FAMILIA, AMOR, PERSONA
Por Antonio Orozco-Delclós
Arvo Net
«Siempre que volvíamos por la calle
de San José estaba el niño tonto a
la puerta de su casa, sentado en su
sillita, mirando el pasar de los
otros. Era uno de esos pobres niños
a quienes no llega nunca el don de
la palabra ni el regalo de la
gracia; niño alegre él y triste de
ver; todo para su madre, nada para
los demás» [Juan Ramón Jiménez,
Platero y yo, Taurus, Madrid
1967, 4a ed., p. 36].
«Todo para su madre, nada para los
demás». ¡Qué maravilloso monumento a la
figura materna! ¡Cuánta poesía, y cuánto
saber hondamente humano, encerrados en
estas pocas líneas! ¡Toda una doctrina
implícita sobre la institución familiar!
Implícita, porque ni Juan Ramón Jiménez
ni la madre de nuestra cita han
elaborado sutiles distingos en torno al
diferente modo de conceptuar a las
personas en el seno del hogar y en los
restantes ámbitos sociales. No hay
teoría ni enrevesadas lucubraciones. Y,
sin embargo, el mensaje llega, y llega
con toda su fuerza»;
así
comenzaba
el profesor Tomás Melendo su
intervención en un
Congreso Nacional de Orientación
Familiar,
bajo el título Familia, verdad,
libertad
[1].
¿Cómo se explica que para la madre el
niño sea «todo» y para el resto del
pueblo «nada»?.
Una respuesta bastante aproximada podría
ser: por el modo de ver, o quizá,
más bien de mirar, y aún mejor,
de conocer y entender o «inteligir»,
como se dice en el viejo latín:
«intelligere», esto es «intus
legere», leer «dentro» del ser que
es ese niño. El pueblo no ve, no mira,
no lee «intus» (dentro). Se queda
en la superficie, en un modo externo de
moverse, de pronunciar palabras o de
mover el pequeño cuerpo. El pueblo – la
plebe – se queda en la cosa, la madre ve
la persona.
La madre y el fino observador Juanramón
perciben un todo en lo que los demás ven
cosa para tomarse
a
chacota. Lo que hoy, enfáticamente,
llamamos quizá «cultura actual» se suele
mover en lo epidérmico de la realidad,
en la espuma de la cerveza, en las
burbujas del champán, en los fenómenos
de los acontecimientos y de las
personas. No calan en «el ser» de lo
real. Muchos saben del «olvido del ser»
en la filosofía moderna y posmoderna.
Pero no vamos a entrar, si es posible,
en tecnicismos. Lo cierto es que si es
verdad que existe un gran movimiento por
la dignidad de «la persona» en general,
gracias a la cultura occidental de
raíces judeocristianas, lo cierto es que
contemporáneamente
se mueve
una contracorriente de igual o mayor
fuerza que, en concreto, pierde de vista
lo que la persona «es», justamente desde
el mismo momento en que es lo que
comunmente llamamos
-
al menos desde hace veinte siglos
-
«persona», o «ser humano».
Se ha dudado de la personeidad de los
indios, de los negros y hasta de la
mujer, en otros contextos culturales.
Pero quienes han tenido como referente
la Biblia, siempre han sido conscientes
de que todo ser humano es un ser creado
a imagen de Dios, hecho a su semejanza.
De ahí su dignidad nativa, que no
debe a concesión de nadie sino sólo a su
propio ser, que es obra de Dios. De ahí
que cuando se pierde de vista a Dios,
por más que se suspire por la dignidad
humana y se firmen declaraciones
internacionales sobre «derechos
humanos», en la práctica resulten papel
mojado, si los «derechos» se oponen a
los intereses de los más fuertes y éstos
gozan de suficiente poder.
Se puede construir un mundo sin Dios,
pero entonces no se puede evitar que el
mundo se vuelva contra el hombre,
comenzando por los más débiles. Es
claro, la experiencia histórica
resulta
elocuente, la humanidad –las personas
singulares en el seno de la humanidad-
no tiene salvación sin Dios. No
se trata de una prédica barata sino de
un brochazo indicativo de una secular
experiencia histórica. Cierto que ha
habido creyentes que han pisoteado los
derechos humanos de un modo repugnante
en múltiples ocasiones. También ha
habido y hay médicos que en lugar de
curar matan y no por ello abominamos de
los médicos y menos aún de la medicina.
Si la salud corporal, en cierta medida
se halla en manos de los médicos, la
salud mental y social, la libertad
individual y colectiva, la felicidad
posible de las personas y de los
pueblos, depende, a todas luces, de su
apertura a luz que viene de Dios. Dios
es el único garante de la dignidad de la
persona; el único que nos
salva de ver al ser humano no sólo
epidérmicamente, sino en la hondura de
su capacidad de amar. Y el amor, en su
sentido más propio, implica conocimiento
de la persona en profundidad, encuentro
del otro yo, capaz de compartir conmigo
verdad, bondad, belleza, libertad.
Todo esto, que se dice pronto pero son
valores que se levantan esencialmente
por encima de cualquier valor material,
lo encuentra una madre en su «hijo
tonto». ¿Cómo es posible? Porque ama y
ve;
porque es verdad que su hijo es
persona y toda persona – al margen
de lo que tiene o pueda tener - «es» un
ser eminente, con más de tres
dimensiones, y más de cuatro, si
admitimos
con Einstein
que el universo material tiene cuatro.
Tiene una dimensión espiritual inmortal,
participa en cierta medida de la
eternidad de Dios. El antecedente de sus
dimensiones corporales pueden ser sus
padres y remontando siglos, el chimpancé
–vaya usted a saber-, pero el
antecedente de su dimensión espiritual
sólo es el Espíritu Personal Eterno,
Creador Libérrimo
y Absoluto, es decir, Dios. Dios ha
amado en su eternidad al niño tonto y un
día lo ha puesto en el seno de su madre
y otro día lo llevará a su Seno eterno
para gozar de Su felicidad eterna en Él.
Al niño tonto también le hemos de ver a
la luz de las palabras que T.
Melendo dice del ser humano en cuanto
tal: «¡Dios lo ha considerado y lo ha
hecho digno de su amor infinito!‑ y, más
aún, en su correlativa capacidad de
amar. La mejor manera de adentrarse
hasta el núcleo caracterizador de la
persona humana, hasta su misma raíz
metafísica, consiste en advertir que el
Absoluto la ha conceptuado digna de su
amor, destinándola, al crearla, a ser
un interlocutor del Amor divino por toda
la eternidad. Ahí se condensa el
fondo más radical y la explicación
postrera y definitiva de lo que
configura a la persona humana»
[1].
El amor, lejos de ser ciego, resulta
clarividente: hace nacer, vigorosos, los
verdaderos contornos del amado. Sólo
para el amor – dice Robert SPAEMANN -
«llega a ser la realidad real en su
pleno sentido, la realidad del otro como
la nuestra propia» [Robert SPAEMANN, Lo
natural y lo racional, Rialp, Madrid
1989, pp. 154‑155].
«Únicamente el amor torna realmente
reales a los seres queridos. Quien
no es amado, no es. ¿Pruebas?
Escojo una entre miles. En nuestro
deambular cotidiano por el corazón de
las ciudades nos topamos de continuo con
muchedumbres de individuos que, para
nosotros, en realidad no existen.
Sujetos que no nos dicen nada, a los que
ni siquiera advertimos, que somos
incapaces de recordar. Porque, por los
motivos que fuere, no los queremos.
¡Cómo cambia el panorama al llegar al
trabajo, reunirnos con el grupo de
amigos o, sobre todo, al volver a casa!
Allí sí que nos sentimos rodeados de
seres realmente reales: personas y
problemas que, muy lejos de dejarnos
indiferentes, nos importan, nos
incumben, modifican nuestra conducta:
son. Si no los amáramos, decaerían
de inmediato de su condición
real‑personal; dejarían, para nosotros,
de ser; se incorporarían al anonimato de
cuantos no merecen atención y cuidado,
porque desde nuestra perspectiva en
realidad no existen.»
[1]
«Una primera consecuencia: existe un
nexo estructural indisoluble entre las
tres realidades que dan título a nuestra
intervención: familia, amor, persona.
Ninguna de las tres se sostiene, y
ni siquiera llega a cobrar vida, sin el
apoyo entrañable de las otras dos. No
hay familia sin personas; no hay
personas sin familia; no hay familias ni
personas sin amor.» Juan Pablo II lo
afirmaba tajante en esa Carta Magna de
la realidad familiar que constituye la
Familiaris Consortio: «La
familia, fundada y vivificada por el
amor, es una comunidad de
personas; del hombre y de la mujer
esposos, de los padres y de los hijos,
de los parientes. Su primer cometido es
el de vivir fielmente la realidad de la
comunión con el empeño constante de
desarrollar una auténtica comunidad de
personas. El principio interior,
la fuerza permanente y la meta última de
tal cometido es el amor. así como
sin el amor la familia no
es una comunidad de personas, así
también sin el amor la familia
no puede vivir, crecer y
perfeccionarse como comunidad de
personas.» [Familiaris consortio,
22‑XI‑1981, núm. 18]
[1].
En una familia, lo que desde fuera
resulta repulsivo o al menos digno de
compasión, desde dentro, en lo hondo, es
otra cosa, es eminencia, excelencia,
sobreabundancia de
ser, hontanar de
amor. Es persona. El niño tonto
de la callle de San José, el niño tonto
de Juan Ramón, el niño tonto alegre,
triste de ver por la plebe, es «un
todo»,
es
todo para su madre; no sólo «hace
familia»,
es imán unitivo, cemento, luz, consuelo,
tesoro. He conocido a más de uno. Si
alguien no ha tenido esa suerte, que
haga todo lo posible por conseguirlo. No
se arrepentirá.
________________
[1]
Tomás Melendo, Familia, ¡Sé lo que
eres! ,
Ed. Rialp, Madrid, 2003, cap. I.