| Por Jesús López Ortiz.
En el reciente Congreso “La familia , esperanza de vida” el Cardenal López Trujillo ha dicho: “Los políticos no quieren comprender el inmenso capital humano de la familia. Tal vez cuando vean en sus propias familias y en sus propios hijos el fracaso de sus decisiones, se sientan interpelados”. Desde hace años la política familiar en España no es favorable; es el país de la Unión Europea que menos recursos destina a prestaciones familiares: el 2,0 por ciento del PIB frente al 7,9 como media de la UE. Parece que ahora hay propósito de enmienda. Está bien que el programa de gobierno preste más atención a la familia y se inspire en unos principios mayoritariamente compartidos de antropología cristiana o simplemente humana. Sin embargo en el Proyecto de ley de los Presupuestos Generales para el año 2002 no aparecen las dotaciones necesarias para hacer realidad las acciones del plan. Los creyentes ya no nos conformamos con declaraciones sobre la importancia de la familia. Tenemos razones para esperar hechos.
Pero otra parte importante de responsabilidad depende de las mismas familias, sobre todo de los padres: de su generosidad y paternidad responsable, de su ejemplo de austeridad, y de la transmisión de la fe a sus hijos. España tiene una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo y es el país que más rápidamente envejece. Es el momento de que esto cambie y de pechar con la propia responsabilidad.
El genio de Cervantes recoge los consejos que Don Quijote dio a Sancho Panza para gobernar aquella famosa ínsula: “Come poco y cena más poco; que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago”. Algo semejante podríamos decir acerca de la sociedad: que la salud de todo el cuerpo social se fragua en la oficina de la familia, como nos recuerda la Instrucción pastoral de los obispos españoles titulada “La familia: santuario de la vida y esperanza de la sociedad”. Recuerdan que la familia padece graves males y es hora de afrontar sin complejos sus causas y aplicar soluciones: a muchos nos preocupa las abundantes rupturas matrimoniales y las secuelas en los pobres hijos, la extensión del divorcio y el aumento de las parejas de hecho, la aceptación social del aborto y de la eutanasia, así como el recurso a la reproducción asistida.
Este importante documento constituye todo un programa para revitalizar la familia y sanear la sociedad asegurando una convivencia con menos traumas y en libertad, sobre todo para los jóvenes. Sus consideraciones ayudan a quitarse complejos y a ver con más claridad la verdad sobre el amor humano, el matrimonio y la familia, más allá de las modas impuestas en una sociedad desnortada. Todos deberíamos valorar y apoyar a las familias normales porque aportan grandes beneficios a la sociedad. Sin embargo parecen encontrarse hoy ante una sociedad hostil que las mira como si representaran unos valores ajenos a una sociedad moderna y democrática. Véanse determinados programas de televisión, algunas tertulias radiofónicas o algunas películas nacionales.
El bueno de Sancho decidió poner en práctica los consejos recibidos porque el gobierno de aquella ínsula le desbordaba. Hoy el santuario de la familia no es un templo determinado sino que reside en cada familia que se reconoce como santuario de la vida y esperanza de la sociedad, y como camino de santidad para los creyentes. De ahí que Juan Pablo II afirme en “Familiaris Consortio” que el futuro de la humanidad se fragua en la familia: una familia sana es el fundamento de una sociedad libre y justa, es el mejor legado que podemos dejar a los jóvenes.
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