La Ciudad de las Artes y las Ciencias de
Valencia (España) ha sido el escenario
de la clausura del V Encuentro Mundial
de las Familias, presidido por Benedicto
XVI.
Discurso del Papa Benedicto XVI
en la Vigilia del V Encuentro Mundial de las
Familias
Valencia, España, 8.VII.2006
Amados hermanos y hermanas:
Siento un gran gozo al participar en este
encuentro de oración, en el cual se quiere
celebrar con gran alegría el don divino de
la familia. Me siento muy cercano con la
oración a todos los que han vivido
recientemente el luto en esta ciudad, y con
la esperanza en Cristo resucitado, que da
aliento y luz aún en los momentos de mayor
desgracia humana.
Unidos por la misma fe en Cristo, nos hemos
congregado aquí, desde tantas partes del
mundo, como una comunidad que agradece y da
testimonio con júbilo de que el ser humano
fue creado a imagen y semejanza de Dios para
amar y que sólo se realiza plenamente a sí
mismo cuando hace entrega sincera de sí a
los demás. La familia es el ámbito
privilegiado donde cada persona aprende a
dar y recibir amor. Por eso la Iglesia
manifiesta constantemente su solicitud
pastoral por este espacio fundamental para
la persona humana. Así lo enseña en su
Magisterio: "Dios, que es amor y creó al
hombre por amor, lo ha llamado a amar.
Creando al hombre y a la mujer, los ha
llamado en el Matrimonio a una íntima
comunión de vida y amor entre ellos, «de
manera que ya no son dos, sino una sola
carne» (Mt 19, 6)" (Catecismo de
la Iglesia Católica. Compendio, 337).
Ésta es la verdad que la Iglesia proclama
sin cesar al mundo. Mi querido predecesor
Juan Pablo II, decía que "El hombre se ha
convertido en ‘imagen y semejanza’ de Dios,
no sólo a través de la propia humanidad,
sino también a través de la comunión de las
personas que el varón y la mujer forman
desde el principio. Se convierten en imagen
de Dios, no tanto en el momento de la
soledad, cuanto en el momento de la
comunión" (Catequesis, 14-XI-1979).
Por eso he confirmado la convocatoria de
este V Encuentro Mundial de las Familias en
España, y concretamente en Valencia, rica en
sus tradiciones y orgullosa de la fe
cristiana que se vive y cultiva en tantas
familias.
La familia es una institución intermedia
entre el individuo y la sociedad, y nada la
puede suplir totalmente. Ella misma se apoya
sobre todo en una profunda relación
interpersonal entre el esposo y la esposa,
sostenida por el afecto y comprensión mutua.
Para ello recibe la abundante ayuda de Dios
en el sacramento del matrimonio, que
comporta verdadera vocación a la santidad.
Ojalá que los hijos contemplen más los
momentos de armonía y afecto de los padres,
que no los de discordia o distanciamiento,
pues el amor entre el padre y la madre
ofrece a los hijos una gran seguridad y les
enseña la belleza del amor fiel y duradero.
La familia es un bien necesario para los
pueblos, un fundamento indispensable para la
sociedad y un gran tesoro de los esposos
durante toda su vida. Es un bien
insustituible para los hijos, que han de ser
fruto del amor, de la donación total y
generosa de los padres. Proclamar la verdad
integral de la familia, fundada en el
matrimonio como Iglesia doméstica y
santuario de la vida, es una gran
responsabilidad de todos.
El padre y la madre se han dicho un "sí"
total ante de Dios, lo cual constituye la
base del sacramento que les une; asimismo,
para que la relación interna de la familia
sea completa, es necesario que digan también
un "sí" de aceptación a sus hijos, a los que
han engendrado o adoptado y que tienen su
propia personalidad y carácter. Así, éstos
irán creciendo en un clima de aceptación y
amor, y es de desear que al alcanzar una
madurez suficiente quieran dar a su vez un
"sí" a quienes les han dado la vida.
Los desafíos de la sociedad actual, marcada
por la dispersión que se genera sobre todo
en el ámbito urbano, hacen necesario
garantizar que las familias no estén solas.
Un pequeño núcleo familiar puede encontrar
obstáculos difíciles de superar si se
encuentra aislado del resto de sus parientes
y amistades. Por ello, la comunidad eclesial
tiene la responsabilidad de ofrecer
acompañamiento, estímulo y alimento
espiritual que fortalezca la cohesión
familiar, sobre todo en las pruebas o
momentos críticos. En este sentido, es muy
importante la labor de las parroquias, así
como de las diversas asociaciones
eclesiales, llamadas a colaborar como redes
de apoyo y mano cercana de la Iglesia para
el crecimiento de la familia en la fe.
Cristo ha revelado cuál es siempre la fuente
suprema de la vida para todos y, por tanto,
también para la familia: "Éste es mi
mandamiento: que os améis unos a otros como
yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que
quien da la vida por sus amigos" (Jn
15,12-13). El amor de Dios mismo se ha
derramado sobre nosotros en el bautismo. De
ahí que las familias están llamadas a vivir
esa calidad de amor, pues el Señor es quien
se hace garante de que eso sea posible para
nosotros a través del amor humano, sensible,
afectuoso y misericordioso como el de
Cristo.
Junto con la transmisión de la fe y del amor
del Señor, una de las tareas más grandes de
la familia es la de formar personas libres y
responsables. Por ello los padres han de ir
devolviendo a sus hijos la libertad, de la
cual durante algún tiempo son tutores. Si
éstos ven que sus padres -y en general los
adultos que les rodean- viven la vida con
alegría y entusiasmo, incluso a pesar de las
dificultades, crecerá en ellos más
fácilmente ese gozo profundo de vivir que
les ayudará a superar con acierto los
posibles obstáculos y contrariedades que
conlleva la vida humana. Además, cuando la
familia no se cierra en sí misma, los hijos
van aprendiendo que toda persona es digna de
ser amada, y que hay una fraternidad
fundamental universal entre todos los seres
humanos.
Este V Encuentro Mundial nos invita a
reflexionar sobre un tema de particular
importancia y que comporta una gran
responsabilidad para nosotros: "La
transmisión de la fe en la familia". Lo
expresa muy bien el Catecismo de la Iglesia
Católica: "Como una madre que enseña a sus
hijos a hablar y con ello a comprender y
comunicar, la Iglesia, nuestra Madre, nos
enseña el lenguaje de la fe para
introducirnos en la inteligencia y la vida
de fe" (n. 171).
Como se simboliza en la liturgia del
bautismo, con la entrega del cirio
encendido, los padres son asociados al
misterio de la nueva vida como hijos de
Dios, que se recibe con las aguas
bautismales.
Transmitir la fe a los hijos, con la ayuda
de otras personas e instituciones como la
parroquia, la escuela o las asociaciones
católicas, es una responsabilidad que los
padres no pueden olvidar, descuidar o
delegar totalmente. "La familia cristiana es
llamada Iglesia doméstica, porque manifiesta
y realiza la naturaleza comunitaria y
familiar de la Iglesia en cuanto familia de
Dios. Cada miembro, según su propio papel,
ejerce el sacerdocio bautismal,
contribuyendo a hacer de la familia una
comunidad de gracia y de oración, escuela de
virtudes humanas y cristianas y lugar del
primer anuncio de la fe a los hijos" (Catecismo
de la Iglesia Católica. Compendio, 350).
Y además: "Los padres, partícipes de la
paternidad divina, son los primeros
responsables de la educación de sus hijos y
los primeros anunciadores de la fe. Tienen
el deber de amar y de respetar a sus hijos
como personas y como hijos de Dios... En
especial, tienen la misión de educarlos en
la fe cristiana" (ibíd., 460).
El lenguaje de la fe se aprende en los
hogares donde esta fe crece y se fortalece a
través de la oración y de la práctica
cristiana. En la lectura del Deuteronomio
hemos escuchado la oración repetida
constantemente por el pueblo elegido, la
Shema Israel, y que Jesús escucharía y
repetiría en su hogar de Nazaret. Él mismo
la recordaría durante su vida pública, como
nos refiere el evangelio de Marcos (Mc
12,29). Ésta es la fe de la Iglesia que
viene del amor de Dios, por medio de
vuestras familias. Vivir la integridad de
esta fe, en su maravillosa novedad, es un
gran regalo. Pero en los momentos en que
parece que se oculta el rostro de Dios,
creer es difícil y cuesta un gran esfuerzo.
Este encuentro da nuevo aliento para seguir
anunciando el Evangelio de la familia,
reafirmar su vigencia e identidad basada en
el matrimonio abierto al don generoso de la
vida, y donde se acompaña a los hijos en su
crecimiento corporal y espiritual. De este
modo se contrarresta un hedonismo muy
difundido, que banaliza las relaciones
humanas y las vacía de su genuino valor y
belleza. Promover los valores del matrimonio
no impide gustar plenamente la felicidad que
el hombre y la mujer encuentran en su amor
mutuo. La fe y la ética cristiana, pues, no
pretenden ahogar el amor, sino hacerlo más
sano, fuerte y realmente libre. Para ello,
el amor humano necesita ser purificado y
madurar para ser plenamente humano y
principio de una alegría verdadera y
duradera (cf. Discurso en san Juan de
Letrán, 5 junio 2006).
Invito, pues, a los gobernantes y
legisladores a reflexionar sobre el bien
evidente que los hogares en paz y en armonía
aseguran al hombre, a la familia, centro
neurálgico de la sociedad, como recuerda la
Santa Sede en la Carta de los Derechos de la
Familia. El objeto de las leyes es el bien
integral del hombre, la respuesta a sus
necesidades y aspiraciones. Esto es una
ayuda notable a la sociedad, de la cual no
se puede privar y para los pueblos es una
salvaguarda y una purificación. Además, la
familia es una escuela de humanización del
hombre, para que crezca hasta hacerse
verdaderamente hombre. En este sentido, la
experiencia de ser amados por los padres
lleva a los hijos a tener conciencia de su
dignidad de hijos.
La criatura concebida ha de ser educada en
la fe, amada y protegida. Los hijos, con el
fundamental derecho a nacer y ser educados
en la fe, tienen derecho a un hogar que
tenga como modelo el de Nazaret y sean
preservados de toda clase de insidias y
amenazas.
Deseo referirme ahora a los abuelos, tan
importantes en las familias. Yo soy el
abuelo del mundo, hemos escuchado ahora.
Ellos pueden ser -y son tantas veces- los
garantes del afecto y la ternura que todo
ser humano necesita dar y recibir. Ellos dan
a los pequeños la perspectiva del tiempo,
son memoria y riqueza de las familias. Ojalá
que, bajo ningún concepto, sean excluidos
del círculo familiar. Son un tesoro que no
podemos arrebatarles a las nuevas
generaciones, sobre todo cuando dan
testimonio de fe ante la cercanía de la
muerte.
Quiero ahora recitar una parte de la oración
que habéis rezado pidiendo por el buen fruto
de este Encuentro Mundial de las Familias:
Oh, Dios, que en la Sagrada Familia
nos dejaste un modelo perfecto de vida
familiar
vivida en la fe y la obediencia a tu
voluntad.
Ayúdanos a ser ejemplo de fe y amor a tus
mandamientos.
Socórrenos en nuestra misión de transmitir
la fe a nuestros hijos.
Abre su corazón para que crezca en ellos
la semilla de la fe que recibieron en el
bautismo.
Fortalece la fe de nuestros jóvenes,
para que crezcan en el conocimiento de
Jesús.
Aumenta el amor y la fidelidad en todos los
matrimonios,
especialmente aquellos que pasan por
momentos de sufrimiento o dificultad.
(. . .)
Unidos a José y María,
Te lo pedimos por Jesucristo tu Hijo,
nuestro Señor. Amén.
Homilía del Papa Benedicto XVI
en la eucaristía final del Encuentro Mundial
de las Familias
Valencia (España), 9.VII.2006
Queridos hermanos y hermanas:
En esta Santa Misa que tengo la inmensa
alegría de presidir, concelebrando con
numerosos Hermanos en el episcopado y con un
gran número de sacerdotes, doy gracias al
Señor por todas las amadas familias que os
habéis congregado aquí formando una multitud
jubilosa, y también por tantas otras que,
desde lejanas tierras, seguís esta
celebración a través de la radio y la
televisión. A todos deseo saludaros y
expresaros mi gran afecto con un abrazo de
paz.
Los testimonios de Ester y Pablo, que hemos
escuchado antes en las lecturas, muestran
cómo la familia está llamada a colaborar en
la transmisión de la fe. Ester confiesa: “Mi
padre me ha contado que tú, Señor, escogiste
a Israel entre las naciones” (14,5). Pablo
sigue la tradición de sus antepasados judíos
dando culto a Dios con conciencia pura.
Alaba la fe sincera de Timoteo y le recuerda
“esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu
madre Eunice, y que estoy seguro que tienes
también tú” (2 Tm 1,5). En estos
testimonios bíblicos la familia comprende no
sólo a padres e hijos, sino también a los
abuelos y antepasados. La familia se nos
muestra así como una comunidad de
generaciones y garante de un patrimonio de
tradiciones.
Ningún hombre se ha dado el ser a sí mismo
ni ha adquirido por sí solo los
conocimientos elementales para la vida.
Todos hemos recibido de otros la vida y las
verdades básicas para la misma, y estamos
llamados a alcanzar la perfección en
relación y comunión amorosa con los demás.
La familia, fundada en el matrimonio
indisoluble entre un hombre y una mujer,
expresa esta dimensión relacional, filial y
comunitaria, y es el ámbito donde el hombre
puede nacer con dignidad, crecer y
desarrollarse de un modo integral.
Cuando un niño nace, a través de la relación
con sus padres empieza a formar parte de una
tradición familiar, que tiene raíces aún más
antiguas. Con el don de la vida recibe todo
un patrimonio de experiencia. A este
respecto, los padres tienen el derecho y el
deber inalienable de transmitirlo a los
hijos: educarlos en el descubrimiento de su
identidad, iniciarlos en la vida social, en
el ejercicio responsable de su libertad
moral y de su capacidad de amar a través de
la experiencia de ser amados y, sobre todo,
en el encuentro con Dios. Los hijos crecen y
maduran humanamente en la medida en que
acogen con confianza ese patrimonio y esa
educación que van asumiendo progresivamente.
De este modo son capaces de elaborar una
síntesis personal entre lo recibido y lo
nuevo, y que cada uno y cada generación está
llamado a realizar.
En el origen de todo hombre y, por tanto, en
toda paternidad y maternidad humana está
presente Dios Creador. Por eso los esposos
deben acoger al niño que les nace como hijo
no sólo suyo, sino también de Dios, que lo
ama por sí mismo y lo llama a la filiación
divina. Más aún: toda generación, toda
paternidad y maternidad, toda familia tiene
su principio en Dios, que es Padre, Hijo y
Espíritu Santo.
A Ester su padre le había trasmitido, con la
memoria de sus antepasados y de su pueblo,
la de un Dios del que todos proceden y al
que todos están llamados a responder. La
memoria de Dios Padre que ha elegido a su
pueblo y que actúa en la historia para
nuestra salvación. La memoria de este Padre
ilumina la identidad más profunda de los
hombres: de dónde venimos, quiénes somos y
cuán grande es nuestra dignidad. Venimos
ciertamente de nuestros padres y somos sus
hijos, pero también venimos de Dios, que nos
ha creado a su imagen y nos ha llamado a ser
sus hijos. Por eso, en el origen de todo ser
humano no existe el azar o la casualidad,
sino un proyecto del amor de Dios. Es lo que
nos ha revelado Jesucristo, verdadero Hijo
de Dios y hombre perfecto. Él conocía de
quién venía y de quién venimos todos: del
amor de su Padre y Padre nuestro.
La fe no es, pues, una mera herencia
cultural, sino una acción continua de la
gracia de Dios que llama y de la libertad
humana que puede o no adherirse a esa
llamada. Aunque nadie responde por otro, sin
embargo los padres cristianos están llamados
a dar un testimonio creíble de su fe y
esperanza cristiana. Han de procurar que la
llamada de Dios y la Buena Nueva de Cristo
lleguen a sus hijos con la mayor claridad y
autenticidad.
Con el pasar de los años, este don de Dios
que los padres han contribuido a poner ante
los ojos de los pequeños necesitará también
ser cultivado con sabiduría y dulzura,
haciendo crecer en ellos la capacidad de
discernimiento. De este modo, con el
testimonio constante del amor conyugal de
los padres, vivido e impregnado de la fe, y
con el acompañamiento entrañable de la
comunidad cristiana, se favorecerá que los
hijos hagan suyo el don mismo de la fe,
descubran con ella el sentido profundo de la
propia existencia y se sientan gozosos y
agradecidos por ello.
La familia cristiana transmite la fe cuando
los padres enseñan a sus hijos a rezar y
rezan con ellos (cf. Familiaris consortio,
60); cuando los acercan a los sacramentos y
los van introduciendo en la vida de la
Iglesia; cuando todos se reúnen para leer la
Biblia, iluminando la vida familiar a la luz
de la fe y alabando a Dios como Padre.
En la cultura actual se exalta muy a menudo
la libertad del individuo concebido como
sujeto autónomo, como si se hiciera él sólo
y se bastara a sí mismo, al margen de su
relación con los demás y ajeno a su
responsabilidad ante ellos. Se intenta
organizar la vida social sólo a partir de
deseos subjetivos y mudables, sin referencia
alguna a una verdad objetiva previa como son
la dignidad de cada ser humano y sus deberes
y derechos inalienables a cuyo servicio debe
ponerse todo grupo social.
La Iglesia no cesa de recordar que la
verdadera libertad del ser humano proviene
de haber sido creado a imagen y semejanza de
Dios. Por ello, la educación cristiana es
educación de la libertad y para la libertad.
Jesucristo es el hombre perfecto, ejemplo de
libertad filial, que nos enseña a comunicar
a los demás su mismo amor: “Como el Padre me
ha amado, así os he amado yo; permaneced en
mi amor” (Jn 15,9). A este respecto
enseña el Concilio Vaticano II que “los
esposos y padres cristianos, siguiendo su
propio camino, deben apoyarse mutuamente en
la gracia, con un amor fiel a lo largo de
toda su vida, y educar en la enseñanza
cristiana y en los valores evangélicos a sus
hijos recibidos amorosamente de Dios. De
esta manera, dice el Concilio, ofrecen a
todos el ejemplo de un amor incansable y
generoso, construyen la fraternidad de amor
y son testigos y colaboradores de la
fecundidad de la Madre Iglesia como símbolo
y participación de aquel amor con el que
Cristo amó a su esposa y se entregó por
ella” (Lumen gentium, 41).
La alegría amorosa con la que nuestros
padres nos acogieron y acompañaron en los
primeros pasos en este mundo es como un
signo y prolongación sacramental del amor
benevolente de Dios del que procedemos. Para
avanzar en ese camino de madurez humana, la
Iglesia nos enseña a respetar y promover la
maravillosa realidad del matrimonio
indisoluble entre un hombre y una mujer, que
es, además, el origen de la familia. Por
eso, reconocer y ayudar a esta institución
es uno de los mayores servicios que se
pueden prestar hoy día al bien común y al
verdadero desarrollo de los hombres y de las
sociedades, así como la mejor garantía para
asegurar la dignidad, la igualdad y la
verdadera libertad de la persona humana.
En este sentido, quiero destacar la
importancia y el papel positivo que a favor
del matrimonio y de la familia realizan las
distintas asociaciones familiares
eclesiales. Por eso, “deseo invitar a todos
los cristianos a colaborar, cordial y
valientemente con todos los hombres de buena
voluntad, que viven su responsabilidad al
servicio de la familia” (Familiaris
consortio, 86), para que uniendo sus
fuerzas y con una legítima pluralidad de
iniciativas contribuyan a la promoción del
verdadero bien de la familia en la sociedad
actual.
Volvamos por un momento a la primera lectura
de esta Misa, tomada del libro de Ester. La
Iglesia orante ha visto en esta humilde
reina, que intercede con todo su ser por su
pueblo que sufre, un prefiguración de María,
que su Hijo nos ha dado a todos nosotros
como Madre; una prefiguración de la Madre,
que protege con su amor a la familia de Dios
que peregrina en este mundo. María es la
imagen ejemplar de todas las madres, de su
gran misión como guardianas de la vida, de
su misión de enseñar el arte de vivir, el
arte de amar.
La familia cristiana –padre, madre e hijos-
está llamada, pues, a cumplir los objetivos
señalados no como algo impuesto desde fuera,
sino como un don de la gracia del sacramento
del matrimonio infundida en los esposos. Si
éstos permanecen abiertos al Espíritu y
piden su ayuda, él no dejará de comunicarles
el amor de Dios Padre manifestado y
encarnado en Cristo. La presencia del
Espíritu ayudará a los esposos a no perder
de vista la fuente y medida de su amor y
entrega, y a colaborar con él para
reflejarlo y encarnarlo en todas las
dimensiones de su vida. El Espíritu
suscitará asimismo en ellos el anhelo del
encuentro definitivo con Cristo en la casa
de su Padre y Padre nuestro. Éste es el
mensaje de esperanza que desde Valencia
quiero lanzar a todas las familias del
mundo. Amén.
Mensaje de Benedicto XVI a los obispos
españoles
Valencia,
8 de julio 2006
Queridos Hermanos en el episcopado:
Con gozo en el corazón, doy gracias al Señor
por haber podido venir a España como Papa,
para participar en el Encuentro Mundial de
las Familias en Valencia. Os saludo con
afecto, Hermanos Obispos de este querido
País, y os agradezco vuestra presencia y los
muchos esfuerzos que habéis realizado en su
preparación y celebración. Aprecio
particularmente el gran trabajo llevado a
cabo por el Señor Arzobispo de Valencia y
sus Obispos Auxiliares para que este
acontecimiento tan significativo para toda
la Iglesia obtenga los frutos deseados,
contribuyendo a dar un nuevo impulso a la
familia como santuario del amor, de la vida
y de la fe.
En realidad, la solicitud de todos vosotros
ha hecho posible que se haya creado ya un
ambiente de familia entre los mismos
colaboradores y participantes de las
diversas partes de España. Es un aspecto
prometedor ante los deseos que habéis
expresado en vuestro mensaje colectivo sobre
este Encuentro Mundial, y también una
invitación a recibir los frutos del mismo
para proseguir una incesante e incisiva
pastoral familiar en vuestras diócesis, que
haga entrar en cada hogar el mensaje
evangélico, que fortalece y da nuevas
dimensiones al amor, ayudando así a superar
las dificultades que encuentra en su camino.
Sabéis que sigo de cerca y con mucho interés
los acontecimientos de la Iglesia en vuestro
País, de profunda raigambre cristiana y que
tanto ha aportado y está llamada a aportar
al testimonio de la fe y a su difusión en
otras muchas partes del mundo. Mantened vivo
y vigoroso este espíritu, que ha acompañado
la vida de los españoles en su historia,
para que siga nutriendo y dando vitalidad al
alma de vuestro pueblo.
Conozco y aliento el impulso que estáis
dando a la acción pastoral, en un tiempo de
rápida secularización, que a veces afecta
incluso a la vida interna de las comunidades
cristianas. Seguid, pues, proclamando sin
desánimo que prescindir de Dios, actuar como
si no existiera o relegar la fe al ámbito
meramente privado, socava la verdad del
hombre e hipoteca el futuro de la cultura y
de la sociedad. Por el contrario, dirigir la
mirada al Dios vivo, garante de nuestra
libertad y de la verdad, es una premisa para
llegar a una humanidad nueva. El mundo
necesita hoy de modo particular que se
anuncie y se dé testimonio de Dios que es
amor y, por tanto, la única luz que, en el
fondo, ilumina la oscuridad del mundo y nos
da la fuerza para vivir y actuar (cf.
Deus caritas est, 39).
En momentos o situaciones difíciles,
recordad aquellas palabras de la Carta a los
Hebreos: «corramos en la carrera que nos
toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el
que inició y completa nuestra fe: Jesús,
que, renunciando al gozo inmediato, soportó
la cruz, sin miedo a la ignominia [...], y
no os canséis ni perdáis el ánimo» (12,
1-3). Proclamad que Jesús es «el Cristo, el
Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16), «el
que tiene palabras de vida eterna» (cf.
Jn 6, 68), y no os canséis de dar razón
de vuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15).
Movidos por vuestra solicitud pastoral y el
espíritu de plena comunión en el anuncio del
Evangelio, habéis orientado la conciencia
cristiana de vuestros fieles sobre diversos
aspectos de la realidad ante la cual se
encuentran y que en ocasiones perturban la
vida eclesial y la fe de los sencillos. Así
mismo, habéis puesto la Eucaristía como tema
central de vuestro Plan de Pastoral, con el
fin de «revitalizar la vida cristiana desde
su mismo corazón, pues adentrándonos en el
misterio eucarístico entramos en el corazón
de Dios» (n. 5). Ciertamente, en la
Eucaristía se realiza «el acto central de
transformación capaz de renovar
verdaderamente el mundo» (Homilía en
Marienfeld, Colonia, 21 agosto 2005).
Hermanos en el episcopado, os exhorto
encarecidamente a mantener y acrecentar
vuestra comunión fraterna, testimonio y
ejemplo de la comunión eclesial que ha de
reinar en todo el pueblo fiel que se os ha
confiado. Ruego por vosotros, ruego por
España. Os pido que oréis por mí y por toda
la Iglesia. Invoco a la Santísima Virgen
María, tan venerada en vuestras tierras,
para que os ampare y acompañe en vuestro
ministerio pastoral, a la vez que os imparto
con gran afecto la Bendición Apostólica.