Entrevista a Ricardo Piñero
Por Antonio Orozco
Arvo Net,
23 de
marzo 2006
Ricardo Piñero es Profesor
Titular de Estética y Teoría
de las Artes en la
Universidad de Salamanca y
miembro Académico del Centro
de Estudios de Cultura
Medieval de la Universidad
de San Petersburgo (Rusia).
Es autor de numerosos
trabajos publicados en
revistas especializadas y de
varios libros: La
estética de Plotino
(1995), Filosofía
medieval cristiana en España
(1999), Teorías del arte
clásico (1999),
Teorías del arte helenístico
y romano (2000),
Teorías del arte medieval
(2000), Imágenes
incompletas (2005).
Recientemente ha publicado
El olvido del diablo
[1], cosa de entrada
sorprendente. ¿Qué interés
puede tener un filósofo
–encima, con la sensibilidad
de estudioso de las teorías
del arte y la estética-, en
un ser que, precisamente, ha
caído en el olvido y cuya
aspecto, si existe ha de ser
más bien repugnante? Esta es
la cuestión que le planteo
en primer lugar.
R.P.- Como usted sabe, la
filosofía, desde sus
comienzos en la antigua
Grecia, aspira a un saber
universal desde los primeros
principios de la realidad.
No se trata de pensar en
entes abstractos, sino en la
realidad tal como es, para
descubrirla en sus porqués
más profundos. La cuestión
del sentido de la
realidad es lo que a todos
nos interesa. ¿Quiénes
somos, de dónde venimos, a
dónde vamos, qué sentido
tiene nuestro vivir en el
mundo? ¿Qué es el mundo, qué
es el hombre, qué es el
bien, qué es el mal, qué es
la libertad? No son
cuestiones de ciencia
empírica, sino filosóficas.
Y la gran cuestión que se
plantea el hombre de todos
los tiempos: Dios, en la
cumbre del conocimiento
racional. Pero centrándonos
en su pregunta, el interés
por el diablo –quién es y
cómo actúa – está implicado
en todas estas cuestiones
apuntadas. Es una criatura
que realmente existe, aunque
lo hayamos olvidado; forma
parte de la realidad.
Y actúa en el mundo; tiene
que ver y mucho con la
realidad del mal que
experimentamos a diario;
puede influir de algún modo
realmente en el
ejercicio de la libertad del
hombre; y su acción es
fundamentalmente el de un
rebelde que se enfrenta a la
bondad de Dios. No conocemos
bien la realidad del mundo,
del hombre y de los
designios de Dios, si no
conocemos la realidad del
diablo.
A.O. Pero usted, como
filósofo, ha de atenerse a
lo que pueda descubrir con
argumentos racionales,
partiendo de la experiencia.
El diablo ¿no es un ser cuyo
conocimiento escapa a la
observación, por lo menos de
las personas corrientes? ¿Se
puede demostrar
racionalmente la existencia
del diablo?
R.P. – No pretendo demostrar
la existencia del diablo,
sino mostrarla. No
desde premisas filosóficas.
Nadie es sólo médico, sólo
físico, sólo matemático, o
sólo arquitecto. Todos
tenemos inteligencia para
ampliar el área de nuestro
conocimiento, sobre todo el
de aquellas realidades
próximas o afines a la
materia de nuestro estudio.
Obviamente, si reflexionamos
sobre la vida concreta de la
persona humana, sobre su
conducta, sobre su libertad,
hemos de recurrir al
conocimiento teológico y a
la reflexión moral. La
historia del diablo, incluso
su "genética", ha sido
relatada en muchas ocasiones
y desde tradiciones muy
variadas, desde el oriente
hasta el occidente. Por mi
parte, facilito mi análisis
en el marco de la religión
cristiana. En cualquier
caso, todas las tradiciones
que abordan el tema del
diablo tienen un punto de
encuentro que resalta sobre
los demás: su carácter
rebelde. La historia del
diablo es la historia de una
rebelión.
A.O. Ciñéndonos a la
tradición cristiana, ¿cómo
calificar la afirmación de
la existencia del diablo?
¿Forma parte de la
revelación divina que la
Iglesia enseña como tal para
ser creída por todos los
fieles?
R.P.- Sin duda alguna. En el
libro al que nos estamos
refiriendo repaso –aunque
sin ánimo de exhaustividad-
el Antiguo y el Nuevo
Testamento, las enseñanzas
de los Padres y Doctores de
la Iglesia, así como su
Magisterio a lo largo de los
siglos, hasta Juan Pablo II.
Precisamente el mismo día en
que falleció este gran Papa
comencé a escribir "El
olvido del diablo", con el
material que había ido
recogiendo sobre el tema
durante algún tiempo.
A.O.- ¿Qué importancia
práctica tiene, conocer la
existencia del diablo? Me
parece que no es frecuente
en la catequesis habitual
oír hablar de él y de su
acción en el mundo.
R.P.- No me atrevería a
decir que no se habla de
ello en la catequesis, pero
fuera de la Iglesia sí que
se habla y mucho, pero en un
sentido diverso. Creer que
el diablo –tal como lo
presenta la Sagrada
Escritura- no existe,
es algo mucho más peligroso
que afirmar –en el sentido
nietzscheano- que "Dios ha
muerto". Olvidarse del
diablo es infravalorar los
dones que Dios nos brinda en
cada momento. No reconocer
la presencia del Maligno
puede incapacitarnos para
degustar la suavidad de la
Gracia. Ignorar que el
diablo busca embaucarnos y
envenenarnos con su
palabrería puede taponar
nuestros oídos para que en
ellos deje de resonar la
palabra de Dios, que se hace
presente en los textos
sagrados. En ellos se nos
haba de su Ser, de nuestro
ser, del universo, de la
vida de Dios y de los
hombres, de sus flaquezas y
de sus dones, de sus luchas
y de sus peligros. Con este
recurso la Biblia no
pretende hacer un compendio
de demonología, sino tan
solo constatar que el diablo
es un personaje fundamental,
tan relevante que sólo
en el Nuevo Testamento –
libros históricamente bien
probados
- las referencias al
Adversario superan el medio
millar, y son bien conocidas
las escenas de lucha que
narra el Apocalipsis.
Una de las claves de lectura
de los Evangelios –no la
única, ni la eminente- es,
desde luego, el combate de
Cristo mismo contra el
diablo, una lucha que
termina con el triunfo
soberano de Jesús sobre "el
Príncipe de este mundo".
A.O. En cierta ocasión
el periodista Peter Seewald,
entrevistando al cardenal
Ratzinger, le dijo: «Según
Sartre, el diablo es
Hitler».
R.P. Sí, en aquella ocasión,
el hoy papa Benedicto XVI,
respondió que no es posible
asegurar que Hitler fuera el
diablo; era un ser humano.
No obstante, añadió, sí hay
testigos que han aportado
testimonios fehacientes para
suponer que Hitler tuvo de
hecho una especie de
encuentros demoníacos y que
comentaba tembloroso: «Ha
vuelto a estar aquí».
Son cosas que no se pueden
investigar a fondo. Sin
embargo, Ratzinger consideró
que la manera en que Hitler
detentaba el poder, la
magnitud del terror y la
desgracia que ocasionó ese
poder sí pueden demostrar
que Hitler se hallaba
inmerso en un entorno
diabólico.
Por su parte, Pablo VI
sintió la necesidad de
recordar la fe de la Iglesia
sobre esta materia: «el mal
no es ya sólo una
deficiencia, sino una
eficiencia, un ser vivo,
espiritual, pervertido y
pervertidor. Terrible
realidad, misteriosa y
pavorosa. Quien rehúsa
reconocer su existencia, se
sale del marco de la
enseñanza bíblica y
eclesiástica…»
[L'Osservatore Romano,
19-XI-1972]. Todos, como san
Pablo, no acabamos de
explicarnos por qué en
ocasiones no hacemos el bien
que queremos y en cambio
hacemos el mal que no
queremos. Una gran fuerza
nos tienta.
A.O. ¿Quiere decir que la
fuerza del diablo puede
anular nuestra libertad?
R.P. Fuera de casos muy
raros y extremos, que ahora
no vale la pena comentar, no
puede hacerlo. Pero es
preciso no olvidar que el
diablo existe y que sólo la
gracia de Dios nos hace
inmunes, sólo sabiéndonos en
manos de Dios podemos
combatir. Nuestra esperanza
es nuestra piedad, nuestra
fe en Él es nuestro
conocimiento, nuestro temor
nuestra prudencia, nuestro
amor hacia Él nuestra
integridad.
La creencia en el diablo no
se funda en una superstición
irracional, sino en la
percepción de la presencia
del mal, aún más, en el
reconocimiento de su
realidad. Afirmar su
existencia y percibir su
presencia son los primeros
pasos para poder combatirlo.
La derrota sería segura si
cerráramos los ojos a su
existencia. Entonces nos
abandonaríamos o nos
creeríamos autosuficientes
ante el mal, caeríamos en la
gran mentira. El diablo es
"padre de la mentira". Ahora
bien, si reconocemos la
insuficiencia de nuestras
fuerzas ante el mal y nos
abrimos a la fuerza
redentora de Cristo, estamos
salvados.
A.O.- Cristo, verdadero Dios
y verdadero hombre, fue
también tentado por el
diablo.
R. P. Es un misterio grande,
que manifiesta la verdad de
la encarnación del Verbo.
Una Persona divina quiso
compartir nuestra existencia
en todo. Es falso que
pudiera «caer» en tentación
alguna, ni siquiera podía
tener una mala inclinación,
por leve que fuera, en
absoluto. Pero en su
humanidad, podía sentir la
misma hambre que nosotros,
la misma dificultad ante lo
arduo. Siendo de una
Persona divina, la
naturaleza humana de Jesús
se hallaba abandonada
a las solas fuerzas humanas
("se anonadó a sí mismo",
dice san Pablo). Y se expone
también a las sugestiones
del diablo, que acude a
tentarle en los momentos de
mayor debilidad natural.
Después de ayunar cuarenta
días en un lugar desierto,
el diablo le tienta para que
busque su alimento fuera de
la voluntad de su Padre;
para que separe su voluntad
humana de la voluntad
divina; para que reniegue de
un Dios que le hace sufrir,
que consiente su padecer. El
eje que mantiene la
arquitectura de las
tentaciones es un
condicional que el diablo
pronuncia como desafiante,
porque ahí está la clave:
si eres Hijo de Dios… Lo
que pretende no es tanto que
haga un espectacular milagro
como que Cristo pierda la
confianza en el Padre. La
claudicación sería esto:
desconfiar de Dios, incluso
desconfiar de que Él mismo
es la Palabra de Dios, el
Verbo encarnado, y no que
Jesús hiciera un gesto más o
menos extraordinario.
Pero Jesús no ignora que
Satanás es un calumniador,
un mentiroso, un engañador.
Lo que Cristo hace en el
desierto es iluminar nuestra
mirada, fortalecer nuestra
voluntad, para que esté
atenta, para que se mantenga
viva y orientada a Dios.
Flaquear en la necesidad no
es una culpa, es lo normal.
Pero ante esa debilidad
propia de la condición
humana, lo que Jesús nos
dice es que nosotros también
somos hijos de Dios, y por
eso no debemos perder la
esperanza, debemos reforzar
la confianza, incluso en
medio de nuestros propios
desiertos. Si nos sentimos
hijos de Dios, estamos a
salvo, aunque no para
siempre, sino hasta la
siguiente ocasión en la que
se nos presente Satán. Para
eso no hay que hacer una
invocación especial, ni
rituales satánicos, ni otras
supercherías. Ya se encarga
el Adversario de retornar en
cuanto ve que nos hemos
olvidado de nuestra
filiación, cuando contempla
tranquilamente –siempre está
vigilante- que nuestra
acción libre está dispuesta
a elegir otro sendero que no
es el del bien.
* Luso-Española de
Ediciones, Salamanca 2006,
139 págs.
lusoesp@iponet.es
.-
http://www.lusoesp.com