| Por José Luis Olaizola. Premio Planeta, colaborador de Arvo.
En mi casa estamos esperando niños por distintos conductos; unos naturales y otros excepcionales. En el primer caso como consecuencia del reciente matrimonio de una de mis hijas, que se ha quedado en estado, y en el segundo, vía Colombia.
El primer supuesto es muy sencillo: basta con casarse y dejar que natura haga el resto. En el segundo hace falta tener una tenacidad como la de mi hija Lourdes, que lleva dos años intentando tener un hijo de Colombia, con lo que se demuestra, una vez más, que todo lo natural es mucho más sencillo. Basta quedarse en estado y a los nueve meses nace el niño. Por este procedimiento mi citada hija ha tenido un niño y una niña -que ya son adolescentes-, pero como los médicos le han dicho que no puede tener más, ha decidido acometer la aventura de adoptar otros dos.
Inicialmente, como es lógico, intentó la adopción en España, pero con resultados desalentadores. La lista de espera para adoptar un niño es de tal envergadura, que puede resultar que cuando te toque seas tan mayor que en lugar de un hijo te adjudiquen un nieto. Lo cual es lógico si se considera que nuestro país es de los más bajos de Europa en lo que a demografía creciente se refiere. Antes, los niños que se adoptaban eran, en la mayoría de los casos, consecuencia del descuido de madres solteras. Ahora no hay tales descuidos, y si los hay se remedian mediante el aborto. Con lo cual apenas quedan madres solteras. Para escribir uno de mis últimos libros hube de asomarme al inquietante mundo de las pocas que quedan en España. Y una de ellas, que tuvo la gallardía de perseverar en un embarazo consecuencia de una violación, me decía: «En España, para no tener hijos todo son facilidades, incluido el
aborto. Pero para ser madre soltera todo son dificultades.» Con lo cual, lo que antes era un baldón ahora se ha convertido en una heroicidad. A este punto de subversión de valores hemos llegado. A mí me encantaría que alguien, joven y animoso, propugnase la creación de una entidad que se podría llamar «Pro madre gestante que no le conviene mantener al hijo que nazca» (como el título resulta muy largo, se podría llamar, abreviadamente, PROMAGESMA); su función consistiría en ayudar a la madre que lo va a ser por descuido, o contra su voluntad, y una vez nacido el niño entregarlo en adopción. He comentado esta idea mía con gente sesuda, que me objeta: «Sería muy complicado.» A lo que yo replico: «Por eso digo que hace falta alguien joven y animoso.»
Para adoptar un niño colombiano también hace falta ser joven y animoso, y como mi hija Lourdes lo es, está a punto de conseguirlo. Como es natural, los colombianos no entregan a sus niños al primero que lo pida; exigen toda clase de garantías de que va a ser tratado con cariño y bien educado, lo que comporta un expediente que es inevitable que dure meses y, quizá, años. Con lo que queda claro que los hijos propios son consecuencia de un amor impulsivo, mientras que los hijos adoptados lo son de un amor mucho más reflexivo. No sé si más profundo, pero sí mucho más tenaz.
El caso es que en mi casa los estamos esperando de las dos clases y las disposiciones de las respectivas madres futuras no son demasiado dispares, aunque con las lógicas diferencias. En mi casa, cada vez que alguien va a tener un niño se produce una auténtica conmoción. Digo alguien que no tiene por qué ser necesariamente de la familia; por ejemplo: llega a la hora de comer alguna de mis hijas y comenta: « ¿A que no sabéis quién está esperando un niño?»
Inmediatamente en las mujeres de mi vida se produce un clima de auténtica expectación; se suceden los «¿quién?», « ¿quién?» , hasta que la titular de la fausta noticia contesta: «Fulanita.» Fulatina puede ser una amiga íntima, menos íntima, una prima lejana o una antigua asistenta. Da lo mismo. Durante el resto de la comida ya no se habla de otra cosa.
Y cuando el embarazo es de una de ellas, comienza un vértigo de llamadas telefónicas hasta que no quede la menor duda de que conocen el evento todos los que lo tienen que conocer, que son muchos.
La principal diferencia entre la madre natural y la madre por adopción es que la primera, de alguna manera, se considera con derecho a volver a la edad del pavo. Es algo que lo tengo comprobado, sobre todo en las recién casadas. Les entra un dengue que no lo supera una quinceañera. Por una parte ven la vida de color de rosa, pero por otra parte les parece que se encuentran en un mundo lleno de peligros para lo que va a nacer. Peligros que van desde coger pesos hasta visitar a una amiga cuyo novio tiene un hermano con sarampión.
Y la principal similitud es que ambas están encantadas de ser madres. Y yo, en la parte que me toca, de ser abuelo.
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