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MACBETH ASESINA AL SUEÑO EN IN (Ignacio Arellano) |
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MACBETH ASESINA AL SUEÑO EN INVERNESS |
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Desde la primera escena Shakespeare no nos deja respiro: en medio de la tempestad tres brujas preparan su encuentro con Macbeth, cuando termine una batalla que está librando.
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Por Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Premio Rivadeneyra de la Real Academia Española
Cuando Marco Antonio en Julio César de Shakespeare, finge aceptar la muerte de César y las razones de los conspiradores, maquina en realidad, una terrible venganza: "Caerá una maldición sobre los huesos del hombre, discordias intestinas y los furores de la guerra civil devastarán a Italia entera. El espíritu de César, hambriento de venganza, en compañía de la diosa Até, salida del infierno, gritará ¡matanza! y desencadenará los perros de la guerra". Estos feroces perros de la guerra se enseñorean también de una de las más importantes obras del dramaturgo inglés, la portentosa tragedia de Macbeth, el usurpador del trono del rey Duncan, al que traiciona para tomar el poder.
Desde la primera escena Shakespeare no nos deja respiro: en medio de la tempestad tres brujas preparan su encuentro con Macbeth, cuando termine una batalla que está librando. Macbeth, victorioso, después de abrir en canal al caudillo rebelde ("desde el ombligo a las quijadas"), cargado con la densidad de la muerte que acaba de sembrar, se encuentra en el páramo con las brujas, que le saludan con "títulos de gloria y anuncio de grandezas y pompas reales" y le predicen el ascenso al trono: "Salve, Macbet, tú serás rey". La ambición de Macbeth se desata y comienzan sus cavilaciones: "el pensamiento del homicidio, más horroroso que la realidad misma, comienza a dominarme y a oscurecer mi albedrío". Pero sospechamos que estas brujas no hacen ninguna falta para despertar su ambición y que los pensamientos que le atormentan no es la primera vez que los tiene. Sin brujas Macbeth haría lo mismo. Nos certificamos en esta opinión cuando conocemos a la dominadora mujer de Macbeth, de ambición más poderosa aún, sin que a ella las brujas le hayan profetizado nada. ¿Para qué pone entonces Shakespeare a estas brujas, con su caldero y sus conjuros y sus demonios? Me parece evidente que ningún espectador de teatro en su sano juicio estaría dispuesto a prescindir de la visualidad espectral de estas hermanas fatídicas que son a la vez, imagen de las Parcas, y que colocan toda la acción del drama bajo el total dominio de la muerte. ¿Es Macbeth un instrumento de las brujas malignas o son las brujas una representación simbólica del alma condenada de Macbeth? "Tienes ambición de gloria, dice lady Macbeth, a su marido, pero temes el mal. Quisieras conseguir por medios lícitos un fin injusto y coger el fruto de la traición sin ser traidor". Para conseguir el fruto de la corona hay que ser traidor al rey Duncan y eliminarlo de la faz de la tierra. "Si los hados quieren hacerme rey lo harán sin que yo busque la corona" dice en otra ocasión Macbeth. Gran mentira. Buscará la corona, y no retrocederá ante ninguna violencia, vistiendo para ello, como otros asesinos de Shakespeare, la máscara de la lealtad y la honradez: "Oculte con traidora máscara nuestro semblante lo que maquina el alma". Y los Macbeth se entregan al mal y desatan el caos. La habilidad maravillosa de Shakespeare se hace patente en el desarrollo del crimen central, el asesinato del rey Duncan mientras se aloja en el castillo de Inverness, propiedad de sus asesinos, para descansar de la campaña militar en la que tantos honores ha ganado Macbeth. A la llegada del rey la tarde es apacible, la brisa vespertina sopla con suavidad, las golondrinas cruzan los delicados aires. Banquo hace observar que el hálito de los cielos embalsama el ambiente y que los nidos de los vencejos pueblan cornisas y frisos del castillo. Es como si se abriera un paréntesis de paz bucólica en una acción de violencia, que elevará por el contraste el aciago mundo nocturno con el que se cierra el día. Después de esa tarde idílica, cae la noche. De manera imprevista, ruge la tormenta, todo se puebla con los chillidos de los búhos, graznidos de cuervos, campanadas misteriosas, golpes que resuenan en el castillo. Se han oído extrañas voces y gritos de agonía, cantos proféticos de muerte y destrucción. Macbeth, presa del insomnio, tiene la visión de un puñal sangriento y esa noche terrible muere el rey bajo ese puñal de Macbeth. Con la misma sabiduría con la que se construye toda la obra, Shakespeare ha ambientado la muerte de Duncan en una atmósfera de cataclismo cósmico: "el viento ha derribado las chimeneas, se han oído lamentos en el aire, voces que profetizaban con acentos terribles grandes conmociones. El ave de las tinieblas ha gemido toda la noche. Aseguran que la tierra ha sentido fiebre y ha temblado".
El asesinato del rey es un sacrilegio: "Un sacrilegio. El templo de la vida del rey, ungido del Señor, ha sido profanado". Y Macbeth no volverá a conciliar el sueño: "Tú no puedes dormir porque has asesinado al sueño", le anuncia una voz que resuena en su oído.
La muerte del rey es solo una de las que Macbeth se ve impulsado a cometer. Seguirán muchas más. La profecía de las brujas anunciaba a Macbeth que él sería rey pero que con él acabaría su estirpe, sucediéndole los hijos de Banquo. En efecto, Macbeth es derrotado por sus enemigos y en la última escena Macduff exhibirá cortada la cabeza maldita del usurpador, mientras se anuncia el suicidio de su infernal esposa. Pero además, Shakespeare, con admirable inteligencia, ha hecho de Macbeth un ser estéril. "Macbeth no tiene hijos", dice el dolorido Macduff cuando se entera de la muerte de los suyos y maquina la venganza contra el asesino, al cual nunca podrá herir de la misma forma, precisamente porque no tiene hijos a los que matar. Muchos críticos han especulado sobre este detalle, sugiriendo en Macbeth impotencia sexual, y en su mujer (que sí ha tenido hijos de un matrimonio anterior que no se nos precisa) frustración conyugal que desemboca en la violencia. Freud apuntó a este propósito que la maldición de no tener hijos era la motivación de Macbeth para el asesinato y la usurpación. ¿Quién sabe?
En cualquier caso, todo ha sido en vano: su grandeza y su gloria son flor de un día. Macbeth comprende que la vida no es sino una sombra, un actor que pasa por el teatro y a quien se olvida después, una hueca y ruidosa fábula narrada por un necio... Lady Macbeth tampoco es capaz de resistir a la locura de su propia maldad: nos será difícil olvidarla, caminando sonámbula por el castillo de Inverness, lavando sin cesar sus manos manchadas de sangre: "siempre está aquí el hedor de la sangre. Todos los perfumes de Arabia no desinfectarían esta pequeña mano mía".
Los Macbeth, por obra y gracia de la poderosa palabra de Shakespeare, seguirán así para siempre, caminando fantasmales por las crujías de su castillo: como Caín, han asesinado al sueño y nunca encontrarán el descanso.
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Fecha: Publicado en El Jardín de los clásicos de El Diario de Navarra, 18 de mayo de 2002
Edición en este Sitio: 24 de mayo 2002
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