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ESPERANZA
Ante el progreso de la “zafiedad”,
Dios también concede “el poder de
asquearse y la gracia de aburrirse”
(René Bazin, cit por J. M. Pemán).
Ambas cosas pueden abrir a la
conversión, como el hastío de placer
y el ansia de amor y de belleza.
La primera dimensión de la esperanza
es el optimismo: existe un futuro
por alcanzar mejor que el presente.
Dice Leonardo Polo que el optimismo
sin esperanza es propio de tímidos y
desilusionados. Un dicho inglés: el
optimismo sostiene que estamos en el
mejor de los mundos posibles; el
pesimista es el que cree que esto es
verdad. La filosofía de Leibniz es
de este tipo: optimismo pesimista,
optimismo infiel a sí mismo, porque
en ese mundo óptimo no hay nada que
hacer, nada que mejorar. Es un mundo
cerrado a los proyectos humanos. Es
un ámbito para jubilados, sin
historia, sin innovación.
El optimista esperanzado entiende
que hay mucho que hacer, mucho que
mejorar; y se puede mejorar, más
aún, yo mismo puedo mejorar, puedo
aspirar a un estilo de vida superior
al actual. Por eso el optimista no
se instala en el presente, sino que
emprende un trayecto que conduce a
una meta (todavía no alcanzada).
La esperanza es el armazón de la
vida humana en el tiempo. El tiempo
no es mero transcurso, sino la
posibilidad de crecimiento. Crecer
es el modo más intenso de aprovechar
el tiempo, poniéndolo al servicio de
la vida.
El hombre es capaz de un crecimiento
sin límite, superior al crecimiento
orgánico, porque pertenece al orden
del espíritu y es posible en todas
las etapas de la vida humana.
Puede crecer en fe, en esperanza, en
amor humano y teologal; en
prudencia, en justicia, en
fortaleza, en templaza, en señorío,
en libertad.
La segunda dimensión de la esperanza
-según Polo- es la convicción de que
el advenimiento del futuro
depende del actuar humano, no
está a merced de fuerzas ajenas al
hombre. La utopía dice: los tiempos
son malos y no hay nada que podamos
cambiar, pero los males que nos
aquejan desaparecerán y se
instaurará una situación óptima
final. No estamos en el mejor mundo
posible, pero lo estaremos, en
virtud de factores ajenos a las
fuerzas humanas.
Pero el futuro utópico ¿podríamos
reconocerlo como propio? No, porque
sería una situación extrahumana,
establecida determinísticamente,
ajeno a la libertad. La utopía es
una forma de alienación.
El tercer factor de la esperanza
es la tarea personal. Si la
esperanza se instaura en el tránsito
hacia el futuro, si lo mejor está
por venir y no llegará sin contar
con el esfuerzo humano, su
advenimiento exige una tarea,
comporta un compromiso íntimo. Es un
deber, impone una obligación: el
crecimiento. Lo que tiene que
mejorar, ante todo, es el ser
humano.
La esperanza propone un futuro
intrínseco al hombre: que el hombre
se haga mejor. Hay que mejorar la
situación presente para acceder al
futuro, como sucede en la parábola
evangélica, en la que un convidado
entra sin traje nupcial, es decir,
sin haber cambiado, sin haber
mejorado. Es echado fuera.
Entonces es preciso preguntarse:
¿con qué recursos cuento para
alcanzar la meta?
Necesariamente han de ser recursos
insuficientes, porque si los
tuviéramos todos ya no haría falta
más. No cabría la novedad, el
futuro. El advenimiento no tendría
sentido, porque sería permanecer en
lo mismo. Y esperanza es querer ser
más.
Por eso la esperanza requiere una
dosis de aventura, de riesgo. Cuando
se siembra no es seguro que se
recogerá la cosecha.
Otro factor: (la solidaridad o
fraternidad). La meta no se alcanza
en la estricta soledad. El hombre
aislado carece de posibilidades.
Cuentan de Alejandro Magno que
estaba preparándose para una gran
batalla y, antes, repartió todos sus
bienes entre sus capitanes. Uno de
ellos le dijo: Señor, ¿y a usted que
le queda? Y Alejandro respondió: "a
mí, me queda la esperanza".
Antonio Orozco
(sobre reflexiones de Leonardo Polo)
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