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EL CABALLERO DE OLMEDO (Ignacio Arellano)

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EL CABALLERO DE OLMEDO

de Lope de Vega. El amor es peligroso. Y la primera palabra del drama es "amor", y el amor domina toda la obra. Por amor se mueven los personajes protagonistas, por amor viven, actúan, matan y mueren.

Por Ignacio Arellano
catedrático de Literatura
premio Rivadeneyra de la Real Academia Española


Amor, muerte, poesía en Lope de Vega

Que de noche le mataron al caballero,
la gala de Medina
la flor de Olmedo



MUY conocida era en el Siglo de Oro esta seguidilla que evoca viejos sucesos: la muerte de don Juan de Vivero, caballero de Olmedo, a manos de su vecino Miguel Ruiz, allá por 1521, en el camino real de la villa de Medina, por razones en que las fuentes históricas discrepan. Lope, sin embargo, las conoce muy bien y las explica en una tragicomedia tejida en torno a esa canción: inventada, pero verdadera historia (la más poética es siempre la más verdadera) del caballero de Olmedo, muerto por amor y por celos de un rival.

El amor ("quien lo probó lo sabe", dirá Lope en uno de sus sonetos), es peligroso. Y la primera palabra del drama es "amor", y el amor domina toda la obra. Por amor se mueven los personajes protagonistas (o por celos, su retoño perverso, en el caso de don Rodrigo), por amor viven, actúan, matan y mueren.

Don Alonso no es un jovenzuelo sensual, no persigue el momentáneo placer ni es un frívolo Calisto dominado por la pasión. Es un caballero de sólida estatura, rico, noble, generoso, de buen talle, habilidoso con caballos y armas, valiente... un dechado de perfecciones, en las que no falta el amor filial. Su amor por doña Inés va dirigido a honestos fines y la dama le corresponde como se merece.

La vieja Fabia, a la que don Alonso pide ayuda como mensajera de sus amores, es un personaje ancilar: la necesita porque es forastero en Medina, pero ninguna hechicería es necesaria al amor de los dos jóvenes, ni ruindad alguna se debe a su actuación. Es también un tributo de Lope a la admirable Celestina de Fernando de Rojas. No se puede considerar la muerte de don Alonso (según juzgan críticos excesivamente rigurosos y faltos de misericordia) como castigo por la introducción de una alcahueta infame que contamina el amor de los protagonistas.

El destino fatal de don Alonso nace de otras causas: la primera es el mismo suceso histórico que inspira la comedia. Todos saben (la seguidilla lo dice claro) que al caballero de Olmedo lo mataron, y por tanto debe morir, no hay más remedio.

Todo un reto para Lope, que conoce muy bien que al público de los corrales le fascina la intriga, y que en sabiendo el vulgo el fin que tiene una comedia "vuelve el rostro a la puerta y las espaldas / al que esperó tres horas cara a cara" (así dice el poeta en su "Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo"). Y en "El caballero de Olmedo" todos saben el fin que tiene. Pero nadie vuelve las espaldas al tablado, porque Lope sabe construir una fábula de maravillosa poesía, celosa violencia y asombrado temor.

Y es que la razón dramática de la muerte de don Alonso hay que buscarla en un gran olvidado de los críticos, el cual lo explica todo con una coherencia perfecta: don Rodrigo, su rival. Él también es noble, también rico, también valiente. Pero doña Inés no lo quiere. Despreciado por la dama a la que sirve en vano desde hace dos años, humillado por el forastero, ofen dido por el incumplimiento de los tratos matrimoniales, fracasado en su vanidad de toreador y galán delante del rey y de su dama, recomido por la envidia y los celos, decide matar a su rival ya hacia la mitad de la comedia. Nada importa la presencia de Fabia, nada la conducta propia de don Alonso ni sus inexistentes fallas o pecados: es su rival el que decide la muerte.

Es un personaje dramáticamente espléndido, construido con perfección y concisión admirables, este don Rodrigo, que impulsado por su pasión celosa y su rabia, abandona las convenciones de su papel de noble y, con las cobardes e infames armas de fuego, consideradas indignas de un caballero, elimina a su rival primitiva y ferozmente.

Clarísima es la amarga respuesta que Lope pone en sus labios a la hora del crimen:

Yo vengo a matar, no vengo
a desafíos, que entonces
te matara cuerpo a cuerpo.

La cosa es muy sencilla, con una sencillez llena de perfección y de verdad. Nada de tragedia de "fatum", ni de castigo moral: tragedia estrictamente de hombres y de pasiones humanas, en cuyo trenzado la muerte es inevitable, y tan omnipresente como el amor. Ya en el final del acto II domina toda la atmósfera: don Alonso ha tenido un mal sueño y al levantarse inquieto contempla en su jardín, sobrecogido, la sangrienta muerte de un jilguero (símbolo amoroso) despedazado por un azor, como un anuncio de su propio fin.

Una de las calidades poéticas más eficaces de la pieza radica precisamente en esta atmósfera de misterio ominoso -avisos, agüeros, señales- que se apodera de la acción en contraste con las fiestas primaverales de la Cruz de mayo en Medina y los galanteos nocturnos a la reja de los jardines. En el camino aparece a don Alonso una Sombra que le avisa del peligro: extraña sombra con máscara negra, la mano puesta en la espada, que desaparece repentinamente... Después, en la oscuridad del campo, se va acercando una voz que canta la canción de la muerte del caballero "Que de noche le mataron / al caballero, / la gala de Medina, / la flor de Olmedo". ¿Es un labrador, una alucinación del melancólico don Alonso, un ente misterioso convocado por la hechicera Fabia?

La emocionante ambigüedad, la fantasía que mezcla lo real con lo onírico, que domina los mundos de la realidad y de la imaginación, es lo que hace de "El caballero de Olmedo" una tragedia de la máxima perfección, obra maestra universal y eterna de un poeta tan eterno y universal como Lope de Vega, dueño del amor y de la muerte por medio de su poesía.

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"El caballero de Olmedo", edición de Ignacio Arellano y Juan Manuel Escudero, Madrid, Espasa Calpe (Colección Austral).
"El caballero de Olmedo", edición de Francisco Rico, Madrid, Cátedra.
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Diario de Navarra, El jardín de los Clásicos, 27 de Enero de 2001

 

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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
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01/07/2005 ir arriba
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