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EL ROL MASCULINO ANTE LOS NUEVOS CAMBIOS SOCIALES (Aquilino Polaino-Lorente)

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El rol masculino ante los nuevos cambios sociales

El rol masculino ante los nuevos cambios sociales

 

Acerca de las investigaciones actuales sobre los cambios de rol masculino. Los cambios socioculturales y los cambios de rol. La diversidad y los cambios de rol. Más allá de los cambios de rol: el sexo y el género La construcción del género y la ideología

Prof. Dr. Aquilino Polaino Lorente
Catedrático de Psicopatología

Director del Departamento de Psicología de la Universidad San Pablo-CEU


I Congreso Internacional. Mujer y Empre
sa en el siglo XXI

18. 4. 05.
IESE. Madrid

Acerca de las investigaciones actuales sobre los cambios de rol masculino Los cambios socioculturales y los cambios de rol La diversidad y los cambios de rol Más allá de los cambios de rol: el sexo y el género La construcción del género y la ideología ¿Cambios de roles y/o cambio de valores? Lo que los hijos necesitan de sus padres Identidad y diferencia como fundamento de las relaciones conyugales Diversidad, complementariedad y donación Doce principios acerca de la complementariedad de las relaciones conyugales

 Acerca de las investigaciones actuales sobre los cambios de rol masculino

El nuevo movimiento de gender equality, igualdad de género, a pesar de tratar de homogeneizar las diferencias existentes entre la feminidad y la masculinidad, no parece haberlo conseguido. En la actualidad la igualdad de género no sólo es una cuestión que no está cerrada, sino que se considera ya superada como efecto del primer y arcaico feminismo, hoy obsoleto (Lagarde, 1996; Elósegui, 2002).

De otra parte, las numerosas publicaciones sobre trabajos empíricos existentes al respecto son un tanto confusas y de muy diferente validez empírica, dada la metodología no muy rigurosa empleada y su mayor o menor perme abilidad y condescendencia respecto de las presiones ideológicas existentes.

De ordinario, lo que se llaman roles son reinterpretados en función de ciertas actitudes y comportamientos, que devendrían así en meros rasgos con cuya constelación, posteriormente, se configuran los roles. Son, así pues, roles-resultado.

Al proceder así, lo que importa en última instancia es el mero análisis cuantitativo referido a sólo dos contenidos principales: (1) el comportamiento del mercado y la igualdad de oportunidades respecto del hombre y la mujer; y (2) el estilo de vida, es decir, el modo en que el hombre y la mujer distribuyen su tiempo en las tareas domésticas.

Dado que sobre lo primero otros autores se han ocupado en nuestro país con suficiente rigor (Chinchilla, 2004; Gómez López-Egea, 2004), trataré aquí de esta segunda cuestión, mucho más desatendida que la anterior.

“La modernidad –escribe Bonke, 2004-ha sido interpretada como un fenómeno caracterizado por el modo en que se emplea el tiempo, fuera del contexto laboral, por el hombre y la mujer, en su respectiva consideración en tanto que padre y madre”.

Se sobreentiende aquí que ambos trabajan fuera de casa y que la evaluación cuantitativa temporal se refiere en estos trabajos a sólo la denominada private sphere, esfera privada. Este análisis es el que permitiría inferir cuáles son las preferencias y actitudes de unos y otras. De acuerdo con esta hipótesis es como se han diseñado los estudios realizados en numerosos países. Como ejemplo paradigmático de ellos tomaré aquí uno de los más recientes: el realizado en Dinamarca.

En una investigación reciente de Bonke (2004), realizada en Dinamarca, se ha estudiado el modo en que se reparte el tiempo en el ámbito del hogar, por parte del hombre y la mujer. El autor compara los resultados obtenidos con los encontrados durante el año 1987. Aunque es posible reconocer ciertos cambios, sin duda alguna la conclusión más persistente, de forma significativa, es que la mujer continúa dedicando más horas al hogar que el varón, y, además, todos los días de la semana.

Las tareas realizadas por el varón, según esta investigación, están caracterizadas por una mayor flexibilidad, lo que permite al hombre organizar mejor su tiempo al no ir presionado por la inmediatez de una determinada exigencia temporal que no puede esperar.

Por el contrario, los trabajos fijos que realiza la mujer, disponen de menos grados de libertad y flexibilidad, a causa de la inaplazable exigencia temporal que demandan.

Esto explicaría algunos de los resultados obtenidos. Así, por ejemplo, el hecho de que el hombre compense durante los sábados su ausencia de las tareas domésticas durante la semana, con una mayor dedicación a su familia. Se diría que el sábado es para el hombre el día de la semana que más tiempo entrega a su familia.

La dedicación de la mujer a la familia, por el contrario, está presidida por la urgencia y exigencia inaplazables de lo inmediato, de lo que debe ser hecho cada día, por lo que su dedicación es mucho más rígida y menos flexible en muchos de sus formatos.

La actividad de ir de compras, no parece ser significativa según el género; y ello tanto si se consideran las actividades que mujer y varón hacen por separado como aquellas que realizan conjuntamente. Los días de la semana que con mayor frecuencia el hombre va de compras es el jueves (casi siempre acompañado por su mujer, en el 10 o 12% de las parejas) y él solo los viernes y domingos. En líneas generales, la mujer va más de compras que el varón, y suele hacerlo de una forma más distribuida a lo largo de los días de la semana.

A diferencia de lo que caracterizaba al comportamiento de la pareja en las últimas décadas, en la actualidad habría que concluir que la mujer y el varón emplean el tiempo doméstico de forma cada vez más similar.

El nuevo cambio que se ha producido es relativamente concluyente: la mujer emplea hoy más tiempo en su trabajo fuera de casa y el varón destina más tiempo al trabajo en el hogar.

Cuanto mayor es su nivel de educación más equidad se da entre ellos, en lo que se refiere al tiempo destinado a las tareas domésticas. Lo más común es que dos de cada cinco esposas se dediquen por completo al trabajo doméstico y a la educación de los hijos. Esto constituye un principio de “vuelta al hogar”, dado que tanto el hombre como la mujer -en la mayoría de los jóvenes matrimonios-destinan no menos de 37 horas semanales al hogar, frente a sólo el 21% de las familias estudiadas en el 2001. A pesar de estos datos, no obstante todavía son muy numerosos los varones que destinan menos tiempo a la familia que sus mujeres.

Las madres emplean más tiempo que los padres en la educación de los hijos. Sin embargo, tres de cada cuatro madres y tres de cada cinco padres están realmente comprometidos con la educación de sus hijos. En cualquier caso, los hijos en edad escolar reciben poca atención de ambos progenitores.

Más allá del rigor cuantitativo de estas investigaciones, convienen señalar algunos de los defectos en que estos estudios incurren. Así, por ejemplo, se silencian otras numerosas variables cualitativas, sin cuya consideración resulta imposible hacerse cargo en la práctica de cuáles son los roles masculinos y femeninos o de los roles de padres y madres. Es decir, que del estudio de la dedicación temporal de los progenitores no puede inferirse casi nada o muy poco acerca de los roles masculinos y femeninos. El silencio de la investigación cualitativa –otra consecuencia más del positivismo dominante en la mentalidad cientifista- se compadece mal con eso que precisamente se pretende estudiar.

De otra parte, el tiempo asignado a las diversas tareas no se identifica con sólo las actitudes y comportamientos, sino que debería abrirse a un análisis más amplio de los valores y aptitudes, con los que, sin duda alguna, aquellos están relacionados.

Otro de los resultados obtenidos se refiere a lo que el autor denomina con el término de “especialización”, es decir, que mujer y varón se dedicarían a diversas actividades en las que previamente se han especializado. Los datos encontrados ponen de manifiesto que la especialización es muy moderada o inexistente en la práctica, entre las parejas sin hijos. Por el contrario, la especialización es significativamente mayor entre parejas con hijos. Los autores sugieren como explicación de este último resultado que la presión del tiempo entre las parejas con hijos sería la causa principal en la génesis de esa forzada “especialización” en los trabajos domésticos.

Aunque los datos anteriores, qué duda cabe, son significativos, no obstante habría que establecer algún matiz acerca de su interpretación. Aunque el principio de la “división del trabajo”, que está en la base de la especialización, sea muy útil en el ámbito empresarial, es probable que no lo sea tanto en el ámbito familiar. De hecho, hay principios funcionalistas que fundamentarían mejor esa supuesta “especialización” doméstica. Este es el caso de algunos criterios como los siguientes: la especialización debiera llevarse a cabo según el grado de dificultad que cada tarea tenga para cada uno de ellos, en función de cuáles sean sus respectivas aptitudes respecto de esa tarea; en función de lo que más agrade a cada uno de ellos; en función de los requerimientos y personalidad de cada uno de ellos y de los las peculiaridades singulares de los hijos a educar.  No atenerse a las cuestiones apuntadas es probable que constituya un desatino para la organización y el desarrollo sostenible de la felicidad familiar.

Al filo de estas y otras investigaciones surgen preguntas un tanto inquietantes a las que no es posible, por el momento, dar la oportuna respuesta. Así, por ejemplo, ¿no se estará introduciendo en el estudio de la familia criterios empresariales que, por no ser conformes con la naturaleza de la familia, la desvirtúan y contradicen?, ¿es que acaso se ha diseñado un criterio cuantitativo para medir lo que es más importante, como el amor y la educación de los hijos?, ¿puede medirse esto?

De acuerdo con los datos obtenidos, no se puede afirmar que esta pormenorizada investigación sobre la equidad de la pareja -expresada en sólo la dedicación temporal de los cónyuges- salga garante de una mejor educación de los hijos como tampoco respecto de una mayor felicidad conyugal. A lo que parece, algo habrá que dejar a la improvisación, el estilo de darse cada uno de ellos y al arte de la educación, cuyos contenidos no son tan patentes y claros como para que sean objeto de una evaluación cuantitativa y aritmetizable.

No deja de ser curioso, sin embargo, que en aquellas parejas en que la mujer tiene una formación superior en educación, el índice de segregación es significativamente más bajo, a pesar de que asigne menos tiempo a los trabajos domésticos.

A pesar del supuesto de que ambos progenitores dediquen igual tiempo a las tareas domésticas, ¿puede inferirse acaso una mayor felicidad para los cónyuges y sus hijos? He aquí otra realidad que se ha tornado demasiado problemática, por cuanto las escalas hoy al uso sólo evalúan lo que se ha dado en llamar “satisfacción familiar”. Pero el mismo concepto de satisfacción familiar, nada o muy poco tiene que ver con la felicidad familiar.

Tampoco está demostrado –como se supone hoy en ciertas tesis postmodernas- que mujer y varón hayan de emplear su tiempo del mismo modo, ni aún apelando a la equidad en la pareja. Y ello, sencillamente, porque es imposible, porque en ambos hay un hecho diferencial constitutivo que les hace diversos en su forma de ser y comportarse.

Los cambios socioculturales y los cambios de rol

Sin duda alguna, la sociedad y la cultura han cambiado, cambian y cambiarán todavía más. Los cambios recientes han hecho sentir su presencia –su impacto tal vez-más allá de lo que se había previsto o esperado. De aquí la sorpresa –en algunas cuestiones bien fundada-, y hasta la confusión en ciertos sectores de la población que no saben a qué atenerse. Sea por una cierta rigidez de las personas o sea por lo sorpresivo de estos cambios, el hecho es que muchas parejas manifiestan hoy un cierto desajuste y desorientación respecto de cómo han de comportarse como madres y padres, como mujer y varón. En el caso del varón esto suele ser más frecuente todavía (Polaino Lorente, 1993, y 1994a y b).

Algunos han vinculado estos cambios socioculturales, profundos e incontestables, a sólo los cambios de roles femenino y masculino. Y, en consecuencia, lo que sería menester según ellos es cambiar los antiguos roles masculino y femenino, para adecuar el propio comportamiento a los cambios sociales.

En principio, parece existir una cierta conexión entre cambios culturales y cambios de rol; pero tal conexión en modo alguno ha sido comprobada en modo suficiente. Es posible que esos cambios sociales no sean sino la consecuencia de los profundos y repentinos cambios que, con anterioridad, han sufrido de forma súbita los roles de la mujer por su incorporación al mercado laboral.

Por eso también, aquí o precisamente aquí y ahora, importa mucho establecer hasta dónde se ha de llegar en esos cambios, dónde han de establecerse los límites que los hacen realizables, sostenibles y al servicio de la identidad personal y de la felicidad familiar.

De otra parte, tampoco está probado –al menos, desde una perspectiva empírica y rigurosa-cuál es la naturaleza de la compleja articulación existente entre unos y otros cambios. En lo que respecta a algunos de ellos, tal articulación no sólo no está probada sino que hasta pudiera ser una mera atribución sin demasiado fundamento. Ésta como otras muchas satisfacen más bien el perfil de las muchas atribuciones sociales que hincan sus raíces en la deseabilidad social, las expectativas o la mera ficción de lo que se entiende por “posmoderno”.

Es decir, en el ámbito de los cambios de rol masculino, por el momento, se trata más de una propuesta social y teórica que de una realidad ya cristalizada y tozuda. Se habla –y mucho- de los cambios de rol en el varón, pero mientras tanto los cambios reales de esos roles se dejan siempre para después, para un después que nunca llega (Polaino Lorente, 1995 y 1996).

Esta disonancia entre los modelos teóricos de los roles masculinos y el comportamiento masculino real, pone de manifiesto la dudosa conexión existente –y mucho menos de forma causal y rectilínea- entre los cambios socioculturales y los cambios de rol.

No obstante, hay que admitir que lo que sí han cambiado –y de un modo rotundo-son ciertos roles femeninos, especialmente todos aquellos que se derivan de la incorporación de la mujer al trabajo. Pero tampoco está demostrado que esos cambios relevantes sean una mera consecuencia de la incorporación de la mujer al trabajo y no la causa sumergida y latente del cambio que sí se ha producido no sólo en la sociedad, sino principalmente en las hipótesis teóricas acerca de la feminidad.

Este es el caso, por ejemplo, de lo que sucede en ciertas presunciones o propuestas feministas. Cuando se estudian longitudinalmente el modo cómo han evolucionado a lo largo de estas últimas décadas, es fácil observar en ellas los avances y retrocesos, las afirmaciones, negaciones y deslegitimaciones, por no hablar de las continuas controversias, matizaciones y ajustes gruesos y finos a que han sido sometidas por un sendero siempre zigzagueante durante este tiempo.

A pesar de ello, lo que parece ser un hecho incontrovertible es que ha cambiado el modelo hipotético y teórico acerca de la feminidad de que se habían servido las generaciones anteriores: modelo que entonces se defendió con la desafortunada convicción de una verdad bien fundamentada y que parecía definitivamente asentada.

Sin embargo, si se exceptúan los cambios de rasgos en la actual configuración del rol femenino -que han podido derivarse de la incorporación de la mujer al mundo laboral-, hay que afirmar que todavía hay muchos rasgos que en modo alguno han cambiado en los roles femeninos. Es decir, que tal cambio de rol no ha sido ni tan pronunciado ni tan profundo y cualitativamente diferente como suele sostenerse. Aquí también emerge una relevante disonancia entre lo hoy afirmado y la tozuda realidad del comportamiento femenino, a lo ancho y a lo largo de la vida cotidiana (Deaux, 1999).

De otra parte, es preciso estudiar cómo influyen los cambios de los roles femeninos en los supuestos cambios que hoy habría que introducir en los roles masculinos, y que ya se anuncian como ciertos, aunque todavía no se hayan implantado ni generalizado socialmente.

Los cambios en los roles femeninos, qué duda cabe, han de tener consecuencias -y consecuencias importantes- en el modo como se configuran los roles masculinos. Quien esto escribe tiene la certeza de que la diversidad hombre-mujer tiene vocación perenne y alcanza su sentido en la complementariedad entre ellos.

La diversidad y los cambios de rol

La diversidad entre hombre y mujer no exige la identidad entre ellos, sino que más bien la contradice. La diversidad es la proyección del hecho diferencial que les constituye y modula como hombre y mujer: un modo diverso de ser en el mundo. Pero ese modo diverso de ser se iguala en lo relativo a su idéntica consideración en tanto que personas. Mujer y varón son personas e igualmente personas, aunque modalizados de forma diversa.

De ser cierta la complementariedad que es consecuencia de esa diversidad –hay tal vez demasiados resultados empíricos que así lo demuestran, en los que ahora no puedo entrar-, habría que estudiar en qué medida los cambios experimentados en el rol de uno de ellos afecta y condiciona la emergencia de nuevos cambios en el rol del otro, y viceversa.

Se trata, pues, de saber qué es causa o efecto en cada uno de los nuevos roles femenino y masculino emergentes. Esta cuestión continúa estando hoy oscurecida y un tanto opaca a nuestra mirada. Pero con los conocimientos hasta ahora disponibles, entiendo que es posible sostener una cierta bidireccionalidad en el proceso de cambio de los roles masculino y femenino. En realidad, esto pone de relieve, una vez más, la complementariedad que hay entre ellos, la necesidad de que entre ellos se lleve a cabo un ensamblaje orgánico, funcional y optimizador de la unión a que dan origen: el matrimonio y la familia.

Este ensamblaje ha de ser orgánico, lo que significa que ha de ser respetuoso y compadecerse con lo que es propio del ser de cada uno de ellos. Este ensamblaje ha de ser funcional, es decir, que no ha de sofocar ni obstruir el despliegue de sus respectivas facultades, de acuerdo con sus respectivas formas de ser. Este ensamblaje, por último, ha de ser optimizador de la singularidad irrepetible de cada uno de ellos, además de la complementariedad a que están destinadas sus voluntades por vía de atracción y de unión.

El hecho del cambio pone de manifiesto la diversidad de las personas en que acontece y los distintos grados de libertad de que disponen las personas en que acontecen. Lo que no puede realizarse de diverso modo no puede estar sujeto al cambio. El cambio establece, a su modo, la presencia de lo uno y lo múltiple, modificando lo múltiple y ateniéndose y respetando lo uno (la unicidad de la persona).

Para que algo cambie, algo ha de permanecer. Si nada permaneciera, el cambio sería sustancial, lo que comportaría la aniquilación de la persona que cambió. Hay pues, en cada mujer y en cada hombre algo que yendo más allá y más acá del cambio, resiste al mismo cambio. Esto es lo que funda su identidad de personas, modalizadas de forma diversa, con un mayor alcance y profundidad que las modificaciones que pudieran derivarse de ese cambio accidental –aunque relevante-, que es el cambio de roles femenino y masculino.

¿Estamos hoy en condiciones de saber, en lo que a los roles masculino y femenino se refiere, qué rasgos han de cambiar y cuáles han de permanecer?, ¿cuáles están vinculados a la complementariedad personal y cuáles no?, ¿qué roles pueden y hasta deben modificarse, según justicia, y cuáles no? Y, ¿qué consecuencias pueden derivarse de ello?

Son éstas cuestiones previas a cualquier cambio, por lo que no deberían considerarse como meramente procedimentales, sino que son sustanciales en lo que se refiere a los cambios de roles. Una natural prudencia aconseja esclarecer estas cuestiones previas antes de hacer propuestas o tomar decisiones en las que la humanidad del hombre y la mujer puede quedar obturada, empobrecida y/o fragmentada.

 

Más allá de los cambios de rol: el sexo y el género

El debate entre “género” y “sexo” ha suscitado una profunda crisis en las convicciones acerca del significado de lo masculino y lo femenino, así como sobre el modo de comportarse según el ser de la mujer o del hombre, en definitiva, sobre el sentido del ser personal en función de ese hecho diferencial que les distingue.

Cambiar los códigos sociales en los que, supuestamente, los roles atribuidos al hombre y a la mujer se prolongaban, manifestaban y expresaban –de forma rígida e incontrovertible-, resulta ser una tarea muy arriesgada y nada fácil. Cierto que la masculinidad y la feminidad eran prisioneras de esos códigos, en donde permanecieron varados e invariables durante tal vez demasiado tiempo. Nada de particular tiene que esa estabilidad sostenida de los roles haya contribuido a configurar una especia de “segunda naturaleza” –una mera “construcción”, en algunos de sus aspectos-a la que socialmente había que atenerse.

En el reciente pasado del clima cultural puede sostenerse que lo masculino y lo femenino habían quedado cautivos en ciertas redes sociales, estereotipadas y muy poco fundamentadas, dando origen a los roles sociales que, al menos desde la perspectiva social, parecían caracterizarles y singularizarles.

Pero estos roles, tal vez arrastrados por su inercia, habían sido vividos con relativa independencia de cuáles fueran las demandas exigidas por las respectivas naturalezas psicobiológicas de la mujer y el varón, según el hecho diferencial que, significado por sus respectivos sexos biológicos, sin duda alguna les distingue, singulariza y caracteriza.

Feminidad y masculinidad –preciso es reconocerlo- han sido rehenes de la historia – mitad libres, mitad cautivos; en cierto modo consentidos y según otro cierto modo asumidos; puestos en razón, unas veces, y faltos de ellas, otras-, de una forma muy especial en lo que a los roles sociales se refiere.

En primer lugar, porque se estableció una fuerte y rígida analogía, un tanto unívoca, entre el código genético (naturaleza) y el código social (roles y comportamientos). Naturaleza y cultura (natura naturata y natura naturans) fueron articuladas de una forma relativamente opresiva, sin apenas grados de libertad, sin posibilidad casi de alguna variabilidad. Lo cultural (los roles, el género) fue entendido como una férrea e invariable prolongación de lo natural (el sexo biológico).

Para ello había también algunas razones que sería injusto silenciar aquí. En cierto modo, no todo fue negativo o artificialmente forzado en lo relativo a esas atribuciones de los roles respecto del sexo genético y/o morfológico. Hubo, qué duda cabe, numerosos aciertos en algunas de las atribuciones que, por lo demás, estuvieron bien fundadas y todavía hoy permanecen vigentes.

El balance resultante entre naturaleza y cultura se hizo, entonces, a expensas de privilegiar la naturaleza (instancia subordinante) y minusvalorar la cultura (instancia subordinada y, en principio, dependiente de aquella). Pero la articulación así concebida ni estuvo fundamentada en modo suficiente ni fue cambiando, como era menester, con el devenir de la historia.

En segundo lugar, porque este diseño de los comportamientos masculino y femenino, este modo de configuración del estilo de vida de uno y otra se ofreció como una posibilidad socialmente muy restringida –la única posibilidad, en la práctica-, a cuyo tenor y bajo cuya guía debía de llevarse a cabo el desenvolvimiento de la conducta personal, como si tal forma de conducirse se tratara de una emanación natural del código genético o del sexo biológico.

Y, en tercer lugar, porque el modelo resultante así configurado sirvió luego de criterio normativo para etiquetar a las personas como socialmente ajustadas o no, en función de que satisficieran o se opusieran a las reglas previamente determinadas. Esto no sólo forzaba a que las personas se comportasen según lo establecido, sino que , además, contribuyó poderosamente a fijar y a cristalizar ciertos modelos, de manera que se asegurase su transmisión y perpetuación de unas a otras generaciones.

No se puede hablar, en la actualidad, de la identidad sexual de la mujer y el varón sin apelar a los conceptos de género y sexo (Polaino Lorente, 1992). Género y sexo han existido siempre, desde Adán y Eva, entre otras cosas porque la persona, cada persona sólo puede serlo según uno de estos dos modos: hombre o mujer.

Pero estas dos versiones modales, en que las personas se constituyen y manifiestan, no se habían categorizado con el peculiar significado que hoy se les ha dado. De aquí que el uso que se hacía de ellas fuese mucho más sencillo y común, y sin complicaciones, sin los distingos, sutilezas y matizaciones que en la actualidad se han vertido sobre ellas, transformándolas en los conceptos, un tanto confusos y equívocos, con que hoy se les caracteriza.

Por esta causa se ha abierto una profunda brecha entre “sexo” y “género”, algo que parece ser una nota distintiva de la actual cultura fragmentaria.  De hecho, en la última década no sólo no se ha tratado de unir sexo y género, sino que se ha procurado disociar todavía más lo significado por cada uno de ellos.

Con ello se ha contribuido a fragmentar la identidad de la persona humana. Tal fragmentación se ha llevado a cabo primero en abstracto (a nivel de los conceptos) y después en concreto (a nivel de los comportamientos). Lo que demuestra, una vez más, que los conceptos, las ideas y el uso que de ellas se haga no es algo indistinto, algo que muy pronto puede quedar relegado en un lejano marco “teórico” que, por no afectar a la persona, es irrelevante.

Más bien sucede lo contrario: que los conceptos, pensamientos e ideas de que nos servimos –ahora en amplia circulación social-, son los que a la postre resultan ser los responsables de los cambios y transformaciones de los comportamientos. De aquí que, en la actualidad, sea usual expresiones como la siguiente: “cada persona tiene que construir su género”.

Es probable que algunos estén familiarizados con el término “constructivismo” o “construccionismo”. Aunque estos términos tienen unos antecedentes filosóficos -en los que, por el momento, no voy a entrar-, el hecho es que han sido divulgados hasta que se ha generalizado su uso.

La nueva sociología del conocimiento constructivista lo que sostiene es que lo “real” no existe en cuanto tal, sino que se construye socialmente (Berger y Luckmann, 1993). El hombre de la calle, de acuerdo con esta teoría, “construye” su concepto de masculinidad – con el que luego se identifica y trata de realizarlo en sí mismo-, conforme a las opiniones y al pensamiento dominante propio de la época en que vive. No parece sino que se hubiera seguido aquella afirmación de Hegel de que primero está la teoría y luego los hechos, que, en cualquier caso, hay que forzarlos de acuerdo con la teoría, de manera que a ella se acomoden y ajusten.

Según esto, en función de cuáles sean las interpretaciones que la sociedad hace de la “masculinidad”, así será el modo en que cada ciudadano “construye” luego su “género” (Lagarde, 1996).

Tal “construcción” -inicialmente teórica o sólo icónica y representacional- se hace luego realidad y se encarna en la singular existencia de la persona, en forma de comportamiento. Esto es lo que acontece con una cuestión como esta del “género”, de la que en última instancia ha de depender –y mucho -el propio comportamiento de la mujer y el varón.

La construcción del género y la ideología

El punto de partida del constructivismo es la negación de la realidad. Es decir, lo real no existe en cuanto tal, sino que cada quien lo construye a su manera. Esta negación de la ontología, sustituye lo “real” por la “interpretación de lo real”. Pero en modo alguno explica la “realidad” de la que parte o la “cosa” –pues, en principio, de alguna realidad hay que partir-, que más tarde interpretará. A lo que parece, nadie sabe ni le interesa cómo, porqué o para qué la “cosa” real es así o está ahí, aunque constituya un hecho indudable el que sea así y esté ahí.

Esta teoría conduce de inmediato al vértigo del relativismo, en que ya nada es lo que es, porque todo varía según sus “constructores” o las interpretaciones subjetivas que cada persona hace de la “cosa” real.

Sin duda alguna, hay una cierta “construcción social” de la realidad, pero a partir de la misma realidad -que también existe en tanto que real-, que es anterior a todo constructivismo, hermenéutica o interpretación, pues de lo contrario ninguna construcción sería posible.

A la realidad construida por las opiniones, interpretaciones, atribuciones y estereotipias sociales sería mejor denominarla con el término de “realidad añadida”. “Realidad” porque, sin duda alguna, acontece en el mundo observable y, además, nos afecta; y “añadida”, porque presupone la realidad fontal y fundante sobre la que aquella se apoya, de la que procede y sin cuya presencia la “realidad añadida” no sería posible.

Todo lo cual pone de manifiesto que lo que pensamos modifica la realidad y, en cierto sentido, la recrea. Aunque, es verdad, sólo parcialmente. Pero es preciso admitir que su fundamento no es la “construcción” que la persona o la sociedad hacen de la realidad, porque ninguna persona ni la entera sociedad son dioses capaces de crear “ex nihilo” y “ex novo” la realidad a la que necesariamente hay que atenerse –incluso también en el caso del constructivismo.

Esto sucede en parte porque son muy pocos los que en la actualidad tienen una profunda convicción acerca del poder del pensamiento, aunque usen de él para la “construcción” de la realidad de su propio género. La sola convicción, firmemente asentada en algunos según parece, es que lo único existente es lo que se cotiza en bolsa, es decir, el dinero. Se ha olvidado que las ideas son más importantes que el dinero. Este desfondamiento y oscurecimiento de la razón es lo que ha hecho posible la emergencia social de la “construcción del género”, que ahora nos ocupa. En el fondo, lo que se ha producido con ello es un cambio de pensamiento. Y ese cambio en el pensamiento es el que ha cambiado la realidad y, al menos en la sociología, de forma muy relevante. Pero tal cambio de pensamiento -y de la realidad que a su través emerge- está más cerca de la ideología que de lo real.

Tal vez por eso está de moda afirmar que cada persona es libre para “construir” su propio género. Sin embargo, con la otra realidad, la del sexo, son muy pocos -por ahora - los que se atreven a sostener que también hay que “construirlo”. Es lógico, porque lo biológico es una realidad tozuda y muy resistente a ser cambiada; de aquí que resulte en tantas ocasiones inquebrantable e inmodificable. Pero, no obstante, en opinión de quien esto escribe, es previsible que a la “construcción del género” muy pronto le siga o intente seguirle, lamentablemente, la “construcción del sexo” (teórica, funcional y práctica).

De todas formas, es mucho más difícil cambiar el sexo biológico, porque aunque pueda cambiarse quirúrgicamente en muchos de los aspectos psicobiológicos que le caracterizan no puede ser cambia

Enviado por Arvo Net - 07/08/2006 ir arriba
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