DISCURSO DEL
SANTO PADRE
A LOS
PROFESORES Y
ALUMNOS
DEL
INSTITUTO
"JUAN PABLO
II" PARA
ESTUDIOS
SOBRE EL
MATRIMONIO Y
LA FAMILIA
Jueves 31 de
mayo de 2001
Señores
cardenales;
venerados
hermanos en
el
episcopado;
amadísimos
hermanos y
hermanas:
1. Me alegra
mucho
celebrar con
vosotros,
profesores,
alumnos y
personal, el
vigésimo
aniversario
de la
fundación de
vuestro, o
mejor, de
"nuestro"
Instituto
para
estudios
sobre el
matrimonio y
la familia.
Gracias por
vuestra
amable
presencia.
Os saludo a
todos con
afecto y, en
particular,
al gran
canciller,
cardenal
Camillo
Ruini; al
presidente
del Consejo
superior del
Instituto,
cardenal
Alfonso
López
Trujillo; y
a monseñor
Carlo
Caffarra,
arzobispo de
Ferrara,
iniciador
del
Instituto.
Saludo
asimismo a
monseñor
Angelo Scola,
director del
Instituto, a
los
profesores y
a los
alumnos, al
personal y a
cuantos de
diferentes
modos
cooperan en
la
benemérita
actividad
del centro
académico.
Este
aniversario
es un signo
elocuente de
la solicitud
de la
Iglesia por
el
matrimonio y
la familia,
que
constituyen
uno de los
bienes más
valiosos de
la
humanidad,
como afirmé
en la
exhortación
apostólica
Familiaris
consortio,
de la que
también este
año se
celebra el
vigésimo
aniversario
de su
publicación
(cf. n. 1).
Dado que ya
estáis
presentes
con
secciones en
todos los
continentes,
la intuición
originaria
que llevó a
la fundación
del
Instituto ha
mostrado su
fecundidad
en contacto
con las
nuevas
situaciones
y con los
desafíos
cada vez más
radicales
del momento
actual.
2. Desarrollando
la temática
afrontada en
anteriores
circunstancias,
hoy quisiera
atraer
vuestra
atención
hacia la
exigencia de
elaborar una
antropología
adecuada que
trate de
comprender e
interpretar
al hombre en
lo que es
esencialmente
humano.
En efecto,
el olvido
del
principio de
la creación
del hombre
como varón y
mujer
representa
uno de los
factores de
mayor crisis
y debilidad
de la
sociedad
contemporánea,
con
preocupantes
consecuencias
en el clima
cultural, en
la
sensibilidad
moral y en
el marco
jurídico.
Cuando se
pierde de
vista este
principio,
se ofusca la
percepción
de la
singular
dignidad de
la persona
humana y se
abre camino
a una
peligrosa
"cultura de
muerte".
Sin embargo,
la
experiencia
del amor,
correctamente
entendido,
sigue siendo
la puerta de
acceso,
simple y
universal, a
través de la
cual todo
hombre está
llamado a
tomar
conciencia
de los
factores
constitutivos
de su
humanidad:
razón,
afectividad
y libertad.
En el
irreprimible
interrogante
sobre el
significado
de su
persona,
sobre todo
partiendo
del
principio de
que ha sido
creado a
imagen de
Dios, varón
y mujer, el
creyente
puede
reconocer el
misterio del
rostro
trinitario
de Dios, que
lo crea
imprimiendo
en él el
sello de su
realidad de
amor y
comunión.
3. El
sacramento
del
matrimonio y
la familia
que nace de
él
representan
el camino
eficaz por
el que la
gracia
redentora de
Cristo
asegura a
los hijos de
la Iglesia
una
participación
real en la
comunión
trinitaria.
El amor del
Resucitado a
su esposa la
Iglesia,
concedido
sacramentalmente
en el
matrimonio
cristiano,
alimenta, al
mismo
tiempo, el
don de la
virginidad
por el
Reino. Esta,
a su vez,
indica el
destino
último de
ese mismo
amor
conyugal.
Así, el
misterio
nupcial nos
ayuda a
descubrir
que la
Iglesia
misma es
"familia de
Dios". Por
eso, el
Instituto,
al
profundizar
en la
naturaleza
del
sacramento
del
matrimonio,
ofrece
también
elementos
para la
renovación
de la
eclesiología.
4. Un
aspecto
particularmente
actual y
decisivo
para el
futuro de la
familia y de
la humanidad
es el
respeto del
hombre a sus
orígenes y a
las
modalidades
de su
procreación.
Cada vez con
mayor
insistencia
surgen
proyectos
que sitúan
los
comienzos de
la vida
humana en
ámbitos
diversos de
la unión
conyugal
entre el
varón y la
mujer. Son
proyectos
basados a
menudo en
presuntas
justificaciones
médicas y
científicas.
En efecto,
con el
pretexto de
asegurar una
mejor
calidad de
vida
mediante un
control
genético o
contribuir
al progreso
de la
investigación
médica y
científica,
se proponen
experimentaciones
con
embriones
humanos y
métodos para
su
producción
que abren la
puerta a
manipulaciones
y abusos por
parte de
quien se
arroga un
poder
arbitrario e
ilimitado
sobre el ser
humano.
La verdad
plena sobre
el
matrimonio y
la familia,
que se nos
reveló en
Cristo, es
una luz que
permite
captar las
dimensiones
constitutivas
de lo que es
auténticamente
humano en la
procreación
misma. Como
enseña el
concilio
Vaticano II,
los esposos,
unidos por
el vínculo
conyugal,
están
llamados a
expresar su
entrega
mutua con
los actos
honestos y
dignos
propios del
matrimonio
(cf. Gaudium
et spes, 49)
y a acoger
con
responsabilidad
y gratitud a
los hijos,
"el don más
excelente
del
matrimonio"
(ib., 50).
Así,
precisamente
con su
donación
corporal, se
convierten
en
colaboradores
del amor de
Dios
Creador. Al
participar
en el don de
la vida y
del amor,
reciben la
capacidad de
corresponder
a él y, a su
vez,
transmitirlo.
Por
consiguiente,
el ámbito
del amor de
los esposos
y la
mediación
corpórea del
acto
conyugal son
el único
lugar en el
que se
reconoce y
respeta
plenamente
el valor
singular del
nuevo ser
humano,
llamado a la
vida. En
efecto, no
se puede
reducir al
hombre a sus
componentes
genéticos y
biológicos,
aunque
participen
en su
dignidad
personal.
Todo hombre
que viene al
mundo está
llamado
desde
siempre por
el Padre a
participar
en Cristo,
por el
Espíritu, en
la plenitud
de la vida
en Dios. Por
tanto, ya
desde el
instante
misterioso
de su
concepción
debe ser
acogido y
tratado como
persona,
creada a
imagen y
semejanza de
Dios mismo
(cf. Gn 1,
26).
5. Otra
dimensión de
los desafíos
que hoy
esperan una
respuesta
adecuada de
la
investigación
y de la
actividad
del
Instituto es
de índole
sociocultural
y jurídica.
En algunos
países,
ciertas
legislaciones
permisivas,
fundadas en
concepciones
parciales y
erróneas de
la libertad,
han
favorecido
durante los
últimos años
presuntos
modelos
alternativos
de familia,
que ya no se
basa en el
compromiso
irrevocable
de un varón
y una mujer
de formar
una
"comunidad
para toda la
vida". Los
derechos
específicos
reconocidos
hasta ahora
a la
familia,
célula
primordial
de la
sociedad, se
han
extendido a
formas de
asociación,
a uniones de
hecho, a
pactos
civiles de
solidaridad,
concebidos
para
responder a
exigencias e
intereses
individuales,
y a
reivindicaciones
destinadas a
sancionar
jurídicamente
opciones
presentadas
indebidamente
como
conquistas
de libertad.
¿Quién no ve
que la
promoción
artificiosa
de
semejantes
modelos
jurídico-institucionales
tiende cada
vez más a
disolver el
derecho
originario
de la
familia a
ser
reconocida
plenamente
como un
sujeto
social?
Quisiera
reafirmar
aquí con
fuerza que
la
institución
familiar,
que permite
al hombre
adquirir de
modo
adecuado el
sentido de
su
identidad,
le ofrece al
mismo tiempo
un marco
conforme a
la dignidad
natural y a
la vocación
de la
persona
humana. Los
vínculos
familiares
son el
primer lugar
de
preparación
para las
formas
sociales de
la
solidaridad.
El
Instituto,
al promover,
de acuerdo
con su
naturaleza
académica,
una "cultura
de la
familia",
contribuye a
desarrollar
la "cultura
de la vida"
que he
recomendado
en numerosas
ocasiones.
6. Hace
veinte años
en la
exhortación
apostólica
Familiaris
consortio
afirmé que
"el futuro
de la
humanidad se
fragua en la
familia" (n.
86). Os lo
repito hoy a
vosotros con
profunda
convicción y
con mayor
preocupación.
Lo repito
también con
plena
confianza,
encomendándoos
a vosotros y
vuestro
trabajo a la
Virgen de
Fátima, en
estos años
patrona
dulce y
fuerte del
Instituto. A
ella, Reina
de la
familia, le
confío todos
vuestros
proyectos y
el camino
que os
espera en
los albores
de este
tercer
milenio.
A la vez que
os aseguro
el apoyo de
mi oración
en vuestro
compromiso,
os bendigo
de corazón