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LOPE DE VEGA, POETA DEL CIELO (Ignacio Arellano)

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LOPE DE VEGA, POETA DEL CIELO Y LA TIERRA

«En su presencia todos eran bisoños; ninguno hablaba, el más experimentado enmudecía, ya con veneración, ya con recato [...] Querer competir con Lope es entrarse por el desaire conocido."

Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Fecha: 16 de febrero de 2002
Publicado en: Diario de Navarra

«En su presencia todos eran bisoños; ninguno hablaba, el más experimentado enmudecía, ya con veneración, ya con recato. Callen, comparados con Lope los de la edad latina. Callen las musas toscanas, callen las provenzales, callen las francesas y en todos los idiomas callen también. Querer competir con Lope es entrarse por el desaire conocido», se lee en la necrología de Lope («Urna sacra erigida a las inmortales cenizas de frey Lope Félix de Vega Carpio») que escribió Pellicer de Tovar. No ha existido en toda la literatura universal otro poeta como Lope. Su obra es un vasto océano de versos, un paisaje múltiple, lleno de caminos, florestas y cordilleras. Creador de la comedia nueva, más de cuatrocientas suyas se conservan, es decir, casi millón y medio de versos teatrales. Añádanse sus obras no dramáticas, en las que vertió muchos sucesos de su agitada vida, llena de amores y amoríos, tragedias familiares, destierros, pleitos, hijos legítimos y naturales, frustraciones y crisis económicas y de conciencia... ¿Quién es este Lope, nacido en 1562, de Félix Vega Carpio, bordador, y Francisca Fernández? Largo sería hacer su retrato. Nos contentaremos con evocar algunas huellas de su poesía. No tiene Lope el ingenio malvado de Góngora ni la amargura violenta de Quevedo. Conoce, sí, la tristeza y el fracaso de algunas aspiraciones, pero está demasiado ocupado con la vida y la poesía para entregarse al pesimismo o la angustia existencial. Si Quevedo, al ver una mujer hermosa, piensa en la calavera que será en poco tiempo, Lope, por el contrario, observa una calavera y piensa en la mujer hermosa que sustentaban sus huesos:

Esta cabeza, cuando viva, tuvo
sobre la arquitectura destos huesos
carne y cabellos, por quien fueron presos
los ojos que mirándola detuvo.
Aquí la rosa de la boca estuvo
marchita ya con tan helados besos;
aquí los ojos de esmeralda impresos
color que tantas almas entretuvo...

Siempre se ha dicho que es el poeta en quien más difícil se distinguen los límites entre vida y poesía, porque transmuta en poesía su propia vida. Entendiéndolo con la suficiente cautela, algo hay de eso. El maravilloso libro de «La Dorotea», por ejemplo, recrea su primer gran amor por Elena Osorio, que lo abandonó por el rico Perrenot de Granvela. En los famosos sonetos de los mansos se lamenta del mismo abandono y reclama al ajeno pastor que le devuelva su manso querido: «Suelta mi manso, mayoral extraño, / pues otro tienes de tu igual decoro; / deja la prenda que en alma adoro, / perdida por tu bien y por mi daño». No siempre la vena poética se orienta hacia el lirismo: momentos hay en que se rebela celoso y ataca a la amada traidora y a su familia:

Una dama se vende a quien la quiera.
En almoneda está. ¿Quieren compralla?
Su padre es quien la vende, que aunque calla
su madre la sirvió de pregonera.

Este conflicto le cuesta a Lope una condena de cárcel y destierro, en castigo por la campaña de sátiras que desparrama por Madrid.

Otros muchos amores alimentarán miles de nuevos versos: desde su primera mujer, Isabel de Urbina, a su última amante, Marta de Nevares (ya era viudo, había tomado órdenes sagradas...), pasando por Micaela de Luján, que vivió muchos años con Lope y le dio varios hijos, la actriz Jerónima de Burgos, Lucía Salcedo, y otras más fugaces. A sus versos van a parar también las melancolías por la muerte de su hijo Carlos Félix, Carlillos, que lo llamaba a comer cuando estaba escribiendo («de flores y de perlas hecho / entraba Carlos a llamarme»...), o por la locura final y la muerte de Amarilis (Marta de Nevares): «No quedó sin llorar pájaro en nido, / pez en el agua ni en el monte fiera, / lloró cuanto es amor; hasta el olvido / a amar volvió porque llorar pudiera»). En versos transforma sus crisis de conciencia, el arrepentimiento de sus pecados, la oración que invoca el perdón divino en sus «Rimas sacras». Con versos (su arma mejor manejada) se enfrenta a los poetas culteranos que se están poniendo de moda al abrigo de don Luis de Góngora: «Pululando de culto, Claudio amigo, / minotaurista soy desde mañana;/ derelinquo la frasi castellana, / vayan las Solitúdines conmigo». Y en verso admite su resignación a la soledad:

A mis soledades voy
de mis soledades vengo,
porque para estar conmigo
me bastan mis pensamientos.

Poesía religiosa, popular, amorosa, culta, épica... de todos los ritmos, especies y medidas. En «La Gatomaquia» nos cuenta con humor y brillante colorido la guerra de los gatos Micifuz y Marramaquiz por amor de la bella Zapaquilda; en «La Dragontea» las aventuras del pirata Francis Drake, el Drago o dragón; en «El Isidro» la vida de San Isidro Labrador. No le arredra ni siquiera un tema tan ambicioso como la creación del mundo, que va describiendo en un romance poblado de plantas y animales de todos los elementos, desde los más conocidos delfines, perdices o caballos, hasta los misteriosos glaucos, orcos y tritones; desde las cotidianas avellanas y castañas, rosas o violetas, hasta los más exóticos cameropes, rosmarinos y ametistes... No hay palabra de la lengua española que no se encuentre en Lope, manejada siempre con precisión y emoción.

El 27 de agosto de 1635, todavía apesadumbrado por la muerte de su hijo Lope Félix y por la fuga de su hija Antonia Clara con un don Cristóbal Tenorio, y recién publicada otra de sus obras maestras (las «Rimas del licenciado Tomé de Burguillos», cancionero amoroso y cómico dirigido a la lavandera Juana), prodigio de poesía y de humor, muere Lope en Madrid. En el libro «Fama póstuma», publicado en su honor por Juan Pérez de Montalbán, escribe José Pellicer: «Fuera monstruosidad que viera un siglo muchos hombres como Lope». El cronista se quedaba muy corto: es una monstruosidad (en el sentido barroco, cosa admirable y de maravilla) que en muchos siglos haya existido un solo Lope, poeta máximo del cielo y de la tierra.

 

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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

01/07/2005 ir arriba
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