estas
-que ustedes
conocen y
algunos
admiramos y
jamás tendremos-
nuestra
identidad de
filiación es
la más básica.
Hay millones de
europeos y
millones de
chinos, hay
miles de
médicos,
ganaderos,
albañiles,
campesinos,
etc., estas
identidades
familiares que
somos cada uno
de nosotros son
muchísimo más
concretas [...]
No es que sean
más concretas;
es que son
singularmente
irrepetibles.
Cada una de
nuestras
identidades
familiares es en
sí misma una
posición
relacional
irrepetible,
singularmente
irrepetible; en
realidad son tan
personales, tan
exclusivas, tan
irrepetibles
porque somos
este hijo y no
cualquier hijo,
sólo éste y no
otro, tenemos
este padre y
esta madre, sólo
estos y no
otros, somos
este hermano de
nuestros
hermanos o este
abuelo o abuela
de estos nietos
y por esta causa
estas relaciones
trenzan nuestra
singular e
irrepetible
identidad
personal, en su
normalidad
funcional.
Cuando falla
esta
irrepetibilidad
y entramos en
una zona de
percepción del
anonimato o la
desexclusividad
porque sólo
somos no el
irrepetible,
sino el
repetible, sufre
nuestra
identidad y la
identidad de
nosotros con
nosotros mismos.
No se trata sólo
de considerar
teóricamente el
fondo
irrepetible y
exclusivo de
nuestra
singularidad
cobiográfica,
sino de darnos
cuenta de que
ahí está el
camino de
nuestra
realización
normal,
funcional y
equilibrada o
las causas
profundas de las
realizaciones
que nos duelen.
Nadie más es el
quién que cada
uno de nosotros
es, por eso no
es un quién
abstracto; este
quién es un
quién
relacionado,
concreto, nos lo
dan personas
concretas que
sólo son esas
que conocemos
perfectamente,
mi madre, mi
padre, mi
hermano; estas
profundas
identidades
familiares nos
acompañan
durante toda
nuestra vida,
desde el
nacimiento hasta
la muerte, para
bien o para mal,
no son
identidades que
podamos con la
voluntad o con
el interés;
aunque le demos
la espalda
sistemática,
empecinadamente,
nos acompañan
toda nuestra
vida; nuestra
madre es nuestra
madre
inevitablemente.
Por eso mismo
podemos
llamarlas
identidades
biográficas;
son la red de
nuestra
identidad como
personas, la
persona no es un
sujeto aislado.
Fijémonos ahora
en otro aspecto
de estas
identidades
biográficas que
son de
naturaleza
familiar. El
secreto de la
familia es que
constituye la
red de nuestras
identidades
familiares.
¡Pero ahora
fijémonos en
otro aspecto. No
podemos ser este
hijo o este
padre o esta
madre aislados,
en soledad; no
puede serlo solo
conmigo mismo,
nadie puede ser
padre sin su
hijo y cada uno
de nosotros sólo
puede ser hijo
en tanto en
cuanto tiene una
relación con
esta madre y con
este padre en
concreto. Mi
identidad de
hijo como hijo
se entrelaza con
la identidad de
mi padre y de mi
madre, y la
identidad de mi
padre y de mi
madre, en cuanto
padres, se
entrelaza
conmigo en
cuanto a su
hijo, y nadie
puede ser desde
sí mismo esa
identidad
cobiográfica,
que es
biográfica
porque nos
acompaña toda la
vida, y lo mismo
ocurre con las
otras
identidades
familiares; lo
que somos o lo
que no somos en
familia lo somos
los unos en y
por los otros,
lo que significa
en el terreno de
la práctica del
obrar que "nos
hacen" y "les
hacemos" y, por
lo tanto, en
familia
aprendemos o no
aprendemos la
corresponsabilidad
de nuestro
vivir.
Somos
corresponsables
de sus defectos
y de sus
virtudes porque
ellos nos hacen
a nosotros, y
viceversa. Esta
reflexión nos
abre el camino a
la relación más
profunda del
vivir: la
relación de amor,
esto es, aquella
en la que
libremente
constituyo a
otro en relación
a mí mismo,
incluso en
predilecto de mí
mismo. Otro
aspecto muy
importante de
que somos
relaciones,
relaciones
biográficas:
nuestras
identidades
familiares en
realidad son
coidentidades,
existimos en el
modo de "co-ser"
y nos
desenvolvemos a
lo largo de la
vida no
solamente en
forma de
identidad
biográfica, sino
en forma de
cobiografías.
Siempre que
somos con
alguien
compartimos,
podemos
compartir cosas
que no somos y
que tenemos, por
ejemplo, la
cuenta
corriente. Hay
amores muy
útiles, que son
por ejemplo
aquellos que
detectan la masa
de cuenta
corriente que
tiene nuestro
eventual suegro
y producen una
enorme
motivación en
todas las
distintas
consideraciones
que nuestra
inteligencia e
incluso nuestro
modo de mover la
melena puede
producir; son
realmente
motivaciones
altamente
inspiradas.
Muchas
relaciones de
intimidad
conyugal tienen
ese motor. ¿Por
qué se casan los
jeques árabes de
los petrodólares
incluso cuando
son bajitos y no
muy agraciados y
además es
difícil
identificarles
porque van muy
tapados? Muy
probablemente
por la
expectativa de
la cuenta.
Podemos
compartir cosas
que tenemos,
pero que no
somos...
Efectivamente
podemos acabar
convenciéndonos
y viviéndonos y
por lo tanto
podemos acabar
siendo aquello
en lo que nos
convertimos;
podemos acabar
convenciéndonos
que somos
lo que
tenemos, que
cuanto más
tenemos más
somos, y en ese
sentido uno
puede ir por la
vida mostrando
lo que tiene,
esperando que
esa sea la causa
de las profundas
aceptaciones que
suscita y
entonces enseña
un cierto
aspecto del
cuerpo en cuanto
a Dano Dano Dao
o enseña una
cuenta
corriente, es
decir, enseña
poder económico,
etc., etc., etc.
En la familia,
aquello que
compartimos es
en última
instancia
nuestro cuerpo
desnudo. Nuestro
cuerpo desnudo
significa no
solamente el
desnudo físico,
tranquilícense,
porque no pienso
ejemplarizarlo;
no solamente el
desnudo físico,
sino aquello
íntimo que
nosotros
percibimos en el
diálogo de uno
consigo mismo,
en donde uno
intuye que lejos
y fuera y al
margen de ser
viejo o joven,
guapo o feo,
rico o pobre,
simpático o
antipático,
exitoso o
fracasado, uno
es hijo,
hermano, padre o
madre; y en ese
haz de
cobiografías
profundas
vale en sí mismo
siempre más allá
de cualquier
utilidad.
Hay por lo tanto
este nuevo
aspecto en el
carácter
cobiográfico de
los lazos
familiares:
la
incondicionalidad.
La familia
sorprendentemente
es el único
lugar donde
debiéramos
amarnos
simplemente por
el valor
incondicional de
nuestra desnudez
humana, donde lo
valemos todo
desnudos de todo
respecto a
cualquier otra
conexión
socialmente
relacionada. La
interpretación
profunda de lo
que quiso decir
Aristóteles con
la expresión de
que somos
"animal
político", es
que todo nuestro
valor es el que
adquirimos
culturalmente en
una polis, es
decir, en un
horizonte
ciudadano y
político; es el
valor que nos
atribuye el
estamento
social,
ciudadano,
vecinal,
político, en
donde
contamos o no
contamos como
esclavo o como
hombre, como
gran personaje
de esa comunidad
o absolutamente
como un cero a
la izquierda.
Esa es la idea
de polis que se
tiene en Grecia,
donde no hay una
igualdad
fundamental,
donde el valor
se adquiere
socialmente.
¡Ah!, nuestra
cultura, en
cambio, tiene
unas raíces muy
profundas, que
arrancan de la
revelación de
nuestro modo de
ser en el libro
del Génesis,
donde se lee que
Dios dice
"Hagamos al
hombre a nuestra
imagen y
semejanza".
A imagen y
semejanza
significa que en
la desnudez de
nosotros mismos,
aquello por lo
cual somos
hijos, hermanos,
padres o
esposos,
contiene si es
verdadera una
aceptación
recíproca,
desnuda, por el
valor
incondicional
siempre valioso
en sí, por sí
mismo, de cada
uno de nosotros
por encima de
utilidades según
los parámetros
socioculturales.
Quien no se sabe
amado incluso en
la red familiar
por debajo de
cualquiera de
sus utilidades
según los
parámetros
socioculturales,
simplemente por
ser él en sí
mismo, en la
irrepetibilidad
desnuda de su
propio ser, un
valor
incondicionalmente
amado, en rigor
no tiene familia
(vive como si no
la tuviera), o
dicho en
términos
psicológicos,
percibe la
soledad
profunda, porque
no es aprobado
en la simple
desnudez de ser
sólo él mismo.
La seguridad de
nuestro
desarrollo, la
percepción
pacífica de que
valemos la pena,
la capacidad de
transferir luego
a lo largo de la
vida esa misma
predilección
incondicional a
los demás, la
capacidad de no
estar viendo
siempre al
prójimo como
algo hostil, la
paz interior -al
tiempo de
percibirse lleno
de defectos y
limitaciones,
incapaz de valer
para mucho- y
sin embargo
sorprendentemente
en la red última
de mis
identidades
cobiográficas,
valer
incondicionalmente
por debajo
incluso de estos
fracasos, de
estas
limitaciones, de
la falta de
talento, de la
enfermedad, de
la decrepitud,
del no responder
demasiado a las
expectativas
profesionales o
a ingresos
económicos y,
sin embargo, ser
incondicionalmente
este hijo de
esta madre, este
hermano de este
hermano, este
esposo o esta
mujer de este
marido, este
valor
incondicional de
los lazos
familiares es
clave para
nuestro sentido
humano. Los
lazos familiares
son lazos
incondicionales
donde aprendemos
o no aprendemos
la predilección
incondicional,
donde
encontramos o no
encontramos la
compañía íntima,
es decir, la
compañía
interior en
donde uno es a
solas, desnudo
consigo mismo, y
no es las
tarjetas o los
oropeles o las
utilidades, sean
ciertas o no.
La familia es
una correcta
relación de
coidentidades
biográficas,
donde
encontramos el
amor
incondicional y
donde
encontramos, por
lo tanto, las
aprobaciones y
predilecciones
de fondo,
aquellas que nos
permiten
humanizarnos o,
por el
contrario,
aquellas que por
carecer de ellas
o por estar muy
estructuradas
nos impulsan
hacia ciertos
senderos de
inseguridad, a
la búsqueda
desesperada de
ser amados, pero
con la sensación
de que sólo
somos aceptados
o estimados en
tanto en cuanto
respondemos a
utilidades, de
que somos
interesantes
sólo "para algo"
y fuera de ese
algo, seríamos
vendibles, no
interesaríamos a
nadie. Este es
el fondo, a
veces ignorado
incluso por
parte de los
propios
sufrientes, de
las cuestiones
que se presentan
cada vez más
frecuentemente
en nuestras
consultas de
terapia, las
inseguridades no
percibidas, no
explicadas, la
percepción de la
hostilidad
ajena: la
utilización de
unos por los
otros, el no
encontrar
finalmente en el
submarino de
nosotros mismos,
es decir, en las
preguntas
interiores, un
fondo donde
reposar y que
ese fondo en
donde reposar no
sea justamente
el encuentro
desnudo e
incondicional de
amor predilecto
con otro ser
humano. Estas
ausencias, estas
soledades, estas
faltas de
compañía cuando
por otra parte
hemos sido
hechos por amor
y para amar y
por lo tanto
para ser
compañía íntima,
provocan en esta
dicotomía entre
poder ser
compañía o ser
preparado y
educado para ser
soledad, la
pregunta
fundamental
acerca de si
hemos perdido
por mil razones
el sentido
profundo de lo
cobiográfico,
amoroso e
incondicional
que es la
familia,
trastocado y
sustituido por
una red de
intereses.
A propósito de
la
consanguinidad,
en el que
determinados
modelos
socioeconómicos
de la Historia
nos han hecho
vivir, este es
un momento para
volver a
redescubrir lo
que en el
pensamiento
clásico se llamó
naturaleza,
que es en última
instancia la
percepción de
nosotros mismos
en relación con
los más próximos
a nuestra vida y
a nuestro
cuerpo, la
percepción de
que hemos sido
hechos para el
amor
incondicional.
Somos
cobiografías
profundas e
irrepetibles con
otros seres
humanos y en ese
nivel tan
profundo de
compartir la
Humanidad, debe
ser explicada la
familia más que
en el campo de
su utilidad como
parte o pieza de
un modelo
socioeconómico.
(*)
Apuntes
extraídos de una
conferencia de
Pedro Juan
Viladrich
pronunciada en
el Congreso
Internacional
«La familia:
comunidad de
vida y
educación»,
organizado por
la UCAM, Murcia,
27 y 28 de abril
de 2001.
Confiamos en que
nuestra
traslación a la
escritura no
traicione el
pensamiento del
autor.
Pedro Juan
Viladrich es
catedrático de
Derecho
Eclesiástico del
Estado
Director del
Instituto de
Ciencias para la
Familia
Universidad de
Navarra