De la
Homilía de san Josemaría Escrivá
EL MATRIMONIO VOCACIÓN CRISTIANA
En
Es Cristo que pasa,
nn. 22-30
[22] Estamos en
Navidad. Los diversos hechos y
circunstancias que rodearon el nacimiento
del Hijo de Dios acuden a nuestro recuerdo,
y la mirada se detiene en la gruta de Belén,
en el hogar de Nazareth. María, José, Jesús
Niño, ocupan de un modo muy especial el
centro de nuestro corazón. ¿Qué nos dice,
qué nos enseña la vida a la vez sencilla y
admirable de esa Sagrada Familia?
Entre las muchas consideraciones que
podríamos hacer, una sobre todo quiero
comentar ahora. El nacimiento de Jesús
significa, como refiere la Escritura, la
inauguración de la plenitud de los tiempos,
el momento escogido por Dios para manifestar
por entero su amor a los hombres,
entregándonos a su propio Hijo. Esa voluntad
divina se cumple en medio de las
circunstancias más normales y ordinarias:
una mujer que da a luz, una familia, una
casa. La Omnipotencia divina, el esplendor
de Dios, pasan a través de lo humano, se
unen a lo humano. Desde entonces los
cristianos sabemos que, con la gracia del
Señor, podemos y debemos santificar todas
las realidades limpias de nuestra vida. No
hay situación terrena, por pequeña y
corriente que parezca, que no pueda ser
ocasión de un encuentro con Cristo y etapa
de nuestro caminar hacia el Reino de los
cielos.
No es por eso extraño que la Iglesia se
alegre, que se recree, contemplando la
morada modesta de Jesús, María y José. Es
grato —se reza en el Himno de maitines
de esta fiesta— recordar la pequeña casa
de Nazareth y la existencia sencilla que
allí se lleva, celebrar con cantos la
ingenuidad humilde que rodea a Jesús, su
vida escondida. Allí fue donde, siendo niño,
aprendió el oficio de José; allí donde
creció en edad y donde compartió el trabajo
de artesano. Junto a El se sentaba su dulce
Madre; junto a José vivía su esposa
amadísima, feliz de poder ayudarle y de
ofrecerle sus cuidados.
Al pensar en los hogares cristianos, me
gusta imaginarlos luminosos y alegres, como
fue el de la Sagrada Familia. El mensaje de
la Navidad resuena con toda fuerza:
Gloria a Dios en lo más alto de los cielos,
y paz en la tierra a los hombres de buena
voluntad. Que la paz de Cristo triunfe en
vuestros corazones, escribe el apóstol.
La paz de sabernos amados por nuestro Padre
Dios, incorporados a Cristo, protegidos por
la Virgen Santa María, amparados por San
José. Esa es la gran luz que ilumina
nuestras vidas y que, entre las dificultades
y miserias personales, nos impulsa a
proseguir adelante animosos. Cada hogar
cristiano debería ser un remanso de
serenidad, en el que, por encima de las
pequeñas contradicciones diarias, se
percibiera un cariño hondo y sincero, una
tranquilidad profunda, fruto de una fe real
y vivida.
23. El matrimonio no es, para un cristiano,
una simple institución social, ni mucho
menos un remedio para las debilidades
humanas: es una auténtica vocación
sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y
en la Iglesia, dice San Pablo, y, a la vez e
inseparablemente, contrato que un hombre y
una mujer hacen para siempre, porque
—queramos o no— el matrimonio instituido por
Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que
santifica, acción de Jesús, que invade el
alma de los que se casan y les invita a
seguirle, transformando toda la vida
matrimonial en un andar divino en la tierra.
Los casados están llamados a santificar su
matrimonio y a santificarse en esa unión;
cometerían por eso un grave error, si
edificaran su conducta espiritual a espaldas
y al margen de su hogar. La vida familiar,
las relaciones conyugales, el cuidado y la
educación de los hijos, el esfuerzo por
sacar económicamente adelante a la familia y
por asegurarla y mejorarla, el trato con las
otras personas que constituyen la comunidad
social, todo eso son situaciones humanas y
corrientes que los esposos cristianos deben
sobrenaturalizar.
La fe y la esperanza se han de manifestar en
el sosiego con que se enfocan los problemas,
pequeños o grandes, que en todos los hogares
ocurren, en la ilusión con que se persevera
en el cumplimiento del propio deber. La
caridad lo llenará así todo, y llevará a
compartir las alegrías y los posibles
sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de
las propias preocupaciones para atender a
los demás; a escuchar al otro cónyuge o a
los hijos, mostrándoles que de verdad se les
quiere y comprende; a pasar por alto menudos
roces sin importancia que el egoísmo podría
convertir en montañas; a poner un gran amor
en los pequeños servicios de que está
compuesta la convivencia diaria.
Santificar el hogar día a día, crear, con el
cariño, un auténtico ambiente de familia: de
eso se trata. Para santificar cada jornada,
se han de ejercitar muchas virtudes
cristianas; las teologales en primer lugar
y, luego, todas las otras: la prudencia, la
lealtad, la sinceridad, la humildad, el
trabajo, la alegría... Hablando del
matrimonio, de la vida matrimonial, es
necesario comenzar con una referencia clara
al amor de los cónyuges.
24. El amor puro y limpio de los esposos es
una realidad santa que yo, como sacerdote,
bendigo con las dos manos. La tradición
cristiana ha visto frecuentemente, en la
presencia de Jesucristo en las bodas de Caná,
una confirmación del valor divino del
matrimonio: fue nuestro Salvador a las
bodas —escribe San Cirilo de Alejandría—
para santificar el principio de la
generación humana.
El matrimonio es un sacramento que hace de
dos cuerpos una sola carne; como dice con
expresión fuerte la teología, son los
cuerpos mismos de los contrayentes su
materia. El Señor santifica y bendice el
amor del marido hacia la mujer y el de la
mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo
la fusión de sus almas, sino la de sus
cuerpos. Ningún cristiano, esté o no llamado
a la vida matrimonial, puede desestimarla.
Nos ha dado el Creador la inteligencia, que
es como un chispazo del entendimiento
divino, que nos permite —con la libre
voluntad, otro don de Dios— conocer y amar;
y ha puesto en nuestro cuerpo la posibilidad
de engendrar, que es como una participación
de su poder creador. Dios ha querido
servirse del amor conyugal, para traer
nuevas criaturas al mundo y aumentar el
cuerpo de su Iglesia. El sexo no es una
realidad vergonzosa, sino una dádiva divina
que se ordena limpiamente a la vida, al
amor, a la fecundidad.
Ese es el contexto, el trasfondo, en el que
se sitúa la doctrina cristiana sobre la
sexualidad. Nuestra fe no desconoce nada de
lo bello, de lo generoso, de lo genuinamente
humano, que hay aquí abajo. Nos enseña que
la regla de nuestro vivir no debe ser la
búsqueda egoísta del placer, porque sólo la
renuncia y el sacrificio llevan al verdadero
amor: Dios nos ha amado y nos invita a
amarle y a amar a los demás con la verdad y
con la autenticidad con que El nos ama.
Quien conserva su vida, la perderá; y quien
perdiere su vida por amor mío, la volverá a
hallar, ha escrito San Mateo en su
Evangelio, con frase que parece paradójica.
Las personas que están pendientes de sí
mismas, que actúan buscando ante todo la
propia satisfacción, ponen en juego su
salvación eterna, y ya ahora son
inevitablemente infelices y desgraciadas.
Sólo quien se olvida de sí, y se entrega a
Dios y a los demás —también en el
matrimonio—, puede ser dichoso en la tierra,
con una felicidad que es preparación y
anticipo del cielo.
Durante nuestro caminar terreno, el dolor es
la piedra de toque del amor. En el estado
matrimonial, considerando las cosas de una
manera descriptiva, podríamos afirmar que
hay anverso y reverso. De una parte, la
alegría de saberse queridos, la ilusión por
edificar y sacar adelante un hogar, el amor
conyugal, el consuelo de ver crecer a los
hijos. De otra, dolores y contrariedades, el
transcurso del tiempo que consume los
cuerpos y amenaza con agriar los caracteres,
la aparente monotonía de los días
aparentemente siempre iguales.
Tendría un pobre concepto del matrimonio y
del cariño humano quien pensara que, al
tropezar con esas dificultades, el amor y el
contento se acaban. Precisamente entonces,
cuando los sentimientos que animaban a
aquellas criaturas revelan su verdadera
naturaleza, la donación y la ternura se
arraigan y se manifiestan como un afecto
auténtico y hondo, más poderoso que la
muerte.
25 Esa autenticidad del amor requiere
fidelidad y rectitud en todas las relaciones
matrimoniales. Dios, comenta Santo Tomás de
Aquino, ha unido a las diversas funciones de
la vida humana un placer, una satisfacción;
ese placer y esa satisfacción son por tanto
buenos. Pero si el hombre, invirtiendo el
orden de las cosas, busca esa emoción como
valor último, despreciando el bien y el fin
al que debe estar ligada y ordenada, la
pervierte y desnaturaliza, convirtiéndola en
pecado, o en ocasión de pecado.
La castidad —no simple continencia, sino
afirmación decidida de una voluntad
enamorada— es una virtud que mantiene la
juventud del amor en cualquier estado de
vida. Existe una castidad de los que sienten
que se despierta en ellos el desarrollo de
la pubertad, una castidad de los que se
preparan para casarse, una castidad de los
que Dios llama al celibato, una castidad de
los que han sido escogidos por Dios para
vivir en el matrimonio.
¿Cómo no recordar aquí las palabras fuertes
y claras que nos conserva la Vulgata, con la
recomendación que el Arcángel Rafael hizo a
Tobías antes de que se desposase con Sara?
El ángel le amonestó así: Escúchame y te
mostraré quiénes son aquellos contra los que
puede prevalecer el demonio. Son los que
abrazan el matrimonio de tal modo que
excluyen a Dios de sí y de su mente, y se
dejan arrastrar por la pasión como el
caballo y el mulo, que carecen de
entendimiento. Sobre éstos tiene potestad el
diablo.
No hay amor humano neto, franco y alegre en
el matrimonio si no se vive esa virtud de la
castidad, que respeta el misterio de la
sexualidad y lo ordena a la fecundidad y a
la entrega. Nunca he hablado de impureza, y
he evitado siempre descender a casuísticas
morbosas y sin sentido; pero de castidad y
de pureza, de la afirmación gozosa del amor,
sí que he hablado muchísimas veces, y debo
hablar.
Con respecto a la castidad conyugal, aseguro
a los esposos que no han de tener miedo a
expresar el cariño: al contrario, porque esa
inclinación es la base de su vida familiar.
Lo que les pide el Señor es que se respeten
mutuamente y que sean mutuamente leales, que
obren con delicadeza, con naturalidad, con
modestia. Les diré también que las
relaciones conyugales son dignas cuando son
prueba de verdadero amor y, por tanto, están
abiertas a la fecundidad, a los hijos.
Cegar las fuentes de la vida es un crimen
contra los dones que Dios ha concedido a la
humanidad, y una manifestación de que es el
egoísmo y no el amor lo que inspira la
conducta. Entonces todo se enturbia, porque
los cónyuges llegan a contemplarse como
cómplices: y se producen disensiones que,
continuando en esa línea, son casi siempre
insanables.
Cuando la castidad conyugal está presente en
el amor, la vida matrimonial es expresión de
una conducta auténtica, marido y mujer se
comprenden y se sienten unidos; cuando el
bien divino de la sexualidad se pervierte,
la intimidad se destroza, y el marido y la
mujer no pueden ya mirarse noblemente a la
cara.
Los esposos deben edificar su convivencia
sobre un cariño sincero y limpio, y sobre la
alegría de haber traído al mundo los hijos
que Dios les haya dado la posibilidad de
tener, sabiendo, si hace falta, renunciar a
comodidades personales y poniendo fe en la
providencia divina: formar una familia
numerosa, si tal fuera la voluntad de Dios,
es una garantía de felicidad y de eficacia,
aunque afirmen otra cosa los fautores
equivocados de un triste hedonismo.
26. No olvidéis que entre los esposos, en
ocasiones, no es posible evitar las peleas.
No riñáis delante de los hijos jamás: les
haréis sufrir y se pondrán de una parte,
contribuyendo quizá a aumentar
inconscientemente vuestra desunión. Pero
reñir, siempre que no sea muy frecuente, es
también una manifestación de amor, casi una
necesidad. La ocasión, no el motivo, suele
ser el cansancio del marido, agotado por el
trabajo de su profesión; la fatiga —ojalá no
sea el aburrimiento— de la esposa, que ha
debido luchar con los niños, con el servicio
o con su mismo carácter, a veces poco recio;
aunque sois las mujeres más recias que los
hombres, si os lo proponéis.
Evitad la soberbia, que es el mayor enemigo
de vuestro trato conyugal: en vuestras
pequeñas reyertas, ninguno de los dos tiene
razón. El que está más sereno ha de decir
una palabra, que contenga el mal humor hasta
más tarde. Y más tarde —a solas— reñid, que
ya haréis en seguida las paces.
Pensad vosotras en que quizá os abandonáis
un poco en el cuidado personal, recordad con
el proverbio que la mujer compuesta saca al
hombre de otra puerta: es siempre actual el
deber de aparecer amables como cuando erais
novias, deber de justicia, porque
pertenecéis a vuestro marido: y él no ha de
olvidar lo mismo, que es vuestro y que
conserva la obligación de ser durante toda
la vida afectuoso como un novio. Mal signo,
si sonreís con ironía, al leer este párrafo:
sería muestra evidente de que el afecto
familiar se ha convertido en heladora
indiferencia.
27. No se puede hablar del matrimonio sin
pensar a la vez en la familia, que es el
fruto y la continuación de lo que con el
matrimonio se inicia. Una familia se compone
no sólo del marido y de la mujer, sino
también de los hijos y, en uno u otro grado,
de los abuelos, de los otros parientes y de
las empleadas del hogar. A todos ellos ha de
llegar el calor entrañable, del que depende
el ambiente familiar.
Ciertamente hay matrimonios a los que el
Señor no concede hijos: es señal entonces de
que les pide que se sigan queriendo con
igual cariño, y que dediquen sus energías
—si pueden— a servicios y tareas en
beneficio de otras almas. Pero lo normal es
que un matrimonio tenga descendencia. Para
estos esposos, la primera preocupación han
de ser sus propios hijos. La paternidad y la
maternidad no terminan con el nacimiento:
esa participación en el poder de Dios, que
es la facultad de engendrar, ha de
prolongarse en la cooperación con el
Espíritu Santo para que culmine formando
auténticos hombres cristianos y auténticas
mujeres cristianas.
Los padres son los principales educadores de
sus hijos, tanto en lo humano como en lo
sobrenatural, y han de sentir la
responsabilidad de esa misión, que exige de
ellos comprensión, prudencia, saber enseñar
y, sobre todo, saber querer; y poner empeño
en dar buen ejemplo. No es camino acertado,
para la educación, la imposición autoritaria
y violenta. El ideal de los padres se
concreta más bien en llegar a ser amigos de
sus hijos: amigos a los que se confían las
inquietudes, con quienes se consultan los
problemas, de los que se espera una ayuda
eficaz y amable.
Es necesario que los padres encuentren
tiempo para estar con sus hijos y hablar con
ellos. Los hijos son lo más importante: más
importante que los negocios, que el trabajo,
que el descanso. En esas conversaciones
conviene escucharles con atención,
esforzarse por comprenderlos, saber
reconocer la parte de verdad —o la verdad
entera— que pueda haber en algunas de sus
rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a
encauzar rectamente sus afanes e ilusiones,
enseñarles a considerar las cosas y a
razonar; no imponerles una conducta, sino
mostrarles los motivos, sobrenaturales y
humanos, que la aconsejan. En una palabra,
respetar su libertad, ya que no hay
verdadera educación sin responsabilidad
personal, ni responsabilidad sin libertad.
28. Los padres educan fundamentalmente con
su conducta. Lo que los hijos y las hijas
buscan en su padre o en su madre no son sólo
unos conocimientos más amplios que los suyos
o unos consejos más o menos acertados, sino
algo de mayor categoría: un testimonio del
valor y del sentido de la vida encarnado en
una existencia concreta, confirmado en las
diversas circunstancias y situaciones que se
suceden a lo largo de los años.
Si tuviera que dar un consejo a los padres,
les daría sobre todo éste: que vuestros
hijos vean —lo ven todo desde niños, y lo
juzgan: no os hagáis ilusiones— que
procuráis vivir de acuerdo con vuestra fe,
que Dios no está sólo en vuestros labios,
que está en vuestras obras; que os esforzáis
por ser sinceros y leales, que os queréis y
que los queréis de veras.
Es así como mejor contribuiréis a hacer de
ellos cristianos verdaderos, hombres y
mujeres íntegros capaces de afrontar con
espíritu abierto las situaciones que la vida
les depare, de servir a sus conciudadanos y
de contribuir a la solución de los grandes
problemas de la humanidad, de llevar el
testimonio de Cristo donde se encuentren más
tarde, en la sociedad.
29. Escuchad a vuestros hijos, dedicadles
también el tiempo vuestro, mostradles
confianza; creedles cuando os digan, aunque
alguna vez os engañen; no os asustéis de sus
rebeldías, puesto que también
vosotros a su edad fuisteis más o menos
rebeldes; salid a su encuentro, a mitad de
camino, y rezad por ellos, que acudirán a
sus padres con sencillez —es seguro, si
obráis cristianamente así—, en lugar de
acudir con sus legítimas curiosidades a un
amigote desvergonzado o brutal. Vuestra
confianza, vuestra relación amigable con los
hijos, recibirá como respuesta la sinceridad
de ellos con vosotros: y esto, aunque no
falten contiendas e incomprensiones de poca
monta, es la paz familiar, la vida
cristiana.
¿Cómo describiré —se pregunta un
escritor de los primeros siglos— la
felicidad de ese matrimonio que la Iglesia
une, que la entrega confirma, que la
bendición sella, que los ángeles proclaman,
y al que Dios Padre tiene por celebrado?...
Ambos esposos son como hermanos, siervos el
uno del otro, sin que se dé entre ellos
separación alguna, ni en la carne ni en el
espíritu. Porque verdaderamente son dos en
una sola carne, y donde hay una sola carne
debe haber un solo espíritu... Al contemplar
esos hogares, Cristo se alegra, y les envía
su paz; donde están dos, allí está también
El, y donde El está no puede haber nada
malo.
30. Hemos procurado resumir y comentar
algunos de los rasgos de esos hogares, en
los que se refleja la luz de Cristo, y que
son, por eso, luminosos y alegres —repito—,
en los que la armonía que reina entre los
padres se trasmite a los hijos, a la familia
entera y a los ambientes todos que la
acompañan. Así, en cada familia
auténticamente cristiana se reproduce de
algún modo el misterio de la Iglesia,
escogida por Dios y enviada como guía del
mundo.
A todo cristiano, cualquiera que sea su
condición —sacerdote o seglar, casado o
célibe—, se le aplican plenamente las
palabras del apóstol que se leen
precisamente en la epístola de la festividad
de la Sagrada Familia: Escogidos de Dios,
santos y amados. Eso somos todos, cada uno
en su sitio y en su lugar en el mundo:
hombres y mujeres elegidos por Dios para dar
testimonio de Cristo y llevar a quienes nos
rodean la alegría de saberse hijos de Dios,
a pesar de nuestros errores y procurando
luchar contra ellos.
Es muy importante que el sentido vocacional
del matrimonio no falte nunca tanto en la
catequesis y en la predicación, como en la
conciencia de aquellos a quienes Dios quiera
en ese camino, ya que están real y
verdaderamente llamados a incorporarse en
los designios divinos para la salvación de
todos los hombres.
Por eso, quizá no puede proponerse a los
esposos cristianos mejor modelo que el de
las familias de los tiempos apostólicos: el
centurión Cornelio, que fue dócil a la
voluntad de Dios y en cuya casa se consumó
la apertura de la Iglesia a los gentiles;
Aquila y Priscila, que difundieron el
cristianismo en Corinto y en Efeso y que
colaboraron en el apostolado de San Pablo;
Tabita, que con su caridad asistió a los
necesitados de Joppe. Y tantos otros hogares
de judíos y de gentiles, de griegos y de
romanos, en los que prendió la predicación
de los primeros discípulos del Señor.
Familias que vivieron de Cristo y que dieron
a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades
cristianas, que fueron como centros de
irradiación del mensaje evangélico. Hogares
iguales a los otros hogares de aquellos
tiempos, pero animados de un espíritu nuevo,
que contagiaba a quienes los conocían y los
trataban. Eso fueron los primeros
cristianos, y eso hemos de ser los
cristianos de hoy: sembradores de paz y de
alegría, de la paz y de la alegría que Jesús
nos ha traído.