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ALEJANDRO Y CÉSAR (Ignacio Arellano)

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ALEJANDRO Y CÉSAR

Las vidas paralelas de Alejandro y César
Sed de poder y, sobre todo, de gloria.

Las vidas paralelas de Alejandro y César
Sed de poder y, sobre todo, de gloria.


Por Ignacio Arellano (*)

De las anécdotas aquí recogidas se desprende un rasgo común y principal en ambos: la sed de gloria. No funciona en estos personajes la interpretación economicista de la historia. Los dos gastan enormes fortunas en perseguir sus sueños de poder y, sobre todo, de gloria.

Alejandro se lamenta con sus amigos de los triunfos de su padre, el rey Filipo de Macedonia: «Mi padre va a conquistar de antemano todo el mundo y no me va a dejar la posibilidad de llevar a cabo con vosotros ninguna empresa grande y gloriosa». César, estando en Hispania, rompió a llorar leyendo la historia de Alejandro, explicando su congoja: «¿No os parece que es para llorar el hecho de que Alejandro, a mi edad, fuera ya el rey de tantos pueblos mientras que yo no he hecho todavía nada brillante?».

Alejandro evidencia pronto sus condiciones excepcionales. Nadie puede montar al extraordinario caballo Bucéfalo, que se humilla a la sagacidad y habilidad de Alejandro, quien advierte que el animal se asusta de la sombra y lo monta fácilmente haciéndolo mirar en dirección al sol. Su padre le dirige entonces un cumplimiento premonitorio: «Hijo, búscate otro reino que sea igual a ti mismo, porque no cabes en Macedonia». No uno, sino muchos reinos conquistará Alejandro, llamado Magno. Recién heredado el trono, algunos consejeros le piden que aplaque con cesiones y abandonos a los griegos y a los bárbaros que se sublevan por todas las partes del reino, poco asentado, que había forjado Filipo. Los tebanos rebeldes lo desprecian, llamándolo mozalbete y jovenzuelo. Alejandro emprende campañas militares con osadía y decisión «pues pensaba que si los enemigos veían que su ánimo vacilaba lo más mínimo se atreverían a atacarle». La derrota de Tebas es completa y la estrella de Alejandro empieza a resplandecer. Marcha contra los persas y vence en batallas famosas como la de Gránico o Gaugamela. Reconocible por la maravillosa pluma blanca de su casco, pelea en primera línea y lleva en triunfo a sus ejércitos, destronando al rey Darío. Se muestra más generoso cuanto mayores son sus éxitos «y a ello se añadía su delicadeza, que es la única manera como verdaderamente resultan de agradecer los favores de los generosos». Pone su mayor empeño en el propio control, y respeta a la mujer y las hijas de Darío, «considerando más regio gesto dominarse a sí mismo que vencer a sus enemigos». Admirado por sus soldados, benevolente con las críticas, generoso en extremo, hábil estratega y rodeado de un halo mítico, se arroja a la conquista de la India, derrota al gigantesco rey Poro, que montaba un enorme elefante con el que guardaba «la misma proporción que un jinete y su caballo», y recorre triunfal innumerables campos de batalla. En su leyenda posterior (recogida por ejemplo en el castellano Libro de Alexandre medieval) las conquistas de Alejandro no se detienen en la tierra y cubren el cielo y el profundo del mar. ¿Cuándo tendrá gloria bastante Alejandro? Ni él mismo lo sabe. Pero en Persia lee con emoción el epitafio de Ciro que le recuerda la incertidumbre y mutabilidad de la vida: «Amigo, quien quiera que seas y vengas de donde vengas, porque sé que vendrás, yo soy Ciro, el que adquirió para los persas su imperio. No me envidies por esta poca tierra que cubre mi cuerpo». Cae algo después en supersticiones présagas y se hace «agresivo y de mente muy tenebrosa», bebe en exceso y enferma. Delirando, muere el día treinta del mes desio (10 de junio del 323 a. C.). Rumores de envenenamiento afirmaron que fue intoxicado con el agua congelada de una peña que hay en Nacóride, recogida en la pezuña de un asno «pues otros recipientes se quiebran por la frialdad y acritud».

La primera anécdota que narra Plutarco de Julio César es su secuestro por los piratas en un viaje marítimo. Entre bromas, juegos y lecturas de poesía que hace oír a sus captores, eleva voluntariamente el rescate que han pedido por él y les amenaza con la horca, mientras los piratas, divertidos, «achacaban su franqueza de expresión a ingenuidad y sentido de la jovialidad». Ya liberado, arma inmediatamente una flotilla de barcos de guerra, captura a los piratas, recupera su rescate y los crucifica a todos «tal y como había prometido en la isla que haría, aunque ellos hubieran pensado que lo decía de broma». Con César hay pocas bromas. El severo Catón parece advertir desde el principio la importancia del personaje, y procura limitar sus ambiciones, pero todos desprecian al agorero y lo tachan de impertinente y alarmista. César se revela enseguida como político insuperable y militar invencible: «las hazañas de César aventajaban a todos: a las de uno por la escabrosidad de los parajes que fueron escenario de los combates; a otro por la extensión de los territorios conquistados; a otro por la cantidad y fuerza de enemigos derrotados; a otro por la clemencia con que trató a los vencidos...». Sus soldados le profesan tal admiración y cariño que están dispuestos a afrontar cualquier combate con tal de acrecentar la fama de César. «Llevado de su inmenso afán de gloria despreciaba los mayores riesgos, y su inagotable resistencia los tenía a todos atónitos». Era capaz de dictar varias cartas a la vez mientras cabalgaba para revisar sus tropas y su habilidad retórica solo cedía ante Cicerón. Sus victorias y la generosidad que exhibe con gran inteligencia política lo convierten en un caudillo de poder creciente. Domina las Galias, Hispania, Britania. Derrota a los germanos de Ariovisto, y a muchas tribus bárbaras que le ofrecen pactos tras haber quebrado las treguas, «pensando que era necio obrar de buena fe con gente desleal y que no respeta los acuerdos». Catón, siempre preocupado, propone entregar a César a los bárbaros, pero es tarde para detener al imparable general.

El río Rubicón señalaba el límite que ninguna tropa armada podía cruzar para entrar en Roma; atravesarlo era proclamarse en rebelión, dar un golpe de estado: César lo atraviesa con su ejército, pronunciando la frase famosa: «La suerte está echada». Vendrá luego la guerra con Pompeyo y la victoria de Farsalia, guerras en Egipto y amoríos con Cleopatra, guerras contra Escipión y los númidas... Asume la dictadura vitalicia y gobierna el imperio romano con eficacia y dedicación, pero despierta grandes odios por su deseo de reinar solo y su destrucción del sistema republicano. Un grupo de conspiradores, encabezado por Bruto, lo mata en el senado, al pie de una estatua de Pompeyo. Su último gesto es componerse la toga para no morir indecorosamente: «Así fue como murió César después de haber cumplido cincuenta y seis años. Había perseguido durante toda su vida un poder y una gloria que consiguió con duras penalidades. Un gran cometa brilló en el cielo durante los siete días que siguieron a su asesinato y el sol brilló aquel año con menos fuerza». Su fantasma cuentan que se apareció a Bruto en la batalla de Filipos, para anunciar la muerte a su homicida.

Quienes no deseen gastar el breve tiempo de nuestra vida leyendo en novelas triviales las vacuidades de hueros personajillos inventados por escritores de poco fuste, harán bien en dedicar algunos ratos a las Vidas paralelas de Plutarco, empezando, quizá, por las peripecias asombrosas de Alejandro Magno y Julio César.

(*) Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Diario de Navarra, 8.3.2003
Arvo Net, 14.3.2003

 

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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

30/06/2005 ir arriba
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