Compadres, pónganle unas
letras al coronel
Por Ignacio Arellano
Catedrático de
Literatura
Premio Rivadeneyra
15 de junio 2002
Algunos de mis amigos
colombianos en la tierra
caliente de Cúcuta
(Norte de Santander), no
comprenden bien cuál es
la gracia que los
lectores europeos ven en
Gabriel García Márquez:
al fin y al cabo, según
dice mi amiga Estela
Mariño Suárez (oriunda
de Boyacá), solo cuenta
cosas de todos los días,
historias corrientes y
consuetudinarias. Y mi
amiga Estela, mientras
fríe el plátano y cuela
el café, espantando de
su cocina a las
mariposas y las iguanas,
demuestra que, en
efecto, las novelas de
García Márquez son una
mera crónica de
Colombia, un país mágico
señoreado por las
terribles violencias de
inacabables guerras
civiles, mestizo de
razas y de mitos, con
sabios científicos y
gramáticos y un español
inigualable (el que
sirve a García Márquez
para construir su mundo
literario). En ese país
de selvas y costas, del
bambuco y el pasillo
(Brisas del Pamplonita,
La sombrerera,
Espumas...), vuelan los
colibríes y se posan los
gallinazos en las
barandas; es el reino de
Eldorado que buscó sin
descanso Hernán Pérez de
Quesada, del
narcotráfico y del
petróleo de la Guajira,
de las esmeraldas de
Muzo...un reino que
paseó el grande y
desdichado Bolívar, cuyo
frustrado sueño evoca
García Márquez en El
general en su laberinto.
Cosas de todos los días,
ciertamente...en
Colombia.
Hay una novela de García
Márquez, mucho más breve
y aparentemente menos
ambiciosa que esas
sinfonías de lo
maravilloso llamadas
Cien años de Soledad o
El otoño del patriarca,
y que es sin embargo de
una precisión y de una
densidad admirables. El
coronel no tiene quien
le escriba es Colombia
en estado puro: una
epopeya de la dignidad,
la resistencia inútil y
la soledad heroica de un
personaje que
necesariamente ha de
pervivir en la memoria
de sus lectores. Con el
aroma del café
colombiano se abre el
relato ("El coronel
destapó el tarro del
café y comprobó que no
había más de una
cucharadita"), y con el
doblar de las campanas
para un funeral. Dos
símbolos esenciales del
mundo en el que agoniza
desde hace décadas el
coronel, en espera de
una carta que nunca
llega, con la noticia de
su prometida pensión de
soldado jubilado de las
guerras civiles:
"durante cincuenta y
seis años -desde cuando
terminó la última guerra
civil- el coronel no
había hecho nada
distinto de esperar".
Por raro azar el muerto
a cuyo funeral se dirige
el coronel, riguroso
cumplidor de sus
obligaciones sociales,
es el primer fallecido
de muerte natural en
muchos años. Lo normal
en el clima de violencia
política es la muerte
sangrienta, como la que
ha sufrido el hijo del
propio coronel meses
antes del iniciarse la
acción narrada. A los
viejos padres les queda
en herencia un gallo de
pelea, que apenas pueden
alimentar en las ruinas
de una casa hipotecada.
El coronel no se rinde:
mientras espera cada
viernes esa carta
extraviada en el
laberinto burocrático
del Ministerio de la
Guerra, que nunca llega
(y nunca llegará), cuida
al gallo para la riña y
se dedica con maniática
precisión a los detalles
cotidianos más nimios
("hacía cada cosa como
si fuera un acto
trascendental": preparar
el café, dar cuerda al
reloj, abotonarse la
camisa, dar de comer a
su gallo, cuidar a su
mujer enferma...) en una
decisión férrea de
aguantar. El gallo es el
recuerdo del hijo, es la
esperanza y es sobre
todo el emblema de la
resistencia. Frente a la
visión práctica de su
mujer que quiere vender
el ave y olvidar las
ilusiones baldías, el
coronel mantiene
estoicamente su bandera
erguida: "-La ilusión no
se come, dijo la mujer.
-No se come, pero
alimenta, replicó el
coronel". Transcurre el
invierno en el pueblo:
llueve sin parar, los
intestinos le molestan,
siente que se está
pudriendo vivo, la
soledad lo abruma ("un
hombre solo sin otra
ocupación que esperar el
correo todos los
viernes"), la pobreza lo
acosa, y el correo jamás
le trae la carta
esperada, porque el
coronel no tiene quien
le escriba. Un día
siente la tentación de
ceder y arregla la venta
del gallo a su compadre
Sabas, ejemplo del
político local capaz de
sobrevivir a los
conflictos y abusar de
la situación para
enriquecerse, pero los
amigos de su hijo
difunto le hacen ver que
el gallo es en realidad
de todo el pueblo, es la
rebeldía y la dignidad
("Dijeron que el gallo
no era nuestro sino de
todo el pueblo. Hicieron
bien, dijo calmadamente.
Y luego, registrándose
los bolsillos, agregó
con una especie de
insondable dulzura. -El
gallo no se vende").
Renuncia, pues, al
espejo para afeitarse y
a los zapatos nuevos, y
alimentándose con el
maíz del gallo y con los
recuerdos de su
juventud, atraviesa
inacabables días de
fatiga mientras conversa
en sueños con "aquel
inglés disfrazado de
tigre que apareció en
campamento del coronel
Aureliano Buendía" (el
duque de Malborough, el
Mambrú fabuloso de las
canciones) rememorando
las batallas y las
derrotas de su juventud
militar.
La economía lingüística
con que se retrata la
figura del coronel se
corresponde con la
esquelética condición
del héroe y la ascética
simplicidad de su mundo.
Despojado de todo,
incluso de la esperanza,
prepara su última
batalla, quizá su
derrota definitiva. En
memoria de su hijo
transmite mensajes
clandestinos a sus
copartidarios, pero su
arma verdadera es el
gallo. Su mujer
protesta: "Todo el mundo
ganará con el gallo,
menos nosotros. Somos
los únicos que no
tenemos ni un centavo
para apostar. Ahora todo
el mundo tiene su vida
asegurada y tú estás
muerto de hambre,
completamente solo". El
coronel responde con
inalterable ingenuidad:
"Cumplimos nuestro
deber. No estoy solo. Es
un gallo que no puede
perder".
El campeón del coronel
puede, claro está,
perder y seguramente
acabará perdiendo. Sea
como fuere, ahí van mil
pesos apostados por su
gallo bataraz. Y
pónganle, compadres,
unas letras, que espera
cada viernes el correo,
y el coronel no tiene
quien le escriba.
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