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HOY CÉSAR VALLEJO SUFRE SOLAME (Ignacio Arellano)

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HOY CÉSAR VALLEJO SUFRE SOLAMENTE

No pases adelante, pasajero, sin rendir homenaje al prójimo Vallejo, al ser doliente que Neruda llamó poeta interior y grande, fuego implacable del espíritu...

Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Premio Rivadeneyra


Hay poetas que han escrito sus versos con agua de sifón o de colonia, con leche, con zumo de arándanos o violetas. La mayoría han usado la tinta, y hoy seguramente el ordenador. Muy pocos los han escrito con la sangre de su corazón y la médula de sus huesos, con lo esencial de su vida y de su muerte. De esos pocos, menos aún han hecho revolar el torbellino del alma y la memoria, como el peruano César Vallejo (1892-1938). No importa que muchos de sus poemas parezcan a medio hacer, como un edificio en construcción o quizá en ruinas. Lo que importa es la revelación de Vallejo, sujeto de dolor, en busca del prójimo, sufriente como él, identificado con el mismo sufrimiento: "Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Hoy sufro solamente". Los primeros poemas juveniles, publicados en periódicos y revistas de Trujillo y Lima, tienen todavía las músicas sonoras de Rubén Darío, que conseguirán llegar a su primer libro Los heraldos negros.

Pero nos damos cuenta de que esas bellezas exteriores tienen poco del verdadero Vallejo que apunta ya en su dramatismo sombrío, en su sensibilidad para la pérdida y la nostalgia. Encontramos versos bonitos, sin duda, como el cuarteto de "Nochebuena": "Hay labios que lloran arias olvidadas / grandes lirios fingen los ebúrneos trajes. / Charlas y sonrisas en locas bandadas / perfuman de seda los rudos boscajes"... Pero el gran Rubén Darío los hacía mucho mejor y más en serio. Lo que nos sobrecoge no es este ritmo modernista, sino el tono de poemas como "Los heraldos negros", que comienza con una comparación que sería blasfema si no fuese una plegaria: "Hay golpes en la vida tan fuertes... Yo no sé. / Golpes como el odio de Dios, como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma...Yo no sé". La vida de Vallejo se complica con episodios tristes no exentos de sordidez: relaciones amorosas con Otilia Villanueva, de quien espera un hijo y con quien rehusa casarse con escándalo y pérdida de su trabajo, muertes de amigos, de su hermano Miguel, y sobre todo, la muerte de su madre, cargan al poeta de melancolía, de sentimientos de culpa y de aspiraciones a un mundo limpio y elevado sobre las contingencias humanas, deseos de "un latido único de corazón, / un solo ritmo. Dios". César Vallejo emprende una búsqueda que se evidencia en la misma forma poética de uno de sus libros más famosos, Trilce. Con un estilo lleno de rupturas, de huecos y de insólitas imágenes intenta comunicar no un discurso racional sino un tono, un estado de espíritu. La obsesión erótica y sentimental se funde con la persecución de lo absoluto, la evocación de sus paisajes andinos y los juegos infantiles, el lamento por la madre ausente. El idioma de Trilce rompe con las convenciones que los lectores "de Lima de toda la vida" estaban dispuestos a admitir y el libro cae en el vacío. No acusemos a aquellos que no supieron ver entonces (y a los que no lo saben ver hoy), entre las ruinas humeantes de los poemas trilceanos, el volcán vivo. Hay que confesar que resulta arduo de comprender (si es que no se trata simplemente de un fracaso) un poema como el que comienza:

999 calorías. Rumbbb...Trrraprrrr rrach.... chaz Serpentínica u del bizcochero enjirafada al tímpano.

No es extraño que leyendo estas cosas uno se disponga a tirar Trilce a la papelera. Pero al volver la página nos ataca una escena del hogar quebrado que no es posible mirar con indiferencia: "He almorzado solo, y no he tenido / madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua, / ni padre que , en el facundo ofertorio / de los choclos, pregunte por la tardanza / de imagen, por los broches mayores del sonido. / Cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir / de tales platos distantes esas cosas": el bocado que no brinda la madre hace golpe la dura deglución, el dulce, hiel, aceite funéreo el café...

La ruptura lingüística expresa la fuerza subterránea de la pasión de Vallejo y el conflicto espiritual que lo impulsa. Es como si la lengua fuera incapaz, como en los místicos, de decir lo inefable y hubiera de torcer la gramática, explorando el balbuceo, la tensión de la lógica, la inestabilidad de ese "no sé qué que quedan balbuciendo" que evocaba San Juan de la Cruz.

Vallejo abandona su patria en 1923 para ir al mítico París de tantos escritores hispanoamericanos. En Europa pasa momentos de pobreza angustiosa y soledad, se agudiza su sensibilidad por la injusticia y se hace todo lo comunista (muy poco) que puede ser un poeta como él. Cuanto más lejos está el Perú más siente en el exilio su presencia ("Fue domingo en las claras orejas de mi burro, / de mi burro peruano en el Perú. (Perdonen la tristeza)"..."¡Auquénidos llorosos, almas mías! / ¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo!"). Con las múltiples formas de privación que soporta elabora la sustancia de sus poemas, mortales heridas para siempre recordables, canto de amor y solidaridad con ese prójimo miserable, con chinches, con zapatos rotos, sin cumpleaños ni sombrero, ese prójimo "pobre pobre", frente al cual resultan triviales las escuelas artísticas y modas literarias: "Un cojo pasa dando el brazo a un niño. / ¿Y voy a leer después a André Breton? / Un albañil se cae de un techo, muere y ya no almuerza. / ¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora? / Un paria duerme con el pie a la espalda. / ¿Hablar, después, a nadie de Picasso?". Desolado por tanto sufrimiento, el poeta se vuelve hacia la muerte y redacta su epitafio, augurándose muerto, recordándose maltratado y abandonado bajo el aguacero un jueves cualquiera de la historia humana: "Me moriré en París con aguacero... César Vallejo ha muerto, le pegaban / todos sin que él les haga nada; / le daban duro con un palo y duro / también con una soga; son testigos / los días jueves y los huesos húmeros, / la soledad, la lluvia, los caminos...".

No pases adelante, pasajero, sin rendir homenaje al prójimo Vallejo, al ser doliente que Neruda llamó poeta interior y grande, fuego implacable del espíritu...

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Fecha: 25.05.2002
Publicado en: Diario de Navarra
En este Sitio, por cortesía del Autor: 31.05.2002

 

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