Desde la
antigüedad
clásica, se ha
dado siempre una
especie de
dicotomía entre
la gran historia
y la pequeña
historia, entre
lo
extraordinario y
lo cotidiano.
Por un lado
estaban las
grandes gestas
de los reyes y
de los héroes;
por otra, la
tarea habitual,
a menudo
fatigosa, que
llenaba la mayor
parte de las
horas de la
gente normal,
con la que debía
sustentar a su
familia. También
en países
cristianos era
habitual pensar
en el trabajo
como un castigo
de Dios. Se
recordaba
fácilmente que,
al expulsar del
jardín del Edén
a nuestros
primeros padres,
Yahveh les había
dicho: «Comerás
el pan con el
sudor de tu
frente»; y se
olvidaba, en
cambio, el
mandato divino,
cuando el Señor
indicó al hombre
y a la mujer,
hechos a su
imagen y
semejanza:
«Creced,
multiplicaos,
llenad la tierra
y sometedla...».
Durante
siglos, el
trabajo fue
considerado como
una realidad
carente de
dignidad, de la
que se libraba
quien podía, por
su fortuna, por
su nacimiento,
por su posición
social. Hoy, lo
que lesiona la
dignidad humana
no es el
trabajo, sino su
contrario, el
desempleo. En
este sentido, el
cambio de
perspectiva ha
tenido un lado
positivo. La
doctrina social
de la Iglesia no
ha sido ajena a
esa
transformación.
También han
influido la vida
y los escritos
de autores
espirituales,
que encuentran
un interesante
punto de
intersección con
la doctrina
social de la
Iglesia. Sobre
este tema han
tratado varios
autores del
siglo XX, y de
modo
especialmente
significativo
san Josemaría
Escrivá,
fundador del
Opus Dei.
Comentando el
mandato divino a
Adán de laborar
la tierra,
afirmaba que el
trabajo es algo
digno y santo,
«un medio
necesario que
Dios nos confía
aquí en la
tierra,
dilatando
nuestros días y
haciéndonos
partícipes de su
poder creador,
para que ganemos
el sustento y
simultáneamente
recojamos
"frutos para la
vida eterna" (Jn
4, 36)» (Amigos
de Dios, 57).
Gracias al
cambio de
valoración
madurado en el
último siglo,
las tareas
profesionales se
han reconocido
como una
actividad
ordinaria que no
rebaja la
dignidad humana.
Pero, por
desgracia, la
dedicación a
esas ocupaciones
supone para
muchos la nueva
dimensión de lo
extraordinario,
lo que permite
evadirse de la
vida corriente.
El éxito
profesional a
toda costa ocupa
el centro del
nuevo escenario,
donde la épica
pasa
frecuentemente a
un segundo
plano. La vida
ordinaria ha
quedado reducida
hoy, en la
práctica, a la
vida doméstica:
la familia se
nos presenta,
por tanto, como
la moderna
cenicienta, la
gran perdedora
de esta fiebre
laboral. Resulta
evidente, en
efecto, que una
cultura
caracterizada
por trabajadores
«stajanovistas»,
por padres y
madres ausentes
del hogar,
repercute de
manera muy
negativa sobre
la familia.
Por
desgracia, a
veces, hoy
resulta más
fácil romper un
matrimonio que
romper un
contrato
profesional.
Pero no es éste
el único bien
que la desmesura
laboral pone en
peligro. Ante el
desbordante
incremento de la
violencia
juvenil, por
ejemplo, crece
el número de los
que sospechan
que las causas
del fenómeno
tienen que ver
con esta
inversión de
valores, con el
predominio del
frenesí
productivo, que
lleva al
abandono de la
fuerza
agregativa de la
familia.
Un padre
ausente, más
interesado en la
propia carrera
que en los
hijos, deja de
constituir un
punto firme de
referencia.
Asimismo, la
relación con una
madre ausente
acaba siendo, de
hecho, una
relación
prescindible,
por más que en
el fondo del
corazón se
considere
siempre
necesaria. Una
escuela, que
sacrifica la
auténtica
formación humana
de los alumnos a
criterios de
eficiencia no
ayuda a los
jóvenes a dar un
cauce sereno,
una forma
elaborada, a los
impulsos de su
sensibilidad.
Cuando Juan
Pablo II hablaba
del «evangelio
del trabajo»,
nos descubría
que las
actividades
laborales
contienen un
horizonte
sobrenatural
esperanzador.
Realizada con
sentido
cristiano, esa
tarea se
convierte en una
fuente de
humanización
para las
familias, para
las empresas,
para la sociedad
entera. «"El
negocio" más
importante son
los hijos», dijo
en una ocasión
San Josemaría a
un empresario,
para disuadirlo
de una excesiva
dedicación al
trabajo a
expensas de la
familia. san
Josemaría
Escrivá falleció
hace treinta
años, el 26 de
junio de 1975.
Hoy su mensaje
nos llena
nuevamente de
esperanza. En el
mundo actual,
que lanza al
hombre una
continua batería
de preguntas, en
permanente
búsqueda de
sentido, el
mensaje de san
Josemaría nos
recuerda esa
gran verdad que
Benedicto XVI ha
vuelto a poner
de relieve al
proclamar que la
Iglesia está
viva. La Iglesia
ofrece un tesoro
de respuestas
escondidas, que
pueden
convertirse en
luces que guíen
nuestra
existencia.